----------- Edición N° 14 - ---- Bogotá, D.C. - Colombia - Sur América - ----

La Cancha de mi Barrio

Desde que estaba en el vientre de mi madre sentía lo que significa el fútbol para el mundo. Ya en este mundo empecé a comprender lo que es el deporte más grande del mundo para mi familia y para la sociedad. 

Todo padre hace lo posible para que su hijo realice lo que él nunca pudo lograr. Mi papá me empezó a llevar poco a poco al fútbol integrándome en equipos como el del barrio y en equipos conocidos como Santa Fe. Él se iba a mirar los partidos donde me tocara jugar para ver ese sueño que nuca pudo realizar reflejado en mÍ. 


Este primer equipo (el del barrio) era el más alegre, en el que no se veían tácticas, ni el famosísimo 4-4-2, sino que jugábamos entre amigos y en la posición que quisiéramos y, lo más importante, el que me dio la alegría y motivación para tocar por primera vez un balón de fútbol. Cada fin de semana saltábamos a la cancha con la ilusión de ganar el partido e ir avanzando ronda tras ronda para conseguir el anhelado titulo de interbarrios. 

Recuerdo ese equipo llamado ‘’la furia roja’’, conformado por Carlos Díaz (arquero), la defensa era Jorge Ortiz (LD), Camilo Muñoz (CD), Alejandro Maldonado (CI) y Camilo Quintero (LI); el medio campo por Javier Salinas (VD) y Daniel Montenegro (VI); abiertos de esos dos volantes de marca estaba yo, Cristian Santos, y Christian Sanabria por la otra banda, y los 2 mejores delanteros que han jugado conmigo: Jeison Berdugo y Óscar Flórez (el popular oscariño). Teníamos entrenamiento todos los martes y jueves de 6 a 8 de la noche, y cada vez que nos reuníamos entrábamos motivados a coger el balón por la victoria obtenida después de cada partido.  

Nos decía nuestro entrenador que siempre viéramos al equipo rival más grande que nosotros. Así, al momento del pitazo inicial, nos sentiríamos grandes y sorprenderíamos con Jeison, Oscar y el equipo en general.      

Recuerdo que cada fin de semana vecinos, amigos, familiares y hasta desconocidos se sentaban en la gradería de la cancha para vernos jugar. Algunos días había tranquilidad por el marcador a favor. Otros días había desespero por que no llegaba el tan anhelado gol. Pero en el momento en el que alcanzábamos la anotación, todo el mundo se abrazaba, gritaba, saltaban de la emoción, y lo mejor era cuando el juez pitaba el fin del partido. Todo el mundo se sentía orgulloso de haber ganado y así, partido tras partido, victoria tras victoria, nos fuimos convirtiendo en el equipo invencible del sector.  

Durante esos noventa minutos a todo el mundo (espectadores, jugadores, árbitros, etc) se le olvidaban sus obligaciones, preocupaciones, peleas y odios, ya que cada uno se dedicaba hacer su labor para que se viera llamativo e interesante el juego.   

Hoy en día quedan muy pocos jugadores de ese equipo y de vez en cuando vamos a nuestro barrio de origen para revivir viejas épocas, jugar entre nosotros mismos y ver cómo está el nivel de cada uno, pero lo único que puedo decir es que ésa fue una de las mejores épocas de mi vida junto a la del colegio. Todas las experiencias de mi niñez y adolescencia nunca se me borrarán de mi mente y, lo más importante, que con ellos (furia roja) aprendí a ver y a jugar una de mis más grandes pasiones: el fútbol

Por: Cristian Camilo Santos Rojas, Estudiante de Comunicación Social - Red. de Prensa II - UJTL
Foto: www.tiburonesrojos.com

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