El soft power en Asia Oriental de cara a los Juego Olímpicos Tokio 2020

Miércoles, Marzo 27, 2019 - 12:15
Autor: 
Ahmed Fawzi Mostefai,

 Otro tipo de poder

Aunque a menudo pase desapercibido, en especial para aquellos que no están al tanto de los acontecimientos en las Relaciones Internacionales, los Estados, al igual que los seres vivientes, nacen y dejan de existir. Cuando vemos una serie de mapas de nuestro planeta, cada uno más antiguo que el anterior, nos damos cuenta que algunos de los países que conocemos hoy en día no existían siquiera 20 años en el pasado, de igual manera observamos que algunos Estados presentes en las cartas antiguas, junto con sus símbolos patrios y, en numerosos casos sus líneas fronterizas, no existen en la actualidad.

El Estado es una realidad en el escenario internacional, pero su supervivencia no lo es. Las similitudes culturales e históricas entre los Estados de Latinoamérica y el Caribe, junto al largo tiempo que ha pasado desde que el grueso de la región gestó su independencia de los poderes europeos, más el hecho de estar situada al lado de una superpotencia cuyo interés es el mantenimiento del estatus quo regional ha hecho que, con contadas excepciones como la independencia de las Antillas mayores, las Guayanas y Belice a mediados y finales del siglo XX y la separación de Panamá de Colombia a principios de este, los Estados del Hemisferio Occidental sean los mismos que allí estaban hace 200 años.

Un caso diferente se presenta al otro lado del mundo, donde las dos guerras mundiales, el proceso de descolonización reciente, la Guerra Fría, un sinnúmero de conflictos étnicos y políticos, y desacuerdos fronterizos han significado el constante ajuste del mapa político global para darle cabida a los nuevos miembros de la comunidad internacional. En tan solo los últimos 20 años siete países han cambiado sus fronteras debido a la creación de nuevos Estados (Indonesia-Timor del Este, Sudán-Sudán del Sur, Serbia-Montenegro-Kosovo).

Teniendo esto en mente, nos debemos preguntar ¿cómo hace un Estado para garantizar su supervivencia, para no ser desmembrado, debilitado o extinguido?

La respuesta es sencilla: el poder. Pero la adquisición y el mantenimiento de este no es tan simple.

El poder es usado para promover y prolongar los intereses de los Estados. El politólogo estadounidense, Joseph Nye, mantiene que existen dos tipos de poderes (más específicamente, maneras de proyectar el poder) presentes en las relaciones internacionales, o tres si se tiene en cuenta el uso de ambos tipos de poder en combinación.

Las principales teorías de las relaciones internacionales dan mayor importancia a determinado tipo de poder, por ejemplo: una de las principales corrientes de pensamiento es el Realismo, el cual, sin entrar en detalles, sostiene que el Estado adquiere poder mediante la fuerza, es decir: la amenaza y el uso de medios bélicos, el soborno, las sanciones y el uso de su poder económico para patrocinar gobiernos favorables a sus intereses en terceros Estados.

Aunque este tipo de estrategias siguen siendo práctica común en la arena internacional, la destrucción y el sufrimiento causado por las dos guerras mundiales, la creación de la Organización de las Naciones Unidas -cuyo propósito es en parte prevenir los conflictos internacionales y promover la diplomacia- junto al poder disuasivo que los Estados más débiles tiene al actuar de manera conjunta, llevaron al surgimiento de nuevas corrientes de pensamiento que hicieron énfasis en la acumulación de poder por medios alternativos.

La escuela Liberal, sin desconocer por completo el interés propio del Estado, argumenta que este puede expandir su influencia usando estrategias pacificas que inciten a los otros países a seguir su ejemplo, de cierta manera, convenciendo a los otros Estados de que sus intereses están ligados a o deberían ser los mismos que los suyos.

De esta manera, según Nye, los tipos de poderes que proyectan los Estados se catalogan como poder duro (hard power en inglés, poder de coerción, poder militar y económico), poder blando (soft power en inglés. Poder de convencimiento, diplomacia, difusión cultural) y smart power (poder inteligente en inglés, el uso de los otros dos tipos de poder a la vez dependiendo del contexto).

