Pongo un píe en el asfalto sin bajar el otro del andén cuando el pito estrepitoso de un bus me deja fría y apenas con los pocos reflejos para reaccionar y salvar mi vida, de un salto vuelvo al andén con el corazón en la mano. Intento recuperar mi aliento mientras Leonardo se me acerca con una risita de medio lado como advirtiéndome que tenga cuidado. Para ese momento, concluyo que haré mi trabajo desde la acera y lo dejaré a él ser el jefe en su oficina; la calle.
Entonces decido sentarme en el paradero de buses que hace las veces del despacho o sala de espera, mientras él termina de atender a uno de sus “clientes”. A Leonardo lo he visto varias veces desde mi ventana, siempre que voy en transporte público y doy con la fortuna de sentarme en uno de esos puestos junto al cristal, me gusta porque enredo mis miradas en lo que pasa afuera, la gente, los carros, las calles, los barrios y él. Ya había notado desde mucho antes, que varios de los conductores de los buses que me sirven para hacer mi recorrido, casa-universidad, universidad-casa, se detenían en un punto estratégico de la calzada sur – norte de la congestionada y ya veterana Carrera Séptima entre las calles 45 y 51. Varias veces no entendí por qué se detenían en el semáforo cuando estaba en verde y otras tantas veces pensé –“cuando uno está de afán, sí les da por parar y para colmo de males, cuando el semáforo está en verde”, hasta que un día decidí quitarme los audífonos para por fin entender qué pasaba y por qué razón nos deteníamos siempre en el mismo lugar.
Esa fue la primera vez que vi a Leonardo, con los buses pasándole a milímetros. Se acercó a la ventana del conductor y le gritó unos números que no entendí, por lo que recibió a cambio un par de monedas. Desde ese día lo vi varias veces en las mismas, del andén a la calle, gritando números, sonriendo y agradeciendo por el pago.
En algunos buses de transporte público hay una calcomanía pegada de manera estratégica en una de las diminutas ventanas superiores, que advierte a los usuarios sobre denunciar cualquier irregularidad, es decir, que el conductor no puede recibir información sobre las rutas, cosa que es exactamente lo que hace Leonardo.
Lo espero paciente en la silla del paradero, él va y viene y me dice: “tenme paciencia mujer que me toca estar corriendo”, yo lo miro asombrada, sin duda su actitud positiva aun con el Sol hostil sobre su cabeza y apenas protegido por una gorra roída por el tiempo, que cubre el rostro de los rayos sin misericordia que amenazan con rostizarle la cara a cualquiera. Leonardo se mueve en ese mar de carros como un pez en el agua, domina los tiempos exactos, sabe en detalle cada cuanto cambian las luces del semáforo, sabe cuándo mandarse al ruedo y cuándo no, y su planilla es su fiel amiga, en ella veo un montón de números en una tabla gigantesca que no estoy muy segura de querer entender. Me explica más o menos cómo funciona el asunto y me dispongo a ponerme por unas cuantas horas en sus zapatos.
Me explica que el negocio es una mafia y que como en toda mafia hay capos y principiantes, al contrario de lo que imaginaba los calibradores no llevan uno ni dos años en las calles calibrando las rutas y dando información, por el contrario, hace ya casi una década que estos personajes que todos ven pero pocos miran, se ganaron a las malas y a la peleas este derecho de piso.
Hace ocho años que Leonardo sale de su casa antes de que el reloj marque las cinco de la madrugada, para llegar a su puesto de trabajo a las seis de la mañana, cuando el Sol se asoma a saludar a un nuevo día. Desde que empieza la jornada, Leonardo está llevando y trayendo información. “Lo que hacemos no es generar competencia entre los conductores, por el contrario, les bajamos el acelere avisándoles a cuántos minutos están de las otras rutas”, y como si leyera mis pensamientos, me responde a mis ojitos esculcones: “no, no fomentamos la guerra del centavo, al contrario, si uno va a toda velocidad, se le dice que le baje al afán que hay va por buen camino”, sonrió por el tono gracioso con el que adorna sus frases y entonces entiendo por qué es del agrado de más de un conductor que haciendo caso omiso a la advertencia de sanción que algunas empresas transportadoras han expedido, frenan sus vehículos, saludan a Leonardo y reciben la oportuna información.
