¿QUÉ SIGNIFICA SER HUMANO? | Universidad de Bogotá Jorge Tadeo Lozano

¿QUÉ SIGNIFICA SER HUMANO?

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¿QUÉ SIGNIFICA SER HUMANO?
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Sábado, Septiembre 4, 2021
Cuando yo estaba en séptimo de bachillerato pensaba que lo mío eran las matemáticas. Las buenas notas de los quices de álgebra no hacían más que reforzar esa idea y todo mi futuro comenzó a tomar forma con base en esa habilidad: iba a presentar el exámen a la Universidad Nacional de Colombia para estudiar Ingeniería de Sistemas. ¡Perfecto!

¿QUÉ SIGNIFICA SER HUMANO?

Redacción: Sofía Acero

 

Cuando yo estaba en séptimo de bachillerato pensaba que lo mío eran las matemáticas. Las buenas notas de los quices de álgebra no hacían más que reforzar esa idea y todo mi futuro comenzó a tomar forma con base en esa habilidad: iba a presentar el exámen a la Universidad Nacional de Colombia para estudiar Ingeniería de Sistemas. ¡Perfecto!

 

Así hubiese sido si mi amor por las matemáticas, y el darme cuenta que una cosa es ser buena en algo y otra amar hacer esa cosa por el resto de tu vida, no se hubiese desvanecido en el momento en que llegó el aterrador décimo de bachillerato. A un año de terminar el colegio, de comenzar lo que los adultos llamaban “futuro”, me encontraba pensando cómo decirle a mis papás que lo mío no eran los números, que en realidad no sabía qué era lo mío. Que querer pertenecer a un sistema que va demasiado rápido para mis lentas reflexiones me paralizaba y que mientras todos hablaban de lo genial que iba a ser “estudiar lo que te gusta” yo metía la cabeza entre páginas de libros evitando pensar que no tenía ni idea de cómo me iba a subir al tren del éxito.

 

Es gracioso cómo lo que es demasiado obvio para todos a tu alrededor, resulta ser todo un misterio que desentrañar para ti (supongo que de eso se trata la adolescencia). Esto lo comprobé cuando, después de una revisión exhaustiva de carreras que borrarán números y me prometieran letras, le dije a mi mamá: ¡Quiero ser periodista! Y ella, con esa sonrisa que todo lo sabe, me hizo sentir que no todo estaba perdido. A pesar del comentario impertinente de mi papá al decirme “te vas a morir de hambre”, que esquive con argumentos ya planificados de por qué haciendo lo que uno ama se puede llegar lejos. Fue de ese mismo hombre que salió la solución para que yo pudiese estudiar, endeudándome con una entidad de muy mala reputación, pero que me ha abierto las puertas de lugares soñados durante muchos meses en la oscuridad de mi habitación. Hoy soy consciente de mis privilegios, de lo poco común que es seguir los sueños y recibir el apoyo de tu alrededor para lograrlo. Aunque tampoco se puede negar que ese es el lente bajo el que decidí mirar, evitando, al menos por ahora, que vendi mi alma al sistema burocrático para hacer lo que me hace feliz. Una cosa por otra.

 

Posiblemente, así se haya sentido Gregor Samsa cuando el único trabajo que encontró era ser comerciante, el último eslabón de una cadena productiva que, al menos, le garantizaba darle una buena vida a sus pobres padres ancianos, y permitirle a su hermana soñar con la música emitida por el violín por el resto de su vida. Una cosa por otra. De hecho, podemos evidenciar en Samsa una convicción tan profunda de la necesidad de su trabajo cuando afirma que “Nosotros, los hombres de negocios, tenemos muchas veces que sobreponernos -por suerte o por desgracia, según se mire- a cualquier ligera indisposición en aras de nuestra responsabilidad profesional” (Kafka, 2012, p. 30). Incluso su transformación en un bicho monstruoso, no evitaba reflexiones como que “mirando fijamente la oscuridad, se sintió muy orgulloso de haber podido proporcionar a sus padres y hermana una vida semejante en una vivienda tan hermosa” (Kafka, 2012, p. 46). Aunque esto lo haya sumido en una vida invertida en la felicidad de otros, que muy pronto implicó sacrificar su propia felicidad.

 

El día en el que Gregor se sale del sistema parece una mañana como cualquier otra. De hecho, la narración se va al plano de lo doméstico, lo habitual y lo cotidiano, causando aún más incomodidad en el lector porque parece una situación que nos puede pasar a todos. Ahora Gregor sufrió un cambio irreversible en su manera de vivir:  “Cuando, una mañana, Gregor Samsa se despertó de unos sueños agitados, se encontró en su cama transformado en un bicho monstruoso” (Kafka, 2012, p. 19). No sabemos a qué especie pertenece este bicho, solo que ahora Gregor es convexo en el vientre y la espalda, sus patas son pequeñas, es marrón, tiene antenas, un caparazón duro y unas mandíbulas fuertes que le ayudan a girar la llave en una cerradura mientras está de pie, lo que nos da a entender que puede medir alrededor de tres pies de largo. 

