Mapoy, la vereda de Arauca donde se siembra la paz | Universidad de Bogotá Jorge Tadeo Lozano

Mapoy, la vereda de Arauca donde se siembra la paz

Familias rurales y víctimas del conflicto armado de la vereda Mapoy, ubicada en Tame, municipio de Arauca, realizan actividades de conservación ambiental, con el objetivo de proteger los recursos naturales del territorio y promover prácticas colectivas que favorezcan la paz.  

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A un lado de la carretera Tame – Hato Corozal hay un letrero pequeño, sostenido con un palo recién pintado, de esos que cumplen la función de estar, sin asegurarse de que alguien los lea. El aviso señala la vereda Mapoy con una flecha que apunta hacia un caminito. El sendero, poco llamativo, indica que al final del tramo vive más gente, pero no hay en su simplicidad ningún atisbo de quiénes son ni de las cosas que han hecho hasta ahora por la paz.

Al lado de ese letrero está la ruina de uno más grande. “Salió como chimbo”, me dice alguien, porque a los tres meses se dañó y solo quedó la estructura, sin embargo, se alcanza a leer: “Mapoy - Paraíso del Moriche” y la palabra “PAZ”, escrita como un rayón hecho con aerosol. Esa es la señal para llegar. 15 minutos más tarde y después de 5 km de recorrido, se llega a este espacio donde todo parece posible.  

Mapoy es una vereda ubicada en el municipio de Tame, en Arauca, a 45 minutos de la cabecera municipal. Los resultados por búsquedas de internet dicen que es un caserío, pero es más que eso. No solamente en términos de población, sino por motivos estratégicos. Siguiendo hacia el sur, a media hora, está el departamento de Casanare, y al occidente está el Parque Nacional Natural El Cocuy, que irriga de agua todo el Piedemonte Araucano.

Estar allá es como recorrer un pesebre a escala, donde la pintura parece siempre fresca, los colores tienen unos tonos más vivos, la mirada se pierde en la sabana y el suelo brilla por los espejos de agua alumbrados por el Sol. 

"Una región maravillosa con buena vecindad"

Uriel Endes define así este territorio. Es el padre de Helio Endes y el hijo de Plutarco Endes, uno de los fundadores y primeros habitantes de Mapoy, en la década de los cuarenta. “La gente es bondadosa, al que no tiene le dan, están pendientes del que no tiene para ayudarle, esas cosas malas que han pasado nos han servido para adoptar lo bueno”, dice Uriel.

Su historia, como la de Mapoy, es más que la de un paraje sobrenatural, pues allí también han sufrido la triste naturaleza del conflicto en Colombia, donde los enfrentamientos entre grupos armados se han llevado y traído violencias peores, que cada tanto repiten el mismo ciclo. 

Como muchos lugares que luchan por vivir en paz, Mapoy y su gente de mano estirada, sombrero llanero y piel canela, se esfuerzan por sobreponerse a la guerra. La han rechazado en su territorio y se han negado a formar parte de algún actor armado; su ejemplo de lucha comunitaria ilustra la práctica de la resistencia no violenta. Hoy es un lugar en paz, en el que gran parte de sus habitantes vive de la tierra y de su cuidado.

Helio Endes, presidente de la Junta de Acción Comunal de Mapoy. Foto de Cristhian Andrés Aguirre.

Viejas heridas

Tras convivir entre el plomo y el control social, impuesto por las guerrillas desde comienzos de los años 80, y los intentos fallidos de retomar ese control por parte de las fuerzas militares, a través de su lucha contrainsurgente de los años 90, la primera década de los 2000 fue el periodo más oscuro y doloroso para esta región, según afirman sus habitantes y los informes de Justicia y Paz.

A partir de los 2000, la llegada del Bloque Paramilitar Vencedores de Arauca, que cruzó la Cordillera Oriental desde Casanare, disparó la violencia en el municipio más antiguo del departamento de Arauca. Según Indepaz, solamente para el año 2002, dos mil setecientas personas se desplazaron de Tame. Y entre 2003 y 2004 ocurrieron 234 homicidios en ese municipio. El portal Verdad Abierta registra que entre 2001 y 2005, este grupo armado ilegal cometió 2.321 crímenes, entre masacres, desplazamientos, asesinatos y desapariciones.

Helio Endes, presidente de la Junta de Acción Comunal de la vereda, hijo de Uriel Endes, lo recuerda así: 

“Mis abuelos están acá desde el año 40. La familia Endes es nativa de aquí de la vereda, somos raizales, somos nacidos. Yo soy la tercera generación, entonces somos de acá. Nuestra región y nuestra comunidad ha sido muy golpeada por la guerra. En los años 2000, 2001, 2002, 2003 y 2004 Mapoy fue una población demasiado aporreada por el conflicto armado, era una población unida, una población grande, pero de ahí para acá se dispersó la comunidad. Pero gracias a estos proyectos nos hemos agrupado nuevamente a trabajar, donde se nos ha dado una importancia muy grande para querer nuestro territorio, para volver a llegar a nuestra tierra y seguir cuidando lo que es nuestro”.

