A las ocho de la mañana este joven de 26 años y larga cabellera, empieza esta travesía. Empaca su vieja y afinada guitarra, y en el barrio Álamos Norte, lugar donde vive, espera el momento ideal para subirse a su primer escenario y empezar a subsistir informalmente, cantando en los buses como lo hacen miles de artistas fracasados o que simplemente nacieron para la música y sólo saben vivir de ella y para ella.
Julián David estudia inglés y realmente es lo único que ha estudiado en toda su vida, lo hace porque sabe que su oficio en cualquier momento se acaba, con la implementación del Sistema Integrado de Transporte. Considera que el inglés, como segunda lengua, es una muy buena herramienta para conseguir todo lo que se ha propuesto. Fantasea con viajar a otros países para salir del eterno anonimato al que injustamente ha sido sentenciado, pero hasta el momento la vida no le ha sonreído, como sí lo hacen los miles de pasajeros a los que él les canta día a día, a ese enorme y distinguido público, como dice.
Hace un par de años algún dirigente político hizo una “brillante” propuesta en donde intentó sacar adelante una campaña en contra de estas formas de trabajo honesto y digno, donde se incitaba a la población de abstenerse a entregar dinero en los buses o en las calles; la campaña se titulaba: “NO A LA CULTURA DEL PESO”, que además de ser una nefasta campaña discriminatoria y poco incluyente, pasaba por encima del derecho fundamental al trabajo digno, olvidando que es una obligación social y casi moral con aquellos que son constantemente olvidados y no cuentan con oportunidades educativas y laborales justas. En esencia, pareciera que es una sociedad que quiere pasar por encima y arrinconarlos en la pobreza y en la miseria.
En el primer viaje, como Julián mismo lo dice, se encuentran aproximadamente 20 pasajeros, en su mayoría mujeres. En el puesto de adelante, justo detrás de un conductor ordinario y tosco, se encuentra una mujer de no más de 30 años. Ella aprovecha el tiempo perdido en los semáforos para pintarse, retocarse e intentar escuchar esa mezcla de rock clásico en español que interpreta Julián, mientras otros prefieren escuchar el programa de la mañana, de esa emisora ordinaria y llena de cuñas de un conocido narrador deportivo.
Julián termina su presentación y pasa por cada uno de los puestos repartiendo sonrisas y esperando algo a cambio. La mujer del primer puesto no le entrega dinero, pero si le entrega una tremenda mirada acompañada de una hoja que tiene grabado su número de contacto. Es en este momento, cuando pienso que debería aprender a tocar guitarra o acordeón, para innovar y tener más éxito con las mujeres.
La calle y los buses son un mundo lleno de fuertes contrastes, donde es posible observar a la persona más deprimente, miserable y pendenciera de esta sucia sociedad que se encarga de fabricarla, y a su vez se observa al artista profesional y arruinado, o al ingeniero industrial vendiendo globos de diferentes formas y colores. Toda esta cotidianidad gracias a la negligencia y avaricia de nuestros carismáticos dirigentes políticos que se roban el dinero del pueblo, se hurtan los recursos de toda esta gente que padece día a día el rechazo y que mitiga con su arte, el dinero que les corresponde.
Hoy parece ser un mal día, comenta Julián luego de bajar del bus. Pero realmente no es tan malo el negocio como mucha gente piensa; diariamente Julián logra recaudar aproximadamente entre 150 y 200 mil pesos, me aclara que en un día malo, sólo recoge 50 mil pesos, es decir, que esta última y “mala” cifra, en el contexto normal o anormal de las condiciones laborales colombianas, Julián recaudaría semanalmente 250 mil pesos. Ante esta cifra, resulta irónico que este músico empírico con su lírica, gane más que un profesional recién egresado, al que sólo le pagan 515 mil pesos, en promedio, y que invirtió en su carrera 20 millones, aproximadamente, si tiene suerte, le dan el subsidio de transporte y posiblemente le garanticen la seguridad social, que sumando todos estos “beneficios del sistema”, no alcanzaría al millón de pesos que se gana Julián en un mes relativamente malo.
Julián después de intentar ser amable durante toda su carrera musical con el gremio de los buseteros, resolvió valientemente pasar por encima de la cordialidad y también de la registradora, lo que le ha traído como consecuencia, serios inconvenientes y problemas con este particular gremio, adversario que busca distorsionar su trabajo subiéndole el volumen al reguetón o al ranchenato, típico en estos buses, si así se les puede llamar a estos aparatejos contaminantes.
A eso de las 11 de la mañana, la confianza ha aumentado y el hielo ya se ha roto en su totalidad, entonces, “Juliancho”, me comenta orgullosamente que gracias a ese trabajo él ha logrado mantener a su familia, compuesta por una hermosa niña de 9 años, un valiente caballero de 5 más, que confunde su guitarra con una nave intergaláctica. Mientras tanto su esposa, que lo ama, lo espera ansiosamente en casa donde reza para que la jornada sea favorable y a Julián, no le pase nada.
Luego de almorzar un “corrientazo” en las calles del centro de Bogotá, este gran artista urbano, afirma que el trabajo ya se ha dañado mucho por el oportunismo de los ladrones y de la gente que se hace pasar por desplazada, o por el grupo de gente que vende dulces, pero que solo suben a esperar el momento para robar y huir por las congestionadas vías de la Capital.
En ciudades como Ginebra, Suiza, los responsables del transporte público han decidido realizar una especie de audición a los diferentes músicos urbanos que se ganan la vida interpretando su arte en los buses y en los diferentes medios de transporte. Esto se hace con el fin de garantizar a los usuarios, en la mayoría de sus recorridos, la oportunidad de escuchar buena música y pagar por ella, sin importar el género musical de su preferencia. Idea, que vendría muy bien implementarla a lo largo y ancho de esta ciudad.
En el primer viaje de la tarde, Julián, decide sentarse a mi lado luego de cantar y recoger el dinero. Conversamos durante 20 cuadras en medio de un trancón, me cuenta que él hace algunos años tuvo una pizzería, pero que le va mejor cantando en los buses, además, los fines de semana trabaja dando serenatas, cantando en restaurantes y en bares de la ciudad, y celosamente asegura, que más del 80% de los contactos para serenatas, presentaciones y trabajos, se logran en los buses. Termina su frase diciendo, “en el bus está el negocio”.
Lo que aún no sabe Julián, es que ya es un gran artista para ese público distraído, apacible, manipulable, interesado, ensimismado, buena gente o simplemente, para ese público alimentado con corrupción, odio y amor que olvida.
Antes de despedirnos y tomar mi ruta de regreso a casa, “Juliancho”, dice una frase muy certera y que se convierte en un fiel reflejo de lo que suele ocurrir en un país como el nuestro, donde la mayoría de proyectos son pensados para favorecer a algunos pocos y para excluir a esa gran mayoría sedada por el fútbol y la cerveza, “en el desarrollo, hay mucha más gente que sale a volar”.
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