 

Teniendo esto en cuenta, podemos ver en Gregor Samsa a un viajante para quien el dinero (para él mismo y para la familia) significaba la primera ley de su actividad y comportamiento en el marco de una sociedad convencional. En esta, el tiempo se ve como un producto intercambiable por el dinero, que es atesorado exclusivamente para actividades que produzcan algún provecho monetario: “Antes de que den las siete y cuarto tengo que haber abandonado del todo la cama. Además, para entonces seguro vendrá alguien de la oficina a preguntar por mí, pues abren antes de las siete” (Kafka, 2012, p. 26). Asimismo, descansar o enfermarse es visto como una muestra de debilidad, una condición tan preocupante que requiere que el jefe de la compañía haga presencia en la casa de Gregor:  “Pues Gregor no había enfermado ni una sola vez durante los cinco años que llevaba trabajando. Seguro que el jefe se  presentaría con el médico del seguro, reprocharía a los padres tener un hijo tan holgazán y rechazaría todas las obsesiones remitiéndose al médico del seguro para quien sólo había gente con muy buena salud y gran aversión al trabajo” (Kafka, 2012, p. 22). Sin embargo, vemos una transformación de este hombre de negocios, siempre ocupado y sano, a un bicho raro que no podrá seguir siendo un sostén para sus padres y su hermana; que a pesar de pensar “nada de quedarse inútilmente en la cama” (Kafka, 2012, p. 25) era imposible levantarse sin esfuerzo.

 

De hecho, cuando se convierte en un bicho monstruoso, es que empieza a reflexionar sobre su trabajo: “¿Por qué estaría Gregor condenado a trabajar en una empresa donde el menor descuido despertaba enseguida el mayor recelo? ¿Acaso los empleados eran todos, sin excepción, unos pícaros?; ¿no había entre ellos ni un solo hombre leal y entregado que, por el simple hecho de no aprovechar unas horas de trabajo por la mañana, enloqueciera bajo la presión de sus remordimientos y no estuviera, por eso mismo, en condiciones de abandonar la cama?” (Kafka, 2012, p. 28). Esto nos muestra que en su nueva condición, Gregor no acaba de encajar en el cuadro común de la vida familiar, comercial y burguesa de su lugar y su tiempo. Se encuentra en un mundo que se mueve por lo que produce, en el que su valor es determinado por cómo hace crecer al sistema. Que lo condiciona a una vida por y para el dinero. Pero en el momento en el que Gregor es obligado a abandonar esta vida productiva, convirtiéndose en un estorbo para el sistema, es visto como un monstruoso bicho, relegado a una habitación vacía, sin humanidad alguna.

 

No obstante, no es solo Gregor quien se enfrenta a una metamorfosis. Todas las personas a su alrededor se ven obligadas a adoptar otra actitud considerando que su única fuente económica había desaparecido y el sistema seguía sobre sus cabezas. Grete, por ejemplo, pasa de ser una hermana sensible y comprensiva a una de las causantes de que Gregor muera. En su metamorfosis podemos ver cómo su humanidad va desapareciendo, aunque su cuerpo no lo manifieste:  “Al principio, Gregorio se colocaba en algún rincón particularmente sucio. Cuando llegaba la hermana para hacerle así, como quien dice, un reproche. Pero lo cierto es que habría podido quedarse semanas enteras sin que la hermana se aplicará; pues aunque veía la mugre tan bien como él, había decidido no tocarla.” (Kafka, 2012, p. 78). Por otro lado, tenemos al padre de esta familia, un hombre aparentemente agotado y necesitado de la ayuda de otros, que al verse en la premura de pagar las cuentas, retoma sus fuerzas escondidas y se une con avidez a producir. Esta fuerza que aparece después de tantos años, se ve reflejada en su desprecio por Gregor y su propia transformación, la cual causó la suya propia: “Gregor se quedó paralizado por el miedo; seguir corriendo era inútil, pues el padre había decidido bombardearlo. Con el contenido del frutero que había sobre el aparador se había llenado los bolsillos y empezó a lanzar manzana tras manzana, sin afinar mucho, de momento, la puntería” (Kafka, 2012, p. 72).