Bosques de vida, presente y futuro

Germán Zehir Soloza cuidando las plántulas. Foto de Cristhian Andrés Aguirre.

Los proyectos a los que don Helio se refiere han sido los dadores de la fuerza necesaria para reescribir la historia de su territorio y convertir su relato en uno diferente y resiliente. Por supuesto, no han llegado solos. Aquí también, como los ríos que nunca mueren, se juntan las aguas y se entrecruzan los caminos. Para el año 2015 llegó la Fundación Reserva Natural La Palmita a Mapoy, entidad que inició el programa de fortalecimiento ambiental comunitario y el programa de expertos locales en biodiversidad. Al sol de hoy es una labor conjunta que, lejos de concluir, atraviesa una nueva primavera.

Justamente, mientras don Helio retrae algunos capítulos del pasado frente a la cámara, transcurre el trabajo de uno de los proyectos que se lideran y desarrollan en construcción con La Palmita. Mientras dialogamos, pasa un joven manejando una carretilla llena de abono, al tiempo que otros campesinos están bajo una polisombra, de espaldas y acurrucados sobando la tierra en pequeñas bolsitas y propagando unas plántulas. Estas harán parte de más de 250 hectáreas que luego serán un bosque restaurado.

El proyecto se llama Bosques de Vida, un logro del que los habitantes de Mapoy sacan pecho porque les ha traído felicidad y satisfacción en gran medida. Esta es una iniciativa de conservación de la biodiversidad con pocos precedentes a nivel local, departamental o nacional, pues es un proyecto social y medioambiental que pretende aportar a la protección del medio ambiente y lograr la captura de más de 478 mil toneladas de carbono”, según Colombia Sostenible, entidad financiadora del proyecto, a través de sus 987 hectáreas de intervención.

El proyecto fue adscrito al Fondo Colombia en Paz, creado con la firme intención de lograr el cumplimiento de los Acuerdos y fortalecer las iniciativas de paz en los municipios PDET (Los Programas de Desarrollo con Enfoque Territorial (PDET), un instrumento de planificación y gestión para implementar de manera prioritaria y con mayor celeridad los planes sectoriales y programas de la Reforma Rural Integral (RRI), establecidos en el Acuerdo Final en su punto 1). El proyecto es ejecutado por La Palmita, la cual ha trabajado a galope y en equipo con la comunidad, para cuidar la biodiversidad de la región, rescatar los saberes ancestrales y construir unos nuevos.

Construcción del vivero comunitario, un proceso que avanza todos los días. Foto de Cristhian Andrés Aguirre.

‘La paz al igual que una casa, se construye’

Eso lo tiene muy claro Pompilio Guanay, porque él fue el encargado de liderar la construcción del vivero comunitario: La idea era que lo hiciéramos en materiales naturales, entonces me ofrecí, yo les dije que yo sabía algo de esa construcción y si querían que yo hiciera eso. De ahí se fueron agarrando, salí adelante y le dejé el ejemplo para los otros que siguiéramos construyendo y no termináramos esta forma de construir casas, que son formas antiguas, formas que ya no las hay, muy raro el que las sabe”, dice.

Toda la vida ha vivido en Mapoy, sin embargo, su apellido viajó miles de kilómetros al sur para bautizar al Pato de Agua que habita las costas del pacífico sudamericano. El Guanay y Pompilio tienen algo más en común que la palabra, ambos llevan en sus genes algo predestinado a la extinción: en el caso del Guanay, está a punto de desaparecer tras ser desplazado de su hábitat por otras especies invasoras, y en el caso de Pompilio, su arte y técnica de construcción está cada vez más en desuso, por lo que su legado también está cerca de esfumarse. Conscientes de esto, los habitantes del municipio optaron por rescatar ese conocimiento que se había perdido entre los años.

La casa de Pompilio fue erigida en los primeros años del pueblo, por lo que es una joya arquitectónica que construyó con su padre, de quien además del prodigio de recordar los nombres exactos de los habitantes de Mapoy, heredó estos saberes:

“A través de toda una vida hemos tenido la costumbre de que los padres le enseñan a uno y uno aprende de ellos. La casa la construimos con él, yo ya era un adulto, me decía vamos a construir tal cosa, yo aprendí con él, era contratista. Él paraba casas de palma así con paredes, ganaba los contratos y trabajábamos nosotros, y así aprendimos. Lo que aprendimos no se nos va a olvidar”, recuerda Pompilio.

Por eso, la construcción de este vivero fue iniciada por Pompilio y terminada por los jóvenes de la vereda. Con los deseos enclavados en cada ladrillo fijado con barro, para que los saberes no se pierdan, el legado perdure y las artes de antaño no se extingan, la construcción fue hecha con materiales naturales como adobe, solera, columnas de madera, construyeras, tirantaduras, limas, cintas, bejuco y palma. Les tomó un mes largo ponerlo de pie.

