Carta a una sombra

Durante más de treinta años, el excoronel Javier Navarro Ortiz vivió entre operaciones contra el secuestro, decisiones límite y la presión permanente de la guerra en Colombia. Hoy, lejos del uniforme, reflexiona sobre el costo humano del servicio, las heridas silenciosas que deja el conflicto y la difícil tarea de aprender a vivir después de décadas en alerta.

 

Hay hombres cuya vida pública parece hecha de operativos, informes y fotografías institucionales. Y hay otros cuya historia real ocurre en lo que no se ve: las madrugadas en vela, las llamadas que nadie quiere contestar, la silla vacía en una mesa familiar. La vida del excoronel Javier Navarro Ortiz pertenece a la segunda categoría. 

A simple vista, su rutina actual es tranquila. Se levanta temprano, hace ejercicio, escribe, asesora en seguridad a la Gobernación del Valle y publica columnas sobre seguridad en el Diario de Occidente de Cali. Pero esa calma no es natural: tuvo que aprenderla. Después de treinta y un años en la Policía Nacional, el silencio no es ausencia de ruido; de algún modo, es una conquista. 

Mientras hablábamos, decía que el retiro no fue olvidar, sino organizar la memoria. Durante más de tres décadas vivió anticipando amenazas, leyendo contextos y tomando decisiones bajo presión. A veces baja temprano a la cocina antes de que amanezca. El café se prepara mientras la casa todavía está en silencio. Mira el celular casi por reflejo, como si aún esperara una llamada urgente. Ya no hay uniforme ni radio, pero el cuerpo todavía recuerda. 

 

El coronel Javier Navarro Ortiz fue comandante del Departamento de Policía del Valle del Cauca durante un año y medio. | Foto- Especial para El País de archivo  

 

Entró a la institución por vocación. Siempre atribuye esa decisión a la influencia de su padre y al apoyo incondicional de su madre. Antes de ingresar, prestó servicio militar en el Ejército y allí entendió que no estaba eligiendo únicamente una profesión, sino una forma de vida. Desde el inicio entendió el servicio público como un privilegio: asumir riesgos para que otros pudieran vivir en relativa tranquilidad en un país como Colombia.

Su primer día de servicio fue en Bucaramanga, en un escuadrón motorizado contra el hurto bancario. Recuerda el orgullo, pero sobre todo la vulnerabilidad. Ese día comprendió algo que nunca olvidaría: que el uniforme no protege, expone. En un país en conflicto, ser visible es ser objetivo. Con los años, su idea del honor cambió. Dejó de ser épica para volverse concreta. Aprendió que el deber casi nunca tiene aplausos y muchas veces se cumple en soledad. 

Su carrera se desarrolló principalmente en inteligencia, antisecuestro y antiextorsión. Trabajó en la Dirección de Inteligencia Policial entre 1995 y 2004, enfrentando crimen organizado y terrorismo, incluso en cooperación con agencias internacionales como la CIA, el FBI y la DEA. Después, durante doce años, integró la Dirección Antisecuestro y Antiextorsión, donde lideró operaciones de prevención e investigación. En ese periodo participaron en el rescate de 305 secuestrados y resolvieron más de 5.071 casos de extorsión. 

En Colombia, esa labor tenía un significado importante. La Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad documentó que entre 1990 y 2018 hubo 50.770 víctimas de secuestro y toma de rehenes en el conflicto armado, y las FARC fueron responsables de cerca del 40%. El secuestro no era un delito aislado, sino una estrategia de guerra, financiación, presión política y ventaja militar mediante la captura de miembros de la fuerza pública. 

Pero detrás de las cifras había algo más difícil de medir. Cada secuestro tenía una familia esperando noticias. Cada llamada podía cambiar el rumbo de una casa entera. Él conoció esa realidad de cerca. 

Una de las experiencias tempranas fue la operación relacionada con el secuestro del hermano del expresidente César Gaviria. Era joven teniente cuando recibió información incompleta y urgente. La operación exigía inteligencia, coordinación estatal y discreción diplomática. Tras meses de trabajo y una negociación paralela que incluyó apoyo del gobierno cubano, se logró la liberación. Lo que recuerda no es el éxito, sino el silencio previo al operativo: nadie pensaba en reconocimiento, solo en cumplir. 

Su carrera lo llevó por distintas regiones que definieron su percepción del conflicto. En Tolima vivió el auge de la guerrilla y escuchó policías resistiendo tomas armadas sin refuerzos suficientes. En Guaviare enfrentó la expansión paramilitar. En La Macarena entró después del fin de la zona de distensión. Y en Caquetá ocurrió una de las transformaciones más simbólicas de su vida profesional. 

Allí, como comandante departamental entre 2017 y 2019, pasó de perseguir a la guerrilla a garantizar su seguridad durante la reincorporación. La orden desde Bogotá era vigilar las zonas veredales transitorias de normalización. En ese contexto se produjo el encuentro con alias “El Paisa”, jefe histórico de la columna Teófilo Forero de las antiguas FARC. 