Soft power en Asia Oriental

Aunque el concepto de soft power en el estudio de las Relaciones Internacionales es reciente, a lo largo de la historia humana podemos encontrar instancias en las cuales la difusión cultural sirvió para influenciar, forjar alianzas e incluso expandir las fronteras de las naciones.

Un ejemplo destacable de la difusión cultural en el Asia Oriental pre moderna, es la escritura china, la cual, debido a ser un referente cultural de la región más poderosa y sofisticada en aquel tiempo, llegó a ser adoptada en lo que hoy en día conocemos como Corea, Japón y Vietnam, donde su uso era asociado con las clases educadas y las élites económicas, quienes apreciaban la elegancia del sistema de escritura que era usado extensamente para actividades comerciales, literarias y como un símbolo de estatus.

En la actualidad, los caracteres chinos hacen parte integral del idioma japonés y se usan en menor medida en Corea del Sur (En Vietnam y Corea del Norte su uso se ha limitado al ámbito académico desde principios y mediados del siglo XX respectivamente).

No obstante, es el auge del proceso de globalización después de la Segunda Guerra Mundial lo que permite a los Estados no occidentales proyectar de manera significativa su influencia en lugares distantes con culturas considerablemente diferentes.

La llegada del orden mundial liberal-democrático tras el fin de la Segunda Guerra Mundial y la creación de la Organización de las Naciones Unidas -la cual impulsó la descolonización de gran parte del continente africano y asiático- junto con el alza en el intercambio comercial e ideológico a nivel global, trajeron consigo un mayor interés académico en el estudio de las culturas no occidentales.

El auge en los sectores tecnológicos y manufactureros de Japón, Corea del Sur y más tarde China convirtió a la región de Asia Oriental en un centro comercial y financiero al igual que en sinónimo de alta tecnología, los consumidores de bienes que fueron manufacturados en esta región del mundo se interesaron cada vez más en saber sobre el día a día de sus pobladores. De igual manera, las enormes colonias migrantes en diferentes países, particularmente de chinos y japoneses, ayudaron a propagar lentamente la cultura de sus tierras ancestrales en lugares lejanos.

Lenguaje y cultura

Como ya mencionamos, la propagación de la cultura de un Estado o nación, incluyendo su idioma, es una de las maneras más eficaces y seguras de adquirir poder blando, los Estados Unidos es un claro ejemplo de esta realidad y es indiscutidamente el Estado que posee el mayor poder blando en el mundo actualmente. Mediante la música, el cine y otras manifestaciones culturales los EE.UU. han logrado proyectar su imagen de manera positiva en los cuatro rincones de la tierra, son pocos los países que no consumen un porcentaje considerable de medios provenientes de ese país, eso por su parte hace que los pobladores de terceros Estados tengan una visión favorable  e intenten imitar las prácticas culturales de los EE.UU.

A manera de no quedarse atrás en la carrera global para incrementar el soft power, los gobiernos de los países del noreste asiático mantienen una red de centros internacionales dedicados a difundir sus respectivas culturas y (en algunos casos) enseñar su idioma a los extranjeros.

China cuenta con el Instituto Confucio (fundado en 2004), nombrado por el filósofo del siglo VI a.c. El instituto se ha expandido rápidamente en varios centros universitarios del mundo, contando en la actualidad con más de 500 centros en 142 países, donde se imparten clases de idioma chino a más de 2 millones de estudiante.

Por su parte, Corea del Sur fundó en 1991 el Instituto Rey Sejong, el cual ostenta el nombre del monarca del siglo XV que invento el alfabeto coreano. El instituto cuenta con 144 sucursales en 58 países y en los últimos años ha visto un alza considerable en el número de personas interesadas en aprender coreano.

Por último, Japón cuenta con la Japan Foundation, creada en 1972, la cual tiene una presencia más limitada que sus contrapartes china y coreana, con 24 sedes en 23 países, con presencia principalmente en sus vecinos de Asia y en Europa.

Corea y Japón también cuentan con organizaciones sin ánimo de lucro dedicadas a promover el estudio de sus culturas y el intercambio académico en el exterior, las más conocidas son la Korea Foundation de Corea del Sur y la Nippon Foundation de Japón.

