Así se vive de las esmeraldas en Boyacá

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Muzo

El municipio conocido como la capital mundial de las esmeraldas, ubicado en el occidente del departamento de Boyacá. El viaje para llegar a Muzo tarda, aproximadamente, seis o siete horas desde Bogotá. La travesía empieza en alguno de los terminales de buses de la Capital, en donde se debe tomar un bus que vaya hasta Chiquinquirá, capital de la provincia de Occidente, en Boyacá.

Pasadas tres horas, más por el tráfico de la ciudad que por la lejanía del pueblo, finalmente la primera parte del recorrido termina. Allí mismo, en el terminal del pueblo que se caracterizó por su clima frío, es donde se debe comprar el segundo pasaje del día: 20 mil pesos por una silla en una camioneta con nueve puestos.

El viaje en aquella camioneta, usualmente de la empresa Gaviota, comienza siendo más frío de lo esperado. Con el paso de las horas el paisaje es cada vez más verde y el clima más cálido. Los conductores tienen la costumbre de hacer una parada específica en Maripí, situado a 41 kilómetros de la ciudad de Chiquinquirá. Allí cada pasajero puede comprar algo de comer o simplemente respirar un poco y aliviar el mareo que causa la carretera.

Tres horas después se llega al destino. La tierra de esmeraldas nos recibe con 27°C de temperatura.

George, turista de Estonia, asegura que las esmeraldas de Muzo son las más bonitas que ha visto. Es su segunda visita al pueblo, ha recorrido cortes desde Santa Bárbara hasta Pauna, y está dispuesto a volver una tercera vez, “todo por ver esta piedra preciosa y disfrutar del clima preferido.”

 

José Calderón

Todo comenzó en 1972, cuando José tenía 19 años. Tras ver por muchos años que algunas personas llegaban pobres a Muzo, Boyacá, y que tras algún tiempo salían “llenos de plata”, decidió probar suerte en la tierra de las esmeraldas, donde abundaban las promesas de salir adelante y mejorar la calidad de vida de su familia.

Tras un corto recorrido, José llegó a las famosas minas esmeralderas de Muzo, de donde se extrae el 70% de las esmeraldas del mundo. Ahí, sin saber nada acerca de la minería ni del pueblo, buscó a su hermano, quien llevaba algún tiempo trabajando alrededor de la mina. Con su ayuda, encontró un rancho donde hospedarse esa noche.

Al día siguiente se encontró con su hermano cerca de donde él vivía y se dirigieron a la mina a “echar pala”, como se decía cuando las personas se dedicaban a rebuscar esmeraldas entre los escombros de las minas para luego lavar la tierra y, con suerte, encontrar la piedra preciosa. Después de varios meses, el par de hermanos consiguió una esmeralda de 20 mil pesos de la época (5 millones de pesos de hoy) y se la repartieron entre ellos.

Durante esos meses, las jornadas eran largas y el trabajo duro. Los horarios laborales iban desde las cinco de la mañana, hasta que la luz del día lo permitiera. Apenas tenían tiempo de comer algo durante el día.

Muzo, el municipio conocido como la capital mundial de las esmeraldas.

Camilo, habitante de Muzo, asegura que hoy en día pasan semanas en las que “no se saca nada”. Según dicen, en ocasiones hay piedras de muchos millones, “pero eso son temporadas o chismes de la gente”.

José pasó diez años más paleando y lavando tierra a diario en búsqueda de la anhelada piedra. Paró al ver cómo su hermano prosperaba después de haber cambiado la pala por el comercio de la piedra preciosa. Decidió seguir su ejemplo y aventurarse en el mundo de los negocios esmeralderos.

Al ser nuevo en el tema del comercio de esmeraldas, inició su nueva profesión con la compra y venta de chisperos [esmeraldas de tamaño minúsculo, comparables con esquirlas de vidrio], que normalmente se consiguen en grandes cantidades e individualmente no tienen gran valor en el mercado.

