“Boja-acá” y cómo narrar una historia desde la danza según Viviana Hurtado

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“Boja-acá” y cómo narrar una historia desde la danza según Viviana Hurtado
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Martes, Mayo 26, 2020

¡La música y las artes nunca se apagarán! Por eso, desde el Centro Cultural Utadeo presentamos #CulturaALaCasa, una iniciativa para aprender, disfrutar y conocer en los días de aislamiento.

El 11 de noviembre del 2019, además de ser lunes festivo en Colombia por la celebración de la independencia de Cartagena como primer territorio en emanciparse de España, también fue el día en que por las aguas del Río Atrato llegaron a Bellavista, Bojayá, 79 cofres que llevaban los restos humanos de las víctimas mortales que dejó la masacre ocurrida el 2 de mayo del 2002, cuando estalló una de las cuatro pipetas lanzadas por las Farc en medio de los combates con las AUC, ocasionando la muerte de al menos 79 personas y dejando heridas a más de 100.

Durante una semana los familiares de las víctimas pudieron despedir a sus seres queridos como hace 17 años se los habían negado. Alabaos, misas, un velatorio colectivo y una siembra de árboles como símbolo de la prolongación de la vida hicieron parte de esta semana que permitió dar sepultura a niños, mujeres y hombres, víctimas de una de las peores masacre que ha dejado el conflicto armado colombiano en más de 50 años.

Foto: Unidad de Víctimas.

Ese mismo año 2019, pero el 26 de septiembre, a más de 300 kilómetros de Bojayá, en el Teatro Jorge Isaacs de la ciudad de Cali algo estaba pasando. Antes de que el telón se levantara, se escuchó el sonido de una flauta traversa que iba y venía, repitiendo la misma melodía a la par que parecía conversar con los violines. Cuando el telón se levantó, seis bailarines en fila acompañados de un fondo azul empezaron a danzar de forma simultánea hasta que los violines rompieron con aquella fila para dar paso a historias individuales que se tejen en Boja-acá, una obra de la artista Viviana Hurtado.

Viviana es caleña, bailarina, coreógrafa y psicóloga. Juntó sus tres pasiones para trabajar desde la danza procesos de memoria histórica con la idea de sanar desde el arte. Empezó su formación artística en el Instituto Colombiano de Ballet Clásico (Incolballet) a los nueve años, después de que su mamá notara que se bailaba hasta los comerciales, como ella misma lo menciona: “Yo de chiquita me bailaba todo. Y escuchaba toda la música, mi mamá me cuenta que desde los 6 años me quedaba frente a una ópera horas y horas y ella no se explicaba porqué”. 

Se graduó de bailarina en Incolballet. Ganó un concurso en Cuba y allí se quedó un tiempo estudiando ballet. Regresó a Colombia con la idea de seguir formándose, pero esta vez como psicóloga en la Universidad San Buenaventura de Cali. “En una de las asignaturas empezaron a hablar sobre el tema de los territorios y las comunidades, todo lo que tenía que ver con justicia, paz y los relatos de memoria histórica. Fue tanta la afinidad con el tema que encontré ahí el porqué de la psicología”, señala.

Es allí, donde nace la idea de Boja-acá, una noche del 2012 después de una clase donde conoció más sobre comunidades víctimas del conflicto armado. “Debo hacer algo”, pensó Viviana, quien eligió la masacre de Bojayá por unas particularidades que, según ella, no se encuentran en las demás. “Está profundamente ligada a la muerte del símbolo como algo fundamental en la vida y la construcción del ser humano”, comenta Viviana. “Cuando una persona se resguarda dentro de una iglesia y explotan su símbolo, su dios, su protector que queda desmembrado, están quitándole la esperanza. Cuando la masacre sobrepasa la piel, lo material y llega a lo más profundo de lo que puede sostenerse el alma de un ser humano, creo que es la verdadera tragedia”. 

Realizar una investigación documental fue el primer paso para Viviana. Con esto conoció mejor todas las ideas comunitarias, la comunidad fluvial del Chocó y sus tradiciones. Desde entonces pensó en construir un relato distinto a todas las historias dolorosas que se contaban sobre Bojayá. “Lo que necesitamos es construir algo totalmente diferente, que narre las maravillas de los pueblos como lo hacen los Bogas, que van por los ríos cantando las historias de las comunidades”, comenta.

