----------- Edición N° 14 - ---- Bogotá, D.C. - Colombia - Sur América - ----

 

Por Alanna Archbold Manjarrez

De cadete en una escuela militar

Por la vía occidental, aproximadamente a 45 minutos de la ciudad de Bogotá, en el municipio de Madrid, se encuentra la escuela de suboficiales de la Fuerza Aérea Colombiana (FAC). Eran las 5 de la mañana cuando me despertó repentinamente una ruidosa corneta, con un toque muy familiar y conocido… “para para papapapá”.

-¡A Despertarse! Gritó alguien en un tono muy fuerte.

Mi cabeza y mi espalda dolían un poco, lo cual no me asombraba, pues no estaba acostumbrada a dormir como esa noche, en un camarote de hierro con una colchoneta que si acaso alcanzaba los 3 cm de espesor. Eran unas colchonetas de rayas largas que tenían estampado en letras azules las siglas de la FAC.

Quien gritaba a tan tempranas horas del día, era la Cabo Superior, una mujer vestida con un impecable uniforme azul turquí, que resaltaba las medallas y banderas que identifican su institución, además de un brazalete con un símbolo en el brazo derecho que la identificaba como alguien de rango superior. Ella entra rápidamente a los camarotes, y  desde la entrada hace su respectivo llamado de control.

¡A despertar! Vuelve a gritar, es como una campana inamovible, firme y decidida, nadie falla en el primer intento de llamado. Mientras yo me desperezaba, ya todos estaban de pie arreglando las sábanas, la Superior se me acercó y me miró de reojo, por lo cual entendí que debía levantarme de inmediato.

Yo, un poco apenada por la situación, me levanté presurosa y observé que a mí alrededor habían unas 15 mujeres dejando en perfecto orden su metro cuadrado correspondiente. Cada quien barre el contorno de su cama, tiende las sábanas y recoge cualquier desorden que tenga en el piso, oficios que sin excepción me tocó realizar.

Aunque casi el 95% de la escuela son hombres, los camarotes de las mujeres están separados de ellos y los superiores que se encargan del control, tiene camarotes definidos de acuerdo a su género y rango. 

De todas formas esa noche no supe lo que significaba dormir como en mi casa, realmente no mantuve los ojos cerrados por mucho tiempo seguido, ya que era inevitable sentir el cambio de cada guardia. En la madrugada cambian cada tres horas para rotarse el turno de centinela (guardia) uno por esquina de la base que son cinco y uno en la puerta principal.

En los oficios duramos unos 30 minutos, luego tocaba ir a ducharse, el agua fría coincidía profundamente con la fresca madrugada en la escuela; a esa hora, el agua cae por el cuerpo como un torrente de hielo que eriza toda la piel, cualquier vestigio de pereza, desaparece por completo.

Entre 6:30 y 7:00 de la mañana llaman a formar antes de ir al desayuno, a esa hora, se canta el Himno Nacional, lo me embarga de un orgullo patriótico poco antes sentido. Luego y casi de manera solemne, se le hace honor a cada símbolo patrio. Entre perdida y despistada, pero muy emocionada, solo repetía como loro.

En el comedor y antes de formar para tomar los alimentos, cada uno debe  tomar su  plato, cuchara y vaso. Posteriormente se come sin mayores contratiempos. En la cocina siempre permanecen dos rancheros (así se les llama a los cocineros que son también prestadores del servicio militar), ellos duermen en la cocina en catres y despiertan desde las 4 de la mañana para preparar los desayunos.

Me senté en la mesa y a mi lado sólo se sentaron unas cinco mujeres más, entre ellas algunas superiores, muchos de los cadetes prefirieron desayunar al aire libre. Aunque un poco incómoda, preferí quedarme en la cocina, pues me parecía que era el lugar en donde el olor era más aceptable. Afuera destilaba unos olores mezclados entre monte, gallinas y estiércol, muchos de los cuales no resultaban agradables al olfato, pues la escuela está rodeada de muchas fincas y zonas verdes, además de gallineros y corrales con una gran cantidad de animales y cultivos, a decir verdad, esta región se caracteriza por la amplia y variada floricultura. El frio continuaba siendo muy intenso e insoportable.

Mientras desayunábamos unos de los suboficiales, me contaba acerca de la escuela y de la importancia que tenia la formación de estos suboficiales, y además que justo enfrente  se encuentra la Base Aérea "MY. Justino Mariño encargada del cuidado del pueblo.

Enseguida nos dirigimos a las clases de índole militar y tecnológicas en aviación, en las cuales sinceramente me encontraba un poco desubicada, después asistimos a una conferencia dirigidas por comandantes jefes que buscan dar una información más directa y completa a sus alumnos.

En el día mientras el itinerario se divide entre clases y ejercicios, que a decir verdad fue lo que más duro me dio, debido a mi falta de práctica, algunos estudian o realizan actividades lúdicas que se dividen en teatro, música, lectura y audiovisuales. Otros cadetes hacen guardia por 6 horas, otros salen a patrullaje en el pueblo por 2 o 3 horas, los que ya han prestado servicio nocturno pueden dormir, y por otro lado, tres de ellos se turnan en una cabina de radio para estar pendiente de las noticias y recibir información de las otras bases militares de todo el País, éstos se turnan cada 8 horas al día.

A los que inician sus primeras labores en la Escuela, son a los que más ponen a hacer ejercicios durante el día, la mayoría uniformados con sudaderas de color gris, a veces con una pantaloneta azul y una camisa gris estampada con el nombre de la FAC, y los que preferían, hacían ejercicio con pantalón largo para no rasparse ante alguna caída. En este “exclusivo” grupo me encontraba yo, primero nos pusieron a trotar por un buen tiempo,  a los que no daban las vueltas completas, los ponían a hacer sentadillas como penitencia, posteriormente, nos pusieron a saltar conos, a arrastrarnos por el piso, a saltar cuerdas, escalar muros y algunas exigencias física más.

Antes de cada comida se vuelve a formar y después de la cena a las 7 de la noche, se apagan todas las luces de la base, nada más queda encendido el cuarto de la televisión; a nadie obligan a dormir pero cada uno sabe que tiene que cumplir con sus turnos de guardia y sus labores nocturnas.

A pesar de no pasar una de las mejores noches de mi vida, de no tener las mejores comodidades o atenciones, propias del hogar, o de haber sentido tantas picadas de mosquitos, convivir con olores muy desagradables y tener arduas labores durante el día, me atrevería a decir que ésta ha sido una de las mejores experiencias en mi vida. Me sentía algo emocionada, cada vez que llamaban a formar era un motivo más para erizarme y que mi corazón se exaltara, el hecho de estar en un lugar que se encarga de la seguridad de todos, me hacía sentir orgullosa y al menos por un momento, me sentí como si realmente yo perteneciera a ese lugar, entendí gran parte de las cosas.

*Estudiante de Comunicación Social-Periodismo, UJTL.

Foto de Alanna Archbold - De cadete en una escuela militar, es un relato real sobre las experiencias de una periodista en una guarnición.   



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