Yuri Andrea Rojas y la cámara que sembró memoria en el Caquetá

Nacida en el piedemonte amazónico y formada como comunicadora, Yuri Andrea Rojas convirtió la palabra, el sonido y la imagen en herramientas para narrar el campo desde adentro, sanar las heridas del conflicto y formar nuevas miradas en uno de los territorios más golpeados por la violencia en Colombia.

 

En el corazón del piedemonte amazónico, donde la neblina se posa suave sobre los cultivos y los caminos de tierra se abren paso entre los pliegues de la selva, nació Yuri Andrea Rojas, hija de colonos y campesinos.

En aquel paisaje, que carga la memoria de quienes lo habitan, empezó a germinar la historia de una mujer que hizo de la comunicación una forma de resistencia y del arte audiovisual, una herramienta para mirar su tierra con ojos nuevos.

Desde muy joven, Yuri sintió la necesidad de escribir. A los ocho años, mientras el país se agitaba en los ecos del conflicto, ella ya plasmaba en cuadernos los primeros relatos sobre su territorio. Aquella niña, que creció escuchando radionovelas junto a su padre y mirando con fascinación las películas que llegaban a la tienda del caserío, encontró en las palabras y en las imágenes un modo de comprender el mundo.

No tenía televisión en casa y, quizá por eso, su imaginación aprendió a construir imágenes propias, a llenar con luz lo que el entorno le negaba. La radio, con sus voces de misterio y aventuras, era su escuela sonora; y las películas de acción que lograba ver los domingos, pagando quinientos pesos para entrar a una tienda improvisada en cine, fueron su primer contacto con la narración visual. En ese lugar diminuto, entre la emoción y el miedo que le producían aquellas historias, nació su mirada.

 Del desarraigo a la narración como forma de regreso

Años después, el conflicto armado la obligó a salir del lugar donde había nacido. Sus padres, temerosos de que la guerra la alcanzara, decidieron enviarla lejos, como a tantos otros jóvenes que tuvieron que irse para salvar la vida. Esa huida forzada, más que alejarla de su tierra, la llenó de preguntas. Comprendió, con el paso de los años, que las heridas del país no solo se sufrían en el cuerpo, sino también en la memoria. En Neiva, Huila, donde estudió Comunicación Social y Periodismo en la Universidad Surcolombiana, encontró un sentido a esa necesidad de entender su entorno. Allí descubrió que la comunicación podía ser una herramienta de reparación, un lenguaje que uniera la palabra con la tierra. La universidad le dio teoría, pero su alma seguía buscando raíces.

Cuando regresó al Caquetá, lo hizo movida por un impulso más fuerte que la nostalgia: el deseo de narrar lo que su pueblo había vivido. En 2017 se integró a un proyecto de memoria histórica llamado Sur Versiones, impulsado por el Instituto de Justicia Transicional y la Embajada de Noruega. Durante un año recorrió su territorio, escuchó testimonios, dibujó cartografías, revivió silencios y dolores. En ese proceso entendió que cada historia contada era una forma de sanar. De ese trabajo surgió el libro Azul de monte, una obra que mezcla crónica y relato literario para hablar de la historia del Pato, la primera zona de reserva campesina legalmente constituida en Colombia. El libro tejía ficción y realidad con un propósito claro: devolverle la voz a quienes habían sido despojados de ella.

Cuando el audiovisual se volvió refugio, escuela y esperanza

Pero la palabra no bastaba. En el territorio, donde muchos no leen, pero todos escuchan y miran, la necesidad de narrar se transformó en imágenes. Así nació Patoneando, una serie radial y audiovisual que marcó el inicio de un nuevo camino. “Patonear”, caminar el territorio, implicaba reconocerlo, volver a habitarlo desde la memoria. Con esa misma energía, Yuri y un grupo de campesinos dieron vida a un colectivo que más tarde se convertiría en la Escuela Audiovisual Boceto del Pato. En sus inicios no era más que un grupo de vecinos con una cámara prestada y una idea inmensa: contar el campo desde el campo.

El territorio del Pato, ubicado entre los departamentos del Caquetá y Huila, ha sido históricamente escenario de disputas armadas, colonización campesina y resistencia comunitaria. Desde mediados del siglo XX, esta región fue marcada por el conflicto agrario, la violencia bipartidista y, más tarde, por la presencia de actores armados ilegales. En 1997, el Pato se convirtió en la primera Zona de Reserva Campesina legalmente constituida en Colombia, una figura pensada para proteger la economía campesina y el arraigo territorial. En ese contexto de memoria, lucha y reconstrucción social, iniciativas como la Escuela Audiovisual Boceto del Pato emergen no solo como proyectos culturales, sino como ejercicios de soberanía narrativa frente al olvido, la estigmatización y la guerra.

 

Yuri Andrea Rojas usa la cámara como herramienta de memoria, arraigo y reparación en el Caquetá. Foto de archivo.

 

La escuela fue tomando forma entre risas, errores y aprendizajes. Los encuentros se daban en la cancha o a la orilla del río, con el sonido de los gallos y el rumor del monte como fondo. No había salones ni horarios. Lo que sí había era un deseo común de narrar la vida rural desde adentro, de desmontar la imagen de “zona roja” que pesaba sobre ellos. “No somos una zona roja, somos una zona verde”, dirían después, como un manifiesto que sintetiza la intención de todo su trabajo. El color verde no solo representa la selva y los cultivos, sino también la esperanza, la vida que insiste pese a la violencia y al abandono estatal.