 

Por otra parte, vemos al jefe de Gregor como una representación de lo interiorizado que él tenía su responsabilidad laboral, la cual es recordada por todos a su alrededor y que hasta llega a las puertas de su propia casa. Sin embargo, esta insistencia sólo es causada ante la idea de un Gregor comerciante y apto para producir. Pero cuando se da cuenta de su transformación, “el gerente ya se había vuelto a oír las primeras palabras de Gregor, al que sólo miraba por encima del hombro, agitado por un temblor convulsivo y con los labios fruncidos.” (Kafka, 2012, p. 39). Ya Gregor no era apto para el sistema. De la misma manera, los dueños de la casa, que se supone eran personas adineradas y finas, sacan su bicho monstruoso interior cuando ni la música puede conmoverlos: “Era demasiado evidente que parecían decepcionados en sus expectativas de oír un recital de violín hermoso y entretenido, que estaban hartos de la función y que sólo por cortesía permitía que se les molestase.  Sobre todo  la manera cómo expresaban el humo de sus puros por la nariz y por la boca  delataba su gran agitación. ¡Con lo bien que tocaba la hermana!” (Kafka, 2012, p. 86). Finalmente, su madre no puede soportar la idea de que ahora su hijo ya no tenga más un cuerpo humano, y que por lo tanto su manera de relacionarse con el mundo haya cambiado: “vio la enorme mancha pardusca sobre el papel floreado de la pared y, antes de darse cuenta realmente que lo que estaba viendo era Gregor, exclamó con voz ronca y estridente: ¡Ay, Dios mío! ¡Ay, Dios mío!, se desplomó sobre el sofá con los brazos estirados, como si renunciara a todo y no se movió. (Kafka, 2012, p. 67). Por lo que en esta historia no es solo Gregor quien tiene una transformación de su humanidad, también las personas a su alrededor sacan a la luz comportamientos que hablan más fuerte que las características humanas que vemos en su físico.

 

Siendo esto así, es pertinente afirmar que hay más cosas que nos hacen humanos además de lo que podamos producir. De hecho, el que Gregor se emocione con una pieza musical, que sienta placer al escucharla, es la prueba de una sensibilidad especialmente humana:  “¿Era realmente un animal, puesto que la música lo emocionaba tanto?” (Kafka, 2012, p. 86). Además, mientras Franz Kafka estaba escribiendo esta obra, le escribía cartas a su prometida Felice Bauer. En una de ellas hablaba del viaje que hizo del 29 al 30 de noviembre del año 1912 en la que afirmaba que había “trabajado de un modo tan lamentable que no merezco en absoluto dormir; de hecho debería ser condenado a pasarme el resto de la noche mirando a través de la ventana” Una acción que también realizaba Gregor Samsa después de haberse transformado. Y añade algo enorme interés para entender cómo funcionaba la necesidad de escribir en el autor: “Escribir mal, y, sin embargo, sentirse obligado a escribir si no quiere uno abandonarse a la desesperación total” (Llovet, 2012, p. 109). Esto pone de manifiesto que, probablemente, el rastro que deja Samsa en las paredes sería una especie de escritura, un escape a su desesperación. Una acción bastante humana.

 

No obstante, el reconocimiento de su humanidad por parte de su familia era algo fundamental. Ahora la relación con su familia se había deteriorado, su jefe había salido despavorido después de escucharlo. A pesar de su deseo de que “no podía perder bajo ningún concepto el conocimiento; antes prefería quedarse en la cama” (Kafka, 2012, p.26), su lenguaje se ve atrofiado por la forma en la que su nuevo cuerpo se comportaba con el mundo. Asimismo, una acción básica como comer, fue reemplazada por otras más placenteras en su estado: “La comida dejó de producirle placer muy pronto, y, como distracción, adoptó la costumbre de arrastrarse de un lado para otro por las paredes y el techo”(Kafka, 2012, p. 60). Esto nos habla de que existimos en un mundo que está configurado solo para un tipo de persona, y no tiene nada que ver con un monstruoso bicho.

 

En conclusión, el sistema funciona por nosotros, pero creemos que está para nosotros. La ilusión de salir de él se ve enfrentada a la idea de convertirnos en bicho para la sociedad. Detener nuestra vertiginosa manera de vivir se convierte en todo un reto, hasta que nos vemos de espaldas intentando mover nuestras pequeñas patas para levantarnos de la cama. Y a pesar de que finales como estos no nos den mucha esperanza: “Mientras conversaban así,  el señor y la señora Samsa  repararon casi al mismo tiempo,  al ver a su hija cada vez más animada, en que últimamente,  y pese a todas las desgracias que habían hecho palidecer sus mejillas,  Grete había florecido hasta convertirse en una muchacha hermosa y llena de vida.  Sin decirse nada más y entendiéndose casi inconscientemente con la mirada,  pensaron que lleva siendo hora de buscarle un buen marido.” (Kafka, 2012, p. 100). La realidad es que todos podemos decidir de qué manera convivir en este sistema, y afrontar las consecuencias de nuestra posición frente a este. Resultados que pueden ser tan aterradores y desoladores como los que la Metamorfosis de Franz Kafka nos revela, o tal vez no.

 

BIBLIOGRAFÍA

  • Kafka, F. (2012). La transformación: (La metamorfosis). De Bolsillo.

 

Escuche un fragmento de "La Metamorfosis" aquí: 

 

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