Dos trayectorias laborales en el sector de ventas exponen cómo la presión por resultados, los riesgos en campo y las dinámicas internas de las empresas pueden transformar el trabajo en una experiencia de desgaste físico y emocional que rara vez se visibiliza.
Dayana Suárez* salió de un supermercado ubicado en la localidad de Fontibón, en Bogotá, a las 7 de la noche, en dirección a su casa, en la localidad de Puente Aranda. Iba en su carro con los vidrios arriba, los seguros puestos en todas las puertas, el cinturón de seguridad bien ajustado, las manos apretando con fuerza el volante y la mandíbula tensionada. Acababa de cobrar cartera en uno de los puntos de venta que visitaba con frecuencia y, en ese momento, llevaba 30 millones de pesos en efectivo en su vehículo.
Hace unos meses, una vendedora con la que trabajaba se encontraba en su misma situación y fue asesinada con el objetivo de robarle el dinero que acababa de cobrar. La balearon para quitarle la plata. Desde entonces, cada trayecto con dinero encima se sentía diferente.
La mujer conducía al límite de velocidad permitido. En los semáforos miraba por el retrovisor y luego por los espejos laterales, asegurándose de que nadie la siguiera. Evitaba lugares solos y oscuros, buscaba estar en compañía de otros carros e intentaba no llamar la atención. El efectivo no iba en una bolsa ni en una caja fuerte; estaba escondido entre su ropa, pegado al cuerpo, separado en varios fajos. Treinta millones de pesos en billetes que no le pertenecían, pero que tenía que transportar por la ciudad para consignarlos en un banco al día siguiente, ya que a esa hora no había servicio.
Las experiencias de trabajadoras del área de ventas evidencian el impacto del desgaste laboral en la vida personal, emocional y familiar.
Su trabajo consistía en visitar almacenes y cobrar cartera directamente a los clientes. Muchos pagaban en efectivo y casi siempre eran millones. En teoría, la empresa no autorizaba a los vendedores a cobrar más de 600 mil pesos; en la práctica, el dinero circulaba en grandes cantidades, los indicadores de cartera debían cumplirse diariamente y los vendedores siempre estaban expuestos a los riesgos de la calle.
Su empresa le daba la posibilidad de pedir un carro de valores, pero el trámite era lento. A veces tardaba más en llegar la transportadora que lo que duraba la visita al cliente. Además, el dinero ni siquiera se podía contar frente al transportador. Si algo faltaba después, no había cómo probar cuánto se había entregado realmente. Por eso, casi nadie recurría a este servicio. Así que Dayana hacía lo mismo que muchos vendedores: cobraba, guardaba los billetes donde podía y seguía conduciendo. Si alcanzaba, consignaba todo ese mismo día; si no, se lo llevaba a casa.
Dayana hacía parte del equipo de ventas de Colombina, una empresa de confitería fundada en 1927 en el Valle del Cauca por Hernando Caicedo. Con los años, la compañía se convirtió en una de las productoras de alimentos más grandes del país, responsable de productos que llenan vitrinas y tiendas en todo el territorio hoy en día. Para que esos dulces llegaran a los estantes, vendedores como Dayana recorrían diariamente la ciudad.
En multinacionales de alimentos, el área de ventas es la encargada de que los productos lleguen a los consumidores de todo el país. Para lograrlo, las empresas organizan equipos de vendedores con zonas asignadas, que recorren diariamente distintos puntos de venta. Su trabajo es visitar tiendas — de distribuidores, de barrio, almacenes de cadena, supermercados independientes y mayoristas—, revisar qué productos se han vendido, tomar nuevos pedidos y asegurarse de que las marcas de la empresa para la que trabajan estén visibles en los estantes.
Además de vender, muchos de estos trabajadores también se encargan de cobrar el dinero de los pedidos. Esto significa que, al final de la jornada, un vendedor puede estar transportando grandes sumas de efectivo mientras se desplaza de un punto de venta a otro por la ciudad. Aunque hoy la mayoría de los pagos se hace de forma digital, aún hay muchos dueños de negocios que pagan de manera tradicional. Esta dinámica de hacer rutas diarias, visitar tiendas y cobrar cartera es parte fundamental del trabajo en ventas en muchas empresas grandes.
