Por: Viviana
Peretti
Fotógrafa
profesional de nacionalidad italiana.
Premio
CNN 2003
Cuándo
llegué a este país, hace
más de cinco años, un
amigo recién conocido me regaló
un libro de sus poesías. En la
dedicatoria escribió: “Bienvenida
al Infierno Paradisíaco”.
De momento quedé sorprendida.
No conocía Colombia y era la
primera vez que pisaba las calles de
una capital latinoamericana. Y qué
capital, Bogotá, con toda su
violencia pero también su encanto.
Sólo mucho tiempo y muchos viajes
después de aquel primer encuentro,
entendí el sentido profundo de
la dedicatoria.
Un mundo donde todo es posible y el
único esfuerzo por hacer es dejarse
arrastrar y sorprender. Trepar los Andes
colombianos y gozarse el espectáculo
de un país que a pesar de todo,
a pesar de una guerra que dura ha durado
más de cuarenta años,
sigue girando a toda velocidad. |
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Una
tierra llena de esperanzas, poblada
por eternos románticos, si
los miras desde adentro, y por locos
desesperados, si los miras desde
afuera con los prejuicios propios
de todo país desarrollado.
Un Paraíso para quién
ama escribir con la luz. Las fotos
salen por sí solas. Basta
abandonarse al encanto de esta tierra
sin reglas donde todo, y lo contrario
de todo, puede pasar y donde da
la impresión de estar casi
suspendidos en un tiempo fuera del
tiempo, ajeno a la ansiedad propia
de Occidente.
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Más
que un país, en efecto, se trata
de una serie de regiones muy diferentes
que casi por casualidad comparten la misma
bandera. Tal vez en esto consiste el hechizo
colombiano: sus muchas almas que sorprenden.
No es fácil clasificarlas y la
mayoría de las veces uno se queda
sorprendido frente a las contradicciones
de un país que es al mismo tiempo
cielo y tierra, luz y oscuridad, racionalidad
y locura, paz y violencia, Paraíso
e Infierno. O, como decía mi amigo,
Infierno Paradisíaco.
Y mientras miras todo esto por fin entiendes
el realismo mágico de García
Márquez. Aquí la realidad
supera con mucho la imaginación
y toda Colombia es un Macondo loco y sorprendente,
donde se sigue viviendo como siempre se
hizo. Con una especie de movimiento lento,
en perfecta armonía con la naturaleza
que acompaña y guía a los
colombianos en el largo y sorprendente
viaje que es la vida. Y aquí entendieron
que tal vez es mejor tomarla con filosofía
y amor. Mejor una sonrisa que muchas amarguras,
mejor una caricia que una bofetada, mejor
la música que el silencio…
Un himno a la felicidad por un país
que muchos consideran condenado, pero
no la mayoría de sus habitantes
que no entenderían una vida lejos
de ese verde Infierno Paradisíaco. |