Cuando los muertos se apilan y los vivos comparten respirador

Conozca la historia de Jonathan Franco, un médico colombiano residente en España que encaró el coronavirus desde todos los frentes. Su historia es el retrato de la dolorosa realidad de los profesionales de la salud que han doblado esfuerzos para disminuir las pérdidas humanas.

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El protagonista de esta historia nunca llora, según lo recuerda la gente que lo conoce. Jonathan Franco es un tipo duro y serio, que valora los largos silencios y el poder de los análisis que realiza a cualquier persona que entra en su vida. Sin importar si se trata del campo laboral, social o sentimental, él vigila cada movimiento, mirada, expresión y palabra con extrema minuciosidad, para no perder su tiempo con personas que no le aporten un beneficio a su crecimiento personal. No habla más de treinta minutos a la semana con sus padres, a los que no ve hace tres años por miedo a romper el orden de su rutina académica y laboral. En lugar de eso, se dedica al diseño de planes semanales cada domingo sentado en el sofá de su casa en Barcelona, para tener todo bajo control y procurar que no se le escape ni una coma de sus próximas estrategias.

Aquella mañana, colmada del frío viento que anuncia la llegada de marzo, el doctor Franco, como lo llaman la mayoría de personas que le rodean, se sentó frente al plato de su desayuno, con los ojos fijos en los huevos revueltos y la hogaza de pan con tomate crujiente; luego cruzó  los dedos sobre su rostro, apoyando los codos en la mesa y  tomó  un respiro antes de dejar salir la frase “no puedo más”, con la voz quebrada y angustiada, similar a la de un niño pequeño cuando se le deja en la guardería por primera vez. Tras un intento fallido de tensar notablemente los músculos de la mandíbula para mantener la calma, finalmente terminó con los ojos rojos inyectados de una mezcla de rabia, cansancio y dolor. 

En cuanto se percató de las lágrimas que dejó escapar, se levantó con fuerza de la mesa empujando el plato de comida intacto, apresurandose a tomar la bata que acababa de  colgar en el espaldar de su silla, junto a un viejo fonendo que le había regalado su mentor. Caminó con destreza para salir de su departamento, nuevamente dando un portazo. 

Cuando el virus comenzó a ser nombrado en Europa, se hablaba de él como quien escribe un cuento de los hermano Grimm, es decir, iniciando la noticia con frases parecidas al mote introductorio “Había una vez en algún lugar lejano”, quizá por eso la población no tuvo tiempo de advertir lo que les venía pierna arriba. El doctor Franco, especializado en Medicina Interna, había comprendido que su trabajo no se basa en  prolongar la vida hasta que sus pacientes no daban más, se trataba de darle a la vida dignidad hasta el día de la muerte y que esta llegara de la misma forma.

Había comenzado como director médico del Hospital de intermedios Hestia Duran i Reynals, en medio de  una crisis organizacional. Le precedía un buen nombre y prestigio  como jefe clínico, por sus amplias capacidades para estructurar equipos médicos. Disfrutaba de almorzar en el último piso del hospital, mientras su equipo médico comía en el comedor hospitalario, algunas veces para guardar distancias y otras veces para poder planear las mejoras. Mientras le daba vueltas a los espaguetis fríos que tanto odiaba, leía  los sucesos presentados en Italia y Madrid: altas tasas de mortalidad, cierre de fronteras y miembros del personal sanitario enfermos en cantidades alarmantes. Una rubia de bata  blanca con acento mexicano se sentó frente a él con una amplia sonrisa, gesto que el médico devolvió en un gesto de afinidad, lo que dejó entre ver que ambos habían adquirido una confianza más allá de lo laboral. Se trata de Karen, una mujer de treinta y tantos años, de nacionalidad mexicana, que encabeza la corta lista de amistades de Jonathan, inventario que él mismo había venido reduciendo desde que renunció a trabajar en el sector privado, porque se había cansado de las clínicas boutique, los apretones de mano y las palmaditas  en la espalda. Quería retos, se decía a sí mismo sin saber que estaba a punto de enfrentarse a uno de los retos más grandes en la trayectoria de su vida.

Hospital Hestia Duran I Reynals, Barcelona, España. Foto de archivo. 