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Era una tarde lluviosa. Me encontraba en una vivienda cómoda de tres pisos en la localidad de Puente Aranda, Bogotá. El interior era amplio, las paredes eran de colores fríos, los muebles eran modernos y todo se veía en muy buen estado. Dayana se encontraba de pie junto a la mesa del comedor; su ropa era casual. Llevaba puesto un overol blanco y una blusa negra. Después de la entrevista, tenía que ir a una cita odontológica.
La mujer me hablaba con la serenidad de alguien que ya tomó una decisión difícil y continuó con su vida. A ratos sonreía; a ratos arrugaba su frente. Cada recuerdo tenía su propia emoción. En la cocina olía a sopa de pasta recién servida y, mientras acomodaba su rodilla sobre una de las sillas del comedor, empezó a relatar que todo comenzó “por mera coincidencia”. Una coincidencia que duró veinticuatro años.
Dayana es oriunda de Guaduas, Cundinamarca. Llegó a Bogotá con su familia buscando una mejor calidad de vida. Tenía 19 años cuando entró a Colombina, en los años 2000. Empezó siendo mercaderista: se encargaba de que los productos se vieran bien y se movieran dentro de los puntos de venta, pero no sabía bien qué era una punta de góndola o cómo funcionaba cada tienda cuando empezó. “Yo estaba más perdida que una cabra”, decía, y soltaba una carcajada, como si todavía escuchara esos términos desconocidos. Aun así, pasó la entrevista porque fue honesta. No tenía experiencia, pero sí ganas, y eso fue lo que la contrató.
Sin embargo, poco tiempo después su camino tomó un giro. Aunque valoraba la seguridad de su sueldo fijo, se sentía inconforme con su trabajo en general, lo que la animó a buscar un cambio. A pesar del temor que le producía pasar de la estabilidad de los almacenes a la incertidumbre de las ventas en la calle, donde el salario dependía de su cumplimiento diario, Dayana decidió arriesgarse. Fue así como dejó su puesto para convertirse en vendedora de tienda.
Era curioso verla intentando recordar cada detalle de su paso por Colombina; a ratos se desviaba un poco del tema y nos reíamos, pero después retomaba la conversación justo donde la había dejado. Resulta que, después de dos años y medio, sus jefes le dijeron que tenía mucho potencial para ocupar un cargo más alto, pero que, para ser ascendida, debía estudiar en la universidad. Para no dejar su puesto, decidió estudiar Mercadeo en la Universidad Central en el horario de la noche.
Todo iba aparentemente bien. Su tiempo estaba equilibrado entre el trabajo y su pregrado, pero había un detalle importante: sus dos hijos y su esposo.
—El tema de horarios siempre fue muy complicado —dijo, con una expresión seria y mirándome a los ojos—. Porque cuando estaba allá, entraba a las 6 de la mañana y salía a veces a las 5 o 6 de la tarde. Llegaba a la oficina y salía a las 8 o 9 de la noche. Prácticamente, quien más tuvo que sufrir el tema fue mi hija, porque yo estaba en la universidad y no podía compartir suficiente tiempo con ella. Yo llegaba a casa y ella ya estaba durmiendo. Su crianza básicamente fue entre mi mamá y mi esposo.
El silencio que siguió a esa frase no fue incómodo; era más bien pesado. Dayana bajó la mirada. Su tono de voz se apagó cuando mencionó que no vio crecer del todo a su hija, no porque no quisiera, sino porque el trabajo no tenía pausa. El día no terminaba cuando la oficina cerraba; terminaba cuando se cumplía la cuota, y la cuota no dormía.
Mi entrevistada narró los hechos como si estuviera organizando inventario; su forma de hablar era estructurada y clara. Contó que todos los días tenían que facturar. Llegaba a su casa a las 6 u 8 de la noche, dependiendo del día. Se sentaba en su silla acolchada negra a ingresar pedidos y hacer trabajo administrativo en general. Los sábados eran para completar lo que no alcanzaba de lunes a viernes, y el domingo lo dedicaba a organizar su casa.
—Todo eso casi me costó mi matrimonio también, porque la relación ya se venía deteriorando por tema de tiempo. Fue una de las razones por las que yo me quise salir de Colombina, porque allá nos pedían que todos los días teníamos que facturar y realmente no teníamos tiempo para el trabajo administrativo.