La investigación quedó plasmada en su tesis de grado, fue una de las ponencias en el Congreso Nacional de Investigación en Danza y se publicó en el libro “Pensar con la danza” del Ministerio de Cultura y la Universidad Jorge Tadeo Lozano. “En esa oportunidad tuve un magnífico espacio para poder compartir lo que pasaba con la danza en Cali y cómo a través de esta se podían hacer procesos de memoria”, comenta.

“Boja-acá se llama así porque no está allá, la obra hace que esté aquí entre nosotros”, dice Viviana, quien además hace énfasis en que una obra no nace en un documento “nace de una emoción, de una inspiración, la cual nos permite crear. Es algo místico pero muy racional a la vez”, después esa inspiración llega al papel, donde la artista imagina lo que quiere contar y como lo va a hacer. “Yo elegí la danza experimental porque me daba la posibilidad de ligar la danza clásica con la contemporánea”, señala Viviana.

Elegir bailarines, socializar con ellos y lograr que sientan y conozcan el motivo de la obra fue otro proceso. “Primero hablamos del conflicto armado, después de la masacre y con esto buscábamos que se fueran encontrando con esa emoción, con esa problemática, porque ellos debían estar llenos de la historia y no vacíos, debían tener recursos para llenarla de significado”, comenta.

Boja-acá ha sido un proceso a lo largo de los años. En el 2012 tuvo sus primeras apariciones, pero fue hasta el 2019 que Viviana dijo: “Llegó el momento de hacer la producción completa a la obra”. Presentó el proyecto a la Secretaría de Cultura de la Alcaldía de Santiago de Cali y ganó una beca de creación en la Convocatoria pública de estímulos. “Pude hacer la obra con todas las de la ley”, dice Viviana. 

Actualmente es profesora de danza clásica en Incolballet, además de ser directora de “La Heredad”, un centro coreográfico itinerante que crea diversos proyectos en torno a la danza, manifestación a la que Viviana le atribuye un gran poder. “Nosotros no somos mentes que hablan, somos cuerpos que sienten, hablan y hacen. Por eso cuando hablas con alguien que tiene palabras, pero no acción te sientes defraudado en cierta medida”, asegura.

Viviana asume el arte como un vehículo de esperanza ante las adversidades, para mantenerse bien espiritual y mentalmente, sin dejarse derrumbar en eso que ella llama “las muertes del espíritu”, que son esos momentos donde uno dice: “Estoy joven, pero me siento viejo, esas son señales por las que un artista no se puede dejar llevar”, señala y hace precisión en que, “esos son los niveles más bajos de tus potencialidades”.

Cree también en el lugar que merece la danza como cualquier otra profesión. Es crítica ante el papel que juegan los artistas en un país como Colombia. “Hacer arte es un proceso ético: ¿Qué arte estoy haciendo? ¿Qué estoy contando? ¿Qué es importante que la gente sepa? Ser artista en Colombia es una responsabilidad social”, comenta.

Boja-acá a lo largo de los años ha llegado a muchas personas en sus diferentes presentaciones, logrando estar en escenarios como el IV Encuentro Internacional de Jóvenes Coreógrafos en representación de Colombia.  “Puede ser algo que no solo te haga bien a ti mismo, puede ser algo que le haga bien a los demás”, dice Viviana, cuando se refiere a la perseverancia que tuvo con esta obra.

En el Teatro Jorge Isaacs, aquella noche del 26 de septiembre, antes de que se baje el telón, los seis bailarines vuelven a agruparse en una fila que parece ser una balsa por el río Atrato. Los violines de “El Moldava”, composición del músico checo Bedrich Smetana, elegida por Viviana para su obra, se apagan lentamente, mientras los bailarines elevan sus manos al cielo y parecen coger algo para llevarlo a sus entrañas. Antes de que todo se acabe le dan la espalda al público y en un momento donde la música sube, señalan a los asistentes porque Boja-acá también es su historia. Así termina esta obra, que a lo largo de trece minutos permite experimentar de otra manera uno de los capítulos más horrorosos del conflicto en Colombia.

 

Por: Miguel Ángel Durán

Oficina de Comunicación Utadeo

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