Con el tiempo, el colectivo fue ganando identidad. Las niñas y niños del Pato se convirtieron en protagonistas y creadores. Aprendieron a escribir guiones sin escaletas, solo contando historias como se cuentan los cuentos junto al fuego. De ahí surgieron programas como Patoneando con Tania, donde una niña de once años entrevista a campesinos sobre sus oficios; Animalandia, dedicado al cuidado del entorno; y El mundo de Sofía la Caqueteña, una serie sobre la vida cotidiana en las fincas. También nació Notikua, un noticiero hecho por niños para adultos, un espejo que les recuerda a los mayores que la

mirada infantil puede ser tan crítica como tierna. Para Yuri, el momento más gratificante de todo el proceso es cuando alguna de sus alumnas se le acerca y le dice: “Ya tengo un guion,¿cuándo grabamos?”. En esas palabras ve reflejado todo el sentido de su labor.

La escuela no es solo un espacio para aprender técnicas audiovisuales. Es, sobre todo, un refugio para las niñas del campo. Yuri lo entiende así y, por eso, ha diseñado un entorno libre de jerarquías, donde cada una puede ser, opinar y crear sin miedo. Allí no se habla solo de cámaras o encuadres; también se habla de libertad, de cuerpo, de sueños. En un territorio donde la violencia ha condicionado la vida de las mujeres, donde muchas enfrentan maternidades tempranas o escasas oportunidades, Yuri se ha convertido en unabguía distinta. No enseña desde la autoridad, sino desde la complicidad. Su ejemplo muestra que hay otros caminos posibles, que la vida puede ser contada y vivida con dignidad.

Además de comunicadora, Yuri es madre, agricultora y costurera. En su vereda, Los Andes, lidera un proyecto de confección con materiales reciclados. Allí, junto a otras mujeres, rescata la tradición de la costura y la mezcla con pintura en tela, creando piezas que cuentan historias del territorio. Ese espacio se ha convertido en un punto de encuentro entre generaciones: las mayores enseñan a coser, las jóvenes a grabar videos y, entre todas, tejen una red de aprendizaje mutuo. “Coser y grabar son casi lo mismo”, ha dicho alguna vez Yuri, “ambos sirven para unir los pedazos de algo que parecía roto”. 

 

Desde el territorio, el audiovisual se convierte en una forma de narrar el campo. Nota en medios sobre la escuela. Foto de archivo.

 

En los últimos años, la Escuela Audiovisual Boceto del Pato ha recibido apoyo de organismos como la Unión Europea y la Organización de Estados Iberoamericanos. Sin embargo, su verdadero reconocimiento viene del propio territorio. Los padres confían en el proceso, los niños esperan cada nuevo encuentro y la comunidad ha aprendido a verse reflejada en sus propios relatos. La escuela también ha abierto sus puertas a voluntarios internacionales, jóvenes de distintas partes del mundo que llegan a compartir conocimientos y terminan aprendiendo sobre el valor de la vida campesina. Ese intercambio ha permitido que los niños conozcan otras formas de ser y pensar, rompiendo los moldes de lo que se espera de ellos en un entorno tradicional. 

A pesar de las dificultades, Yuri nunca ha dejado de creer en el poder de la narración. Incluso cuando los recursos son escasos o el camino parece incierto, continúa grabando, editando y enseñando. Aprendió a manejar la cámara, a dirigir y a editar por necesidad, y descubrió que cada etapa del proceso le apasionaba. Hoy busca dar el salto a la animación, inspirada en el trabajo de la escuela audiovisual de Belén de los Andaquíes. En la animación ha encontrado una nueva manera de contar lo indecible, de transformar el dolor en belleza. “Hay historias que no puedo mostrar con la cámara —dice—, pero puedo sugerirlas desde el trazo, desde la imaginación”.

Su vida ha sido una sucesión de resistencias: frente a la guerra, frente a los estereotipos, frente al olvido. De su familia heredó la fuerza de las mujeres que lideran y transforman sin pedir permiso. Su abuela fue una de las fundadoras sociales del territorio; sus padres, campesinos que trabajaron la tierra con dignidad; su hijo, un pequeño fotógrafo que ya comienza a ver el mundo con la misma curiosidad de su madre. En casa, las cámaras y los animales conviven con los sueños y las telas de colores. La historia de Yuri es también la historia de quienes, sin hacer ruido, reinventan su entorno desde lo cotidiano.

Hoy, en un país que aún aprende a reconciliarse con su pasado, la voz de Yuri Andrea Rojas se alza desde lo profundo del Caquetá como una de esas que narran la Colombia rural desde adentro. Su legado no se mide en premios ni reconocimientos, sino en cada niño que aprende a mirar su mundo con otros ojos. Entre el verde y la memoria, su cámara sigue registrando la vida con la paciencia de quien siembra. Porque contar, para ella, es también resistir. Y resistir, en su territorio, sigue siendo la forma más luminosa de existir.

Esta historia hace parte del especial Periodismo en región, una iniciativa en colaboración con la Fundación para la Libertad de Prensa (FLIP).

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