Ser parte del negocio esmeraldero era una de las actividades más peligrosas a las que alguien se podía dedicar en aquella época, no solo por el riesgo que implicaba la minería, sino por el contexto violento de Colombia, el narcotráfico y el control de tierras por sus recursos naturales, entre ellos, las esmeraldas.

La guerra que se libraba en la zona esmeraldera de Colombia, conocida como la guerra verde, era especialmente cruenta. Giraba alrededor de las familias que poseían las minas ricas en esmeralda y causó la muerte de al menos 1.200 personas, algunas de ellas después de haber sido víctimas de torturas.

Carlos Forero fue testigo de esa ola de violencia a los 12 años. Asegura que en la entrada a Muzo se veían los cuerpos de algunas de las víctimas.

La lupa a la izquierda y la quilatera a la derecha, implementos con los que todo esmeraldero debe contar.

En medio de esas circunstancias, José Calderón emprendió su nueva labor como comerciante de esmeraldas en Muzo. A veces ganaba y a veces perdía. No era mucho lo que conseguía, pero alcanzaba para llegar al final del mes con los bolsillos un poco más llenos que cuando paleaba para ganarse el pan.

En 1998, al ver que su negocio con la esmeralda comenzaba a tomar fuerza, José decidió probar suerte en Bogotá, donde se hacen los mayores negocios con esmeraldas del mundo. Inició, al igual que en Muzo, con la compraventa de chisperos y poco tiempo después, a comisionar esmeraldas por encargo de sus clientes, que venían de países lejanos buscando las esmeraldas más finas del mundo.

Al lidiar con pedidos cada vez más específicos, José tuvo que aprender a tallar la roca para darle la forma y tamaño requerido por los clientes.

No obstante, mientras su negocio prosperaba, la situación en las minas era cada vez peor. Los poderosos terratenientes se vieron amenazados por la creciente influencia que tenían los grupos al margen de la ley que azotaban la zona esmeraldera del país. Lo cual llevó a enfrentamientos armados entre los dos bandos, esmeralderos y grupos armados, por el control de las minas y sus réditos económicos.

Por esta razón, José, como muchos otros comerciantes de la época, dejó de ir a las minas por la mercancía temiendo por su vida. Dependió, por un buen tiempo, de los pocos intrépidos o desesperados que osaban realizar el viaje.


Viendo este escenario, José se vio obligado a diversificar su oferta de productos. Acudiendo a la venta de diferentes tipos de esmeralda como eran los chisperos y los trapiches [pequeñas esmeraldas hexagonales de las que brotan seis líneas negras esparcidas, de forma equitativa, desde el centro Hasta el borde de la esmeralda, generando la ilusión de ser una estrella] que solo se consiguen en Colombia, hasta esmeraldas en bruto sin ningún tipo de tratamiento, además de continuar con su labor como tallador.

Según José, las jornadas tallando la gema son las más estresantes. Cada piedra es distinta a la otra y hasta que no se talla, no se sabe a ciencia cierta qué tan valiosa es. Solo con el tallado y la pulida, se puede ver con claridad la calidad de la piedra y, por ende, su valor.

Hasta el día de hoy sigue comerciando esmeraldas en la plaza de la Universidad del Rosario en Bogotá, centro mundial del comercio de esmeraldas. Allí se instala de lunes a viernes, a veces los sábados, esperando que llegue algún cliente (preferiblemente extranjero) que le compre su mercancía. Si hay algo seguro en el negocio de las esmeraldas, es que es tan impredecible como la esmeralda misma.

 

Rogelio Calderón

Todo comenzó para Rogelio cuando tenía 18 años. Aún vivía con su familia en Somondoco, vereda San Sebastián en el departamento de Boyacá. Todos los días veía pasar a personas que iban y venían a pie cargando unas extrañas piedras verdes translúcidas, extraídas de las minas de Chivor, en Boyacá.