 

El coronel Javier Navarro se reunió con alias “El Paisa” en 2018, en medio de tensiones posteriores al proceso de paz. Foto: Policía de Caquetá

 

La reunión ocurrió en Miravalle, San Vicente del Caguán. El objetivo era hablar de seguridad ciudadana dentro del proceso de paz. Navarro incluso propuso que fuera pública, porque representaba la implementación real del acuerdo. El gesto generó polémica política: sectores cuestionaron que un comandante policial dialogara con un antiguo enemigo responsable de secuestros y atentados. 

Él lo interpretó de otra manera. Dijo que era la materialización de la paz. Aclaró, además, que la imagen del balón difundida no era un partido de fútbol, sino un símbolo: “jugársela por la paz”. La escena trataba de la misma institución que combatió a la guerrilla y que ahora debía protegerla para cumplir un acuerdo estatal. 

La imagen generó polémica. Muchos cuestionaron que un comandante policial dialogara con alguien responsable de secuestros y atentados. Él lo interpretó de otra manera. “La paz también se construye cuando uno entiende que el enemigo deja de ser enemigo”, explicó. 

Liderar hombres en ese contexto significaba decidir con consecuencias irreversibles. Una vez, durante un operativo en Cauca, un comerciante secuestrado murió a manos de sus captores. El mando implica cargar responsabilidades incluso cuando la decisión fue correcta. También sufrió el asesinato de un colaborador cercano en Cali y tuvo que seguir trabajando al día siguiente. 

Pero hubo rescates que equilibraron la balanza: un recién nacido, un anciano y personas que iban a ser ejecutadas. Esos momentos —dice — permiten continuar. 

El costo personal fue alto. El tiempo. Ausencias en cumpleaños, navidades y nacimientos. La familia vivió la incertidumbre constante: llamadas nocturnas, noticias y silencios. Él reconoce una culpa persistente por no estar presente en momentos esenciales de la vida de sus hijos. 

Hoy, su esposa y su hija menor sienten orgullo. No por las condecoraciones —que son numerosas: distinciones presidenciales, ministeriales, del Congreso y de la ONU, además de graduarse primero entre 299 subtenientes— sino porque regresó. En su profesión, el desenlace frecuente era la muerte, la herida o la cárcel. Sobrevivir también es un logro. 

Académicamente, se formó como magíster en Seguridad Pública y en Ciencias de la Defensa y Seguridad Interamericana en Washington. Fue comandante de Policía del Valle, adjunto policial ante el Colegio Interamericano de Defensa y ponente internacional contra el secuestro en Perú, Brasil y México. También fue instructor para policías extranjeras y consultor acreditado en seguridad.

Pese a la hoja de vida, se refleja que la guerra deja cicatrices invisibles. El país conoce estadísticas, pero no siempre entiende el desgaste emocional, el miedo permanente ni las dudas. La Corte Constitucional ha reconocido que los miembros de la fuerza pública son, ante todo, personas con derechos humanos, no solo agentes del Estado, algo que —según él— rara vez se recuerda cuando se juzga su propia historia.

Hay algo en su historia que no aparece en la hoja de vida ni en los informes operacionales. No es un operativo ni una medalla. Es una ausencia. Hablar con Javier Navarro Ortiz se parece, de algún modo, a escuchar a alguien que escribe hacia atrás en el tiempo. Como si parte de lo que cuenta no fuera una explicación, sino un mensaje dirigido a una versión anterior de sí mismo: al oficial joven que salió por primera vez a patrullar creyendo que el deber era una idea clara y no un dilema permanente. Su relato no suena a memoria celebratoria, sino a conversación con una sombra, con aquello que ya no existe, pero todavía acompaña. 

Porque lo que realmente se deja al retirarse no es el trabajo, es la vida que se aprendió a habitar. Cuando dejó la comandancia del Departamento de Policía Valle del Cauca, en Cali, el 1 de marzo de 2019, no fue simplemente un cambio administrativo. Durante ese periodo dirigía cerca de cuatro mil policías y respondía directamente al Ministerio de Defensa y a la Dirección General. Las decisiones ya no eran operativas únicamente: eran políticas, humanas y sociales al mismo tiempo. Cada orden afectaba barrios completos, comunidades enteras y también a sus propios hombres. 

 

El nuevo comandante del Departamento de Policía Valle del Cauca asume el cargo Cali (Valle del Cauca), 1 de marzo de 2019. Foto- Policía Nacional de Colombia.

 

El día en que entregó el cargo ocurrió algo extraño: no sintió alivio inmediato. Sintió silencio. Durante años vivió con la presión constante de anticipar lo que podía pasar esa noche. El teléfono podía sonar a cualquier hora. Un ataque, un secuestro, una toma, una patrulla en riesgo. El mando no termina cuando uno se va a dormir, porque en realidad nunca se duerme del todo. 