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La siguiente semana, el gobierno español decidió cerrar las fronteras de Cataluña,  confinar a las personas en su totalidad y dar alerta a los  principales hospitales para que empezaran a preparar las salas para pacientes covid. Lejos de estar nervioso, preocupado o con angustias, la pandemia le generó a Jonatan un subidón de adrenalina, por lo que suponía esta nueva situación para su carrera. Superar esto sería una gloria de esas que tanto le gustaba darle para cenar a su ego. Estudiaba de seis a ocho horas al día sobre el virus, los antecedentes, los errores cometidos en la rapidez de diseminación en Europa, los protocolos de prevención y el desarrollo de planes a futuro. Sabía que primero coparían los tres hospitales públicos más grandes de Barcelona: Bellvitge, el Hospital del Mar y Vall d'Hebron, pero con la velocidad de propagación que tenía el virus, pronto llegaría a su nuevo trabajo.

Fue cuestión de días para que el sistema sanitario de los tres principales hospitales colapsara y el gobierno español pidiera cobertura de hospitales públicos y privados para recibir pacientes covid. El hospital Duran i Reynals no fue la excepción, a la mañana siguiente recibirían a sus cinco primeros pacientes covid enviados desde el hospital Bellvitge. Había llegado la hora de ir  al ruedo.

Una semana antes de anunciar los traslados de pacientes infectados al Hestia, el doctor Jonathan Franco convocó a una reunión para un estudio de la situación general que tenía  como enfoque dos temas principales:  primero,  idear un  esquema de protección  para  que los pacientes ya ingresados en el hospital por otras afecciones (cardiacas, cirugías, rehabilitación, oncología, psiquiatría, etc.) no tuvieran contacto con los llegados por covid. Una de las preocupaciones que más se ponían sobre la mesa, era exponer  a sus pacientes de oncología al contagio de un virus de ese calibre. Segundo, en la trayectoria de infiltración covid por Europa, una de las debilidades era la alta tasa de contagio del personal sanitario. El virus había llegado  sin permitir en muchos casos la prevención y el cuidado de los profesionales, así que Jonathan se trazó como objetivo, que su equipo médico entrara en la lista de centros sanitarios con menos contagios entre el personal. 

Para ello, comenzaron la adecuación de una planta aislada completamente de las otras hospitalizaciones, pidieron indumentaria de protección y establecieron los protocolos que usarían para cuando comenzara el fogueo. Jhonatan concretó la grabación de un video explicando  las medidas de aislamiento para las plantas covid, el uniforme y el protocolo de seguridad que llevaría cada trabajador que pudiera entrar en contacto con pacientes infectados, de esta manera lo podrían estudiar y difundir  las veces que fuesen necesarias. El video más se viralizó por distintos hospitales de Europa.

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Hestia Duran i Reynals contaba con 380 camas para ingresos de larga estancia o convalecencia, cuidados paliativos y salud mental. Es una estructura de grandes proporciones perfectamente geométricas y modernas, variando entre cuadrados y rectángulos, de color gris, que la convierte en una fortificación imponente. Esa mañana, su pasillo principal se llenó de sudores fríos y silencios sepulcrales, las enfermeras disfrazaban el nerviosismo caminando de un lado para el otro, Karen sonreía, pero era una característica tan suya que no se podría deducir si la causa era el miedo o porque había nacido con esa sonrisa pegada al rostro. Para calmar los ánimos  del personal, Jonathan decidió dejar de lado su traje de Massimo Dutty, su camisa Hugo Boss perfectamente planchada y sus zapatos Tommy Hilfiguer, y los reemplazó por un traje blanco enterizo e impermeable con capucha, una bata quirúrgica, una mascarilla fpp2, y sobre ella, una mascarilla quirúrgica, zapatos de prevención, dos pares de  guantes, y una careta de plastico facial. Una vez estuvo uniformado, se instaló junto a las enfermeras y médicos, mostrándoles que si el barco se hundía, él  se hundiría con el barco. El director médico se había puesto las botas y estaba listo para trabajar, no como el jefe, sino como el aliado de todos ellos.

Entraron los primeros ingresos: un hombre de  84 años con fractura de cadera que se había contagiado del virus durante su estancia en otro hospital, lo que era usual por la velocidad de los contagios, ya que pacientes hospitalizados por otras dolencias terminaron contrayendo el covid accidentalmente. Venía sobre una camilla cubierto por una sábana blanca, al estilo más espectral de la película Resident Evil, con falla respiratoria y un tanque de oxígeno que, por el ahogo del hombre, se deducía que no estaba haciendo ningún efecto.  Por un instante las enfermeras se quedaron petrificadas mirándole.

Planta covid, cama 3001, doctora Frisoli, este es suyo.