El precedente de este vivero lo constituyó Morichales de vida, un proyecto liderado por La Palmita y cofinanciado por el Acuerdo para la Conservación de Bosques Tropicales (TFCA). Aquí cobra todo el sentido la frase del cartel de la entrada, porque Mapoy, efectivamente, es un paraíso del moriche. Esta especie de los llanos colombianos es conocida por ser el árbol de la vida y tiene una increíble capacidad de albergar agua, cumpliendo un rol fundamental en la regulación de la calidad hídrica.

“En palabras simples es más y mejor agua. Fue este el paso inicial para sembrar una forma de vivir mejor. Como reza la arenga: sin agua no hay tierra y sin tierra no hay paz”, dicen sus habitantes.

Morichales de Vida finalizó el proceso de construcción del vivero el pasado 11 de julio. La comunidad plasmó algunos mensajes. Foto de Cristhian Andrés Aguirre.

Con el apoyo de La Palmita,  no solo se construyó un vivero, sino que se consolidó el trabajo comunitario, a través de un proyecto y un proceso que la guerra no pudo borrar. El 22 de enero de 2020, se conformó legalmente la Asociación Vivero Comunitario Morichales de Vida El Mapoy, nombre que oficializa que esta comunidad está unida para conservar, cuidar y proteger sus bosques y su biodiversidad.

Conformada por doce familias, la Asociación se rige por principios del bien común, son cuidadores y restauradores de tierra degradada por la acción humana, compuesta por jóvenes, adultos y ancianos que cuidan y velan por el bienestar suyo y del vivero. Marly Soloza, de 23 años, es la representante legal y una de las lideresas jóvenes más prometedoras de la región, quien cuenta cómo estos procesos han traído un cambio de perspectiva.

Marly Soloza, representante legal de la Asociación Vivero Comunitario Morichales de vida El Mapoy. Foto de Cristhian Andrés Aguirre.

“Me llena de satisfacción saber que hay familias que se interesan por el bien común, yo no conocía bien ni siquiera las especies maderables de mi región. Este proceso me lo ha enseñado de la mano de familias muy arraigadas. Conocen desde un arbusto, una herbácea, un arbóreo, ha sido una experiencia muy enriquecedora. Desde lo personal y lo profesional, aprender cómo se lidera. Hoy en día tengo una visión diferente”, dice Soloza.

Es madre de dos hijos que parecen haber heredado el color del reflejo de los espejos de agua en sus ojos: una pequeña de cuatro años, fascinada con los sonidos de la cámara cuando obtura, y un niño de tan solo un año, a quien carga en sus brazos mientras habla. Marly reconoce el avance del trabajo comunitario y su papel fundamental en la paz. Señala que allí también se llega cuando las mujeres ocupan más espacios en las esferas sociales y no se limitan a sus roles impuestos por siglos. Habla de género, practica el empoderamiento, se muestra tan segura y firme que parece tener el poder de cambiarlo todo en su casa, en su campo y en su vereda.

Actualmente, la Asociación Vivero Comunitario Morichales de Vida El Mapoy tiene un repertorio de especies nativas que crecen todos los días y siguen construyendo paz de la mano de La Palmita. En este momento trabajan en Bosques de Vida, el ambicioso proyecto que le refresca la cara a todos los que hablan de él, el que le apuesta a la construcción de un futuro distinto y dicta el camino de gran parte de la sostenibilidad ambiental y productiva, no solo de Tame, sino del departamento de Arauca.

Para la paz, todo

La cámara enfoca a la planta y no a Pompilio. "No importa -dice él- todo empieza por la raíz". Foto de Cristhian Andrés Aguirre.

Aquí, en esta tierra lejana donde el calor de su gente abraza, la comunidad de Mapoy espera implementar sus procesos de restauración y participación comunitaria en otras áreas de influencia distintas a Mapoy, hacia las veredas de Caribabare, Puna Puna, Sabana La vieja y La Lobería, donde también se promueven procesos de adopción de sistemas sostenibles.

Mapoy, sus gentes y sus anhelos son hijos de la paz, la resiliencia de su gente pacífica los hizo capaces de desterrar y soportar de pie los embates de la guerra. Hoy viven otro capítulo, uno que se escribe, donde la descendencia de los Endes pueda contar que vivió días, años, décadas y siglos en tiempos de paz, de la siembra de bosque, el cuidado del agua y la conservación de la biodiversidad.

Gracias a esto, viven un sueño en colectivo, como se tejen las cosas grandes y valiosas. Nadie podrá decir que están solos, como ninguno dudará que lo lograrán. La comunidad se ha fortalecido y la violencia ya no inquieta a los vecinos del Río Tocoragua, a la que Uriel Endes llamó: Mapoy, tierra de morichales, aves y manantiales de agua.

 

Esta historia fue publicada en el portal del Centro de Investigación La Palmita "Mapoy, la vereda de arauca que le siembra a la paz".

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