En un territorio atravesado por el conflicto y el abandono estatal, Julián Andrade ha convertido la radio y el periodismo regional en una forma de resistencia: informar con rigor, amplificar voces silenciadas y sostener la confianza de una comunidad que lo escucha y lo respalda.
El Putumayo es un departamento ubicado al sur de Colombia, en la región amazónica, fronterizo con Ecuador y Perú. Su territorio, atravesado por el río Putumayo, combina una gran riqueza natural, cultural y étnica, con comunidades indígenas, afrodescendientes y campesinas que han habitado la zona durante siglos. Sin embargo, esta diversidad contrasta con una historia marcada por el conflicto armado, la explotación petrolera, el narcotráfico y el abandono estatal, factores que han dificultado su desarrollo social y económico.
En el ámbito de la comunicación, el Putumayo enfrenta grandes retos. La limitada conectividad y la falta de medios locales sólidos han restringido la circulación de información, lo que contribuye a la desinformación y al aislamiento de las comunidades rurales. Aun así, en los últimos años han surgido periodistas y proyectos comunitarios que buscan fortalecer la comunicación regional, visibilizar problemáticas sociales y ambientales, y dar voz a las comunidades históricamente silenciadas.
Estos esfuerzos representan una forma de resistencia y construcción de identidad colectiva frente al olvido del Estado y los estigmas del conflicto. Entre los periodistas que hacen posible la comunicación en este departamento se encuentra Jhony Julián Andrade Ramos, un hombre de 43 años que, además de ser periodista, es hijo, esposo, padre y amigo.
Esta es su historia
El sonido de la radio lo acompañó desde niño. En aquella casa del Putumayo, entre las montañas y el calor húmedo del sur colombiano, Julián Andrade escuchaba las voces agudas de los locutores de la radio que llenaban las tardes de su infancia. Aún no lo sabía, pero ese timbre particular, esa manera de narrar el mundo desde un micrófono, le marcaría el rumbo de su vida. “Desde muy pequeño me fascinaba cómo una voz podía conectar a tantas personas. Creo que ahí empezó todo”, recuerda con una sonrisa.
“En la emisora Colón fue donde Julián se convirtió en uno de los cuatro locutores más reconocidos del Alto Putumayo. Esa fue una de las emisoras que llegó a un estándar de credibilidad; por eso la mayoría de sus oyentes eran jóvenes”, afirma Javier Masmuta, amigo de Julián.
Su niñez transcurrió tranquila. Creció junto a sus padres y sus dos hermanos. “En aquel entorno familiar, la comunicación se convirtió en una forma de compañía y de descubrimiento de la radio que se producía en ese entonces”, afirma Julián, y eso fue lo que años después lo llevó a acercarse a las emisoras comunitarias. Comenzó como locutor, pero pronto comprendió que lo suyo no era solo hablar frente al micrófono, sino contar las historias que otras personas callaban. De esta forma nació su vocación por el periodismo.
Su primer acercamiento con este oficio “fue produciendo notas, en formato de reportaje, en una emisora comunitaria y con enfoque hacia la problemática de comunidades vulnerables de uno de los municipios bajos del Putumayo”, afirmó mientras recordaba sus inicios.
¿Qué lo motivó?
Su mayor pasión son los temas relacionados con las injusticias sociales que se viven a diario en su entorno. Desde muy joven ha sentido una profunda sensibilidad frente a las problemáticas que afectan a las comunidades más vulnerables, aquellas que muchas veces son ignoradas o silenciadas por la sociedad. Estos temas son los que más llaman su atención, no solo porque lo conmueven, sino porque considera que, a través de su trabajo, puede contribuir a darles voz y visibilidad a quienes no la tienen.
A través de su labor busca comprender las realidades que otros prefieren no mirar, ponerlas sobre la mesa y generar conciencia en la opinión pública. Sabe que informar no solo consiste en contar lo que ocurre, sino en hacerlo con responsabilidad, empatía y compromiso. Por eso, cuando aborda un tema de desigualdad, exclusión o vulnerabilidad, lo hace con la convicción de que su trabajo puede abrir espacios de diálogo, reflexión y acción. De alguna forma, siente que cada historia contada es una oportunidad para despertar miradas solidarias e impulsar pequeños cambios en la comunidad.
