Por: Gabriela Ortegón @michelleo_2211 y Amily Díaz @a.v_.09
Corrección por: Ximena Gallego @xime_styless
Ilustración por: Sofía Rico @byrethorical
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Muchas personas son juzgadas como si su dolor fuera una elección. Se les exige productividad cuando apenas pueden levantarse de la cama, se les pide sonreír cuando por dentro sienten que todo pesa demasiado, y se les obliga a “funcionar” en un mundo que mide el valor humano por el rendimiento. En una sociedad obsesionada con verse bien, sentirse mal parece casi un fracaso moral.
Es por esto que es importante hablar de la salud mental con seriedad y no tratarla como un tema cualquiera. Incluso podría decirse que su importancia es igual o en algunos casos, mayor que la de otras enfermedades, pues afecta directamente la manera en que una persona piensa, siente y se relaciona con su entorno. Por ello, es fundamental comprender que merece el mismo respeto y atención que la salud física. Nadie le diría a una persona con una pierna rota que corra más rápido para curarse; sin embargo, a quienes atraviesan dificultades emocionales sí se les suele exigir fortaleza inmediata, como si el dolor psicológico no necesitara cuidado, tiempo ni acompañamiento.
Esta incomprensión social adquiere una dimensión aún más alarmante cuando se analiza a las generaciones más jóvenes. Según los datos de la Organización Mundial de la Salud (OMS), 1 de cada 7 adolescentes de entre 10 y 19 años (el 14,3 %) padece un trastorno mental en el mundo, representando el 15 % de la carga mundial de cardiopatías y lesiones en este grupo etario. Sin embargo, la gran mayoría de estas afecciones permanecen ignoradas y sin un tratamiento adecuado. Ignorar el dolor emocional en una etapa vital caracterizada por un rápido desarrollo físico, social y afectivo no solo vulnera los derechos de los jóvenes, sino que los expone a la exclusión social, al fracaso académico, al estigma y a comportamientos de riesgo que pueden alterar de forma permanente su trayectoria de vida.
Aterrizar esta conversación implica entender que la mente no se fractura por debilidad ni por capricho. Detrás de ese dolor silencioso no hay una “falta de voluntad”, sino la acumulación constante de presiones que la sociedad insiste en ignorar: la violencia en los entornos cotidianos, el acoso escolar, las desigualdades y la exigencia sofocante de encajar en expectativas irreales. Reducir el malestar emocional a una falla personal no solo es un error, es la forma más cómoda que tiene el mundo adulto de evadir su propia responsabilidad en el sufrimiento de las nuevas generaciones en donde se juzga la vulnerabilidad en lugar de cuestionar las estructuras que la provocan.
Referencias:
La salud mental de los adolescentes. (s/f). Who.int. Recuperado el 7 de octubre de 2026, de https://www.who.int/es/news-room/fact-sheets/detail/adolescent-mental-health








