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"Tal vez lo que no nos ha hecho madurar como país es el olvido"
"Unos hablan de la paz otros hablan de la guerra pero finalmente lo que uno sigue viendo es el profundo egoísmo y la profunda mezquindad de cada bando, pensando solamente en sus intereses y en su sed de poder".

En el último día del XXV Festival Internacional de Poesía de Bogotá, en la Biblioteca de Utadeo, dos estudiantes de Relaciones Internacionales leyeron algunos de los poemas de William Ospina respecto a la violencia, la paz y la reconciliación en Colombia. Olga Illera, directora del Departamento de Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales de Utadeo, y Miguel Barreto, poeta, profesor y coordinador del Observatorio de Paz Utadeo, moderaron este encuentro en presencia del poeta, ensayista, narrador y periodista, William Ospina, quien en una charla muy conmovedora, y llena de historia, nos dijo su opinión respecto al por qué nuestro país repite su historia de violencia una y otra vez.

“Es una situación muy compleja la que está viviendo Colombia hoy, yo diría que hay algo que sigue siendo una característica del país frente a algo que no es nuevo, la historia de Colombia yo diría que es la historia de las discordias, a lo largo de toda la historia de Colombia el país ha padecido innumerables guerras civiles, ha habido en nuestra historia una gran ausencia del pueblo en la leyenda nacional, en la comunidad, en la administración de la sociedad, y en la orientación de los destinos de la nación.  Y ha habido una élite, el poder por el presupuesto, por el manejo de los estados y por la hegemonía de la sociedad, en los últimos tiempos hubo una época en Colombia especialmente dramática, enfrentamientos, violencia entre partidos políticos que enfrentaron a familias y predicaron de manera insana el odio entre los ciudadanos, no había una diferencia radical filosófica ni económica ni política, solo una ambición de poder, de tener la hegemonía sobre el estado, el presupuesto nacional, la gran riqueza estaba en los recursos del estado.

Intentaron atenuar este conflicto con el Frente Nacional a partir de 1958 pero la principal característica del Frente Nacional es que no abrió el espectro político a otra filosofía sino que se repartió el poder bajo el prospecto de la paz que habían firmado los dos, y tácitamente las amenazas a que si no se repartían el poder la amenaza podía volver, hubo unas consecuencias positivas del Frente Nacional, hubo un esfuerzo mínimo de industrialización de una economía agraria sobretodo manteniendo la principal economía agraria que tenía el país que era la zona cafetera, ese millón de hectáreas de los que vivió Colombia durante un siglo.

Sin embargo en las últimas décadas volvimos a ver cómo el país en el que estallaban cada cierto tiempo fenómenos de inconformidad, que el modelo social y político no absorbía ni canalizaba, todo país necesita tener abierto su horizonte a nuevas expresiones políticas de la comunidad, pues mientras existen los viejos poderes y no dejen que nadie más aparezca no van a dejar de aparecer guerrillas, delincuencia o violencia. Es como si estuviéramos en una olla a presión en donde todas las reformas están aplazadas y la sociedad frustrada y retenida, y eso es lo que le pasa a Colombia, entonces tenemos que Colombia es un país extraordinariamente creativo, diverso, rico en posibilidades, completamente anulado por un modelo político y un modelo económico de privilegios en donde hay millones de personas que no pertenecen al estrato de los privilegios, la vida les es supremamente difícil, no hay empleo, no hay educación, no hay salud, no hay garantías, viven con unos niveles de precariedad extraordinarios, y la violencia es la única manera en que la sociedad logra sostenerse (…) ahora hemos vuelto a ver como vuelven a encarnizarse ciertos sectores en odios, radicalidad, y denuncia del otro como el peor de los enemigos y el peor de los peligros de la sociedad.

Unos hablan de la paz otros hablan de la guerra pero finalmente lo que uno sigue viendo es el profundo egoísmo y la profunda mezquindad de cada uno de estos bandos, pensando solamente en sus intereses y en su sed de poder y totalmente negado a mirar la tragedia en que vive un país, que anhela una paz que libere la energía creadora de una sociedad que podría hacer tantas cosas por una política en paz”.

Historias de paz y de dolor

“Creo que sí hay una historia visible de paz, pero también está la historia sumergida del dolor de la comunidad, un dolor y una tragedia de grandísimas proporciones que no parece tomar parte de la historia oficial del país, hace rato que no se escribe la historia de Colombia, pero cuando se escribía era una historia de héroes y de próceres, pero esa historia de la vida cotidiana, privada, intima, familiar, de la vida callejera de los pueblos en Colombia no ha logrado prosperar ni florecer, Colombia ni siquiera ha tenido a un personaje como lo fue en México Carlos Monsiváis quien supo arrojar una mirada tan bella, tan lucida, tan compleja  sobre las expresiones de la cultura popular, como las máscaras de los luchadores de lucha libre, sobre los cantantes de rancheras, sobre los corrillos de la revolución, sobre los personajes del gran cine mexicano de los 40 y 50, sobre la tradición de la santa muerte, sobre los grabados de José Guadalupe Posada, sobretodo esa extraordinaria riqueza de la imaginación popular y de la cultura popular que de tantas maneras distintas México ha podido registrar, defender y convertir en su estampa pública, que viene de esa fusión entre el mundo indígena precolombino, español y los invasores franceses del siglo 19, que hizo incluso que una palabra tan para nosotros aparentemente latinoamericana como “mariachi”, en realidad procede de las orquestas que tocaban en los matrimonios en tiempos de la ocupación francesa, esa palabra francesa se convirtió en una palabra tan charra en el mejor sentido.

