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Editorial Padre Martín Gil, Semana Santa HJUT

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Editorial Padre Martín Gil, Semana Santa HJUT
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Miércoles, Abril 1, 2020

Un saludo especial a los bogotanos y los mejores deseos de bienestar en este período especial de cuarentena. Les recordamos que la programación de HJUT es una selección con algunos de los mejores programas de archivo y les compartimos el editorial escrito por el Padre Martín Gil.

 

Su tiempo el abrazarse, y su tiempo el separarse (Eclesiastés, 3,5).

 

 

Stefan Zweig (1881-1942) escribía sobre aquellos acontecimientos que señalan todo un cambio de época y una nueva percepción propia de la humanidad; de ningún modo instantánea pero sí claramente perceptible a los ojos del historiador.  Son momentos particulares en que el ser humano se enfrenta con la poderosa pulsión del miedo a lo desconocido y, al mismo tiempo, descubre su gigantesco potencial de creación en todos los ámbitos y de reflexión sobre sus opciones éticas.

 

Viviremos una Semana Santa totalmente atípica, contraria a los imaginarios habituales del descanso colectivo o personal y de la expresión religiosa comunitaria.  Abandonaremos el turismo y tendremos que emprender otros viajes.  Para muchos será un tiempo de prueba frente a su propia soledad y para otros un redescubrimiento de la posibilidad de resistir juntos a las adversidades impensadas.  Unos y otros requerirán de una fuerte experiencia del espíritu y del replanteamiento inteligente de los valores indispensables de la vida.

 

Es curioso pensar que un aislamiento nos pueda devolver al sentido de la comunidad humana en su fragilidad y de la comunión (no siempre armoniosa) con el planeta que la sostiene, a la manera de aquellas revelaciones que Mircea Eliade (1907-1986) describe como epifanías de un nivel superior a la experiencia cotidiana y que nos plantean preguntas muy serias sobre la existencia personal y de la especie.  La cuarentena (y algunos podemos leerla en clave de la cuaresma) puede ser la medicina para la voraz pretensión de una vida sin límites ni responsabilidades. Verse frente al otro como responsable de su bienestar o de su ruina es realmente un avance moral.

 

Por otra parte, en estos días, el ejercicio de la contemplación de lo bello, lo verdadero y lo bueno (y no el simple y compulsivo entretenimiento) será el asidero de una verdadera nueva creación, como lo propone el relato de la Pascua; con la consiguiente humildad de reconocer que los delirios actuales del consumo cruel y narcisista, la marginación social, la injusticia y la corrupción deben enfrentarse con sensatez y vigor moral.  Valorar en estos días las mejores producciones de nuestra cultura religiosa o secular, resulta un recurso invaluable a la hora de dar fuerza a las decisiones que cambian la mirada y la vida.  Estética y ética han de ser caminos confluyentes en la edificación (o rectificación) de lo humano.

 

El virus peor que enfrentamos no es aquel para el cual, tarde o temprano encontraremos la cura; sino el desamor que nos mantiene como seres competitivos, agresivos, acumuladores e indiferentes.  Este momento de la historia puede cambiarnos si definitivamente aprendemos la lección del destino común que nos cobija y de la inútil vanidad de creernos invulnerables.  La perspectiva religiosa del contemptus mundi, tan conocida para los medievales, nos puede aportar en estos días de extraño retiro una indicación útil sobre nuestro carácter de peregrinos en la tierra, no dueños sino caminantes; cuya riqueza fundamental radica en el conocimiento de todo bien y en la radicalidad del amor que abre paulatinamente la conciencia a uno de los mayores descubrimientos: la solidaridad entre los hombres y la compasión con los débiles como el mayor reto contemporáneo de nuestra cultura. 

 

La Pasión, en todo caso, para quien la quiera considerar en estos días, se repite, según la más venerada tradición cristiana, en todo hombre que sufre y mira hacia lo divino.  La corona de espinas, símbolo perenne del dolor, nos recordará siempre que la sangre del inocente, el sufrimiento del enfermo y el hambre del pobre son el juicio definitivo e inapelable de nuestra azarosa historia sobre la tierra. 

 

Martín Gil, pbro.