Julián Andrade durante una jornada de trabajo en el Putumayo, donde la radio se convierte en una herramienta de resistencia y servicio comunitario. Foto de archivo.
La invisibilidad que rodea a muchos sectores sociales lo impulsa a continuar en la búsqueda constante de soluciones y de apoyo para las personas que más lo necesitan. Esa motivación se convierte en el motor que le da sentido a su profesión y en la razón por la que no se rinde ante las dificultades que implica ejercer un periodismo comprometido y humano.
Cada vez que una de sus notas genera un impacto social significativo, siente una profunda satisfacción y orgullo por su trabajo. Es en esos momentos cuando comprende que su esfuerzo vale la pena, que el periodismo tiene el poder de transformar realidades y de tender puentes entre la sociedad y las causas que más lo necesitan. Esa sensación de gratitud y propósito lo impulsa a seguir adelante, con la esperanza de que cada historia narrada sea una semilla de cambio y una voz más que se une al coro de quienes buscan un futuro más justo para todos.
¿Quién lo inspiró?
Julián recuerda con gratitud a quienes lo guiaron en sus primeros pasos. No eran figuras mediáticas ni periodistas de renombre nacional, sino colegas locales que le enseñaron las bases del oficio: la ética, la empatía y el compromiso con la verdad. “Mis mentores me insistían en tres cosas: revelar la verdad, proteger a las personas y procurar que lo que uno cuenta sirva para cambiar algo”, recuerda.
Esa escuela comunitaria, modesta pero profunda, forjó su carácter profesional. No se trataba solo de informar, sino de hacerlo con responsabilidad y sensibilidad. Quizás por eso hoy admira a periodistas como Claudia Palacios, de quien destaca la empatía con que aborda temas difíciles. “Ella tiene una forma de informar que no olvida a las personas detrás de las cifras. Y eso es lo que más falta nos hace en regiones como esta”, dice.
De amigos y colegas
En Puerto Asís, donde actualmente dirige un noticiero en Latina Estéreo, Julián es reconocido por su profesionalismo y cercanía con la audiencia. Pero sus colegas también lo valoran por su carácter sencillo y su disposición constante a enseñar.
Óscar, quien compartió con él los primeros años en radio, lo recuerda con nostalgia: “Conocí a Julián en Juventud Estéreo. Era nuestro productor y el alma del grupo. Siempre alegre, siempre dispuesto. Es una persona que se da a querer, un amigo sincero, con quien se puede hablar y reír. Hacíamos una radio muy divertida, sin internet ni grandes equipos, pero con muchas ganas”.
Entre risas, Óscar cuenta una anécdota que todavía guarda con cariño: “Un día nos robaron el transmisor de la emisora. Estábamos desesperados, sin saber qué hacer. Nos sentábamos en el parque, con una gaseosa y un pedazo de pan, pensando cómo salir adelante. Julián nunca perdió la calma. Decía: ‘Esto también es parte del oficio, aprender a resistir’. Esa tranquilidad suya era contagiosa”.
Esa mezcla de serenidad y compromiso lo ha acompañado en las coberturas más difíciles. Su experiencia durante la avalancha de Mocoa en 2017 fue una prueba de ello. “Fue devastador”, dice. “No había tiempo para procesar el dolor, solo para contar lo que estaba pasando. Pero sabíamos que, al hacerlo, estábamos ayudando a la gente a encontrar esperanza”.
“Julián es una persona muy colaborativa con los colegas de otros medios; siempre está dispuesto a brindar apoyo y compartir sus conocimientos sin esperar nada a cambio”, comenta Ricardo, compañero de profesión. “Es alguien muy sensato y tranquilo ante las opiniones de los demás.
En este medio hay mucha competencia, todos quieren sobresalir, pero Julián mantiene siempre una actitud respetuosa y solidaria. Sabe reconocer el trabajo ajeno y apoya cuando realmente lo considera necesario. En mi caso, me ha ayudado en dos ocasiones a publicar mis notas a través de su página web Conexión Putumayo, lo cual demuestra su generosidad y compromiso con el trabajo periodístico del departamento”.