Rogelio duró un año trabajando como jornalero alrededor de la vereda. Finalmente, pasado el tiempo, consiguió suficiente dinero para embarcarse en un viaje que determinaría el resto de su vida: se fue rumbo a las famosas minas de esmeraldas del occidente de Boyacá. Al llegar a Muzo, aprendió a palear la tierra en las arenas ennegrecidas de la quebrada Las Pavas.

En ese entonces muchas personas subsistían paleando y encontrando morrallas para vender en el mercado, por lo que la competencia por las esmeraldas era feroz y despiadada. Luz Velandia, entre risas, cuenta cómo arriesgaba su vida y la de sus hijas pasando por un puente por el cual arrojaban a la gente muerta, “todo por echar pala y sacar una esmerada”.

Debido a las características del trabajo, Rogelio no contaba con un sueldo fijo, puesto que, así como podía encontrar varias piedras preciosas en poco tiempo, también podían pasar meses enteros sin encontrar una sola esmeralda. Tras nueve meses de arduo trabajo, Rogelio, en sociedad con su hermano, logró reunir algo de dinero (20 mil pesos de la época) para enviar de vuelta a la casa. Y así transcurrió el tiempo para los hermanos Calderón.


Tras unos años dedicado a palear, Rogelio incursionó en el comercio de esmeraldas. Al principio solo pudo hacer negocios con la morralla, la esmeralda más barata y de menor calidad de las que se consiguen en Colombia, ya que provienen de los desechos que salen de las minas de la zona esmeraldera del país.

Sin embargo, todo se vería interrumpido después de una serie de altercados entre las fuerzas de seguridad del Estado con los terratenientes de las minas. Rogelio cuenta que se ordenó el cierre de las minas y así permanecieron por un año hasta que se llegó a un acuerdo entre el gobierno y Víctor Carranza, más conocido como “el zar de las esmeraldas”. Carranza controlaba más de la mitad de la producción y comercio de esmeraldas en el planeta. Rogelio estuvo todo ese año sin trabajo mientras esperaba que se re abrieran las minas.

Tras regresar al trabajo en las minas, se percató de que las cosas habían cambiado: las excavaciones ya no se hacían con picos y palas, se habían reemplazado por explosivos a cielo abierto. Mucha de la tierra que salía de las excavaciones terminaba en la quebrada Las Pavas y, con ella, muchas esmeraldas que podían ser recogidas del río.

Decenas de miles de personas se trasladaron hasta la zona en búsqueda del mineral precioso. Rogelio, como buen comerciante, aprovechó el incremento masivo en la disponibilidad de esmeraldas para comerciar y obtener más ganancias de ellas, especialmente con clientes del extranjero.

Existe una costumbre particular que algunas personas se han encargado de seguir con el tiempo. Jaider, obrero de una de las minas aun pertenecientes a particulares, asegura que hay personas que rompen en trozos los envases verdes de las gaseosas y las botan para que la gente crea que encuentra esmeraldas.

1985, días de obrero de Rogelio Calderón.

Algún tiempo después, Rogelio consiguió empleo en la empresa minera del magnate Víctor Carranza como obrero vigilante. El trabajo consistía en trabajar ocho días al mes como obrero y otros quince como vigilante de la mina. Obtuvo como recompensa de su buen desempeño en el trabajo, y gracias a una recomendación del senador de la república Gustavo Rodríguez Vargas. En promedio, los empleados no duraban más de tres meses trabajando ahí. Rogelio duró tres años desempeñando su labor de obrero vigilante.

Tras su paso por la mina, Rogelio se trasladó a Bogotá para ejercer como comerciante y tallador de esmeraldas. Aunque siempre andaba con pocas esmeraldas, debido a la escasez que había en ese momento, nunca dejó de ganarse la vida en la ruleta de la compra y venta de este mineral precioso.

