Las horas en el campo suelen desaparecer, es uno de esos lugares donde el tiempo no existe, a veces pensé que allí estaba la clave de la longevidad, de hecho, Edilberto, el capataz de la hacienda, tiene más de 35 años, pero parece un pelado de 21, gracias, quizás, a la exclusión de esa condición que marca nuestras vidas desde el primer momento en que nos es impuesta: “El Tiempo”.
Solo por hoy, intentaré desarrollar una crónica sin tiempo, así suene caricaturesco y contradictorio, lo único que quiero hacerles sentir -por momentos-, es la pérdida del tiempo y la eterna magnitud del espacio y de los momentos, un exquisito desprendimiento total a esa imposición, y una gestación de un nuevo estilo de crónica sin adaptarse a una línea de tiempo clara y definida, (sólo por hoy).La familia de Edilberto, está gratamente compuesta por su esposa Mary, y su adorada hija de 4 años, Eliana, que es a su vez un ser especial e inspirador, que -estoy seguro- tiene un contacto extrasensorial con los animales, con las plantas y en sí con todo ese despliegue de naturaleza que la rodea. |
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A lo largo y ancho de las más de 130 hectáreas de la hacienda Sierra Morena, bañada con hermosos riachuelos llenos de mojarra roja de la buena, de la mamonuda, de aquella que no deseamos que se acabe jamás, se encuentra una cita con el ganado cebú de la región, son toretes jóvenes de no más de 2 años, ya destetados y de buen andar, que encontrarán ese día como uno de sus más desafortunados, contrastándolo con la armonía y monotonía de sus días contados en este mundo.
A primera hora y luego de batallar contra el sueño y el cansancio, decidí acompañar a Edilberto a recoger el ganado que se encuentra separado en 4 lotes de 15 y uno de 5, siendo estos últimos toretes, los encargados de continuar con la generación, la calidad y el temple de esa nueva familia ganadera en gestación.
Edilberto, me pide detenerme justo en la entrada a ese potrero, entonces me relajo y admiro la naturaleza a mi alrededor, admiro el silencio que inspira y motiva mis más profundos deseos y sueños fallidos. No puedo negar que este momento me ofrece un ambiente casi orgásmico y que me encuentro en completa calma con Dios y con mi entorno. De repente empiezo a escuchar susurros del piso, el sonido va en aumento como espuma del río Bogotá (marcado por la suciedad de sus habitantes), en pocos segundos el ganado pasa en estampida justo a unos cuantos pasos, y, es acá cuando despierto y me aferro al bastón que me sirve como defensa, reacciono, porque la tarea ha comenzado.
Como pedo de bruja, salgo corriendo detrás de los toretes que ya se pierden en la peña siguiente, Edilberto, con su enorme físico y envidiable fuerza cardiaca, ya me ha rebasado minutos antes, una de mis botas se ensaña en un charco camuflado y caigo al césped lleno de caca y cubierto de esa especie de hongo alucinógeno, codiciado por turistas extranjeros en tierras cundiboyacenses y que suelen pagarlo en aproximadamente 30 mil pesos, dependiendo del tamaño (turistas presos de la droga que les marca su deprimente fin).
Luego de dar con la ruta, gracias, quizás, a la astucia propia del Chapulín Colorado o a mi capacidad auditiva, y después de más de una hora, llego al corral donde ya permanecían tres de los lotes de ganado, las burlas no demoraron y la tarea continuaba, cada vez quería que llegara ese momento de fuego intenso y marcas eternas.
Sobre el mediodía se da inicio a la fogata, el ganado ya empieza a comportarse de una manera extraña, como si presintieran que el momento ha llegado.
Finalmente, sale de un enorme costal finamente magullado el hierro deseado, es introducido en las llamaradas que se expanden por el aire y en pocos minutos empieza a verse su punta de color rojo intenso, de ese rojo símbolo de pasión, muerte, sangre, lujuria y dolor.
Decidido como nunca, me apresuro a tomar el hierro, salgo corriendo y lo oprimo contra el muslo de una de las bestias, el humeral fue muy poco, el olor es el mismo de cuando nos quemamos los pelos de la piel pero en mayores proporciones, y entonces, asustada y sin saber qué hacer, empieza a intentar salir de esos maderos de roble que la encierran y es allí en donde se maltrata, bravea, muge, se caga y patea sin tregua, de un momento a otro, decide tranquilizarse y espera su liberación “momentánea y efímera”.
Luego de hacerlo la primera vez, el miedo y la lástima desaparecen “disfrazados” de valentía y gallardía, (la noche se encarga de destapar mis emociones, y las lágrimas nacen por la terrible tarea realizada exitosamente). En ese momento de excitación y exaltación, es entonces cuando me doy cuenta que todos estamos marcados, algunos con más intensidad y en diferentes olores y sabores, algunos por el consumo, los lujos, excentricidades y las drogas; otros por la pobreza y el eterno fracaso, otros por los seres queridos y personas que aman; otros por el odio y la decepción; otros por sus fracasos que en ocasiones terminan en suicidio, y otros por su orgullo y falta de amor a la vida, a los momentos y a sí mismos.
Una a una van pasando en fila india, el cielo expresando compasión suelta un caudal que termina refrescando su cuero y también mi alma. Luego salen calladas y marcadas por donde entraron, el ambiente es abatido por el silencio que permite escuchar con detalle cada uno de los pasos tristes y la caída de excremento y orina. La tarde por fin ha terminado y ha dejado una huella imborrable en el tiempo (ya estipulado) de aquellos toretes que servirán de alimento en la región. Como si fuéramos dioses, decidiendo la existencia de un ser vivo en la tierra, pero bueno, en los negocios es prudente distraer el corazón y pensar con cabeza fría. (Me afirmó algún día, un ganadero conocido en la región)
De regreso a la casa en el árbol, debido a su excesivo uso de la madera, y la perfecta utilización de la misma, analizo y llego a la siguiente conclusión: nuestros verdaderos campesinos, son los únicos que no se han dejado marcar por la globalización y todo su falsa parafernalia, son personas que no se han dejado atar por la tecnología y que bravean y mugen por la naturaleza y por la vida, son seres llenos de nobleza e inundados de esa ingenuidad propia de alguien que no ha padecido uno de los programas vacíos y desgastados de, “J” Mario, o que no se ha corrompido con los noticieros de farándula del mediodía, esa farándula marcada por la codicia, por las drogas, por la mentira.
Y aún así, existen quienes siguen pensando que nuestras novelas son el reflejo de nuestra realidad, cuando solo son esa marca inamovible, impuesta y superficial, creadas para controlar la mente de los pueblos y para hacerlos pensar de la misma manera, creyendo mentirosamente, que pueden seguir por el mismo camino.
Homogenización extrema, en un mundo que está marcado por su propio destino fallido, un mundo marcado por un final cantado.
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