Su único juez: la audiencia
Julián tiene muy claro que su audiencia es activa y receptiva. Reconoce que las personas no solo consumen información, sino que también participan y retroalimentan constantemente lo que los periodistas comunican a diario durante las transmisiones. Para él, la relación con el público no es unidireccional, sino un diálogo permanente en el que la comunidad aporta opiniones, historias y perspectivas que enriquecen su labor periodística.
Además, entiende que el consumo de información ha cambiado profundamente gracias a las nuevas herramientas digitales. Por eso, no se limita a un solo medio, sino que se expande a través de diferentes plataformas, como la radio, las redes sociales, las páginas web y espacios digitales interactivos, con el fin de llegar a más personas y generar una conexión más cercana con su audiencia. Esta interacción constante le permite descubrir nuevas historias y, en muchos casos, recibir aportes directos de los propios ciudadanos, quienes se convierten en una fuente esencial para la creación de contenidos e investigaciones periodísticas con mayor impacto social.
En un territorio marcado por el conflicto, el periodismo de Julián Andrade apuesta por la verdad y la confianza de la audiencia. Foto de archivo.
Julián también es consciente de que ejercer el periodismo implica una gran responsabilidad. Por ello, cuida con esmero la credibilidad que ha construido a lo largo de los años, pues sabe que ese prestigio es el mayor capital que puede tener un periodista. Mantener la confianza de su público es lo que lo impulsa a seguir trabajando con compromiso y ética, especialmente en una región donde informar con veracidad puede marcar una gran diferencia.
Tal como lo plantea la Fundación Gabo, la credibilidad es el pilar fundamental del oficio periodístico. En varios de sus informes y talleres sobre ética, la Fundación destaca que “la credibilidad es el activo más valioso de un periodista y el instrumento profesional que debe ponerse siempre al servicio de la sociedad”. Según esta organización, fundada por el Nobel Gabriel García Márquez, el buen periodismo no se mide solo por la rapidez con la que se informa, sino por la calidad, la veracidad y la profundidad con la que se cuentan las historias. La Fundación insiste en que un periodista debe mantener una relación transparente con su audiencia, verificar rigurosamente los hechos y ejercer su labor con independencia, responsabilidad y sensibilidad social.
Para Julián, estos principios son una guía constante en su trabajo. Considera que la credibilidad no se construye de un día para otro, sino que se gana con coherencia, compromiso y respeto hacia la verdad.
El círculo que lo protege
Julián, además de ser un excelente profesional y un periodista admirado por muchos que han seguido su trabajo, es también un hombre profundamente familiar. Junto a su esposa e hijas ha encontrado su mayor motivación y su razón de ser. Aunque la labor periodística suele exigir una disponibilidad constante —estar atento a los acontecimientos, cubrir emergencias o buscar información en cualquier momento—, él procura aprovechar al máximo los breves espacios que tiene para compartir con su familia. Sabe que esos momentos de calidad son esenciales para mantener el equilibrio entre la vida personal y la profesional.
El periodismo no da tregua. Entre transmisiones, entrevistas, redacción y viajes, el tiempo para los seres queridos se vuelve escaso y, en ocasiones, impredecible. Aun así, Julián reconoce que su estabilidad emocional y su fortaleza nacen precisamente del apoyo incondicional de su familia. “Mi familia ha jugado un papel importante en mi trayectoria profesional, porque se convierten en un apoyo y acompañamiento en los momentos en que la profesión se torna difícil y agobiante. Ellos son el alivio a mis emociones, lo que me impulsa a seguir adelante con mi trabajo periodístico”, afirma con convicción.
Su amigo y colega Javier también lo confirma: “Julián siempre habla de sus hijas. Dice que son su inspiración, que todo lo que hace es por ellas. A veces no tiene mucho tiempo, pero cuando puede, se dedica por completo a su familia. Eso lo hace aún más admirable”.
Esta faceta humana de Julián revela no solo su compromiso con el periodismo, sino también su sensibilidad y sentido de responsabilidad con quienes más ama. Para él, el equilibrio entre su vocación y su vida familiar no es fácil, pero sí necesario, porque comprende que el periodista también necesita recargar el alma para poder contar con verdad y empatía las historias de los demás.
