Le expliqué qué necesitaba y mis expectativas sobre este escrito. Le dije que quería ver cómo era una intervención quirúrgica desde una mirada pasiva, como simple observadora, pues deseaba narrar algo llamativo desde un ángulo diferente al paciente. Le expliqué que además de vestirme con bata de cirugía, ponerme gorro y tapabocas, buscaba estar cerca de todo el equipo de cirujanos, instrumentistas y enfermeras. El doctor de inmediato aceptó y me aseguró que encontraría en su agenda una cirugía que se ajustara a mis necesidades. En esta clínica se practican diariamente un buen número de liposucciones, rinoplastias, mamoplastias y correcciones de malformaciones. La cita entonces sería para estar presente en una rinoplastia el día miércoles 28 de abril desde las 8:00 de la mañana.
Salí de mi casa a las 7:30 a.m., mientras el bus hacía tránsito por la carrera Séptima, escribí en mi libreta un listado de los aspectos que debía tener en cuenta para no perder detalle de esta novedosa experiencia. Datos del paciente, tiempo de la cirugía, el lenguaje técnico, el equipo que lo apoyaba, y anoté además un punto de improvistos y datos curiosos que pudiesen pasar durante la intervención.
Cuando llegué, lo primero que me llamó la atención fue lo pulcro y organizado de toda la sala de espera. El piso tenía baldosines en cerámica negra brillante y en el fondo de la recepción, varios cuadros de reconocidos pintores. Allí saludé a María Eugenia, la secretaria, me senté en la sala en un sofá gigante a esperar al doctor Márquez frente a un televisor de pantalla plana que transmitía el noticiero.
Al lado izquierdo había un diván donde estaban sentados una señora y dos jóvenes, el de camisa blanca se notaba nervioso, ansioso, tenía un espejo y se miraba constantemente la nariz. De inmediato supe que era el cliente de la rinoplastia. Hubiera querido acercarme a hacerle algunas preguntas, pero supe que era mejor pasar desapercibida, luego de una mirada odiosa que me lanzó mientras seguía contemplando su nariz, de tabique torcido y punta aguileña.
Supe, por María Eugenia, que se llamaba Mauricio y que era un estilista de 25 años. Tenía una cara angelical, ojos verdes y pelo negro. Me contó también que era homosexual, tenía novio y su sueño era tener la nariz como la de Victoria Beckham.
Ya a las 8:45 de la mañana, Mauricio, su novio y su mamá estaban impacientes ante el retraso del doctor Márquez. Mientras tanto, Mauricio seguía mirando su nariz en el pequeño espejo, como si estuviera despidiéndose de ella. Su mamá le comentaba al novio de Mauricio que le acolitaba este caprichito a su hijo con tal de que su problema de respiración desapareciera.
La mamá de Mauricio se acercó a la recepción para pagarle a la secretaria los 3 millones ochocientos mil pesos que costaba la intervención, valor que incluía los costos de clínica, el anestesiólogo, el equipo médico y los honorarios del cirujano. A los 10 minutos llegó el papá de Mauricio; un señor moreno, bien vestido. Saludó a su esposa y a su hijo y se sentó a hacer lo mismo que hacíamos todos, esperar.
A las 9:15 de la mañana el anestesiólogo le anunció a Mauricio que ya era hora de prepararse. Le pidieron los datos personales, le hicieron un recuento de la historia clínica, lo vistieron con una bata verde y luego de una limpieza profunda en la zona de la nariz, le tomaron varias fotografías de su rostro.
Afuera, en la sala de espera, la mamá de Mauricio quedó pálida y pegada a una camándula diciendo: “voy a hacer un Padre Nuestro para que a mi muchachito le salga todo bien”. El papá, por su parte, siguió hablando con su yerno de la importancia de estudiar, de prepararse para la vida. Se notaba que los padres aceptaban de buena manera la elección que había hecho su hijo respecto a su sexualidad y a estudiar estética.
Siguieron llegando más pacientes, en su gran mayoría mujeres, algunas ya operadas que adelantaban el proceso de posoperatorio, que en ocasiones es más doloroso que la misma cirugía. Eran mujeres con cuerpos perfectos, que parecían muñecas, con senos y colas dignas de un concurso de belleza.
El doctor Márquez llegó a las 9:40 de la mañana, saludó a todos los que estábamos en la sala de espera. Mostró una sonrisa que en su momento trasmitió confianza. Me hizo pasar por una puerta que conduce al hall donde están los cuartos de cirugía, la bodega de dotación, el cuarto de lavado y esterilización y el cuarto de recuperación.
En el vestier para personal médico el doctor me asignó un casillero para dejar toda mi ropa. Luego pasé por lo que yo llamé un proceso de desinfección, donde la enfermera me hizo quitar todas mis prendas, me roció con un líquido el cuerpo y me puso un traje de cirugía azul, un gorro blanco, un tapabocas y unas polainas que se ponen sobre los zapatos. En esencia querían evitar cualquier material contaminante en la sala de cirugías.
Terminé el proceso de desinfección y cuando salí el Doctor Márquez ya estaba en acción. Estaba operando en la sala contigua donde estaba Mauricio, sedado y cubierto desde los pies hasta el cuello. Tenía los ojos pegados con una cinta y su gran nariz expuesta.
El doctor me invitó a ver el proceso de liposucción que estaba haciendo a una mujer de aproximadamente 26 años de edad. Ella estaba acostada en una camilla, sedada y sometida a una succión que más parecía una violenta golpiza. Le introdujo una vara metálica, que mide unos 40 centímetros de largo, por los lugares donde la mujer quería perder grasa. Le suturó el ombligo, le dio una palmada en la cola de manera cariñosa, y finalizó la operación diciendo “esta muñeca quedó lista”.