Dejar el cargo fue entender que el poder no es una pertenencia, sino un préstamo temporal. Él mismo lo ha dicho: siempre es mejor abandonar el poder antes de que el poder lo abandone a uno. Su retiro fue voluntario, un llamado interno más que una obligación institucional. 

Por primera vez en décadas, la madrugada dejó de significar emergencia. Ese cambio fue más visible en su casa que en su carrera. Durante años, su familia vivió en una espera constante. La incertidumbre era parte de la rutina doméstica: llamadas nocturnas, salidas repentinas y viajes sin explicación. Su esposa aprendió a convivir con la posibilidad diaria del peligro. Sus hijos crecieron entendiendo que su padre estaba y no estaba al mismo tiempo. 

El servicio público también lo prestan las familias, aunque nadie les entregue uniforme. Navarro reconoce que el sacrificio mayor fue el tiempo. No haber estado en momentos esenciales: nacimientos, celebraciones y navidades. La culpa —dice— es silenciosa y persistente. No desaparece ni siquiera con los logros. 

Hoy la relación cambió. La vida actual gira alrededor de lo cotidiano: compartir en casa, cuidar la salud, hacer deporte, escribir y hablar sin prisa. Su esposa y su hija lo ven presente de una forma que antes no era posible. Hay orgullo, pero también alivio. No celebran el rango; celebran que volvió.

En esa tranquilidad aparece algo nuevo para él: la felicidad. Ahora puede observar sin tener que reaccionar. Analizar sin que una decisión dependa de segundos. El país sigue teniendo problemas de seguridad y él continúa aportando como asesor y analista, pero ya no carga la responsabilidad directa de enviar hombres a una operación de riesgo. 

Al recordar su carrera, no habla de victorias. Habla de sobrevivientes. Compañeros que no regresaron, familias incompletas, víctimas liberadas y errores inevitables. Su memoria no se organiza por cronología, sino por personas. 

Y quizá por eso su relato parece dirigido a alguien más: al joven oficial que creía que el honor era una palabra simple. A ese pasado le hablaría con una recomendación: no endurecer el corazón. 

La vida después del uniforme no es un final. Es un regreso. Después de décadas enfrentando la guerra, la paz personal no llega como un triunfo, sino como algo más pequeño y profundo: poder quedarse en casa una noche cualquiera y saber que, por primera vez en muchos años, el teléfono no tiene que sonar. 

Hoy observa el conflicto con dolor y aprendizaje. Cree que Colombia aún no comprende completamente el sacrificio humano del servicio. Si pudiera hablarle a su yo joven, le pediría no endurecer el corazón. 

Su legado no quiere que sea una operación ni una fotografía con un antiguo enemigo. Quiere que se recuerde que actuó con integridad y que entendió el poder como responsabilidad. 

Después de tres décadas entre guerra y negociación, entre persecución y reconciliación, entre órdenes urgentes y silencios obligatorios, lo que queda no es la victoria ni la derrota. Es la memoria. Hoy la vida ocurre en cosas pequeñas. juega tenis. Escribe. Habla sin prisa. Comparte más tiempo en casa.

A veces está sentado en silencio, leyendo, con ropa deportiva. Cuesta imaginar que el mismo hombre que ahora trabaja para la Gobernación del Valle haya pasado décadas tomando decisiones que podían cambiar vidas.

La de compañeros que no regresaron. La de noches que quedaron suspendidas en la memoria. La de llamadas que cambiaron familias enteras. La de una versión de sí mismo que aprendió a vivir alerta y que todavía aparece en ciertos gestos. 

La Policía organizó sus horarios, sus decisiones y su manera de caminar por el mundo. Lo convirtió en alguien que observaba antes de entrar a un lugar, que medía el riesgo antes de relajarse, que entendía el deber incluso por encima del cansancio. 

 

Pero ahora esa vida existe de otra manera.

No desapareció.

Se volvió sombra. 

 

No porque haya perdido importancia, sino porque ya no ocupa el centro de sus días. Es una presencia que permanece detrás. Algo que sigue acompañándolo, aunque ya no lleve uniforme. Y quizá ahí también aparece una forma de dolor. Porque servir durante décadas a una institución y a un país significa entregar tiempo, familia y parte de uno mismo. 

A veces solo deja la sensación de haber pertenecido intensamente a algo que ya no está. Su memoria no se organiza por cargos ni por ascensos. Se organiza por personas. 

 

Por quienes sobrevivieron.

Por quienes no regresaron.

Por familias que esperaron noticias. 

 

La vida después del uniforme no es un final. Es un regreso. Después de décadas enfrentando la guerra, la tranquilidad no aparece como una victoria. Llega como algo más pequeño: la posibilidad de quedarse en casa una noche cualquiera y saber que, por primera vez en muchos años, el teléfono no tiene que sonar. La memoria, para quienes sobrevivieron, también es una manera de seguir sirviendo. 

 

Reconocimiento personería jurídica: Resolución 2613 del 14 de agosto de 1959 Minjusticia.

Institución de Educación Superior sujeta a inspección y vigilancia por el Ministerio de Educación Nacional.