Había hecho un calendario con las horas de llegada de los traslados covid para que no llegarán más de los que estaba dispuesto a recibir bajo su dirección, no quería topar el límite del hospital arriesgando a los pacientes de otras aflicciones ni sobrecargar en una semana a los médicos. La cifra que determinó fueron seis por día, hasta completar las 36 camas que habían habilitado.

Cuanto el reloj marcó las cuatro en punto, llegaron los últimos dos pacientes del día, una pareja de esposos de 80 años, ambos infectados. Entre los antecedentes el hombre presentaba un alzheimer avanzado y la mujer se negaba a estar en habitaciones separadas, como lo exige la normativa del hospital. Franco ingresó a la habitación de los pacientes y esa cualidad suya para el análisis se activó de manera espontánea. Un hombre delgado, cubierto por arrugas, con una espesa cabellera gris, lo miraba desde el fondo de la habitación, al lado de su cama reposaba un vaso con agua en el que metía sus temblorosos dedos, dejándolos empapados, para después pasarlos por su cabello con la lentitud indiscutible de la vejez.

— ¿Qué hace? — preguntó intrigado al ver al anciano con dificultad de respirar, sometiéndose a un esfuerzo para algo tan vanal como peinarse.

— Doctor, mi esposa está afuera, ahora de pronto la dejan entrar y no quiero que me vea así-  algo se fraccionó al interior del pecho de Jonathan, una presión entre angustia y ternura lo sofocó, salió de la habitación y se dirigió a la de mujeres, una única abuela   vestida con ropa de hospital lo esperaba con cara de pocos amigos, a su lado una enfermera con el traje covid  intentaba calmarla.  Sin decir palabra, Jhonatan  firmó unos papeles y dio la orden para que les dejaran compartir habitación.

 Al entrar en casa, percibió un olor a sudado de pollo que le recordó a su madre y de la cocina se asomó una cabeza rubia con rasgos adormilados que lo hizo sonreír por primera vez en la tarde. Su hermana menor había venido de visita un mes atrás, no se veían hacía casi cinco años, pero siempre la había querido por ser su única hermana mujer y la más pequeña. La pobre había llegado en uno de los peores momentos que atravesaba Barcelona. Al doctor le hubiese gustado mostrarle la Barcelona turística, llena de pequeñas terrazas, abarrotada de personas que se reunían a disfrutar de una cerveza Estrella Galicia antes de caminar por las calles de la rambla o ir a la playa para ver el mar. No dejaba de pensar en ella,  lejos de la familia, confinada en un país que no era el suyo y sola, la mayor parte del tiempo. Se sentía culpable y a la vez de manera egoísta, agradecido por tenerla ahí para llegar a casa  y sentir ese pequeño recuerdo de hogar que creía había muerto años atrás.

El doctor Franco fue el ganador del premio a la mejor publicación internacional por un artículo publicado en la revista European Journal of Internal Medicine. Foto archivo personal. 

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Los días siguientes, continuaron llegando pacientes hasta copar las 36 camas habilitadas. Las medidas restrictivas eran cada vez más estrictas, las calles se veían completamente desoladas, frías y solo se podía salir dos veces por día, de 8:00 a.m. a 11:00 a.m. y de 8:00 p.m. a 10:00 p.m., para funciones básicas como supermercados o farmacias. Los supermercados comenzaron a tener escasez de productos, las personas caminaban con recelo mirando que ningún extraño estuviera a más de dos metros de distancia, conducta que oscilaba entre la prevención y el odio, fundamentado en la creencia de que todos tenían el virus. En  los centros sanitarios no era mucha la diferencia. Jonathan se negó de manera absoluta  a  seguir recibiendo ingresos covid, poniendo en riesgo la salud de su equipo y la capacidad laboral. Bajo estas circunstancias había conseguido un trato con la Universidad de Cataluña y le habían enviado estudiantes para hacer sus prácticas, los había organizado para atender las hospitalizaciones de otras dolencias, mientras él les impartía docencia. La planta covid era exclusiva de los médicos del equipo. Cada mañana, el doctor la dividía entre el acompañamiento a los estudiantes y la revisión de los pacientes covid con el equipo. No tenía tiempo para comer, así que cargaba en el bolsillo derecho de su bata un  paquete de pistachos que se convirtieron en su comida fija. Tras un comunicado de Sanidad,  tuvo que abrir más ingresos aunque la capacidad de los médicos estaba al límite.