A unos kilómetros de la casa de Dayana, en la terraza de una casa en la localidad de Rafael Uribe Uribe, Bianca Sastoque* recordaba sus años en Colombina desde otra perspectiva. Nació en Manizales y llegó a Bogotá en su adolescencia. Entró a la empresa gracias a sus prácticas universitarias. Se postuló primero al área logística y no pasó. Quince días después se abrió una vacante en el área comercial, y esa sí fue su puerta de entrada a la multinacional. Empezó como ejecutiva de punto de venta junior. Con el tiempo, y gracias a su buen desempeño, fue ascendida gradualmente hasta llegar a ser líder de marcas representadas. Fueron siete años en total.
Cuando hablaba de Colombina, su voz tenía una mezcla extraña de cariño y cansancio. —Es una empresa muy bonita, es como un pueblito.
Sin embargo, la palabra “pueblito” no la usaba como una metáfora positiva, sino en el sentido de que en un pueblo todos se conocen, hay cercanía y sentido de pertenencia, pero también hay chismes, envidias y otras dinámicas pequeñas que, con el tiempo, crecen y agotan a quienes las viven.
Bianca estaba sentada frente a mí. Nos separaba una mesa de madera pequeña. Su cabello liso y oscuro era sacudido suavemente por el viento. Mientras hablaba, movía las manos con calma, como si el cansancio que recordaba ya no le perteneciera. No describía jornadas imposibles como las de Dayana; su carga laboral era manejable. Lo que empezó a desgastarla realmente fue el ambiente. Todos los días salía de su casa y empezaba a orar para tener un día tranquilo en el trabajo.
Bianca recordó una de esas reuniones. La pantalla estaba llena de cuadros con cámaras encendidas, micrófonos apagados y miradas tensas. Un líder compartía las cifras mientras su voz sonaba seca, casi mecánica. Cuando alguien no cumplía, el silencio se volvía pesado. Ella sentía cómo sus hombros se tensionaban mientras esperaba su turno, repasando mentalmente cada número y cada correo enviado. Aun así, nunca estaba tranquila. Tenía la sensación de que, sin importar cuánto se esforzara, su trabajo no siempre era reconocido a los ojos de sus superiores. Mientras hablaban de resultados, ella pensaba en decisiones que parecían ya definidas y en los nombres que se repetían cuando se trataba de oportunidades. Constantemente se recordaba a sí misma que debía mantenerse a la defensiva, porque, detrás de las cifras, sentía que se movían fichas que no dependían de su desempeño.
Bianca habló de la “rosca” que había dentro de la empresa. Su expresión tranquila cambió a una de disgusto al referirse a decisiones tomadas antes de abrir las convocatorias para alguna promoción de cargo. Mencionó la existencia de comentarios a espaldas de los demás y de ascensos que parecían depender menos del desempeño y más del capital social de cada persona.
—Yo ya no disfrutaba mi trabajo. Era sobrevivir el día a día.
Si Dayana normalizó el agotamiento físico, Bianca lo hizo con el desgaste emocional. A pesar de esto, nunca tuvo problemas con su contrato. Trabajaba a término indefinido; la empresa pagaba a tiempo y cumplía con todo lo legal. Incluso, según ella, recursos humanos ofrecía apoyo psicológico.
El trabajo en ventas implica recorridos diarios, cumplimiento de metas y, en muchos casos, el manejo de grandes sumas de dinero en efectivo.
Finalmente, Bianca renunció; no esperó a que la sacaran. Se fue en silencio, con una carta entregada directamente a su gerente. Él se sorprendió. Dijo que planeaba tener cosas más grandes para ella, pero la decisión ya estaba tomada. Iba a empezar a trabajar en otra multinacional, donde el ambiente laboral y el salario eran mejores.
Las dos historias son distintas, pero ambas están atravesadas por el desgaste que produce el trabajo. Por un lado, Dayana lo vivió en la calle, con jornadas largas bajo el sol o la lluvia, con la presión constante de cumplir una cuota diaria de la que dependía su sueldo y con la incertidumbre de no saber si ese día vendería lo suficiente. Bianca, por otro lado, lo sintió en un ambiente más corporativo, que con el tiempo se volvió cada vez más tenso y difícil de sostener. Los contextos son distintos, los ritmos de trabajo también; pero, en ambos casos, el trabajo empieza a afectar algo más allá del tiempo o el cuerpo.