Siempre con su “canguro” al cuello y el sonido de las monedas chocando entre sí mientras él trota del andén a la calle y de la calle al andén. En su turno de seis horas, calibra unos 20 buses por hora, el semáforo en rojo es su mejor amigo y los ladrones que aprovechan la distracción momentánea del conductor para subir sin ser notados por la puerta de atrás y hacer de las suyas, son sus peores enemigos, no sólo por el robo mismo, sino por la “boleteada que le pegan a uno”, dice Leonardo mientras me mira con un ojo y con el otro captura como pescador con su red los números de los buses que anota en su planilla. Me sonrío no más de imaginarme tratando de hacer dos cosas de las que él hace al mismo tiempo, y concluyo que respirar y fijarme en el número de la buseta o el color u otro rasgo característico de los que se fija Leonardo, con mi torpeza característica, me sería casi imposible.
Me intrigan los orígenes de esta actividad que de clandestina ya no tiene nada, pero que empezó a escondidas, cómo me cuenta Leonardo entre chiste y calibrada. Cuando Transmilenio empezó a funcionar por la calle 80, hace ya varios años, los buses fueron desviados por rutas alternas que incluían las calles que cruzan por el interior de los barrios. La troncal de la calle 80 quedó adornada solamente por el rojo de los articulados y los multicolores de los buses y busetas fueron desapareciendo gradualmente, así que como suele pasar con astucia de los colombianos, no desaprovecharon la oportunidad para improvisar otra de esas sorprendentes formas de rebuscarse la comida y que encuentran en la desgracia de unos, la fortuna de otros más, así que de unos conductores que hacían rutas piratas, surgió la astuta idea de calibrar las rutas y avisar a unos lo que hacían los otros. El principio básico de este oficio, que de fácil no tiene mucho, es avisar con tiempo preciso. La gran mayoría de calibradores tienen más de 15 rutas de “clientes” fijos, cómo lo afirman algunos de los que llevan los mismos años que Leonardo y coinciden que en este negocio las cosas no se van a legalizar o a formalizar, pero mucho hace cada calibrador por ganarse su zona como para sentarse a ver cómo se la arrebatan. Las reglas entre ellos mismos son muy claras, los trapitos sucios se lavan en casa, toda clase de problema debe ser resuelto entre ellos.
Según Leonardo, en este negocio la honestidad es siempre muy importante, es necesaria si se quiere permanecer, pues “los conductores lo prueban a uno todo el tiempo y corroboran que la información que se les dé sea correcta”, me cuenta cuando somos interrumpidos por un par de muchachos que tendrían mi edad, estaban bien vestidos y tenían pinta de universitarios. Uno de ellos se acerca y saluda a Leonardo con un apretón de manos, de esos que se dan en las reuniones de negocios, me intriga. El muchacho musita un par de palabras que no alcanzo a escuchar, a lo que Leonardo responde con una seña que indica que se acerque al improvisado puesto de dulces que tiene cerca un anciano. Es un coche modificado donde tiene toda clase de comida y golosinas en paquetes, de una de las manijas de la improvisa vitrina, el anciano cuelga una bolsa negra, mete su arrugada mano y saca de la bolsa un pequeño paquete, todo pasa muy rápido y por un momento me sentí como en una de esas películas de pandillas, mientras que el otro joven estira su mano y le pasa un billete enrollado a Leonardo. El estruendo de los buses por un momento parece desaparecer y como en la película Matrix, la escena se desacelera, no puedo decir que me sorprendió, pero tampoco me lo esperaba, los muchachos desaparecen en segundos con su mercancía, sin embargo, me costó recuperarme de la situación, en mis propias narices, habían efectuado un negocio de drogas.
