Cuando soplar burbujas era ilegal

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Cuando soplar burbujas era ilegal
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Jueves, Noviembre 5, 2020

 

 

Redacción:Nelson José Álvarez De León

Ilustración:Maria Alejandra Ovalle Alfonso

 

Se puso a soplar burbujas impunemente el canalla, desde la ventana de su sala. Tomó su instrumento criminal con una sevicia nunca antes vista, lo sumergió en dos ocasiones en el líquido compuesto por agua y jabón e hizo lo impensado desde el 25 de marzo de 2020, sopló. Liberó frente a su casa proyectiles desde una auténtica arma biológica contemporánea: su boca. Esas burbujas que se llevó la brisa y al tiempo reventaron, causaron terror en algunos transeúntes que se llevaron las manos al rostro, simulando a la famosa obra de “El grito”, pero debido a sus tapabocas, la expresión no pudo ser apreciada. Este personaje que con su saliva planeaba un genocidio con las pocas personas que transitaban allí, que, por cierto,deberían estar aisladas en sus casas, pidieron airadas a las autoridades que hicieran algo para detener a semejante hampón irresponsable.

 

Él juró de inicio a fin no estar infectado, pero las respectivas autoridades, con trajes anti fluidos, tapabocas debajo de estos y caretas de protección, tiraron su arma homicida a la basura, regaron el liquido de burbujas en el suelo y lo llevaron a hacerse una prueba para validar su juramento. Con una expresión triste que incluso logró traspasar el tapabocas, intentaba recordar cuándo fue la primera vez en su vida que vio burbujas. Decidió que seguramente fue esa vez en la que su familia lo llevó al parque Simón Bolívar y unos vendedores ambulantes soplaron burbujas por el camino para poder vender sus productos. 

Sopló burbujas durante muchos años: en medio de la calle, en su casa y sobre todo en parques. Se sentaba en una banca y se ponía a ver cómo se iban con el viento y  los que por ahí pasaban,fijaban su atención en las burbujas sin excepción. Él siempre decía: “A todos les gustan las burbujas, nunca he visto que alguien les sea indiferente, lo único que pasa es que sienten que solo los niños pequeños pueden disfrutar de estas”. Muy seguramente por esa forma de pensar es que este mal viviente cedió ante semejante accionar criminal. En los días previos a que saliera el resultado de la prueba, fue muy criticado sobre todo en redes sociales, en especial por los ejemplares ciudadanos que guardan poco más de 15 centímetros entre persona y persona en las filas del supermercado y se ponen el tapabocas en el cuello para poder charlar con el grupo que salió a la calle.

 

Casi tres semanas después salió el resultado, un “negativo” pintó una sonrisa muy leve en su boca. Lo regresaron a su casa con la advertencia de que no se le pasara por la cabeza realizar una vez más actos terroristas, que fuera consciente de la situación por la que estaba atravesando el mundo. Él se limitó a dar las gracias a las autoridades y cerró la puerta de su casa. “Todo el tiempo dio la impresión de que su mente estaba en otro lado, nos escuchaba, estamos seguros de eso, pero no estaba ahí” declararían quienes lo llevaron a casa al mismo medio de comunicación que tiempo después buscaría al que sopló las burbujas.

 

Él desmintió que desde aquel incidente tuviese la mente en otro lado, la realidad es que estaba así desde antes. “De hecho, ese día únicamente tomé mi soplador, el líquido  para burbujas y sentí como si en vez de baldosa caminará sobre pasto, y sentí el viento el mi rostro, vi el sol y el cielo e ignoré que era por medio de mi ventana, entonces solo me acerqué e hice lo de siempre. No me arrepiento de nada, quizás es la única sonrisa genuina que he tenido en meses” Confesó a este medio de forma cínica aquel impresentable personaje. Ya terminando la entrevista la reportera le preguntó: “¿Le gustaría decirle algo a esas personas que lo acusaron injustificadamente de estar infectado?”

 

Ante la vista de la reportera y de sus cámaras él se quedó pensativo, disperso incluso, diría la reportera en su crónica. Pero lo que aquel personaje estaba haciendo era recordar cuando se lo llevaron en una patrulla, rememoró a los otros seres inconscientes que encerraron en la estación junto a él, vándalos que bailaron sin música en la calle, incitando a que la gente haga fiestas y se contagie, cacos que se levantan su tapabocas para tomar un poco de agua de un termo que traían, soltando su peligrosa nariz que podía esparcir en el aire el virus o de su boca podría caer una gota de agua que pisaría alguien más y llevaría muerte a su hogar, y finalmente sociópatas que se les ocurrió abrir sus locales para poder trabajar, en vez de encerrarse como ciudadanos ejemplares y rogarle a Dios que les permitiera sobrevivir. En todos los casos,cada uno de esos mal vivientes se justificaron al igual que el que sopló burbujas. “No hicimos nada malo” se quejaron los que bailaron en la calle, pero lo cierto es que no estaban guardando el adecuado distanciamiento, se estaban tocando las manos. “Yo solo abrí mi local necesito comer”, replicó el dueño de una barbería que aseguraba cumplir con las normas de bioseguridad, pero al ruin no se le dio la gana  tener en cuenta que por salir de su casa ya era una bomba biológica andante, sin mencionar el obligar a más gente a salir de su casa por ir a su local. Lo bueno de todos estos casos fue que la población se unió, reaccionó y denunció a estos monstruos.

 

El que sopló burbujas volvió en sí y le contestó a la reportera con una inmensa desfachatez: “únicamente pedirles que no se les olvide que hubo vida antes de la pandemia”. Algún tiempo después, convertido en todo un ciudadano consciente, frente a la ventana de su sala (cerrada por supuesto), tomó su antiguo instrumento criminal, lo sumergió una vez sin ganas y sopló burbujas sin poner en riesgo a los demás, mirando al techo de su apartamento mientras estas se desplomaban en el suelo y se quedaban pegadas allí, reventando una tras otra y dejando una marca en su alfombra y seguramente en su alma.

 

Reconocimiento personería jurídica: Resolución 2613 del 14 de agosto de 1959 Minjusticia.

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