Escrito por: Angela Giraldo @angelita_cookie
Corregido por: Amily Díaz @a.v_.09
Fotografías por: Angela Giraldo
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Se caminaba por todo el parque metropolitano Simón Bolívar: tres días de hostilidad reunida. Sábado: metal, death metal, trash metal y hardcore punk. Domingo: rock latinoamericano, personaje emblemático de la música y, por último, pop punk. Lunes festivo, como cierre: bandas distritales de largo y ancho de esta nación; el cierre del festival nunca se queda atrás, el grito de la revolución deberá ser recordado por un año completo. Así, figuras como Fito Páez, Apocalyptica, Cuarteto de Nos y Rata Blanca han culminado con broche de oro.
Estaba haciendo la fila para la entrada al Simoncho, que parió de un vientre infectado miles de generaciones que mantienen las crestas, la frustración de un sistema que los apartó. Ahora, todos tenemos esas argollas de metal atravesando la piel, brillando en el cielo de cuero agrietado. A la una y cuarenta de la tarde, la tensión se sentía. Solegnium abriría tres décadas de revolución; mi corazón acelerado, con la esperanza de no terminar en una estampida, crecía ante los chiflidos y gritos alrededor.
El tiempo se agotaba. El personal de logística, que resaltaba como meteoros fosforescentes, impedían el paso. Esto era nuevo, la entrada siempre era con un hora de antelación, pero ahora con solo veinte minutos para llegar a escucharlos. Los comentarios de pasar el esquema de seguridad y correr era cada vez más frecuentes, así , entonces las barricadas se abren, todos guardan la calma y pasan tranquilo.
Con el bombo sonando a lo lejos, comenzó la bienvenida al escenario más grande… “El plaza” ha sido hogar de bandas y cantantes monumentales que se suman a la música como derecho y no como negocio. El ambiente no se queda atrás, todos corrían hacía las barricadas con la intención de ver lo más cerca posible.Alrededor estabán el Eco, el Bio y el nuevo escenario el BBC, cada uno con una lista de cantantes y agrupaciones. Los más apasionados nos quedamos casi catorce horas de pie, sintiendo la emoción del público.
Mi objetivo era ver a Apocalyptica. Durante 10 años de mi vida me acompañaron, una mezcla de violonchelo con metal es algo que despertaba mi emoción. Tras veintiun años de su última aparición en el festival, volvían para romper el Plaza.
Para mi suerte a las tres de la tarde Narcocracia haría la presentación de su segundo álbum Realismo Trágico. Leandro, con un arnés y una chaqueta de cuero, inició un baile muy al estilo de Freddy Mercury; el público corea la canción y escuchaba con detenimiento los guturales de la banda. El cuerpo técnico lanzó balones playeros con el nombre de la banda al público y, mientras jugamos a mantenerlos en aire cantamos El evangelio según las lucas.
La música no paraba; la emoción, tampoco. Bandas como Vein y Hellbutcher hacían un gran performance, el lugar de la violencia, los satánicos y los drogadictos, era el resguardo de arte, performance y arengas.
Para las ocho y media de la noche, el escenario recibió a Perpetual Warfare. Entre los guturales y su performance con máscaras de líderes políticos que aparecían clavadas en estacas por todo el escenario. La energía se venía derrochando desde Stratovairus ,a las siete y media de la noche, y Perpetual lo sabía, mientras el vocal se levanta el cabello con sudor.
A las nueve en punto se anunció el muro de la muerte, en un público que no terminaba de verse a simple vista, 190.000 personas estaban en el Plaza comenzarón a dividirse.
La presión sobre nosotros, los que estábamos en primera fila, aumentaba… Cuando la batería anunció el compás, solo queda mantener firmes las piernas, acalambradas del día, con la esperanza de soportar un poco más. Ante el gutural, como signo de unión, la barrera metálica dejó de contenernos. La furia rompió todo a su paso y, con ella, la barda de metal, todos sosteniendo con fuerza el único vestigio de seguridad que quedaba y así, Perpetual culmina su presentación.
Dieron las nueve y cincuenta, los chelos comenzaron a sonar, la melodía de lo bueno y lo malo a todo volumen. Los chelitas corren entre el humo del escenario, se posicionan e inicia Master of puppets. La nostalgia de mi abuelo, cuando los escuchaba, y luego de mis padres cuando fueron a su último Rockal me acompañan, una canción totalmente sinfónica pone a cantar clásicos, el público se une, jóvenes y adultos cantan con la misma emoción. Perttu Kivilaakso mueve su melena de lado a lado, mientras Eicca Toppinen agradecía a Bogotá por acogerlos tras su regreso. Los instrumentos se paran de un solo golpe e inicia Seek and destroy, para ese momento los calambres se van y mi alma renace.