Más allá de difundir su cultura y obtener soft power, estos centros también cumplen un importante papel económico al enseñar los idiomas de Asia Nororiental, por ejemplo, un reciente estudio demostró que varios de los intercambios de información académica e industrial china con el resto del mundo se ven limitados debido a la falta de documentos chinos traducidos a otros idiomas.

La guerra por los jóvenes

Aunque el idioma y las tradiciones milenarias son considerados los principales atractivos culturales, y por lo tanto fuentes de soft power, hace varios años la cultura popular, videojuegos, y música contemporánea, entre otros, han jugado un rol crucial en la propagación de la cultura oriental alrededor del mundo.

Desde los primeros años de la posguerra, Japón se convirtió en exportador de su cultura popular a Occidente y más tarde al resto del mundo. Inicialmente los dibujos animados y las tiras cómicas se convirtieron en los embajadores de la cultura contemporánea japonesa, para más tarde unírseles la música popular, la gastronomía y los videojuegos.

Naturalmente, estas exportaciones culturales tienden a enfocarse más en, y por ende son más populares, entre los jóvenes que entre los adultos, aunque en el caso de Japón, estos fenómenos culturales se han propagado de manera tan eficiente y constante en el resto del mundo por un tiempo considerable, que no es extraño encontrar personas adultas que crecieron viendo series animadas japonesas y leyendo las famosas tiras cómicas llamadas manga.

En la década de los ochenta, el gobierno de Japón incrementó su gasto en producción cultural y coordinó a varios de sus ministerios para promover su cultura de manera más activa en el exterior. A esta iniciativa más tarde se le dio el nombre de “Cool Japan”.

Aparte del beneficio agregado de incrementar el deseo de varios extranjeros de aprender japonés para poder disfrutar mejor los productos culturales que consumían, el interés en la cultura japonesa en el exterior significó un alza en el turismo hacia ese país, la apertura de restaurantes y supermercados llenos de productos japoneses alrededor del mundo, e incluso la creación de un festival de cultura japonesa, conocido como Japan Expo, el cual desde 1999 se lleva a cabo anualmente en París, Francia, y cuya asistencia se cuenta en los cientos de miles de personas.

En el caso de Corea y China, la estrategia japonesa se ha replicado, aunque más recientemente.

El crecimiento económico de Corea del Sur en los años de la posguerra sorprendió al mundo entero, pasando de ser uno de los países más pobres a uno de los 20 países más desarrollados del planeta en menos de 50 años.

Durante la década de los noventa, cuando los efectos de Cool Japán empezaban a solidificarse, la industria del entretenimiento surcoreana creció súbitamente y empezó a expandirse a países vecinos de Asia oriental donde las telenovelas coreanas y la música pop juvenil, conocida como K-pop se hicieron cada vez más populares.

Con la masificación del internet y el advenimiento de las redes sociales, los productos culturales de entretenimiento coreanos comenzaron a popularizarse en lugares más distantes, suscitando  que el gobierno promoviera activamente la difusión de la cultura coreana mediante incentivos económicos a productores de cine, música y televisión, también en parte buscando frenar la expansión de la cultura popular japonesa dentro de sus fronteras, cuya popularidad a finales de los años 90 comenzaba a amenazar a la creciente industria del entretenimiento local.

De Beijing a Tokio

Las actividades lúdicas son una fuente de softpower considerable, en la comunidad internacional una de las mejores maneras de acercar al mundo con la cultura local es el auspicio de grandes eventos internacionales, los cuales son vistos y escuchados por millones de personas en el extranjero y que a su vez invitan a millones de visitantes a experimentar la gastronomía, cultura y entretenimiento local en el marco del evento. De todos los eventos internacionales de esta talla, los mundiales de futbol y los juegos olímpicos se destacan por su importancia económica y simbólica.

Los países del noreste asiático han sido sede de importantes eventos deportivos. En 1968 Tokio fue la ciudad elegida por el Comité Olímpico Internacional para auspiciar los Juegos Olímpicos de verano. En el 2002, Japón y Corea del Sur pusieron de lado sus diferencias para auspiciar de manera conjunta la edición XVII de la Copa Mundial de Fútbol de la FIFA.