En ese momento comprendí que calibrar no es la única entrada de dinero de Leonardo, quien al ver mi cara de sorpresa, intenta disimular la situación con una sonrisa disfrazada, entonces, decide contarme su pasado oscuro. Tras cinco largos años en la calle, consumido drogas y sobreviviendo para la dosis diaria, aprendió las mañas de la urbe, de esas que “no se quitan” como dice él, para no morir en el intento. Su vida se consumía en medio del vicio, sin familia y siendo la sombra de lo que era antes. Después de un tiempo, empezó a trabajar como calibrador haciendo turnos de 2 horas diarias, que le dejaba hacer su amigo “el mono”. “Él era el capo, era el dueño de ese punto”, me cuenta Leonardo sin inmutarse. En cuanto hacia lo de la dosis, se iba a consumir, así que no era una cosa seria que le generara mayor grado de responsabilidad. Con el tiempo los papeles se cambiaron y “el mono” cedió por completo a los encantos de los alucinógenos. Dejó desprotegido su punto y Leonardo era ahora quien estaba al frente del “negocio”, los papeles se invirtieron y ahora era su amigo el que se estaba consumiendo en el vicio.
Mientras hablábamos, pasó cerca de nosotros una patrulla de policía y debo decir que si hubiere tenido algo que deber a la ley no me hubiera “timbrado” tanto, para ponerlo en términos de Leonardo. Aunque los calibradores ya hacen parte del “mobiliario” callejero y estamos acostumbrados a verlos en las calles aun sin saber a ciencia cierta qué es lo que hace, en el imaginario colectivo está arraigada la idea de que por alguna razón lo que hacen es ilegal y por ende deberían salir corriendo con sus planillas al mejor estilo de los vendedores ambulantes. Lo asombroso, es que los de esta patrulla, saludan a Leonardo con un gesto a través del cristal, mientras él aprovecha para contarme que el único problema que ha tenido con un uniformado fue con uno que se “enamoro” de él y “se la montó”.
Después de muchas peleas, a las buenas y a las malas, finalmente los calibradores y su gremio se hicieron aceptar reclamando su derecho al trabajo. Y como al gobierno poco y nada le conviene las disparadas cifras de desempleo en nuestro país, deciden hacer caso omiso a cualquier restricción a este negocio.
La lluvia se asoma y las primeras gotas caen sobre mis brazos, “estamos jodidos con este clima”, digo en voz alta mientras me pongo el abrigo. Mientras tanto, Leonardo está calibrando a otro bus que ya es “cliente” suyo. Me fijo en un taxista que arranca con hostilidad casi llevándose a Leonardo por delante, hago un gesto como a punta de lanzar un Madrazo, cuando Leonardo de un salto está de nuevo en el andén y me dice con una ira notable en su dedo índice que se extiende para señalar al taxi en cuestión: “esos perros nos tienen mucha envidia”.
¿Y el Sistema Integrado de Transporte? le pregunto para finalizar. Me mira y sabe que ese día está cerca y tendrá que volver a empezar, y le pregunto: ¿cómo lo hará? a lo que él responde con una mueca que traduce algo así como: “no tengo ni idea”, me dice con la voz apagada. ¿Cuánto ganas con esto? Leonardo me mira con esos ojos picarones que ponen a veces los niños y me pone a adivinar, le digo que 500 mil al mes, a lo que él responde: “por ahí ya pasé hace rato”, me rio y hago mi segundo intento: 700 mil, él me interrumpe antes de que termine la cifra y me dice: “mujer, uno en este tipo de trabajos gana mucho más que un mínimo y se cuadra un buen sueldo, mejor que el de muchos otros”, su respuesta me dejó sin armas pero seguir preguntando, estaba claro que rondaba por el millón de pesos mensuales y un poquitico más. Me sorprendo y entiendo por qué existe tanta informalidad en nuestro país.No alcanzo a salir de mis divagaciones cuando Leonardo me hace señas de que el bus que se acerca es una de las rutas que me sirve para llegar a mi casa. El Sol empieza a rondar de nuevo y Leonardo ya se dio cuenta que el astro amarillo y yo no somos los mejores amigos, así que me despacha, cuando me doy cuenta estoy embutida en uno de esos repletos buses que transitan por las calles capitalinas, me siento en la silla de atrás del conductor, abro el cristal y le grito: ¡nos estaremos viendo por la ventana! él me guiña un ojo y se devuelve a su anden.
Estudiante de Comunicación Social-Periodismo, Universidad Jorge Tadeo Lozano, Bogotá, Colombia. UJTL
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