Comenzaron con doce al día, hasta convertirse en veinte. La regla estricta de nunca trabajar más allá de su horario laboral estaba completamente rota; no había llegado un solo día temprano a casa y varios días a la semana se quedaba acompañando a los médicos de guardia para recibir ingresos nocturnos. Los treinta minutos semanales que dedicaba para  hablar con sus padres, habían descendido a la nulidad completa. Karen solía animarlo en los corredores del hospital, recordándole que pronto empezaría a descender la pandemia y podría regresar a su vida normal e internarse con su pequeño círculo de amigos en un chiringuito cercano a la playa, para rellenarse de tapas y copas, un plan que les había unido en el pasado, después de empezar su estrecha amistad con el pie izquierdo.

El insomnio había comenzado al mismo tiempo que la suma de ingresos diarios crecía. No podía negarse por exigencias del Ministerio de la Salud y habían tenido que doblar los pacientes que veía cada médico. A veces, se sentaba al borde de su cama en la madrugada, cuando aún las horas oscilaban entre la noche del día anterior y el amanecer del día siguiente, respiraba profundo, intentando concentrarse, pero venía a su cabeza  una lluvia de imágenes, sugerencias, pacientes, médicos y Karen… la exhausta Karen.

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Antes de aceptar su cargo actual, Jhonatan había trabajado durante casi cinco años en uno de los hospitales privados de mayor nombre en Barcelona, pero siempre había sido una persona inquieta. Desde pequeño los colegios lo transferían de su curso actual a un siguiente nivel por sus capacidades. Había logrado graduarse como médico a los veinte y para cuando cumplió los treinta tenía postgrado, maestría y doctorado. Era jefe clínico en el Hospital Dexeus y había escrito más de 25 artículos en revistas científicas. En definitiva, había logrado todo lo que se había propuesto, gracias a su mayor cualidad o quizá su mayor defecto “la ambición”, pero no al dinero, concretamente se trataba de la ambición al éxito. Siempre buscaba ir más allá y cuando sentía que su mente y cuerpo estaban en sintonía, cuando finalmente tenían dominado un terreno profesional, saltaba sin mirar atrás a un reto mayor. Por otro lado estaban Karen y Jorge, dos mexicanos con quienes habían logrado establecer una amistad de años en su anterior trabajo y que a raíz de ese vínculo lo siguieron al Hestia. Jhonatan veía el mundo como un tablero de ajedrez, siendo él la reina, y sus dos torres, el par de alegres mexicanos. Eran inteligentes, audaces y tenían fichas indispensables para los proyectos que él tenía a futuro. Ambos aceptaron, desde luego. El plan era el siguiente: Jorge asumiría la dirección de una empresa en sociedad que tenían en el sector privado con Jonathan, mientras Karen sería su mano derecha en el hospital público. Karen era una mujer de comodidades con un máster en paliativos, que nunca había salido de su zona de confort en la sanidad privada, hasta que Jhonatan le había propuesto ir más allá y crecer como profesional. La había hecho saltar y ahora la estaba viendo golpearse, obligada a hacerse cada día más fuerte.

El reloj sonó a las cinco de la mañana de un jueves o viernes. Los días habían perdido nombre. El médico se saltó la meditación, el desayuno y  solo se detuvo una vez a revisar  que su hermana estuviera aún dormida; últimamente la veía menos y a veces la escuchaba llorar por la angustia que le causaba el trabajo de Jonathan. Salió silencioso y emprendió camino a su trabajo.

En la mañana se aseguró de que todos los médicos estuvieran al menos a dos metros en las mesas del desayuno, sonrió con amabilidad y se sentó con su equipo. Había empezado a tomar confianza con ellos para hacer su entorno y el de sus colegas más agradable. El Hestia “parecía una ONG”, solía pensar él mientras los veía: médicos de todas las nacionalidades (venezolanos, mexicanos, colombianos, españoles, puertorriqueños, entre otros), todos alegres a pesar  de la situación, aunque en el transcurso del día su buen humor se fuera desvanecía al enfrentarse a la pandemia. Doblar el número de pacientes, entrar en peligro de contagio, y lo más tedioso, lidiar con familiares enloquecidos e histéricos llamándolos  y culpándolos por el sistema de salud.

Cómo era posible que su padre había trabajado 70 años  y ahora le negaran un respirador.

