----------- Edición N° 14 - ---- Bogotá, D.C. - Colombia - Sur América - ----

HORA DEL SHOW

La actual condición del contenido televisivo que se tiene en las pantallas de miles de hogares y lugares en el siglo XXI padece de un síndrome común, también asociado al cine, pero que prolifera de una forma amplia en las emisiones de la pantalla chica. Esta falta de <<salud televisiva>> es el <<show>>.

La actual condición del contenido televisivo que se tiene en las pantallas de miles de hogares y lugares en el siglo XXI padece de un síndrome común, también asociado al cine, pero que prolifera de una forma amplia en las emisiones de la pantalla chica. Esta falta de <<salud televisiva>> es el <<show>>.

Durante los inicios de la televisión en los EE.UU., se intentó hacer programas que distrajeran de los difíciles momentos por los cuales pasaba Occidente. De esta forma se realizaron programas que aislaban a los televidentes, es decir, a aquellos habitantes de un país que en muchas ocasiones tenían familiares combatiendo en las angustiosas guerras que amenazaban para entonces el orden mundial.

De forma que así como la historia de la televisión fue la historia de la producción de aparatos receptores, así mismo sus contenidos fueron punto de crítica por su “reproductibilidad”, como señalaba el crítico teórico Walter Benjamín.

De esta manera, para la época posterior a la segunda guerra mundial, el desarrollo en instrumentos y conocimiento técnico de la producción en EE.UU. le permitió a dicho país desarrollar la televisión a color, otro de los atractivos de este medio, y elaborar programas llamativos, que incluso muchos años después de su producción serían vistos (y vueltos a ver) en Centroamérica, Sudamérica y otros lugares del mundo (aún cuando en Asia y en ciertos lugares de Europa, como Francia, se mantuvieron posiciones críticas o recalcitrantes al respecto) –no es necesario recordar cómo, todavía a finales de siglo, en Medio Oriente se disparaba a los radios que hubiesen sido deliberadamente adquiridos, por su contenido liberal y en contra de las costumbres-. Tomaría, entonces, hasta finales del siglo XX para que una pululante elaboración de programas sobre guerra permitiera exorcizar la imagen traumática del conflicto y sus consecuencias, de forma que mientras se hacía la publicidad a favor de Occidente, se absorbía la atención de las personas con intrigas y explosiones. Esto rivalizaba con la época anterior que había pasado por un período de romanticismo y galantería, aunque el período posterior conservaría el elemento aislante, desarrollándolo en lo que, incluso, algunos críticos posteriores calificaron como “narcotizante”.

Una vez se captó una vasta teleaudiencia a partir de sucesos llamativos, las próximas generaciones serían receptores (o más bien víctimas) de miles de programas destinados a un solo objetivo: distraer.

Ni la ilustración, ni la revolución científica y tecnológica servirían para ampliar el concepto crítico de las personas, sino que, como dice el historiador Erich Hoshbawn, “sería necesaria solo la forma operativa de los instrumentos y no todo lo que se requería  para llegar a ellos”. De forma que aún hoy alguien puede ver una cadena de programas fantásticos, luego una hora de algún noticiero parcializado donde las  noticias sobre la “realidad” ocupen menos de la mitad y, finalmente, seguir con otros nuevos seriados que copien los anteriores, pero eso sí, con nombres diferentes.

Aunque los despliegues estrambóticos de colores o audacias hayan perdido adeptos en el siglo XXI, la gran teleaudiencia postmoderna parece no superar su gusto por ojear las vidas de los demás, por ver los asuntos más cotidianos (incluso se deja engañar con programas que le prometen mostrar a individuos que no sepan que hay cámaras) y los aspectos más íntimos. En consecuencia, podríamos seguir pensando que, muy lamentablemente, continuamos siendo seducidos por la época del <<show>>.

  Por Julián David González Ahumada

Foto: www.elproyectomatriz.wordpress.com

 

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