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Una noche en la sala de partos
Por culpa de un dolor que nadie supo qué era, pasé una de las más terribles noches de mi vida. Relato de una noche en una sala de partos.
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Es martes, acabo de llegar de la Universidad y me dispongo a almorzar. Me encuentro sentada en mi cama, y de un momento a otro, siento fuertes punzadas al lado derecho del estómago, intento adoptar posiciones que me ayuden a aguantar el dolor, pero no lo logro. Han pasado aproximadamente treinta minutos y el dolor no sólo persiste sino que se agudiza. En ese instante llamo con angustia a mi madre y le cuento lo que me está pasando, ella toma la decisión de llevarme por urgencias a la Clínica Navarra, rápidamente pide un taxi y saca de mi maleta la billetera, revisa que el carné de la EPS y la cédula se encuentre allí y salimos apresuradamente.
¡Llegó el taxi!, me grita con fuerza mi madre. Logro levantarme de la cama con gran dificultad, pero no puedo casi ni caminar. Siento como si algo se me estuviera destruyendo por dentro. Mi mamá sube, me toma del brazo y me ayuda a bajar las escaleras, finalmente, entramos las dos al carro. “No aguanto, no aguanto, y tengo muchas náuseas”, le digo con preocupación a mi madre, quien intenta tranquilizarme y me dice que no me desespere, que todo saldrá bien.
Luego de 15 largos e interminables minutos, llegamos a la Clínica Navarra, mi madre me ayuda a bajar del taxi, pero ya para ese momento, me encuentro doblada del dolor. Ella me sienta en una silla, corre a entregar los papeles a la recepción, y les pide que me atiendan rápido. Pasaron aproximadamente 10 minutos, cuando la doctora me llama y me hace pasar a su consultorio, me preguntó el nombre y las posibles razones de mis dolores. Le comenté que me llamaba Carolina Hernández, y que desde aproximadamente siete días venia sintiendo extraños y fuertes dolores abdominales, pero que hoy se me habían agudizado, localizando el dolor en el costado derecho de mi abdomen.
Me preguntó si había tenido fiebre o vómito, a lo que mi mamá atinó a negar rotundamente, pero que desde que salimos de la casa sentía muchas náuseas. Le contó que en la mañana ella me había tocado la cara y me había sentido con fiebre. La doctora, nos dijo que por el fuerte dolor que presentaba, era necesario hospitalizarme y realizarme algunos exámenes, con el fin de realizar un diagnóstico más preciso. Finalmente, nos dijo que la clínica no contaba con ginecólogos y que consideraba que era más conveniente para mí, remitirme a otra entidad de salud que contará con estos especialistas, el panorama entonces, empeoraba.
Para ese momento el dolor se hacía incontrolable, no aguantaba las náuseas y la debilidad que se sentía en todo mi cuerpo a medida que pasaba el tiempo. Nos dirigimos a la clínica de Salud Total más cercana, en donde atendían urgencias. A penas llegamos, mi moral decayó y mi salud empeoró. El lugar estaba repleto, recuerdo que no habían sillas disponibles y las personas comentaban que llevaban horas a la espera de que algún doctor se dignara a atenderlos, sin embargo, en medio del oscuro panorama que se divisaba, guardábamos las esperanzas de que me atendieran rápido, ya que la doctora nos había entregado una remisión con nota que decía: “Paciente remitida de Clínica Navarra para manejo por ginecólogo con cuadro de siete días de dolor abdominal, predominio en flacos y fosas iliacas, irradiado a hipogastrio, acompañado además de emesis número tres de contenido alimentario…”, lo que creíamos que era en síntesis, muy grave. La nota al final, no surgió ningún efecto.
Habían pasado casi dos horas desde que habíamos llegado, mi salud seguía empeorando y nada que nos atendían. En un instante, en medio de una congestión absoluta en el lugar, decidí acostarme y ocupar la fila de cuatro sillas en la que mi mamá y yo nos encontrábamos. Recuerdo haber apoyado la cabeza sobre sus piernas, y las caricias que me daba, acompañadas de palabras de aliento, hacían que por momentos me olvidara de lo que estaba sintiendo. “No te preocupes que todo va a estar bien”, me repetía constantemente. De un momento a otro, empecé a vomitar, me la pasaba de la silla al baño y del baño a la silla, y así sucesivamente. Recuerdo que en una de las tantas idas al baño, empecé a escuchar que me decían - ¿Cómo te llamas? – Y que también me gritaban - ¡Abre los ojos! No entendía nada de lo que pasaba, sentía mucho miedo y no podía abrir los ojos, pero seguía escuchando una voz muy cercana que me repetía constantemente que me tranquilizara. Durante un momento, mi madre me contó que las personas que estaban en el lugar se quejaban de la atención y que decían que era el colmo que esperaran a que la gente empeorara para poder atenderlos. En ese instante comprendí lo que había pasado, me había desmayado, y me estaban ayudando a volver en sí.
