El primero de ellos es la estética. Todos sabemos que la función del periodismo es informar, crear reflexiones y hacer parte de la historia, ser su primer borrador. Por el lado de la literatura, no tenemos muy claro cuál es su función en nuestras vidas: ¿tendrán los cuentos, las novelas, y la poesía que hacernos mejores seres humanos?, ¿habrá algo en los libros fantásticos, míticos, imaginados, ensoñados, que nos haga ir más allá de todo lo que hay ante nuestros ojos? En teoría, esto debería ser así. Pero resulta que la literatura para unos es cuestión de realidades objetivas—visión esta que se ve reflejada en crónicas como las de Alfredo Molano, por ejemplo El Retaque, en donde, fuera de contarnos una historia del llano en la época de la violencia, enfatiza en aspectos como las palabras vernáculas y la actitud provinciana de los habitantes del lugar—, mientras que para otros la literatura es algo intimista, de mundos interiores, de imaginarios personales. Acá entonces es donde podemos dar cuenta de los aspectos estéticos de la ficción, en comparación con los del periodismo: la primera busca trascender más allá de la simple historia comprada y vendida, quiere dejar las puertas abiertas a la interpretación y así enriquecer el sentido del mundo; es decir, no llevar la realidad a la literatura, sino llevar la literatura a la realidad y vivir trabajando en esta ambivalencia.
El periodismo, por su lado, busca hacerle un aporte al hecho cotidiano de la humanidad, a eso que está ahí con nosotros, pero que no vemos porque no hay quién lo cuente o lo narre; quiere ser la primera forma de lo que venimos siendo y por esa razón, en el caso de la crónica específicamente, el recurso literario es abundante, ya que el cronista busca todo lo que quiere del periodismo, pero también quiere que su texto no se quede corto a la hora de ser un espejo de lo que vio, de lo que escuchó, de lo que lo impresionó, y para eso necesita darle una estructura que se atenga a sus necesidades de narrador, de unas palabras que sean de allí, del contexto del que habla y ante todo, necesita un tono que vaya con los sentimientos y las ideas con las que quiere dar cuenta de algo.
A partir de esto, entonces, podemos hablar del segundo aspecto: la ficción contra la veracidad. Nadie puede decir que los libros de literatura dicen la verdad o que son verificables y veraces, pero tampoco que dicen mentiras. Mientras que el periodismo es objetivo y necesita que todo, absolutamente todo lo que se dice sea veraz y verificable. Esto no es mala cosa, es más bien lógica. Pero, entonces, ¿por qué los periodistas usan elementos narrativos de la literatura? ¿Será que buscan transformar la verdad en ficción o será que lo hacen por contingencia?
Creo, desde mi experiencia y observación, que los periodistas, al igual que los literatos, son lectores, y que allí es donde se mezclan los elementos narrativos de diversa índole, ya que un punto de giro, una figura retórica o una estructura como tal son aspectos que tanto cronistas como cuentistas encuentran en una obra. Ya que uno tome elementos para hacer ficción y el otro para hacer reportajes, es cosa de cada uno. Pero, entonces, es allí donde se mezcla todo, más aún en la escritura misma o que en la historia, pues de igual manera las dos son leídas.
En este sentido también es importante decir que muchos libros de literatura trascienden en su momento y desembocan en la universalidad que los hace inmortales. En el periodismo eso sucede—Truman Capote, Gaita Lesy—y ejemplos abundan, pero resulta que el periodismo alcanza su universalidad cuando repiensa y reflexiona la historia más que cuando cuenta la cotidianidad común, y en la mayoría de los casos esto tiende a ser un sesgo que no le permite abarcar ciertas instancias de lo humano. Algunos podrían objetarme este argumento diciendo que una noticia en internet puede darle la vuelta al mundo o que un reportaje que haga una denuncia durísima puede llegar de punta a punta en el globo terráqueo. Pero resulta que eso no es ser universal sino global, porque el periodismo actual, desde que existe la noticia, ha tratado de cubrir el mundo entero, sus hechos, pero no puede (porque se limita) contar la historia de cada uno, de cada hormiga que pisa esta tierra. No lo hace porque no lo desee, ya que las crónicas y reportajes muchas veces son de casos particulares, lo hace porque su propia funcionalidad mediática no se lo permite, porque su realidad siempre es un espejo de la historia, más no de la vida de cada hombre y mujer. Es decir, que el periodismo es masivo, mientras que la literatura lo es y a la vez toca fibras íntimas que jamás un periódico, una revista o un semanario podrían llegar a tocar por más que humanicen sus tonos y ablanden sus puntos de vista.
Cabe aclarar también, entonces, que la profundidad de la literatura—para quienes escribimos y leemos con pasión y placer—es dar un salto al vacío, tratar de tocar algo que en muchas ocasiones rebasa nuestra racionalidad y que no encontramos, que no hallamos. Y esto pasa porque la ficción tiene posibilidades interpretativas infinitas, sus causas, su intención, su lógica, su contexto, pueden ser llevados a miles de instancias del sentido y de la vinculación—con la historia, por ejemplo—, y eso es algo que el periodismo intenta hacer, más no lo puede por los límites que le exige su carácter objetivo y verificable.
Texo y foto: Andrés Mauricio Castaño
- Estudiantes de Comunicación Social - UJTL
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