Perros, polvo y soledad en La Siberia

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Perros, polvo y soledad en La Siberia
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Viernes, Noviembre 8, 2019
Gabriel Horta

Redacción: Nelson José Álvarez De León

Fotografía: Gabriel Horta

Un kilómetro después de La Calera hay un pequeño desvío que da a una carretera destapada donde la tierra, las grietas y el tono gris opaco, distinto al negro de las avenidas recientes, demuestran que el camino tiene sus años encima. Nos metimos por ese sendero y unos cuantos metros más adelante nos topamos de frente con la primera edificación abandonada que da la bienvenida a visitantes como nosotros. 

- ¿Ya es aquí? - Preguntó el fotógrafo notoriamente decepcionado de que a primera vista no fuera un pueblo, sino un par de casas olvidadas.

- Más adelante tiene que haber más- aseguró la periodista por la que nos embarcamos en aquel viaje.

 Seguimos adelante y subimos por una cuesta, allí pudimos ver una edificación de mayor tamaño, algunas casas más, un camino de piedra que lleva a la antigua iglesia y la estación de policía del pueblo. Al final del sendero hay cartel en el que se te advierte que es propiedad privada y a partir de ahí no se puede continuar. Sin embargo, a pesar de la suciedad, los escombros y sobre todo los grafitis, con tan solo echar un vistazo a aquellas construcciones tu mente puede viajar a la época en la que había personas viviendo en este territorio. 

En lo poco que se puede ver y explorar del pueblo abandonado, los cuatro nos pusimos a reconstruir la función de cada edificación que vimos desde las ventanas del carro. Dijimos que una edificación de hierro que tenía su propia carretera de acceso podría ser un sitio en donde pesaban los camiones que iban de camino a la cementera. Y es que La Siberia nació en 1933 cuando la cementera Samper decidió urbanizar los alrededores de la fábrica para que sus trabajadores pudiesen vivir allí. Según el medio “Cartel Urbano” hubo pequeñas casas, un colegio, un puesto de salud, un comedor, entre otras construcciones necesarias para un pueblo de esas caracteristicas. 

 “Eso era un colegio”, dijo un fotógrafo invitado por nuestra revista señalando una casa grande con pisos de madera y un montón de habitaciones que se podían ver desde afuera. Detuvimos el carro en una pequeña subida que conduce a fincas campesinas. Desde el exterior vimos maravillados la iglesia donde seguro iban a misa los antiguos pobladores. A partir de ese punto no pudimos seguir debido a que es propiedad privada. “De donde ven estos carteles hacia acá le pertenece a CEMEX, no pueden pasar ni hay nada que contar. Son tan solo construcciones vacías. De aquí hacia abajo pueden ir bajo su propio riesgo”, nos informó un guardia de seguridad que estaba dando una de sus rondas rutinarias y que parecía estar acostumbrado a ahuyentar a las personas que intentan ingresar a la zona prohibida. “¿Podemos hacerle unas cuantas preguntas?”, le pregunté al guardia, sin embargo su respuesta fue negativa y nos advirtió una vez más que ni se nos ocurriera atravesar ese límite.

 Al dejar atrás al hombre, la periodista, el fotógrafo y yo discutimos acerca del ambiente del lugar. El silencio era una constante y coincidimos en que la zona tenía una energía muy pesada. Mientras conversábamos, el fotógrafo  invitado se dijo a sí mismo: “llegó el momento”, y entró a una de esas edificaciones por una ventana. Los tres nos quedamos viendo su espalda y sin necesidad de mediar ni media palabra entramos justo después de él. En el momento en que estiré mi pierna hacia arriba para pasar por la ventana mi mente me trajo el momento en el que decidimos embarcarnos en este viaje. “Un tema para Halloween” dijo una de las directoras de la revista en un consejo de redacción informal, de esos que se dan cuando nos quedamos más allá del horario habitual de los viernes. Todos pusimos una idea sobre la mesa, pero hubo una en particular que logró que todos nosotros abrieramos los ojos e hiciéramos algo que rara vez se consigue en un ambiente universitario el día viernes: silencio. “¿Y si vamos al pueblo fantasma La Siberia?”, propuso una de las periodistas antes de relatar cómo un conocido de ella, que había estado allí para tomar unas fotos, sintió una extraña energía proviniente de la iglesia. Pronunciar un “Sí” ni siquiera fue necesario, todos los presentes compartimos el deseo de ir a echar un vistazo y en menos tiempo del que nos toma organizar un cubrimiento ya habìamos pactado el día, conseguido transporte y sobre todo cargamos nuestra curiosidad. 