Un médico me levantó del piso y con la ayuda de una enfermera, me sentaron en una silla de ruedas, en la cual duré aproximadamente unos quince minutos, ya que el dolor se intensificaba cuando estaba en esa posición. Decidí volver a recostarme en las sillas, pero ahora sobre las piernas de mi papá, quien había llegado para acompañarme. Protegida entonces por él, decidí implorarle para que intercediera con el fin de que me dieran algo para el dolor o simplemente, ya vencida, le rogué para que me llevara a casa, pues sentía que no quería estar más allí.
Después de una larga y ardua espera, por fin un doctor me llamó a su consultorio, me hizo las preguntas de rigor, y me llevó en la misma silla de ruedas junto con mis padres al área de observación. Ordenó, entonces, hospitalizarme, dio instrucciones para que me asignaran una camilla y me pusieran suero, además que me suministraran calmantes con el fin de contrarrestar el dolor.
Tengo presente cuando me recosté en la camilla, escuchar a mi mamá rezar constantemente y repetir: “Señor te entrego a mi hija, que primero que mía es tuya, y tú me la prestaste…”, para ese momento, no podría describir la tristeza que sentía al escuchar estas palabras, sólo puedo decir que en ese instante sentía que me iba a morir, y que quizás, esta era la despedida. Después de este triste momento, recuerdo que el dolor empezó a ceder, empecé a sentir una pesadez en mis ojos, y sin más, me quedé profundamente dormida.
Confieso que allí perdí la noción del tiempo, no supe si era de día o de noche, sólo supe que era viernes y que desde hace tres días estaba muriendo de un fuerte pero extraño dolor abdominal en una cama, ubicada en el pasillo de urgencias de Salud Total, situada en la Autopista Norte con calle 102°. Me han practicado todo tipo de exámenes, de sangre hasta ecografías, y el diagnóstico sigue siendo el mismo, en pocas palabras, los médicos no saben lo que tengo. Por los síntomas y el antecedente de una cirugía practicada en abril del presente año, donde me retiraron fragmentos de un quiste hemorrágico, consideran que mi caso debe ser tratado en ginecología, razón por la cual la doctora de turno comienza a buscar mi pronta remisión a una clínica especializada en esta área.
Recostada en la camilla a la espera de noticias, me detengo a observar a mí alrededor. Veo con aflicción y nostalgia, cómo cantidades de personas, entre ellas niños, adultos y ancianos, desfilan por el corredor de urgencias como si fueran almas en pena. Lágrimas y expresiones de dolor, no dejan tregua al silencio, todo en este sitio, da la apariencia de que está enfermo.
En ese instante, en medio del dolor que me estremecía y la debilidad que sentía, me detuve a observar a mi papá, el cual se encontraba recostado sobre una de las paredes de la habitación, intentando conciliar el sueño, después de 48 horas en vela, en ese momento no pude evitar que mis ojos se llenaran de lágrimas, al pensar en cada uno de los sacrificios que los padres hacen por sus hijos.
De un momento a otro, entraron a la habitación los paramédicos de la ambulancia, Carlos Gutiérrez y Juan Vélez, quienes nos informaron de mi remisión al Policlínico del Olaya (CPO), ubicado en la Carrera 21 No. 22 - 68 Sur. ¿Cuál es su nombre?, ¿A qué se dedica?, ¿Quién la acompaña en la ambulancia?, fueron algunas de las preguntas que me hicieron los paramédicos mientras que me cubrían con una cobija hasta el pecho y me sujetaban a la camilla.
Eran, aproximadamente, las cinco de la tarde cuando me llevaban a la ambulancia. Pude observar de nuevo el resplandor del Sol, que se posó sobre mí por unos cuantos segundos, y pude escuchar el acelerar, el frenar y el pitar de los carros, en plena hora pico, aspectos irrelevantes en mi cotidianidad, pero que hoy me alegraban y me subían el ánimo.
Demoramos cerca de veinte minutos en llegar al otro lado de la ciudad. La verdad en mis 20 años de vida, nunca me había movilizado en ambulancia y mucho menos a tan alta velocidad, y aunque no tuve miedo, recuerdo como si fuera ayer, el ruido de la sirena. Adentro, uno de los paramédicos, preguntaba una y otra vez por mi estado de salud, mientras tanto, yo me distraía observando por la ventana.
Me emocionaba el hecho de llegar a esta clínica, no solo porque sentía que allí los médicos podrían definir mi diagnóstico, sino ante todo, porque no tendría que seguir mirando todos los casos terribles que llegaban a urgencias, lo que nunca imaginé, fue que al caer la noche me arrepentiría de estar ahí.
Al llegar, la ginecóloga Elisa Rincón López, ordenó que en primer lugar se me repitieran unos exámenes, tales como la prueba de orina y la ecografía, y en segundo lugar, que me hospitalizaran, con el fin de hacerme seguimiento toda la noche. El problema ahora, era que de las 82 camas con las que cuenta el hospital, no había ninguna disponible, razón por la cual, me asignaron en el piso de maternidad.