Era la clase de frases que escuchaban a diario. Contrario a lo que podrían pensar, no se había insensibilizado, tan solo no habían equipos suficientes para cubrir una pandemia de tal calibre y a veces tenían que tomar decisiones difíciles:

Un hombre de 47 años, sin antecedentes  de salud graves, más que un problema asmático, está entrando en la fase de neumonía. Un hombre de 87 años, con antecedentes relacionados a un ictus, diabetes y otras dolencias, que  aunque  sobreviviera al covid, en un par de años, quizá menos, dejaría este mundo. Un solo respirador.

La tasa de mortalidad iba en aumento y las camas disponibles cada vez eran menos. Una noche, a eso de las diez, cuando estaba prevista la última revisión que hacía falta antes de marcharse a su casa, una enfermera se le acercó.

— Doctor, el paciente de la planta de frío, el señor con alzheimer, acaba de fallecer y su esposa no nos permite retirar el cuerpo. Como ellos compartían habitación...

En ese momento, un escalofrío recorrió el cuerpo de Jonathan y comenzó a sentir un nudo en el pecho que le subía por la garganta. Después de años de normalizar la muerte en pacientes y ordenar pautas de confort sin turbarse, sintió dolor. Recordaba la pareja, por ser dos de los primeros cinco pacientes covid  en tocar la puerta del Hestia. Habían llegado juntos y en algunas revisiones veía a la señora acercarse a la cama de su esposo para incitarlo a comer, revisarle el oxigeno y discutir con una que otra enfermera, reclamando más humanidad con la demencia senil de su esposo.

— Jueputa.

Grupo de residentes de la Universidad de Cataluña. Ellos colaboraron en el hospital durante los picos más altos de la pandemia. Foto archivo personal.

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Entró en la habitación y vio a la  paciente bañada en lágrimas, le explicó que por el progreso  médico ella estaba fuera de peligro y en unos días, tras negativizar por completo, podría irse a casa, intentó consolarla como médico y como persona

— Tiene que ser fuerte, él ya tenía el alzheimer muy avanzado. Él ha descansado y usted  también va a descansar, cuidar de él debía ser mucho trabajo.

— Doctor, a veces ya no me reconocía, se le olvidaba cómo comer, me tocaba bañarlo, cambiarlo cuando se hacía encima. Pero cada noche, cuando me acostaba en la cama de al lado, lo miraba ahí dormido, sabía que no estaba sola y solo eso compensaba todo lo demás.

Para cuando la mujer terminó la frase, la careta impermeable de Jonathan estaba empañada y no la iba a limpiar, primero, por no exponerse al contagio, y segundo, por vergüenza a que le vieran llorando. Después de años de indiferencia, el “puto covid” lo había vuelto débil. En ese momento se vio reflejado de nuevo en aquel joven colombiano de  22 años, recién graduado de  la Fundación Universitaria Ciencias de la Salud San José, que soñaba con presentar el examen MIR y especializarse en Medicina Interna. Se sintió de nuevo como aquel  joven que estudiaba cada paciente con el reto de salvarle, y cuando no podía hacerlo, experimentaba la derrota de fallar.

Aunque muchos del círculo cercano no le veían como un hombre débil, la pandemia lo había humanizado; comía con su equipo, gastaba bromas y disfrutaba esos pequeños momentos de libertad que tenían. Había  dejado el consumismo y la extravagancia. Cada vez que  podía llamaba a sus padres y planeaba, en cuanto abrieran las fronteras, visitar su país natal para verlos. Sentía dolor ante la pérdida de pacientes, y ahora más que nunca, se esforzaba por proteger la salud de su equipo médico. Varias personas lo describían como un nuevo Jhonatan, uno más humano. 

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Una semana más tarde,  el hospital colapsó y se reunió el grupo médico.

— Vamos a comenzar a dar de alta pacientes. Van a repartir altas hasta desocupar  el hospital y ampliar la capacidad  de ingresos.  Diez altas por día. Comiencen por las menos graves”. 

Los pacientes ingresados por psiquiatría comenzaron a irse a sus casas, luego rehabilitación y otras dolencias, en una parte para ampliar la capacidad  de camas y en parte para protegerlos del contagio al que podrían verse expuestos.

Antes de acabar el día,  habían muerto 19 pacientes covid, la cifra más alta que había registrado el Hestia desde que comenzó la pandemia. Las funerarias  llegaron al límite y no atendían más llamadas. En ese momento, los cuerpos de los pacientes fallecidos comenzaban a incomodar a sus compañeros de cuarto, como el caso de un paciente esquizofrénico  que se había contagiado del covid semanas atrás y tuvo que pasar casi ocho horas con el cuerpo sin vida del paciente que habitaba la cama de al lado. Jonathan actuó tan rápido como su ingenio lo permitió ante la negativa de las funerarias para el retiro de cuerpos.

