La Mercedes estaba acostumbrada a aquella nada. Ella, fiel en su religión, conocía la didáctica de las monjas de clausura y hasta cierto punto la necesitaba: para pedir por los enfermos, por los desvariados, por los que no creían y por los que ella creía que estaban en pecado. Así, con el tiempo, se acostumbró a que cada día de oración venía acompañado de una donación de mil pesos, valor justificado en las necesidades de las religiosas.
Seguidas Mercedes y su sobrina más adelante del pasillo, después de la puerta que da comienzo a la recepción, una señora de vestimenta común, preguntó por su visita. “Venimos a pedir por enfermos”, contestó Mercedes, al tiempo que su sobrina recorría con los ojos las rejas ornamentales que creaban una barrera entre el mundo que conocían y el que daba paso para la vida de mujeres que habían decidido entregarse a sus creencias sin contacto con el exterior. Estas rejas marcaban el comienzo del claustro, el recinto al cual, ninguna persona, exceptuando algún médico o la mujer del aseo, podía tener acceso.
-¿Puedo entrar?, preguntó la joven, casi conociendo la respuesta.
-No-contestó la mujer- las monjas de clausura deben permanecer en su entorno sin contacto con las personas, sin embargo, puedo preguntarle a la superiora si les da una entrevista en el estudio.
Debió ser casi que una intervención divina, ya que la superiora, que como había mencionado anteriormente la secretaria, poco hablaba con visitantes, accedió inmediatamente a hablarles, cosa que les sorprendió considerablemente. ¿Y cómo no sorprenderse si iban a estar en frente de una señora que lleva más de seis décadas entre el encierro y la oración?
El estudio en donde entraron era un cuarto pequeño usado para visitas de familiares, sacerdotes u amigos de las monjas, éste, como la recepción, tenía paredes blancas y rejas que marcaban la separación entre las religiosas y el resto de las personas. La superiora era una mujer de corta estatura, vestida con un hábito blanco que hacía juego con su pelo que, a la vez, rendía cuentas a sus arrugas, a su vejez.
Entradas en materia, la religiosa presentaba en palabras lo que no podía ser visto por los ojos de la humanidad, mientras que la tía Mercedes exponía una cara de felicidad que probablemente no había mostrado en años. Y, aunque la joven pretendió mentir, decir tal vez que deseaba una vida como esa, a la pregunta de la madre del “porqué no te unes a nuestra comunidad”, sus ojos la delataron inmediatamente: ese encierro, ese silencio, esas rejas ornamentales que trataban de ser lo más amable posible, no perseguían sus mismos fines.
Las monjas de clausura son mujeres que por vocación se han dedicado a la oración, a la vida de contemplación, a la austeridad y a la pobreza, con un primer voto que es su conservación dentro del claustro sin contacto con el mundo externo, sin el ruido de la calle, ese “¡PIM!” de los pitos y el “Tap tap” de los pasos de los transeúntes. Son religiosas que oran primordialmente por el buen ejercicio de los sacerdotes, pero que, sin embargo, entrelazan sus oraciones con las peticiones que las personas llevan constantemente para el cumplimiento de sus deseos los cuales llegan a ellas a través de una pequeña ventana.
Las monjas están agrupadas bajo el orden religioso de la contemplación, diferenciándose así de otras de orden de enseñanza o cuidado de los enfermos. Entre los grupos de monjas contemplativas están las Carmelitas Descalzas, las Dominicanas y Benedictinas. Los claustros fueron inspirados por los místicos del Siglo VI dentro de la iglesia católica Santa Teresa y San Juan de la Cruz. Según el claustro, las reglas pueden ser más o menos estrictas, haciendo que haya recintos en donde además del encierro se pacten votos de silencio o grandes ayunos en cuanto a la alimentación.
Su orden de oración consta de diferentes turnos que van marcados por cada hora en la que una monja específica se encarga del rezo y del acompañamiento al Santísimo, el cual está expuesto siempre dentro de su capilla. Estos turnos son constantes, jamás se detienen. En este momento una de las monjas debe estar cubriendo su turno mientras que otra espera el llamado, aún en horas de la madrugada, para llevar a cabo su tarea. Bajo su clausura, la oración de alguna sólo puede ser interrumpida en casos especiales, ya sea la enfermedad grave de alguno de sus padres o la necesidad de un médico que no pueda pasar por el convento.
Y mientras permanecían la Mercedes y su sobrina en el cuarto escuchando la información presentada por la superiora, pensaban en las mujeres que estaban detrás de esas paredes, los pensamientos que podían llegar a tener del mundo, ¿se imaginarían o no las nuevas tecnologías? ¿Sabrían que ahora hay nuevos mecanismos de aislamiento como los Blackberrys o las redes que contradictoriamente se llaman “redes sociales” en la internet? Y es que esos mecanismos de aislamiento, tan presentes hoy en día, son el propio encierro del pensamiento individual. Las cosas están dadas de antemano, no hay espacio para la interpretación o la reflexión porque todo queda enfrascado en el consumismo. Así, el individuo de hoy recae en el olvido de otras formas de expresión, de la interpretación por medio de la lectura, de los mundos fantásticos de la literatura.
-¿Pueden leer literatura?, preguntó la joven.
-No, podemos leer noticias, historia, o libros relacionados con la iglesia, contestó la madre.
-¿Y las poesías de Sor Juana Inés de la Cruz?
-No conozco sus poesías.
-Es una vida difícil, dijo en tono bajo, con el deseo de que no hubiera escuchado.
-Para nada, contestó tranquila, la oración es como un baile de varias horas en una fiesta.
Un baile en una fiesta, ese calor que nace del movimiento de cuerpos que, buscando una forma de expresión se encuentran a sí mismos. Pero ahí yace la rareza de las conclusiones: la oración como forma de expresión es el encuentro personal de cada religiosa, más que la búsqueda del ser supremo, es la contemplación de su misión, el porqué que le han dado a la existencia que llevan. Existencia que quizás no sea buena ni mala sino que simplemente sea.
Acercándose el final, la tía Mercedes, que tiene un don especial para la labia, quiso adentrarse en un tema completamente fuera de reflexiones desvariadas o la conversación presente: la política. Empezó por un “qué piensa del actual presidente” para terminarlo en un “pero ese Chávez sí que”, y mientras se enfrascaban en un enfrentamiento de posiciones, de cosas que habían escuchado o leído en las noticias, la madre superiora pacientemente esperaba para comentarles que ya había rezado por la transformación de Chávez, que alguna vez habían pagado por la reelección de Uribe y que constantemente se tenía entre las oraciones el conflicto con la guerrilla, mientras que, en unos minutos, la religiosa volvería a estar pendiente de los turnos de oración mientras la Mercedes y su sobrina escucharían de nuevo el guirigay de los vendedores ambulantes y los pitos de los carros.
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