Eran las 8 de la noche cuando un enfermero después de haberme realizado una ecografía, me llevaba en bata de cirugía y en silla de ruedas por toda la clínica, hasta llegar al piso destinado. Recuerdo haber visto al llegar la zona de incubadoras y de bebés recién nacidos, pero lo que más tengo en mi mente, fue el instante cuando entré a la habitación donde me iban a dejar.
Contaba con nueve camas, de las cuales sólo quedaban libres dos, tenía un baño y un televisor, en el cual estaban transmitiendo una película de acción. A todos los ruidos que emitía el televisor, se unían los gritos y los llantos desesperados de las madres que estaban en trabajo de parto: “enfermeras por favor no me dejen morir, ya no aguanto más, sáquenme este bebe ya por favor…” imploraban algunas madres. Estas súplicas, se mantuvieron hasta la madrugada.
No habían pasado ni quince minutos y ya quería salir corriendo, no podía creer que dos niñas, una que había cumplido dieciocho años recientemente y la otra de quince años, estuvieran a punto de dar a luz. En esta habitación, todas las pacientes eran madres, excepto yo.
Algunas de las jóvenes se encontraban allí porque estaban en trabajo de parto, otras porque tenían infecciones urinarias, pero hubo un caso en especial que cautivó mi atención. Yuly Mora, con 33 semanas de embarazo y en nivel 5 de dilatación, llegó al Policlínico del Olaya y se preparó para dar a luz, aunque al parecer tenia pre eclampsia, condición que pone en riesgo su vida y la de su bebé.
Según algunos estudios, cada 3 minutos muere una mujer en el mundo debido a la pre eclampsia. Afecta entre el 3% y el 10% de los embarazos. Es la principal causa de muerte materna en el mundo. Yuly, en días pasados, por lo que pude averiguar, venia presentando los síntomas de esta enfermedad, presión arterial alta e hinchazón. No obstante, después de una serie de análisis se pudo comprobar, que esta señorita de veinte años no tenía pre eclampsia, y que los síntomas desarrollados se debían a que su bebé se estaba poniendo en posición para nacer.
Después de nueve meses de espera, de mareos, calambres abdominales, y miles de exámenes médicos, por fin había llegado el momento tan anhelado, no el mío, que seguía con mi dolor, sino el de Yuly, que para las 5 de la mañana, había dado a luz a una hermosa niña.
Con los primeros rayos de luz había llegado la calma a mi habitación, gracias a Dios los gritos de desesperación de las madres habían cesado, y con ellos, el ajetreo de la sala. En ese momento sentí gran alivio y pensé que por fin lograría conciliar el sueño, pero una vez más me equivoqué. Una enfermera a todo pulmón, pasó gritando en busca de un médico para que atendiera a una enferma de última hora, cuando el reloj marcó las 6 de la mañana, el sueño se apoderó de mí.
Eran las 8 de la mañana cuando abrí los ojos, en medio del dolor, el cansancio y la desesperación, una sensación de alivio me embargó por un momento. La ginecóloga me había dicho que a las diez de la mañana, mi madre podría entrar a verme, pero no fue así, ya que la hora de visitas para la sala de partos empezaba a las cuatro de la tarde, y yo aunque no estaba embarazada, me sometía a las mismas condiciones.
Cada segundo, minuto y hora que pasaba, se volvía una eternidad, la verdad es que no soportaba la idea de pasar una noche más allí, y el panorama no cambiaba, nuevas mujeres entraban en trabajo de parto, la función estaba por repetirse.
Mi dolor no daba tregua, aunque ya con menos intensidad. A este cuadro clínico, se sumó un malestar de congestión nasal, obtenida seguramente en el frío de la madrugada, lo que deterioraba aún más mi salud. Ya en las horas de la tarde y con los últimos alientos que tenía, empecé a sentirme mejor. El dolor se calmó, los espasmos cesaron, la congestión parecía disminuir y mis fuerzas, las recobraba lentamente.
A las seis de la tarde me cambié de ropa, y me encontré con mi mamá, quien había estado esperándome en la sala de espera desde las diez de la mañana. Hasta el último momento, mi enfermedad fue una total incertidumbre, nadie supo nunca qué fue lo que tuve y mucho menos, cómo me curé. Mi permanencia en este lugar, además de extraña, fue incómoda no sólo para mí, sino también para toda mi familia. Fue en ese momento, en que pensé en la experiencia que había tenido, salí de esta clínica con el desasosiego que deja el hecho de saber que los médicos no pudieron determinar las causas de mi dolor, pero me permitió, al menos por una noche, conocer de cerca un futuro que me espera como mujer. Esta visita a una sala de partos, como testigo silenciosa, en medio del frio, de los llantos y gritos de madres y bebés recién nacidos, fue algo más que una experiencia, fue una dura visión de una realidad que muchos desconocen y que ahora yo, podré contar.
Por: Carolina Hernández, Estudiante de Comunicación Social – UJTL
Foto: Carolina Hernández - Los médicos nunca supieron cuál fue el origen de los dores. |