Por: Ana Heredia
Corrección por: Seryme Pérez
Ilustración por: Julián Diaz
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Tengo que admitir que lloro mucho, demasiado, eso es normal en mí incluso antes de ese incidente. Cómo me gustaría volver a preparar el almuerzo en la olla grande, pero se me daña si lo hago. La casa está vacía. El comedor tiene más sillas de las que necesito y, alrededor, sólo el murmullo que me recuerda que, tal vez, sí fue mi culpa. No me importaría admitirlo, pero devuélvanlo, por favor.
Aquí hay más madres que sufren lo que yo, “a nosotras nos falta es organizarnos, señoras”, decía una de ellas cada que podía, no, doña Carmen, a mí me falta un hijo, igual que a usted, lo único que nos diferencia es que yo no tengo ganas de cavar la tierra para encontrar algo que no quiero ver. No tengo ganas de que nuestras lágrimas formen lodo antes de llegar a encontrar algo. Ella insistió mucho, tanto que convenció a algunas, yo sólo por ayudarlas mandaba mercados chiquitos para que se fueran bien equipadas. Esa noche lloré otra vez, no es que yo no quiera encontrarlo, es que me da miedo que sea en la tierra. Al final decidí que, vivo o muerto, tenía que ver a mi hijo otra vez.
Me les uní, aprendimos mucho, demasiado, si usted encuentra tierra que tiene encima cal, ojo, si usted siente olor fétido, ojo, si usted excava y ve huesitos de animales, lágrima. Estos años me la he pasado encontrando hijos que no son míos, pero que, al levantar lo que queda de ellos, los amo tanto como si fuera él. Yo seguiré buscando, buscaré toda la vida hasta que no pueda alzar la pala, pero ten presente mi niño, que mamá siempre lo encuentra todo.