— “Aíslen una habitación y apilen los cuerpos, no nos queda de otra”.

A raíz de eso, los  19 cuerpos fueron apilados en una habitación sellada, con parámetros especiales de acondicionamiento para retrasar el ciclo de descomposición post mortem. Ese fue el resultado del fatídico día.

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Al llegar a casa sintió el olor de la cena familiar,  pero esta vez no le produjo placer sino un profundo dolor de cabeza. Su casa era acogedora, con un sofa negro en forma de L,  frente a un televisor pantalla plana que se había convertido en el mejor amigo de su hermana. Se tiró sobre el sofá después de ducharse y esterilizar su ropa y zapatos en el baño. Con el paso de las horas, sintió un calor insoportable, que a su vez desató el dolor de cabeza que había dormido horas atrás con un paracetamol. Un escalofrío mezclado con debilidad apareció luego de varios minutos y en menos de cinco horas sabía perfectamente cuál era su diagnóstico.

— Pero usted me dijo que volvía hoy - le dijo la voz entrecortada de su hermana. Su preocupación lo enfermaba más que los síntomas del virus, ¿cómo era posible que teniendo 23 años aún la siguiera percibiendo como a su hermana pequeña?

— Son solo unos días  y no es grave, es solo para no contagiar - Mentía.

Sentía que no tenía la fuerza  para mover un dedo. El dolor de su cuerpo se adormecía por las oleadas de fiebre que iban entrando y saliendo como Pedro por su casa. Un dolor de cabeza irremediable le hervía las sienes junto a los recuerdos de la última semana, donde pasaba horas buscando  en qué momento se contagió. Con los pacientes siempre había estado protegido, sin embargo sospechaba de Karen, que hacía unas semanas dejó de percibir aromas, un claro síntoma covid, o Berthy, uno de los médicos de planta que había tenido síntomas de gripe y lo veía llegar cada mañana disimulando las ojeras y el malestar para poder seguir ayudando. Luego divagaba un poco de manera irónica “qué cómico era recordarse a sí mismo difundiendo un video para los hospitales, en donde explicaba cómo proteger los profesionales del contagio” y ahora él era un paciente. En sus mente a veces podía verse en aquel video, pensando en el mérito que había recibido por haberse hecho viral, y en algunas ocasiones se pensó así mismo como un meme: En la primera viñeta estaba él  “comenzando la pandemia”, dándoselas del chacho, del experto en Covid-19, y al lado otra casilla, meses después, tirado sobre una cama, con cara de estar más allá que de acá.

Equipo de planta en la jornada diurna. El Hospital Hestia logró ser uno de los hospitales con menos contagios dentro del personal profesional. Foto de archivo personal.

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Mientras se perdía en sus ironías internas, en la habitación entró un traje blanco, que  escondía una persona en su interior. 

—¿Así me veía yo o es porque usted está gordo, Jorge—  le dijo a su compañero y comprobó que al menos su sentido del humor estaba intacto.

— Serás hijueputa—, le contestó el doctor.

Jorge Huertas era socio del servicio médico que compartía con su ahora paciente Jonathan Franco, pero además era su mejor amigo desde hace cuatro años. Se habían conocido cuando Jorge entró a ser parte de las Urgencias del Hospital Dexeus. Jhonatan lo había odiado con solo verlo, pero después de una conferencia médica en Ibiza, en la que por cosas de la vida terminaron asistiendo solo los dos, los unió la fiesta, las copas y el gusto por la música mexicana.

— Me decía Jorge Piña, que porque mi apellido le acordaba a las piñas pero era porque le caía mal, pero al jodido este todos le caen mal, hasta la Karen...

 Cuando Jorge revisó las constantes y las radiografías, en primera instancia decidió que le dejaría unos días en valoración antes de enviarlo a casa, o  de ser necesario, y esperaba que no fuera así, a la UCI. El covid tiene dos etapas fundamentales: Replicación Viral, en la cual el virus, a través de las células, fabrica réplicas de su carga viral y comienzan los días de síntomas; para la segunda etapa, la replicación Viral, el sistema inmunológico, como  defensa, comienza a inflamarse, y es lo que conlleva los problemas respiratorios, como la neumonía o un estado de alerta mayor.

