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2017-07-21
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La vida útil de las cosas
Por: Edier Buitrago - Oficina de Comunicación / Fotografías: Laura Vega - Oficina de Comunicación
Si un celular nos sirviera para toda la vida… ¿lo usaríamos? Una investigación interdisciplinaria realizada en Utadeo en las áreas del derecho, la publicidad y la ingeniería indaga por la “obsolescencia programada” de las cosas.

Desde hace veinte años, en el centro de la sala de María del Carmen, una campesina oriunda de Santander, hay un televisor de perilla, en el que aún sintoniza noche a noche los canales nacionales y las noticias. Esta imagen, que cada vez es menos común, recuerda una época en que la vida útil de un producto podía superar las décadas, e incluso, pasaba de una a otra generación.

Reconocer que hoy en día los productos están hechos para que tengan una vida más corta es algo que inquieta a Mateo Sánchez, abogado y profesor del Departamento de Ciencias Jurídicas de Utadeo. Por esta razón, Mateo se ha detenido a reflexionar sobre el motivo por la cual cada día consumimos y desechamos más productos.

“¿Es porque no duran lo suficiente, o porque queremos tener lo más nuevo?”

A la estrategia que tienen algunas empresas de reducir la vida útil de las cosas, se le conoce como obsolescencia programada. La obsolescencia, que consiste en ponerle un límite temporal al normal funcionamiento del producto -sea volviéndolo más lento o haciéndolo inservible con el paso de los años-, se ha convertido en una práctica común en las empresas de tecnología.

Según datos del Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sostenible, en Colombia se desechan más de 250 mil toneladas de residuos electrónicos al año; productos que dejamos de usar porque se dañaron o porque ya no los queremos. Esta cifra equivale a un promedio de 5,3 kg de basura electrónica por colombiano, mientras que el promedio mundial está en 7,0 kg según la Unesco.

Así, ante la necesidad cada vez más frecuente que ha tenido Mateo Sánchez de cambiar y desechar su celular o computador, le surgen varias preguntas: ¿hasta qué punto pueden las empresas determinar la vida que tienen los objetos que crean?¿Constituye esto una violación a los derechos del consumidor?¿Debería regularse?

En la búsqueda de respuestas, los profesores José Yezid Rodríguez, de la Escuela de Publicidad, Andrés Felipe Suárez, Lizeth Ospina y Óscar Vargas del Departamento de Ingeniería y Lina Camacho  se sumaron para llevar a cabo un proyecto de investigación que indaga por el estado del arte de la obsolescencia en Colombia.

El trabajo, que se desarrolla en estos momentos, plantea una relación entre la jurisprudencia, la cultura y el medio ambiente, entendiendo la obsolescencia como un proceso socialmente construido y culturalmente practicado, que afecta diversos ámbitos de la vida cotidiana, y cómo no, de la naturaleza.

En esta primera etapa, en la que cuentan con el apoyo de Laura Montaña de la Maestría en Publicidad, y María Cecilia López y Diana Carolina Rosas del programa de Derecho de Utadeo, los investigadores tienen la labor de identificar lo que se ha dicho hasta el momento y ver de qué manera se viene abordando el problema. 

Para ello, buscan en publicaciones científicas, en documentos legales y en fallos judiciales, la relación que existe entre la obsolescencia y la sostenibilidad ambiental, la cultura del consumo y la idea de la costumbre, una de las principales fuentes del derecho.

El camino, que apenas empieza, ya ha arrojado algunos resultados.

Por ejemplo, según encontraron los investigadores, el tiempo de uso de un celular inteligente es de un par de años, aunque no se diga en el empaque. A medida que nuevos modelos salen al mercado y que la tecnología se desarrolla, los equipos viejos se vuelven lentos y obsoletos.

Algunas de las prácticas identificadas para que esto suceda son las actualizaciones, que generan cambios en el software del equipo y lo empiezan a saturar; la memoria limitada de los celulares, que cada vez los vuelve más lentos; y algunas piezas que vienen con defectos de fabricación y al cabo de los años presentan fallas.

Pero más allá del proceso de elaboración, un tema que impacienta a Andrés Suárez, quien ha dedicado gran parte de su vida académica al tratamiento de las aguas, es la contaminación que genera la mala disposición de las basuras electrónicas: “las pantallas táctiles están hechas con tintas que contienen metales y las baterías están hechas con litio, que tienen una alta cantidad de metales pesados. Una vez nos aburrimos de los celulares, los botamos a la basura y de ahí llegan a un relleno sanitario. Con las lluvias, los aparatos empiezan a desprender los metales, que se filtran por la tierra hasta llegar a las aguas subterráneas y de ahí a los ríos y mares”.

La inevitabilidad de la obsolescencia

A pesar de lo anterior, parece que la obsolescencia llegó para quedarse. Según José Rodríguez, esta práctica ya hace parte de la cultura y estamos acostumbrados a la idea de comprar un nuevo producto en lugar de repararlo.

Así como existen técnicas para hacer que un objeto se vaya degradando con el tiempo, el constante bombardeo publicitario frente al que nos encontramos cumple una labor de degradación u obsolescencia simbólica, al crear la idea en las personas que los productos nuevos son mejores y que es necesario un cambio frecuente de los aparatos.

Por esta razón, aunque el consumo parezca una idea individual y que cada uno toma la decisión de cuándo comprar, cambiar y desechar, la obsolescencia se ha convertido en un comportamiento social -aceptado y deseable-, que promueve el consumo desenfrenado.

Pero, siendo un problema ético y que afecta el medio ambiente, ¿no debería prohibirse?

La costumbre, que es la repetición de las maneras de ser, pensar y vivir de un grupo de personas, es una de las principales fuentes directas del Derecho. A partir de lo que es común y aceptado, se puede inferir la voluntad social y los actos que se entienden como obligatorios, y que, por lo tanto, podrían regularse.

Como explica Mateo Sánchez, el Derecho se entiende como un conjunto de reglas que regulan la conducta y el comportamiento de las personas, y aseguran la convivencia en sociedad. Por esta razón, es importante tener en cuenta elementos como la costumbre, pero también los derechos, a la hora decidir qué se penaliza y qué no.

La investigación, que está en curso, pretende generar un avance en el conocimiento científico de este tema y resolver muchos de los interrogantes, entre ellos, una respuesta desde el derecho.

De momento, una solución a la maquina de producir, consumir y desechar, puede ser la sostenibilidad, que consiste en mantener el equilibrio entre los seres humanos y el entorno que nos rodea. Y para ello, se requiere de un compromiso con el uso y la disposición racional de la tecnología.

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