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2017-10-11
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Chocó, muchos mundos en un solo territorio. Relatos de una expedición
Por: Emanuel Enciso Camacho - Fotografías: Alvaro Osmani Moreno
Los protagonistas de la expedición de Utadeo: "Chocó tiene la palabra", hablaron acerca de la experiencia de rodaje, en un departamento donde la alegría y la riqueza cultural y geográfica contrastan con el dolor y el abandono causado por la violencia. No se pierda la magia de esta expedición en "Alma de la Tierra", el 19 y 20 de octubre.

Un territorio lleno de contrastes, donde convergen el dolor de la violencia y la alegría de festivales como el de San Pacho, enmarcado por la riqueza hídrica del Atrato y el encuentro de nuestros océanos Atlántico y Pacífico, pero a su vez abandonado por la sociedad, con problemas de pobreza económica, salubridad y autonomía alimentaria, es la radiografía encontrada por el equipo de investigadores tadeístas, que del 20 de septiembre al 2 de octubre se introdujeron por la geografía de Chocó para contar las historias de sus habitantes y de la tierra misma, que suplican por atención inmediata.

Parque Nacional Katios, en inmediaciones del rio Cacarica.

Más de ochenta horas de grabación y jornadas extenuantes de 16 horas, llevaron al equipo de producción, dirigido por los profesores de la Escuela de Publicidad de Utadeo, Leonardo Otálora, Guillermo López y Jaime Bonilla, a conocer de cerca las estampas de una población cuyo color, energía y calor humano son la mejor arma contra el olvido y la violencia que durante décadas ha azotado al departamento.

Una de las escenas que impactó a Jaime Bonilla, realizador audiovisual del documental “Chocó tiene la Palabra”, ocurrió luego de recorrer el río Atrato en busca del Pacífico, y confirmar así el estado lamentable en el que este se encuentra. En Puente América, a tres horas del Parque Nacional Katios, el abandono es el común denominador del territorio: “Es impactante ver un pueblo tan abandonado de la mano de Dios y del Estado, donde la gente orina y defeca en el rio, y posteriormente toma agua de allí”, relata Bonilla, quien recuerda no haber podido comer, beber ni bañarse en ese pueblo, sino hasta llegar a Apartadó.

La pesca, durante siglos, ha sido la actividad ancestral de las comunidades afro en Chocó.

Laura Sipán es una documentalista española especializada en Derechos Humanos. Gracias a su amistad con Leonardo Otálora, conoció acerca del proyecto adelantado en el marco de “Alma de la Tierra”, y sin dudarlo voló a Colombia. Pese a las historias del conflicto que conocía de nuestro país, cuando conoció Bojayá sintió el silencio de ese sitio, así como las edificaciones llenas de vida arrebatada, situación que califica como “escalofriante”: “el paisaje que encontré fue muy rico en todos los niveles. Como documentalista me gustó mucho tener la oportunidad de ir a Chocó y ser el altavoz de ellos para saber lo que sienten y viven allá. Cuando volví a Bogotá después de quince días, que habían parecido como quince años, tuve la sensación de haber vivido un sueño intenso y lucido que al principio me costó asimilar. Chocó es como muchos mundos dentro de un mismo territorio”, sostiene Sipán.

Desfile de las banderas de San Pacho.

Resiliencia y pertenencia al territorio, algunos aprendizajes que dejó Chocó

El espíritu combativo, que supera los obstáculos, así como el orgullo por las raíces, sumado al trabajo arduo y a la organización de su gente, fueron los factores diferenciales que encontraron los tadeístas en las comunidades embera y afro a las que entrevistaron, y de las cuales extractaron su riqueza inmaterial y su virtuosismo narrativo, artístico y musical.

De allí surgieron múltiples historias, que a modo de collage, hablan de lo que es y ha sido Chocó. Daniel Pretelt, un habitante del caserío de Aruzí en Nuquí, es uno de ellos. Con 89 años, y sin uno de sus ojos, condición que disimulaba con unas gafas oscuras, relató frente a la cámara las peripecias como contrabandista en los años cincuenta, cuando era el encargado de transportar mercancía al vecino municipio de Brujas (Panamá).

Tambo indígena embera, en la etnoaldea Kipara Te, en Bocas de Jagua (Jurubirá)

Pero también es inolvidable la vitalidad y talento de Noency Mosquera, la mujer de la bonga de Bojayá, quien a pesar de las dificultades económicas por las que atraviesa, desborda con su música en los escenarios en los que participa: “cuando íbamos de camino a su casa, en el taxi, Nohency se echó a llorar conmigo porque le daba mucha pena la manera en que vivía. Cuando llegamos a su barrio, la explosión de cariño y amor por parte de los niños no se hizo esperar. Ellos corrían a abrazarla y a tomarla de la mano”, recuerda con emoción la documentalista española.

Al final, nuestros expedicionarios sintieron que los chocoanos les dieron mucho más de lo que esperaban, a tal punto que muchos de ellos no querían regresar a la ciudad, pues estaban como en casa, en contacto con la naturaleza y con la sabiduría ancestral: “al estar en contacto con unas gentes tan bellas, entra uno en una especie de asombro permanente, de encontrarse con unas comunidades llenas de vitalidad a pesar de las necesidades y dificultades en las que están, reafirmando siempre sus valores y búsquedas”, destaca Leonardo Otálora, para quien trabajar con las comunidades afro fue una experiencia enriquecedora, pues ellos sacaron a flote toda su potencialidad expresiva, a través de la música y las palabras.

Noency Mosquera, la bonga de Bojayá.

Así, esta travesía por el departamento más biodiverso del mundo, le enseñó a estudiantes, profesores y funcionarios de la Universidad que sí es posible generar desde la Publicidad relatos que vayan más allá de lo comercial y se centren en contar al otro, principal estandarte de este programa en Utadeo, que año tras año, a través del evento “Alma de la Tierra”, reivindica el papel del publicista como interventor y gestor social. La cita en esta versión, denominada “Chocó tiene la palabra”, será el próximo 19 y 20 de octubre. Allí, los participantes conocerán de primera mano, a través de una serie de videoclips, la magia de lo que fue esta expedición a Chocó.

Estos contenidos van a atrapar a la gente, van a ser fáciles de digerir y cuentan con unos elementos muy fuertes en los testimonios y situaciones que se grabaron, pues tienen un grado de profundidad y de dramatismo que a nosotros como documentalistas nos sorprendió mucho”, puntualiza Otálora.

Tras regresar a Bogotá, Sipán volverá a su tierra natal con una experiencia que jamás olvidará. Para ella, el rodaje se convirtió en un verdadero regalo, pues se lleva un puñado de amigos y la experiencia de un trabajo en equipo lleno de energía, situación que, según la documentalista, no había tenido antes en ningún rodaje en su país: “ojalá esta experiencia hiciera parte del cotidiano. Ojalá nunca hubiéramos regresado”, sentencia Bonilla, quien mirando hacia el horizonte, recuerda con nostalgia las amistades hechas en el viaje, entre ellos Leonidas Mosquera, el músico de Quibdó, o Robinson, el pequeño de nueve años que con sus chistes opaca las problemáticas que enfrenta cotidianamente, pues como lo indica Jeisson Orjuela, estudiante del programa de Publicidad y asistente de cámara en la producción, en el rodaje “no solo capturamos imágenes a nivel de cámara sino enseñanzas a nivel personal”.

Chocó encarna a un territorio de contrastes. Por un lado, es uno de lugares con mayor biodiversidad en el mundo, pero por el otro es uno de los departamentos más pobres del país.
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