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Junio 2022

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Jueves 02 de Junio 2022

LAS DOS BERGANZAS

Teresa Berganza tenía apenas 25 años cuando surgió la oportunidad de debutar en los Estados Unidos en noviembre de 1958. Pero eso que debía alegrarla, en realidad la aterrorizaba. Porque su debut ocurriría en Dallas, cantando la parte de Neris en Medea de Luigi Cherubini, al lado de María Callas, de quien, se decía, era una prima donna difícil. En sus palabras, cuando llegó al primer ensayo, la saludé con un «Buenos días, señora Callas», me dijo que la llamara María y que la tutease. Durante el ensayo le pedí que me corrigiera lo que fuera, aquello era el sueño de mi vida, nunca creí que iba a cantar con la Callas. Ella me dijo: «A lo mejor tengo que aprender algo de ti».

La noche del estreno, canté mi aria, no es un aria como para lucirse, pero tiene un agudo al final y les encantó. Yo terminaba, apoyada con una mano en el hombro de Callas, de espaldas al público. Me aplaudieron mucho, me temblaban las piernas, me temblaba todo y seguía agarrada a ella, inmóvil. Entonces me dice al oído: «Date la vuelta que los aplausos son para ti». Le dije: «No, delante de ti yo no recibo aplausos». Ella insistió: «Date la vuelta». Y yo, agarrada al hombro: «Que no, que yo no me vuelvo». Me tomó de los hombros, me dio la vuelta y me puso delante suyo. Vino la ovación que naturalmente no era solo para mí, era para esa señora, esa grande de las grandes que puso a una niñita delante de ella para que recibiera los aplausos.

Hermosa anécdota y más de sus labios. Así la recordó años después. Hay más que su intención de humanizar al mito: Callas era grande, porque era generosa, porque era maravillosa. Sin pretenderlo nos pone ante evidencia de que en la mezzosoprano española había ese algo que hace de una cantante algo más allá de la voz educada y entrenada para cantar en un escenario.

Teresa Berganza, quien nació en el nº13 de la calle de San Isidro labrador de Madrid el 16 de marzo de 1933, murió en su casona de San Lorenzo del Escorial el pasado 13 de mayo, a los 89 años. Murió rodeada de eso mismo que en Dallas le manifestó la Callas: respeto y afecto.

Del grupo de los Grandes de la ópera española del siglo XX –Victoria de los Ángeles, Alfredo Kraus, Pilar Lorengar, Montserrat Caballé, Jaime Aragall, Plácido Domingo y José Carreras- fue la mezzosoprano. La más grande cantante de su cuerda en España, una de las más grandes del planeta y adorada por el público del mundo entero. En ella convivían, al menos, dos artistas.

La primera, desde luego, la cantante de ópera. Primero pareció especializarse en el repertorio del siglo XVIII como intérprete de algunos de los grandes personajes de las óperas de Händel, Gluck y Mozart y en el de inicios del XIX, como rossiniana de excepción. Si bien es verdad que fue legendaria como Isabella de La italiana en Argel y Angelina de La cenerentola, su Rosina del Barbero de Sevilla, guiada por Claudio Abbado sencillamente reescribió la manera de entender el personaje y puso a Rossini en el siglo XX, porque lo renovó. Fue Abbado quien después la animó para enfrentar la gran aventura de su vida, la Carmen de Bizet que marcó una especie de hito inalcanzable y otra manera de entender el personaje de la gitana de la novela de Merimée.

La segunda fue la Teresa española. La intérprete legendaria de los grandes compositores de su país, como Manuel de Falla de quien dejó para la posteridad versiones que parecen insuperables de Las 7 canciones populares, El sombrero de tres picos o La vida breve. También la maravillosa intérprete de zarzuela. Es verdad que, al contrario de lo que suele sugerirse de las voces de España, en el sentido de que se inician en la zarzuela y luego dan el salto a la ópera, su carrera fue eminentemente en la ópera, pero siempre en su repertorio hubo cabida para las romanzas de zarzuela que ella interpretaba con un dominio del estilo paradigmático.

Habrá quien diga, no sin razón, que hubo una tercera: la maestra de canto. A lo mejor estén en lo cierto.

Bella voz, pareja en todos sus registros, cálida donde las hubiera, plena en los graves e incisiva en los agudos, cuando cantaba, dejaba en los oyentes la sensación de hacerlo le era tan natural como respirar. La suya fue el mejor vehículo para hacerle justicia a la música, para poner un grano de arena en la inmortalidad de los compositores y para hacer de este, un mundo mejor.

 

 

 

Emilio Sanmiguel

Director, Programa Pentagrama

 

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