Por esos días, los pulmones comenzaron a fallarle. Sentía un ahogo constante, la fiebre no disminuía y tareas tan simples, como hablar, empezaban a exigirle un esfuerzo inhumano. La  radiografía mostraba que el virus había avanzado a una neumonía bilateral y lo tenían que trasladar a una UCI.

El doctor Huerta deseó no ser médico cuando tuvo que diagnosticar el traslado de Jonathan. Hubiera preferido ser parte de la población en general que se enferma y a pesar de todo mantiene la esperanza, porque ignoran la gravedad de la situación y eso los ayuda  a levantarse más rápido. En cuanto vio la radiografía, ordenó el traslado. No lo aceptaba.  Uno de los momentos más duro que tuvo que vivir  durante la pandemia, fue ver a su  mejor amigo infectado. En un principio los rayos x no le permitieron ver la situación real, así que ordenó una tomografía; ahí vió la neumonía en ambos pulmones. 

Mientras miraba la tomografía, sentado desde la silla de su despacho, Jorge  comenzó el recorrido de un amargo camino de recuerdos que oscilaban entre la cómica amistad que tenían y las mejores características de su colega. Era un líder nato, el mismo que lo había empujado a realizar su doctorado y había organizado con él una farra en Suttons, con la excusa de sacarse del corazón una ruptura amorosa, en una de las discotecas elite de Barcelona. Allí llegaron juntos hasta el DJ, pidieron una canción de la Juana y la cantaron hasta caer desmayados. Ese hombre, también era el mismo que había estado en el nacimiento de su hijo y la memoria de este hecho lo obligó a tomar aire. En ese momento se negó a pensar que en el mismo año en que terminara su doctorado, iba a perder a una de las personas que más creía en él. Llamó y pidió que le dieran el número de la madre de Jhonatan, porque debía avisarle, por cuestiones legales, la gravedad del asunto.

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Para cuando la llamada con el indicativo +34 entró, el corazón de la señora Blanca Vanegas dio saltos, como si su corazón se fuera a salir de su pecho. Unas semanas atrás habían declarado  que iniciarán en Colombia el proceso de confinamiento, pero haciendo caso omiso de las indicaciones, ella y su esposo habían ido de fin de semana a su finca de veraneo, con apenas tres mudas de ropa y la ilusión de regresar el lunes siguiente. Era una mujer noble, sencilla, tímida, joven y amorosa, pero sobre todo fatalista y nerviosa, esta era una clara diferencia con su hijo mayor. En cuanto escuchó la voz del doctor Jorge, el mundo empezó a caerse por pedazos. A Jonathan lo habían trasladado a una UCI, no había hablado con él y no tenía ni puta idea de qué significaba neumonía bilateral. Blanca se estremeció en llanto y corrió a contarle a su esposo lo que le había dicho el médico mexicano. El hombre mayor, de rasgos suaves y algunas canas que se asomaban en su cabellera rubia, cayó desmayado y fue el segundo ingreso para hospitalización de la familia Franco.

Cuando Jonathan estaba internado, rechazaba las llamadas de sus padres, tíos, primas y hermanos. Les escribía constantemente con tal de evitar hablar con ellos por videollamada, porque no quería propagar la histeria en la familia y se rehusaba a que lo vieran a través del teléfono con oxígeno, debilidad y jodido; sentía que así no iba a ayudar a nadie. Lo habían aislado en una habitación privada en el Hospital Bellvitge, centro médico en el que había terminado su residencia y donde trabajaba su mentor Xavier Corbella, el mismo que le invitó a aceptar ser director médico del Hestia. En este último había intentado ordenar, desde su cama, el trabajo y la organización del hospital, pero se lo habían prohibido.

Estaba aislado, completamente solo y viendo transcurrir el día. Cuando los síntomas comenzaron a descender, empezó a comprender que le dolía más su estado emocional que el físico. La carga de sentirse enfermo, de ver el mundo atravesando una pandemia,la entrada y salida de médicos y enfermeras, los aplausos en la lejanía de los pacientes que ya podían marcharse o de la gente que intentaba apoyar al personal sanitario, la verdad, ya no lo tenía claro, solo sabía que ese sonido le causaba una gran depresión. Estaba decaído, había bajado de peso, le dolía la espalda de estar acostado y podría haber mandado a la mierda todos los cables alrededor de su cama, porque entre el covid y la honda tristeza que sentía se lo estaban devorando. 