Salimos de ese cuarto y el doctor me preguntó si estaba lista, mientras se quitaba los guantes que tenían un poco de sangre. Se esterilizó nuevamente las manos, se puso un casco en la cabeza que estaba equipado con unas gafas que agrandaban y acercaban las imágenes y una pequeña linterna. Por fin llegamos al cuarto para que empezara la rinoplastia de Mauricio. El doctor me ubicó en un lugar donde pudiera ver en primer plano todo el proceso, justo al lado de una pequeña silla negra y a las 10:20 de la mañana comenzó la operación.
Contrario a lo que yo pensé en ese momento, en la cirugía sólo estuvo presente la instrumentista y el doctor, no todo un equipo médico como muestran en ocasiones en las películas. El Doctor estudió las marcas que habían trazado sobre la nariz de Mauricio, empezó introducir una pieza pequeña para poder sacar el tabique, que en la realidad, es una pieza cartilaginosa, me la mostró y la dejó a un lado reservada para utilizarla más adelante. Seguía moviendo sus manos de manera rápida y mostraba mucha seguridad, le pedía instrumentos a la asistente, ella se mantenía atenta y utilizaba una manguera metálica que succionaba la sangre que iba saliendo tras cada corte que esas manos gruesas y ágiles le hacían a la nariz.
Hasta ese momento todo iba bien, sabía que podía resistir de pie porque en promedio una cirugía de nariz dura entre una a dos horas. El doctor pasó a bajar la joroba bastante prominente de la nariz de Mauricio, pidió un instrumento que tiene una parte rugosa parecida a una lija y comenzó a raspar el hueso y hacía el mismo movimiento brusco que había en la liposucción. Estar atenta, observar y tomar fotografías me hizo sentir cansada y me generó un calor terrible. Me senté, pero justo en ese momento, el doctor anunció que ahora iba a levantar toda la piel de la nariz.
El doctor Márquez me dijo; “Imagínate que esto que sigue es como pelar un plátano muy maduro”. Y así fue, empezó a cortar con una tijera para separar las fosas nasales del hueso de la nariz y con un gancho, como el del Capitán Morgan, haló la piel de la nariz hacia arriba y ahí quedó expuesta la punta, los halares, todo en carne viva, roja y blanda. Aún me da escalofrío y se me llena la boca de saliva con sólo imaginarlo.
En ese momento miré impresionada lo que el doctor me mostraba y nombraba en tono amable. El doctor adelgazó la punta, cortó halares e hizo un sinfín de maromas para obtener un resultado según las expectativas del paciente, tener la nariz de Victoria Beckham. Es curioso, los pacientes tenemos un ideal de nariz, pero como la huella digital, la nariz también es única y es muy difícil que quede igual a la de una celebridad.
Siguió el movimiento bajo la carne de la nariz de Mauricio, el calor se hizo más intenso y el doctor anunció que venía la parte más aterradora, el martillo. Martilló una vez sobre el tabique, no se veían huesos rotos, solo movimiento de dedos y piezas metálicas bajo la piel. Salió un chorro de sangre que rodó hasta la oreja de Mauricio, me empezaron a temblar las piernas, sentí que el calor se hacía más intenso y que el sonido que controla los signos vitales del paciente lo tenía pegado al tímpano, me tuve que sentar nuevamente.
Para efectos de registrar con precisión todo la experiencia de ser observadora en un quirófano, registré en mi mente la hora, 11:07 minutos, empecé a ver estrellitas, respiré profundo, el doctor y la instrumentista seguía en su labor, se acercó una enfermera, Sofía, y a lo único que atiné fue a estirar mi brazo para intentar alcanzar el suyo y en ese momento empecé a soñar que estaba montada en un Transmilenio.
Me desplomé en el piso de baldosas blancas junto a una bala de oxígeno y debajo de la mesa de instrumentación. Afortunadamente no la tumbé o el desastre y la vergüenza hubieran sido peores. Cuando abrí los ojos tenía, ahora sí, todo el equipo médico sobre mí. La enfermera jefe me tenía las piernas suspendidas en el aire, el anestesista me estaba tomando el pulso y Sofía me estaba pasando una mota de algodón por la nariz para que pudiera reaccionar.
Abrí los ojos y me dio ataque de risa. Por los nervios y la vergüenza que sentí me agarré la cabeza y me juré nunca volver a una sala de cirugía a menos que fuera en condición de paciente. Les pedí disculpas y no tuve más remedio que seguir presenciando la cirugía desde un ángulo poco usual, desde abajo. Tomé una fotografía más, el doctor me miraba con compasión y se reía. A la hora de hacer las suturas y dar el toque final, me preguntó si tenía fuerzas para pararme, lo hice y vi el último proceso en el que ya la carne roja y blanda estaba cubierta, la nariz había sido rediseñada, no tenía la joroba del tabique, estaba más delgada y respingada.
El doctor comparó el resultado final con las fotos que le tomaron a Mauricio cuando lo pasaron a preparación, quedó satisfecho con la apariencia que le había dado y todos salimos de la sala para que la instrumentista levantara todo el material. Después, las enfermeras pasaron al paciente que estaba estrenando nariz a la sala de recuperación.
Me cambié y salí a despedirme de todos, el doctor me bautizó la sobreviviente y me dijo que cuando quisiera podía volver para que fuera perdiendo el miedo, porque a casi todos les pasa lo mismo en la primera vez. Segura de que no quería repetir la experiencia le agradecí y salí a la sala de espera, afuera seguía la familia de Mauricio, su novio estaba leyendo una revista y le interrumpí para contarle que Mauricio estaba bien y que ya estaba en recuperación. Me despedí agradecida del doctor Márquez, y luego de esta accidentada experiencia, me juré no volver jamás a un quirófano como observadora.
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