----------- Edición N° 14 - ---- Bogotá, D.C. - Colombia - Sur América - ----
 

Por Alejandra Valderrama

El último lutier en la calle de las Mandolinas

Los restos de polvo se vislumbran en el aire. Rayos de luz de aquella tarde de domingo se filtran para evidenciarlo, el aroma de su taller tiene el olor penetrante del líquido con el que se disuelven sus pinturas. Pero sobre todo huele a madera, es un olor prácticamente indescriptible, que huele y se siente en todo el lugar.

Más de doce horas diarias, cortando, puliendo, armando y pintando. Hoy es domingo y hoy también trabaja. Sus manos callosas resbalan sobre la madera, con una lija que intenta darle suavidad y textura, sentado en su vieja butaca, testigo de sus largas jornadas de trabajo. Este particular personaje es Enrique Rodríguez Gálvis, el único lutier en la calle de las Mandolinas.

Bajo su mirada cabizbaja, reconstruye en silencio sus recuerdos más lejanos,  el de sus ancestros de oficio, los que le enseñaron desde su niñez a construir instrumentos musicales, los de esta tierra andina que se deleitaba con pasillos, guabinas y torbellinos. Y es que, bajo las cuerdas de guitarras, tiples, cuatros y bandolas, las tonadas colombianas recorrieron las regiones, visitaron las fondas campesinas y las fiestas patronales, cantaron en las bodas y velorios, tocaron para los godos igual que para los liberales; sus cuerdas son la expresión de un pueblo que ha marcado estados del alma colombiana.

Enrique, hace parte de una “profesión” que exige todo un compromiso con la tradición y la cultura, donde ha permanecido por más de 30 años, un oficio que le ha dado profundas tristezas, pero también alegrías. “La he disfrutado, vivido, sufrido… he tenido amores, desamores, sabores y sinsabores, pero sobre todo me ha dado enormes satisfacciones”, confiesa emocionado.

Ahora termina de pulir la guitarra y con esa mirada baja y esquiva empieza por contar la historia de sus ancestros de oficio.

Todo empieza a mediados del siglo XIX, con el señor Nicolás Ramos, quien comienza a construir tiples y guitarras al lado de El Chorro de Quevedo, en el barrio de La Candelaria, que en esa época era el barrio más grande de Bogotá. A su vez, los hermanos Padilla, Epaminondas y Jerónimo, que en ese momento hacían carretas y llevaban bultos, aprendieron el oficio con don Nicolás Ramos y montaron su taller en la calle 13° con carrera 1°. Poco a poco el barrio se iba transformando en cuna de fabricantes de instrumentos.

Mientras tanto, el abuelo de Enrique sobrevive en su vida de carpintero, hasta cuando decide irse para la guerra. “Mi abuelo a diferencia de mí, no se puso a hablar carreta como yo sobre el  Polo Democrático, mi abuelo estuvo en la guerra de los Mil Días”. Guerra ocurrida entre 1899 y 1903, donde liberales y conservadores se enfrentan en busca del poder. Al volver de la guerra ya no encuentra a su familia, pero en el camino conoce a María, la empleada de Rafael Uribe Uribe. Se enamora de esta  humilde campesina y se casa con ella, mientras continua con su oficio de carpintero.

Luego de algunos años, su oficio sería continuado por su hijo, quien  heredó de su padre el gusto por la madera, que posteriormente aplicaría a la fabricación de instrumentos. “Mi papá y mi tío Alberto, son los que comienzan a construir instrumentos musicales”, comenta. En el taller de los Padilla, aprenden y desarrollan el oficio; después de dos años de trabajar en Ibagué, Enrique Rodríguez, padre, regresa a Bogotá a trabajar con Humbert County, un italiano que alrededor de los años cuarenta tenía uno de los almacenes más completos de artículos musicales. Durante 2 años de trabajo en la casa County, ahorra y logra comprar el taller a don Ricardo Padilla, hijo. “Desde los años cincuenta mi papá se instala en la carrera 1° con calle 7°, la calle de las Mandolinas”, concluye.

Por esa época la calle de las Mandolinas empieza a poblarse de artesanos fabricantes de instrumentos musicales, carpinteros y orfebres; hacen parte de una pequeña comunidad. “Parecía un pueblito, hacían partidos de fútbol, entre tipleros y orfebres, se jugaba tejo, boxeo y se tomaba cerveza”, recuerda Enrique. Esos días cuando su padre lo llevaba, cuando la calle de las Mandolinas era otro patio de juego, cuando todo era distinto, cuando la gente amaba, luchaba y trabajaba por las cosas simples.
 