Tres años tuvieron que pasar para que se fuera de Bogotá. Primero, para volver a trabajar como obrero vigilante en la misma empresa Coesminas. Tras un año en el trabajo, tomó la decisión de irse a negociar esmeraldas de nuevo. Primero fue a Coscuez, Boyacá, donde había otra gran mina de esmeraldas, allí duró seis años haciendo negocios. Luego se fue a una mina recién descubierta llamada Cunas, en Boyacá, trabajó como comerciante cuatro años más.

Tras su periplo por las distintas minas del país, la empresa del señor Víctor Carranza volvió a contratarlo, pero esta vez como explosivista para la explotación de las distintas minas que controlaban (en el año 2006, se generaron exportaciones por alrededor de 97 millones de dólares en esmeraldas). Para esto, el señor Julio César Bernal lo mandó a hacer un curso con el Ejército Nacional en Bogotá sobre manipulación y uso de explosivos, ya que, sin hacer este curso, no le hubieran permitido hacer el trabajo.


Como explosivista estaba encargado de manejar la pólvora y los explosivos usados para la explotación de la mina, además de supervisar que los explosivos fueran usados de manera adecuada para no tener ni el más mínimo accidente en la mina. Al ser uno de los pocos capacitados para manejar explosivos en la empresa, Rogelio trabajó en varias minas como explosivista: Cunas, Consorcio, La Pita, Polveros y, finalmente, Puerto Arturo, todas ubicadas en la región del occidente boyacense.

En el 2009, tras ocho años trabajando como explosivista, las cosas tomaron un giro radical: la mina, que era antes propiedad de Carranza, se privatizó y fue vendida a un grupo multinacional llamado Mineral Texas Colombia.

Como consecuencia se profesionalizaron los empleados, además de recibir todos los beneficios de ley, y el mejoramiento de las condiciones laborales de los mineros, puesto que se les dotó con equipos que mejoraron la seguridad en la mina y redujeron casi a cero los accidentes que eran comunes en la explotación de esmeraldas. Además, al ser contratados por una empresa multinacional, los empleados empezaron a recibir sueldos fijos en vez de depender de los bonos que les daban por cada esmeralda sacada de la mina.

Entonces Mineral Texas Colombia ascendió a Rogelio y lo nombró delegado. Debía revisar las condicionees de los túneles y de los mineros antes de seguir con las excavaciones, además de revisar que todas las gemas que salieran de la mina fueran enviadas a la empresa para evitar que las esmeraldas fueran robadas por los trabajadores.

Esto se lograba por medio de unas tulas que eran utilizadas para transportar las esmeraldas, las cuales, al momento de ser enviadas fuera de la mina, eran selladas con llaves. Además, eran escoltadas en su recorrido hacia fuera por el delegado, el ingeniero de la mina y el control [persona encargada de registrar todos los movimientos realizados durante la excavación de la mina].


Además de incrementar la seguridad en la mina, que ha provocado una disminución importante en la cantidad de accidentes, Rogelio dice que, aunque ahora hay menos personas trabajando en la mina, (ahora son alrededor de 700 empleados), las condiciones laborales han mejorado enormemente para quienes tuvieron la suerte de permanecer como mineros.

La región se ha empobrecido notablemente debido a que casi nadie tiene acceso a las gemas que están dentro de las montañas. Esto lleva a los pueblos a reducir su actividad económica, puesto que los que se dedicaban al comercio de esmeraldas se han ido a Bogotá debido a la dificultad que presenta encontrar esmeraldas en la zona minera.

Alberto Cortés, comerciante de Muzo, es consciente de que la diferencia de los ingresos de antes y los de ahora es significativa. “Los que se suplen son los que están trabajando adentro porque tienen sueldo fijo, pero los de afuera se tienen que rebuscar la compra como puedan”.

Reconocimiento personería jurídica: Resolución 2613 del 14 de agosto de 1959 Minjusticia.

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