Pero Colombia no es un país menos rico que México en extensiones maravillosas de la cultura popular, en la música, en los carnavales, en el teatro, en la narración, pero aquí todo esto ha sido desordenado y oculto por una cultura de la impostura de esas elites, que tienen que ser de un refinamiento de los tiempos de Miguel Antonio caro, redactor de la constitución de 1886, una constitución en la que no había ni indios ni negros, ni nada, esta sociedad eligió ser una sociedad blanca, católica, liberal, de origen europeo, de humor fino, cuando por fin afloró en una obra como la de García Márquez, aquí existía todo eso, no era la cultura impostada que nos quisieron imponer, la verdadera Colombia todavía sigue amordazada, es decir existe porque no la podemos ocultar, aquí nadie puede ocultar la cumbia, el mapalé, los currulaos, la riqueza de las molas, la belleza de la indumentaria o la tradición de los Kogûi de la Sierra Nevada, los ríos y las plantas en el Amazonas, pero todo esto permanece en una especie de archipiélago inaccesible y no florece a ser la gran cultura del país, todo sigue siendo marginal y parcial, de esa misma manera la vida cotidiana de la gente no accede a la historia, sino a un discurso profundo entre la vida privada y la vida pública.

Ese casi millón de muertos en un siglo por razones políticas en Colombia parecen una cifra y ese dolor no puede ser una cifra pues está lleno de circunstancias, de acontecimientos, de vecinos, de hijos, de parientes, de ausencias, de lágrimas, de silencios, de esperas, de desaparecidos, de vidas que arrastraron el fantasma de un ser al que esperaban ver y no volvieron a ver nunca… Son carne, sangre, dolor, sufrimiento, memoria, música, melancolía, así viven los pueblos, deben aprender a expresar todo eso, de ese dolor quedan lecciones que hacen madurar a los pueblos, tal vez lo que no nos ha hecho a nosotros madurar es el olvido, y por eso la violencia de la guerra de los mil días vuelve a replicarse 50 años después y la violencia de los 50 vuelve a replicarse 50 años después, es porque todo ese relato no se ha hecho, ese relato no se ha convertido realmente ni en grito, ni en oraciones, ni en canciones, ni relatos de toda índole, cuando viví hace 15 años con la anterior ilusión de la paz que fue el Caguán hubo un mensaje en “ Colombia en el Planeta” en el que hablaba de que era necesario hacer como dice García Márquez en alguna de sus obras “es hora de recostar las sillas en la puerta y de empezar a contar la historia antes de que lleguen los historiadores”.

La memoria

“Yo creo que la memoria existe, la memoria está allí, lo que no hay es una conciencia plena de esa memoria, ni una voluntad de convertir esa memoria en algo visible, ocurre un poco como lo que Sigmund Freud con el psicoanálisis, a nosotros nos gobierna nuestra relación con nuestros padres, nuestra lengua, con el universo familiar, con el universo religioso, todo eso gobierna nuestra vida pero nosotros tenemos todo eso guardado como decía Freud en el inconsciente, como gestos: no me gusta la cebolla, me gustan los gatos, me da miedo la altura, pero los recuerdos están allá guardados, un poco pasa esto con las sociedades también, presentan síntomas de cosas que han vivido pero no han mentalizado todo ese pasado guardado y escondido. Si no permitimos que a través de una suerte de rito del lenguaje brille todo ese sustrato oculto seguiremos siendo finalizados por un esfuerzo que no hemos aprendido a ver ni a entender en su complejidad. Siento que así como a cada uno de nosotros nos da terror perder la memoria personal porque equivale a perder la identidad, a perder la conexión con el mundo, también nos debería dar el mismo vértigo y temor perder la memoria colectiva, la locura es la perdida de la memoria, si la memoria no está suficientemente elaborada, compartida y procesada, todo ser humano que mire a otro tiene la posibilidad de decirle: llegamos aquí al mismo tiempo, aquí estamos desde hace un millón de años usted y yo, todos pertenecemos a un pasado muy antiguo, a lo mejor en cada uno de nosotros está condensada la historia entera de la humanidad, porque una sociedad como la colombiana permite que haya dizque gente de “buena familia”, aquí se llega a comentar que hay gente que si tiene derecho a estar en el mundo y otros que no, que unos tienen derecho a la propiedad y otros no, hay gente que no tiene derecho a tener una casa y hay gente que tiene derecho a tener cien mil hectáreas, y en esa medida la elaboración de la memoria compartida exige que no haya alguien haciendo la memoria para todos, sino que sea un proceso compartido de esa memoria y eso suele pasar cuando las sociedades son sanas, como suele ser en el mundo, no de una manera mecánica sino de una manera creadora, lo importante no es simplemente tratar de reconstruir de un modo lógico lo que hemos vivido, a veces las mejores elaboraciones de la memoria son inventivas son fantásticas, a veces lo que verdaderamente construye la memoria son los grandes mitos, los grandes símbolos, los grandes inventos”.

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