Su medio
Dentro de los medios en los que trabaja, tanto en la radio como en las plataformas digitales, Julián ha logrado consolidar un importante posicionamiento, construyendo una reputación basada en la neutralidad, la independencia y la credibilidad de sus contenidos. Su trabajo se distingue por el equilibrio informativo y por el respeto hacia las distintas voces de la comunidad, lo que le ha permitido ganarse la confianza de una audiencia diversa y exigente.
Sin embargo, Julián reconoce que el ejercicio periodístico no está exento de dificultades. Uno de los principales retos a los que se enfrenta es la circulación de información falsa o descontextualizada, que puede afectar tanto al público como al propio medio. A esto se suman la inmediatez, que muchas veces obliga a informar con rapidez sin sacrificar la veracidad, y el factor económico, que representa un desafío constante para sostener los medios independientes, especialmente en regiones apartadas del país.
Para Julián, mantener el prestigio y la credibilidad de su medio implica priorizar la calidad del contenido sobre la cantidad o la rapidez con la que se publica. Considera que solo a través de un periodismo responsable, verificado y ético se puede fortalecer la relación con la audiencia y, en consecuencia, atraer el respaldo financiero necesario para sostener la labor informativa. En una zona del país donde muchos medios luchan por mantenerse en pie, su compromiso es continuar informando con rigor, independencia y respeto por la verdad, entendiendo que el periodismo regional también cumple una función social indispensable para el desarrollo y la transparencia de la comunidad.
¿Y el contexto?
La región sur del país desempeña un papel crucial en la manera en que se ejerce el periodismo, pues sus realidades sociales, políticas y de seguridad determinan tanto los temas que se abordan como la forma en que se comunican. En departamentos como el Putumayo, los periodistas se enfrentan a un contexto complejo, marcado por la vulnerabilidad de sus comunidades y por la presencia de múltiples actores armados que han dejado una profunda huella en la vida cotidiana de la población.
En este territorio hacen presencia grupos ilegales como el Clan del Golfo, disidencias de las Farc, el ELN y redes internacionales como el cartel de Sinaloa, lo que convierte a la región en un punto estratégico y, al mismo tiempo, en un escenario de riesgo constante. Estas dinámicas han generado desplazamientos, amenazas, economías ilícitas y violaciones de derechos humanos que afectan de manera directa a la comunidad, sin importar el actor responsable. Frente a ello, el periodista regional no solo cumple el papel de informar, sino también el de dar voz a las víctimas y visibilizar problemáticas que muchas veces son ignoradas por los grandes medios nacionales.
Julián, consciente de este panorama, asegura: “Las realidades poco narradas en el territorio tienen que ver principalmente con temas asociados al conflicto armado o con el poder público, que de cierta manera se convierten en un riesgo si se abordan de forma que afecten intereses particulares”. Sus palabras reflejan el dilema ético y personal que enfrentan los periodistas locales: contar la verdad o callar para proteger su vida y la de sus familias. Este equilibrio entre la ética profesional y la seguridad personal es una constante en su trabajo diario, donde cada decisión implica una dosis de valentía.
El Putumayo, además de ser víctima de una prolongada disputa territorial entre fuerzas militares y grupos armados ilegales, ha sido escenario de la lucha por el control de los cultivos ilícitos, del narcotráfico y de un conflicto que se ha extendido desde finales del siglo XX. Este departamento ha sufrido innumerables tragedias, entre ellas la Masacre de El Tigre (ocurrida en 1999, en el municipio de Puerto Asís), uno de los episodios más dolorosos de su historia reciente, en el que decenas de personas fueron asesinadas por grupos paramilitares en medio del silencio y el miedo colectivo.
A pesar de este panorama adverso, el periodismo en el Putumayo se mantiene como un acto de resistencia y compromiso social. Periodistas como Julián entienden que informar en este contexto no es solo una labor profesional, sino también un acto de coraje y de servicio a la comunidad. En una región donde la palabra puede ser tan poderosa como peligrosa, su trabajo representa la defensa de la verdad y la esperanza de que, al narrar lo que sucede, se contribuya a la memoria, la justicia y la transformación del territorio.
¡Peligro de censura!