Con los días supo que su padre se había desmayado y lo habían tenido que atender en el hospital del pueblo más cercano. Ese día, por primera vez, aceptó la videollamada, no sin antes retirarse el oxígeno un momento.Les aseguró que estaba mejorando, evitó mencionar su depresión y no aguantó las carcajadas cuando notó el aspecto de su madre, cuya vanidad se había perdido en medio del matorral de cabello enredado que le poblaba la cabeza; además tenía picaduras en los brazos, la cara quemada por el sol y llevaba el mismo suéter de hacía semanas atrás. Por necios y haber viajado cuando no debían, cerraron las fronteras en las ciudades de Colombia y sus padres habían quedado confinados en Tocaima. En esos días, ningún establecimiento comercial estaba abierto y las tres mudas con las que habían viajado eran todo su patrimonio. Cuando la llamada terminó, se dio cuenta de que sus habituales treinta minutos sin oxígeno se habían convertido en dos horas y media, sonrió sin mentir y sintió que todo estaba mejorando.

El doctor Jonathan Franco desarrolló en su infancia principios de epilepsia, pero con el tiempo desapareció sin explicación. Foto archivo personal.

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Después de ser altado y salir por el corredor de los aplausos, esta vez como paciente y no como médico, pasó unos días en casa, paseándose de un lado a otro como un león enjaulado; quería regresar a su trabajo y nunca había estado tan quieto.  En las siguientes semanas todo empezó a normalizarse: la curva de mortalidad y contagios se equilibró y comenzó el desconocimiento paulatino de la ciudad, todo parecía empezar a tomar su lugar, por lo menos en Barcelona. La última planta covid ya estaba en rehabilitaciones, cuando pasaba las revisiones veía a sus pacientes en medio de juegos de mesa con otras doctoras o gastando bromas entre ellos, esto lo hacía sentir reconfortado.

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Jhonatan recibió una llamada del Hospital del Mar, en la que le decían que era el contacto de reserva de  la doctora Natalia Espinosa, una de sus colegas y amigas colombianas que habían venido con él, recién llegados a España. Barbara había sufrido un colapso psicológico  y estaba fuera de sí.

Cuando Jhonatan se encontró con Barbara, la joven  de cabello corto, perfectamente alisado, se veía con los ojos perdidos, se sujetaba las manos con desesperación  y  balbuceaba incoherencias.

“Yo dejé morir al paciente, me tengo que entregar a la policía”.

En su hospital avisaron que la carga excesiva la había hecho entrar en shock, llevaba  días sin dormir y, se presumía, sin comer. No tenía familia en España, más que él, así que lo contactaron. Barbara pasó unos días en el apartamento de Jhonatan, bajo medicación, para el sueño y cuidados. Durante varias noches se le podía observar sentada en el borde de la cama recitando la misma frase en susurros; la escena le recordó a Jonathan su propia imagen semanas atrás. Después de  cinco días, Barbara comenzó a  volver en sí, tomó sus maletas, agradeció con lágrimas a Jonathan, solicitó un vuelo humanitario y regresó a Colombia. El covid golpeó la vida de aquella doctora, pero es algo que muchos de los pacientes o las personas que se dedicaron a excluir al personal sanitario por miedo a ser contagiados jamás sabrán.

Fiesta de reapertura en las playas de Barcelona. Aquí en compañía de colegas y amigos. Foto de archivo personal.

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El confinamiento era casi nulo. La curva descendió y en aquella tarde de sábado, en medio de un clima que anunciaba el auge del verano, la terracita exterior, en la que estaba ubicada  una mesa llena de personas, era testigo de un festival de tapas y copas. Ese día Jhonatan  tomó la suya, y en una mirada de complicidad a Karen, le brindó por la promesa cumplida. Los meseros salieron del interior del recinto con una botella de champán y una vela pirotécnica, gritando: “Esta es la mesa de los médicos”, la vela estalló, los aplausos de las otras mesas  inundaron el lugar, y  de fondo, se podía escuchar un coro que hizo a Jhonatan y Jorge ponerse de pie y corear con su equipo médico.

No me digan que los médicos se fueron (woh-oh-oh)
No me digan que no tienen anestesia (woah-oh-oh)
No me digan que el alcohol se lo bebieron (woh-oh-oh)
Y que el hilo de coser
Fue bordado en un mantel.”

Reconocimiento personería jurídica: Resolución 2613 del 14 de agosto de 1959 Minjusticia.

Institución de Educación Superior sujeta a inspección y vigilancia por el Ministerio de Educación Nacional.