¿Esto era un baño? ¿En este muro había duchas? ¿Que fue este lugar? Fueron las primeras preguntas que se pasaron por mi cabeza cuando vi las típicas baldosas cuadradas y blancas de los baños viejos repartidas en esa primera extensa habitación del sitio donde entramos. Una puerta color celeste destrozada exactamente por la mitad nos llamó la atención, porque seguido de eso, en el fondo de la pared, había grafiti sonriente que tenía unos ojos redondos gigantes de color azul, desproporcionados a comparación de la cara, y un número cinco en la oreja. Esa puerta no se podía abrir “seguro rompieron la mitad para entrar”, pensé. Tuvimos que agacharnos para ingresar en la siguiente habitación, la cual tenía los pisos y las paredes cubiertos como cuartos de aseo. En ella, las baldosas blancas estaban manchadas de pintura roja que, seguramente, había sido puesta ahí por algunos graciosos visitantes anteriores o era la confirmación del rumor que nos había traído a este lugar.  Algunos adultos mayores en La Calera y fotógrafos que han ido a La Siberia afirman que allí hay personas que entran “hacer cosas raras como rituales”... Estando en ese cuarto me pregunté varias veces si era cierto. “Para saberlo hay que seguir”, me motivé. Al observar las manchas de cerca pude comprobar que eran huellas de dedos pintados en la pared, como si una mano untada de tinta roja se hubiese arrastrado por las baldosas intentando aferrarse. Esto creaba el efecto de que la mano estampada chorreaba por la pared lentamente. 

Salimos de ahí y continuamos a la próxima habitación para darnos cuenta que esa casa, o lo que sea que hubiera sido antes, era mucho más grande de lo que se veía desde afuera. La edificación tenía algunos pisos que daban hacia abajo y pasillos que conducían hacia el monte. Escudos del America de Cali, de Atlético Nacional, de Millonarios y de Santa Fé decoraban el paisaje de la siguiente habitación. Allí, las telarañas, los muros inflados y abiertos por la humedad y el mismo graffiti con sus ojos redondos, azules y gigantes nos hicieron sentir incómodos, como niños que ven viejas pinturas abstractas en la oscuridad. 

Habían muchos caminos frente a nosotros, dos pasillos y otra ventana que daba salida a lo que de seguro, unos cuarenta años atrás, fue un bello patio.  Así lo supuse porque tan solo habían enredaderas y mucho pasto con crecimiento descuidado. Como si algo los hubiese llamado, los tres que venían conmigo se fueron por ese patio que conducía a otra parte del lugar. Me quedé un poco atrás dedicando un vistazo a cada inscripción de la pared para ver si tenían algún significado además de ser únicamente rayones. Justo después de ese patio venía una habitación empantanada, con las paredes verdes por la humedad y llena de barro ¿Algo se movió en el agua? me pregunté cuando los demás también giraron sus rostros con caras de signo de exclamación ¿Un animal? ¿Un sapo? ¿El payaso IT (1) que vino a cazarnos como lo intentó con Bill en la escena del sótano? Me pregunté mientras mi corazón latía con ganas de irse corriendo. Pues no, únicamente fue una lata de cerveza poker de hace ya varios años que la periodista pateó por error. 

Por otro pasillo llegamos a más escaleras que iban hacia abajo. Elegimos unas al azar y llegamos hasta un cuarto en el que había gran concentración de hollín en una esquina,  como si ese espacio hubiese servido de cocina hace mucho tiempo. Le dí la espalda a esa mancha y con el rabillo del ojo vi como algo se movió con rapidez. ¿Habrá sido la sombra de alguien que también rondaba por esos lares? ¿Una silueta maligna? ¿Freddy Krueger (2) que nos transportó a su famoso cuarto de calderas? Nuevamente la respuesta fue no, solo se trataba de una cucaracha que iba de paso por la pared. “Sigamos entonces”, me dije tratando de dejar de lado la sugestión de tanta película de terror que vi siendo un adolescente.