“El mensaje que daría a quienes ejercen el periodismo en contexto de riesgo es analizar y ponderar ese riesgo frente al abordaje de cualquier temática que pueda generar este escenario: riesgo para la integridad o la vida misma del periodista. Primero está la vida de la persona que cualquier ‘primicia’”, comenta Julián.
En el departamento del Putumayo, el silencio se ha convertido en una forma de resistencia. Ante la creciente ola de violencia y amenazas, varios medios locales tomaron la decisión de suspender sus labores informativas por 48 horas, en señal de protesta y autoprotección. La medida, anunciada por la Corporación de Periodistas del Putumayo (Corpep), refleja la gravedad del escenario en el que se desarrolla hoy el periodismo regional.
La Fundación para la Libertad de Prensa (Flip) advirtió que este fenómeno de autocensura es consecuencia directa de la falta de garantías institucionales y del aumento de la hostilidad contra quienes ejercen la labor informativa. “El ambiente hostil consolidado contra la prensa forjó decisiones abiertas de autocensura como mecanismo de autoprotección”, señaló la organización en un reciente comunicado.
Según los registros de la Flip, en el Putumayo se han documentado al menos cuatro ataques contra periodistas durante la cobertura de manifestaciones sociales en el año, que incluyen hostigamientos, agresiones físicas, estigmatización y presiones de distintos actores. Sin embargo, la organización advierte que el subregistro es alto, pues la intimidación y la desconfianza hacia las autoridades impiden, muchas veces, denunciar los hechos.
Esta situación no solo pone en riesgo la seguridad de los comunicadores, sino que amenaza directamente el derecho ciudadano a estar informado y a participar en un debate público libre y plural. El silencio impuesto por el miedo afecta la democracia misma.
La Flip exige una respuesta urgente de las autoridades locales y nacionales, así como el respaldo público a la prensa del Putumayo. Además, hace un llamado a organismos como la Defensoría del Pueblo y la Fiscalía para que actúen de manera articulada en la protección de los periodistas y en la investigación de los ataques.
Mientras tanto, en el sur del país, el periodismo se debate entre informar o callar, entre la verdad y la supervivencia. En el Putumayo, la autocensura ya no es una elección, sino el último recurso para seguir con vida.
Periodismo en el Putumayo
En un país donde el silencio ha sido, tantas veces, un cómplice de la injusticia, Julián Andrade sigue apostando por la palabra. Su voz, aquella que un día lo llevó a soñar con ser periodista, hoy resuena con más fuerza que nunca entre la selva, los ríos y las montañas del sur. Es una voz que informa, acompaña y resiste; que se niega a callar ante la adversidad y que entiende el poder del periodismo como una herramienta de memoria y transformación social.
Hacer periodismo en una región marcada por la violencia no es tarea fácil. En el Putumayo, donde los ecos del conflicto aún persisten y las desigualdades se profundizan, el ejercicio periodístico se convierte en un acto de coraje. La falta de financiación limita la independencia y pone a prueba la neutralidad de los medios locales, que muchas veces deben subsistir sin el apoyo institucional necesario. A esto se suman los desafíos cotidianos: priorizar una agenda informativa diversa, mantener la rigurosidad en la verificación de datos y garantizar la seguridad de quienes se atreven a contar lo que ocurre.
Julián lo explica con claridad: “El papel del periodismo en la construcción de paz y memoria en el Putumayo ha sido fundamental y determinante, teniendo en cuenta los contenidos que han contribuido a abrir el debate sobre la necesidad de avanzar en la construcción de paz. Los temas relacionados con el conflicto armado, la frontera y la Amazonia se cubren con cierta precaución y cautela, dadas las implicaciones que algunos asuntos tienen para la seguridad del periodista que los aborda. El periodismo no cuenta con el apoyo necesario para el desarrollo pleno de este ejercicio, y las limitaciones son múltiples: el factor económico, la conectividad, la credibilidad y las barreras geográficas, entre otros”.
Sus palabras resumen una realidad que viven muchos comunicadores en el sur del país. A pesar de las dificultades, Julián continúa ejerciendo un periodismo comprometido con la verdad, la paz y la comunidad. Su trabajo no solo informa, sino que también mantiene viva la memoria de un territorio que ha aprendido a resistir a través de las voces que se niegan a ser silenciadas.