Después de varios años llega la Universidad Externado de Colombia y el paisaje de aquel pueblo empieza a desdibujarse. Los talleres artesanales se vuelven cafeterías y bares, se muere don Luis Blanco y aquella historia queda sepultada por un puesto de perros calientes. Ya no se juega tejo ni boxeo, profesores y estudiantes caminan por estas calles, mientras las bandas de delincuentes empiezan a surgir. Como dice Enrique, “al pie del pudín llegan siempre las moscas”.

De esta manera desaparece el pueblo y el taller de Enrique, padre, casi sucumbe entre la ceniza. “El taller de mi papá se incendia hace más o menos 28 años y mi padre sufre la peor decepción de su vida, con lo fuerte que ha sido, se le ocurrió   que no quiso volver a la cuadra, eso fue exactamente el día anterior al temblor de Popayán”, sentencia. Enrique nunca habló de esto con su padre, justamente por el enorme respeto que le profesa.

Enrique Rodríguez, hijo, continua a medias con la labor de su padre, más por obligación que por gusto, porque su padre no le da dinero para sus gastos, para eso tenía que producir.

Desde niño le enseñó a fabricar instrumentos, sobre todo en aquellas labores auxiliares, como lijar, pintar y hacer mandados.  “Era una obligación, eso no era que a mí me nació”, remata mientras sonríe, y allí me imagino aquella infancia tan poblada de maderas y trabajo, al niño que al lado de papá calentaba el pegamento sobre el brasero. Que lijaba por horas, que pintaba y barría, cambiando momentos de juego por maderas, hierros y pinturas.

Los azares de la vida lo llevaron a tomar determinaciones radicales y a comprometerse de lleno con el oficio. Enrique entra a estudiar a la Universidad Nacional, la carrera de Ciencias Sociales. “Cuando ingreso a la universidad había esa trifulca y todo empieza a alborotarse, es ahí cuando nace Patricia, mi hija mayor, me retiro de estudiar y así empiezo a trabajar en serio”, comenta Enrique con algo de picardía en sus ojos, como si fuera ayer cuando conoció a su esposa.

Desde su antigua puerta se distinguen las fachadas antiguas de una época de la que solo quedan recuerdos y añoranzas, y por supuesto el taller de Enrique, quien insiste en una labor, que conserva de la tradición de padres y abuelos que aunque para muchos esté en desuso, intenta guardar con el pasar de los años, en medio de la Bogotá moderna y urbana.

El comercio y las universidades del sector aun insisten en llevarse lo poco que aún queda de antaño, pues se conocen de proyectos en los cuales quieren comprar algunas casas del sector y a este singular taller. No hay nada concreto, pero los planos ya se están diseñados.

Mientras tanto Enrique continúa en su oficio, enseñándole a muchos lo que es disciplina y trabajo constante, lo que se puede conseguir a través de maderas como el cedro, el pino, el nogal, la caoba y el palisandro, transmitiendo que no es necesario ser músico, pero si prender a escuchar, que aunque los ritmos son distintos, tienen su esencia e importancia para el que las toca, por eso siempre busca  acercarse a la mejor sonoridad y el mayor ajuste de escalas.
 
En los largos años de trabajo que lleva, muchos han llegado, algunos conocidos y otros simples anónimos. Músicos de vieja data como Lucho Bermúdez y Oscar Golden, otros como Andrés Cepeda y el grupo Pornomotora. También es amigo de viejos actores y algunos recién profetizados en el arte, de desocupados y andariegos, de chefs y cocineros en teoría, de músicos y de los que dicen serlo, amigo de novias y ex novias, también de las recurrentes. De la “Chicharrona”, la que vende marihuana hace 50 años, de matones y ladrones que deambulan por el barrio, de comediantes de la vida, de niños mocosos y estudiantes atolondrados.

La calle de las Mandolinas, donde los vecinos no son lo que eran antes. Emparedados, tintos, empanadas, gaseosas, fotocopias, buñuelos, cigarrillos y algo más, es ahora el común denominador de este barrio, ya no se disputan partidos de fútbol, ni se toma cerveza y aguardiente, ni se arman tertulias interesantes, mientras el maestro con la cara empolvada es anfitrión y protagonista de esta tragicomedia.Ahora, Enrique Rodríguez Gálvis, con 54 años de edad y 33 dedicado a su profesión, es el único lutier en la calle de las Mandolinas.

Estudiante de Comunicación Social – UJTL

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