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Aaron Copland, 29 años de fallecimiento

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Aaron Copland, 29 años de fallecimiento
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Martes, Diciembre 3, 2019

 

“Quizá debiera comenzar explicando que me considero un compositor de música, y no un escritor musical. Esta diferencia puede no parecer importante, especialmente cuando admito haber publicado varios libros sobre este asunto. Mas, para mí, la diferencia es capital, pues sé que, si fuera un escritor, desbordaría en palabras acerca del arte que practico; en cambio, mi mente -y no sólo mi mente, sino todo mi ser físico- vibra ante los estímulos de las ondas sonoras producidas por instrumentos que suenen solos o en conjunto. El por qué de ello no puedo explicarlo, pero puedo asegurar que es así”.

Palabras pronunciadas por Copland en la serie de Conferencias Distinguidas, en la Universidad de New Hampshire, abril de 1959.

25 años de fallecimiento está cumpliendo el compositor estadounidense Aaron Copland (1900-1990), uno de los emblemas de la música del siglo XX y quien estableció junto a otros músicos de la época (Roy Harris, Virgil Thomson, Walter Piston, Roger Sessions, George Gershwin, Charles Ives, Samuel Barber, Elliot Carter y John Cage, entre otros), la identidad de la música clásica norteamericana. Mención aparte habría que hacer del jazz con todas sus figuras y vertientes. El crítico Alex Ross en su libro El ruido eterno hace un retrato de Copland: “No tenía precisamente, el aspecto del gran compositor americano. Era un hombre alto, enjuto, de cara angulosa, con gafas, con un físico que valdría para encarnar a un oficinista en una película de género en Hollywood. Era hijo de inmigrantes ruso-judíos, era un ferviente izquierdista…”. Su producción abarca diferentes géneros y su popularidad internacional la estableció con temas como: Salón México, Danzón cubano, el ballet Billy The Kid, Primavera en los Apalaches, por citar sólo estas obras y con su aporte a la música de cine que le valió un Óscar en 1949 por su trabajo en la película La heredera.

El destino de los músicos norteamericanos a comienzos del siglo XX en búsqueda de su formación internacional era Alemania o Francia, en el caso de Copland su destino fue París, donde conoció a Nadia Boulanger, quien le inculcó la fuerza y sabiduría de las formas clásicas. En palabras de Alex Ross: “Con la organista y pedagoga Nadia Boulanger, Copland absorbió la estética de los años veinte, la revuelta contra la grandiosidad germánica, el afán de lucidez y elegancia, el cultivo de las formas barrocas y clásicas. Ella predicaba, en otras palabras, el evangelio según Igor Stravinsky”.

Es llamativo cómo los orígenes de Copland y Gershwin, compositores icónicos en Estados Unidos son parecidos: nacieron en Brooklyn, separados por poco más de dos años. Ambos eran de ascendencia ruso-judía. Ambos estudiaron composición con Rubin Goldmark y frecuentaron los mismos locales en su juventud. Gershwin asistía a recitales en los grandes almacenes Wanamaker’s, mientras que Copland debutó allí en 1917.

Copland, además, fue visionario en entender que los compositores norteamericanos debían trabajar en conjunto para darse a conocer e impresionar al público, así como lo habían hecho los músicos europeos en movimientos de vanguardia. “Los días del compositor estadounidense olvidado han quedado atrás”, escribió en 1926. Su relación con Latinoamérica fue muy importante, en especial con Cuba y México, país al que visitó por primera vez en 1932, invitado por Carlos Chávez y donde se entusiasmó con la música popular. A Colombia vino dos veces: en la década del cuarenta del siglo pasado en visita de buena voluntad a la Radio Nacional y en 1964 a dirigir la Orquesta Sinfónica Nacional de Colombia.

Compositor, director y maestro, Aaron Copland es una figura indispensable para entender la música del siglo XX. Sus obras permanecen en el acervo creativo americano, entre lo más significativo de todo un siglo y son una invitación a disfrutar del placer de la buena música o como diría Copland: “El arte musical demuestra la habilidad del hombre para trasmutar la sustancia de su experiencia cotidiana en un cuerpo de sonido que posee coherencia, dirección y flujo, desenvolviendo su propia vida en una forma significativa y natural en tiempo y en espacio. Como la vida misma, la música nunca termina, pues siempre puede ser recreada. Por eso, los más grandes momentos del espíritu humano pueden deducirse de los más grandes momentos de la música”.

 

ORLANDO RICAURTE LÓPEZ

COMITÉ EMISORA HJUT