En marzo del 2018, la ciudad surcoreana de PyeongChang fue la sede de los juegos olímpicos de invierno, la creación de equipos conjuntos Corea del Norte-Corea del Sur fue un importante suceso en la historia de la diplomacia deportiva, ya que ayudó a mermar las tensiones entre ambos Estados debido a las recientes pruebas balísticas y nucleares de Corea del Norte.

La emergente China no se quedó atrás: En el 2008, a pesar una fuerte competencia de otras nueve ciudades, y de críticas internacionales en contra del gobierno chino, la metrópolis de Beijing fue la sede de los juegos olímpicos de verano, al igual que ocurrió en Tokio en 1968. Los olímpicos sirvieron para dar a conocer al mundo una nueva cara del Estado, estos juegos se llevaron a cabo en pleno auge económico y a ellos asistieron casi siete millones de visitantes extranjeros. Uno de los principales fines a largo plazo de los juegos, que era incrementar el turismo, no se logró y de hecho, después de los juegos olímpicos (tal vez debido a la crisis económica mundial) el turismo en la China se redujo considerablemente.

En 2020, Tokio recibirá de nuevo a las delegaciones de cientos de países para las olimpiadas de verano del 2020.

Los juegos olímpicos de Tokio 2020 se enfrentan a retos diferentes que los de Beijing, pero son igualmente importantes. Mientras en 1968 Japón ocupaba un lugar privilegiado en la región debido al milagro económico de la posguerra, en la actualidad el país del sol naciente está siendo retado por sus vecinos cercanos, cuyo nivel de crecimiento económico acelerado e importancia geoestratégica es cada día mayor. Mientras en 1968 Japón demostraba su supremacía en el nororiente asiático, en el 2020 deberá demostrar que en los años venideros no quedará en la sombra de China y Corea.

Por otra parte, el fenómeno de la globalización impone nuevos retos a los japoneses, cuyo apego a la tradición y el limitado contacto con los extranjeros deberá ser abordado para que su mensaje cultural sea entendido por el resto del mundo. Se espera que cerca de 30 millones de visitantes extranjeros acudan a la capital japonesa para disfrutar de los juegos, motivo por el cual el gobierno metropolitano de Tokio ha encaminado campañas para que los locales puedan comunicarse e interactuar de manera eficiente con los visitantes y que a su vez estos puedan acoplarse al estilo de vida japonés durante su estadía.

Durante la ceremonia de clausura de los Juegos Olímpicos de Verano del 2014 en Rio de janeiro, Brasil, el primer ministro japonés, Shinzo Abe apareció en el escenario con la reconocida vestimenta de Super Mario, el protagonista de una de las franquicias de videojuegos producidos en Japón más exitosas de todos los tiempos. La promoción de los juegos olímpicos de Tokio 2020 en Rio contó con material audiovisual referente a los íconos culturales juveniles más populares del país asiático, insinuando que más allá de las tradiciones milenarias, será la cultura popular japonesa contemporánea la temática dominante en la siguiente edición de las olimpiadas.

No obstante, el declive demográfico por el que atraviesa Japón junto con sus vecinos, y los golpes económicos recientes que sufrieron las principales compañías productoras de videojuegos del Japón, incrementan el reto de presentar al archipiélago como un referente de innovación y futurismo.

Para lograr unos juegos olímpicos exitosos y que estos sirvan como plataforma para mostrar y promocionar su cultura a lo largo del mundo, Japón debe encontrar el balance adecuado entre sus tradiciones milenarias y estilo de vida modesto y el multiculturalismo y sistemas de estandarización globales. A fin de que el soft power japonés pueda ser difundido de manera eficiente entre los visitantes y los espectadores internacionales de los juegos olímpicos, la cultura japonesa debe ser presentada de tal manera que pueda ser entendida, apreciada y replicada por sus seguidores en el exterior a la vez que mantiene su esencia y originalidad. De lo contrario, es posible que sus vecinos aprendan de sus errores y refinen la manera de hacer atractiva su cultura a los consumidores internacionales, amenazando con destronar a Japón como el rey del soft power en Asia Oriental.

 

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Sobre el autor

Ahmed Fawzi Mostefai,

Contribuidor del OVAP y profesional en Relaciones Internacionales de la Universidad Jorge Tadeo Lozano.

Documentos

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  • Relaciones políticas: China, Colombia y el mundo en 2017

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