Escrito por: Alejandra Gutiérrez @linalejandrag
Corrección: Carol Parra @notcaroolp
Ilustración por: Ana Sofía Rico @byrhetorical
****
Ser un medio independiente es tener autonomía para decidir los contenidos sin intervención de entidades públicas o privadas, y la resistencia que han planteado frente a la censura no es nueva. Uno de los primeros ejemplos fue la imprenta fundada por los hermanos Echevarría, quienes no publicaban todo lo que llegaba a sus manos, sino que seleccionaban aquello que consideraban importante en temas políticos, sociales y económicos, y quienes en épocas de censura demostraron que resistir no es solo publicar lo prohibido, sino decidir lo que se dice, cómo se dice y a quién se le da voz.
En esta línea, los actuales medios digitales guardan canales y proyectos que nacen para poner sobre la mesa temas como derechos humanos, corrupción, medio ambiente y perspectiva de género que muchas veces se ven invisibilizados bajo la cultura del entretenimiento. Sin embargo, existe una verdad imposible de ignorar y es que en países donde el periodismo y la información amenazan formas sociales, políticas y de conflicto armado, decir la verdad de manera imparcial genera riesgos.
Hoy en día, las amenazas no provienen solo de la violencia física, sino que han mutado a los medios digitales, donde a través de campañas sistemáticas de difamación, discursos de odio y hostigamiento se busca invisibilizar y eliminar aquella opinión que no conviene, y a aquel medio que informa lo que los medios tradicionales no cuentan.
Estos no son hechos aislados, son fenómenos que limitan la libertad de expresión y fuerzan la autocensura, y cuando un medio decide callar por miedo a las represalias, se da un receso informativo que impacta a nivel social. Según la UNESCO, entre 2012 y 2024 América Latina experimentó un descenso del 6,86% en su índice de libertad de prensa, impulsado sobre todo por el incremento exponencial de la autocensura, que subió un 52,14% en los medios.
A estos problemas se suman también fenómenos como la censura del algoritmo que suele resultar en bloqueos injustificados que invisibilizan el periodismo crítico y silencian investigaciones e información de interés público bajo criterios de “normas comunitarias” que, en ocasiones, carecen de sentido; casos como estos son comunes en redes con temas medioambientales, religiosos y políticos, que se nombran bajo etiquetas como “falto de verificación” y limitan su alcance público. Desde esta óptica, la censura ya no se ejerce únicamente desde el poder, sino también desde el temor, logrando muchas veces silenciar las voces que incomodan.
En este terreno hostil, los medios independientes y de nicho, como el periodismo feminista, se han consolidado como una de las trincheras necesarias en el entorno social, pues buscan dar voz y visibilidad a las voces que luchan por la igualdad y la información imparcial. Luciana Peker, periodista argentina, comentó: “sin periodismo realizado por mujeres y disidencias, no hay periodismo”, y es que estas voces y enfoques se plantan como resistencia que defiende el nombramiento de las realidades que atraviesan las regiones, y defienden un periodismo e información que se impongan al silencio.
La labor de los medios independientes reivindica el nombre de una profesión que busca ejercerse con dignidad. Espacios informativos e independientes son indispensables para el acceso al arte y la cultura, pues dentro de la censura el tema ya no se trata solo de preguntarse cómo publicar, sino de si aquello que se dice importa tanto como lo que no se dice (Revista Hekatombe, 2021); y en este terreno, los medios independientes informan lo que otros callan y devuelven al pueblo la posibilidad de decidir con conocimiento de causa.
Al final, la tarea de todo medio independiente no es decir solo lo que otros callan, sino hacerlo de tal forma que se convierta en una práctica cotidiana que resiste. Porque el acceso a la información no solo infunde la decisión crítica, sino también el acceso a la cultura, a los libros, al teatro, a la música y a aquello que se oculta; porque el conocimiento es poder, y este no debe estar sometido a la orden del poder político, económico o religioso, sino al del pueblo.