“Tomemos un descanso para ir a darle una vuelta al carro”, propuso el fotógrafo cuando ninguno de nosotros fue capaz de bajar hacía una puerta pequeña que estaba al final otras escaleras. Este último y yo nos quedamos nos distanciamos un poco de los otros dos que iban un cuarto delante de nosotros. El fotógrafo no terminó de decir “no nos quedemos atrás” cuando escuchamos un fuerte estruendo a nuestras espaldas ¿Los antiguos dueños de esa casa volvieron del más allá y querían que nos fuéramos? ¿Eran Michael Myers (3) o Jason (4) derribando muros para darnos una muerte horrible? Una vez más fue un rotundo no, únicamente fue el golpe ocasionado por el choque de un alambre colocado contra una pared, que por la vibración del aire y el eco del lugar produjo un sonido estrambótico. Estando allí escuchamos la voz de un hombre y de una mujer que hablaban del oro lado de una pared que daba al monte. “Hay alguien más aquí”, dijo el fotógrafo y así supe que no fui el único que los escuchó.  

-Yo voy y le echo un ojo al carro-  sugerí al ver que ambos fotógrafos querían tomar unas cuantas fotos más.

-Voy contigo- me dijo la periodista mientras se daba la vuelta luego de tomarle una foto con su celular a una ventana.

 Salimos de paso para comprobar quienes estaban afuera, pero me crean o no lo único que nos estaba acompañando eran los pájaros y la brisa. “Mejor vamos al carro” le dije a la periodista y de camino tuvimos que detenernos porque en el monte se escuchó algo sospechoso. El pasto alto se movía y cada vez más cerca se escuchaban ladridos, gruñidos y patas chocando con el suelo ¿Algún hombre lobo que vino a despedazarnos con sus garras? No, eran unos perros criollos que bajaron del monte enojados y que nos rodearon para ladrarnos. El más pequeño, que era como un pincher pero tampoco más grande que un beagle, llegó corriendo unos minutos después de los otros con mucha agresividad. Pelaba los dientes, gruñía y consiguió que los otros perros también se pusieron agresivos. “Me mordió”, musitó ella antes de pedirme que nos quedáramos quietos. Al cabo de dos o tres minutos los perros se tranquilizaron, entonces avanzamos y únicamente uno de ellos, grande, negro, y de ojos color miel nos escoltó hasta lo que parecía ser las afueras de su territorio.

“Ellos se quedaron allá”, me dijo la periodista casi ordenando que les avisara a los otros para que salieran. Entonces regresé a ver la entrada de aquella casa y vi como los perros estaban allí echados, atentos, con sus ojos clavados en mí, pendientes de cualquier movimiento mío para lanzarse. Los dos fotógrafos salieron y en un principio los perros les ladraban sin ponerse agresivos, pero había entre la manada un perro pequeño que se quedó mirándome. “ Ey chicos”, tomé la mala decisión de llamarlos para advertirles que los perros podrían atacarlos ¡que equivocado estuve!. Me moví unos cuantos pasos más y ese condenado perro pequeño corrió hacia mi haciendo que todos los demás lo siguieran. El perro negro y grande de antes me mordió en la cadera, mientras el pequeño no me soltaba la pierna. Los fotógrafos espantaron a los perros y en ese momento entendimos el mensaje fuerte y claro. Nos montamos al carro y regresamos a la construcción que nos dió la bienvenida al pueblo. Allí tomamos unas cuantas fotos  en una casa dónde no había nada relevante, solo algunos grafitis con pentagramas que cualquier chistoso pudo haber pintado.

Después de dos paradas técnicas, una para comprar alcohol y ponerlo en las heridas que me dejaron los perros, y la segunda para almorzar, regresamos a Bogotá. Todos concluimos que teníamos expectativas más altas con el paseo y uno de nuestros fotógrafos pronunció una frase con la que todos estuvimos de acuerdo: “ Al principio uno cree que se siente una energia o algo así pero ya con el tiempo uno normaliza la situación de estar allá, es normal.”

En cuanto a mí, tras la mordida de los perros, me vi obligado a ir a urgencias debido a que mi pareja y mi mamá son enfermeras "como se le ocurre no ir a urgencias" me dijeron en tono preocupado y enojado. Ahí me corrió pierna arriba otro escalofrío familiar, un terror que compartimos muchos colombianos: el sistema de salud.



 

Pie de página

  1.  Principal antagonista de la película “ IT” (2017)
  2. Principal antagonista de la película “Pesadilla en la calle elm” (1984)
  3. Principal antagonista de la película “Halloween” (1978)
  4. Principal antagonista de la película “ Viernes 13 parte 2”  (1981)

 

 



 

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