Para la abogada laboral Marcela Roa, las historias de Dayana y Bianca no son casos aislados ni simples percepciones personales. En el derecho laboral colombiano existe una forma de nombrar ese desgaste silencioso: se llama «riesgo psicosocial». Es un concepto que reconoce que el trabajo no solo impacta el cuerpo, sino también la mente, las emociones y la manera en que una persona se relaciona con su entorno.
Durante muchos años, explica Roa, la seguridad laboral se entendía únicamente desde lo físico; se limitaba a evitar accidentes, garantizar espacios adecuados o prevenir enfermedades derivadas del oficio. Con el tiempo, esa mirada empezó a quedarse corta. La presión constante por cumplir metas, los conflictos entre compañeros, las cargas excesivas o los ambientes hostiles también comenzaron a reconocerse como factores que afectan profundamente a los trabajadores.
Hoy, las empresas no solo deben preocuparse porque nadie se lastime, sino también por prevenir ese desgaste emocional que se acumula sin hacer ruido. El estrés, aclara la abogada, es inevitable en cualquier empleo. El problema aparece cuando deja de ser algo puntual y se convierte en una carga permanente que empieza a afectar la salud mental, el ánimo y la vida personal.
En esos casos, las compañías están obligadas a activar mecanismos de prevención, tales como políticas contra el acoso laboral, sistemas de seguridad y salud en el trabajo y canales formales para que los empleados puedan expresar sus inconformidades. La idea es detectar los problemas antes de que se vuelvan insostenibles y terminen en renuncias, conflictos o afectaciones más profundas. Sin embargo, muchas veces esos mecanismos nunca se activan. Los trabajadores guardan silencio, evitan confrontaciones o simplemente renuncian cuando ya no pueden más.
—Nadie está obligado a lo imposible —señaló—. Si la compañía no conoce lo que está ocurriendo dentro de su organización, difícilmente puede intervenir.
El problema es que el desgaste laboral casi nunca se nombra mientras ocurre. Se vuelve parte de la rutina. Las metas se siguen cumpliendo, las reuniones continúan y los correos no dejan de llegar, mientras el cansancio se acumula lentamente. Renunciar parecería la salida más obvia, pero no todos tienen el privilegio de considerarlo siquiera una opción.
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Con el paso de los años, la casa de Dayana se llenó de productos y objetos de Colombina, como pocillos, ropa y papelería. Aún conserva muchas cosas en buen estado y, a pesar de ya no trabajar allí, sigue usando algunas todos los días, como un pocillo rojo con el nombre de la empresa que cambia de color de acuerdo con la temperatura de la bebida que contiene.
Del mueble de madera con vitrinas, en excelente estado, salió un pocillo tras otro, cada uno de un color y logo diferente de la multinacional. Todos fueron organizados cuidadosamente sobre la mesa del comedor. El disparador de mi cámara sonó aproximadamente cada cinco segundos, buscando capturar la mayor cantidad de detalles de cada pieza de cerámica. Dayana siguió hablando:
—A mí me gustaba trabajar en Colombina. Soy muy abierta con la gente y me gusta relacionarme. Siempre cumplía la cuota del mes y, por eso mismo, también me exigían demasiado. Si no cumplía, pues no había sueldo. Sin embargo, yo no trabajaba solo por el dinero. Yo tenía reconocimiento y estatus; todo el mundo sabía quién era Dayana. Pero, a pesar de todo eso, yo me quería ir. Y cuando por fin lo hice, perdí mi estatus, perdí mi antigüedad, perdí todo. Pero ya me sentía cansada. Sentía que ahí no era mi lugar.
Otra cosa importante para el área de ventas eran las reuniones del equipo. Solían hacerse de manera virtual, con todos los miembros conectados. Alguien compartía pantalla para que todos pudieran ver la proyección de las cifras de ventas del mes. Era el momento en que se revisaban las cuotas, se hablaba de los indicadores y se pedían explicaciones cuando los números no coincidían con lo esperado. La mayoría escuchaba en silencio; algunos tomaban notas, otros asentían mientras los jefes hablaban. Dayana, a diferencia de sus compañeros, no siempre se quedaba callada.
Con los años había ganado relevancia dentro del equipo: una mezcla de respeto, confianza y familiaridad gracias al tiempo que llevaba en la empresa. Esa confianza hacía que, cuando no estaba de acuerdo con algo, lo dijera directamente, incluso si eso significaba incomodar a alguien más.
A diferencia de Bianca, Dayana a veces intervenía con tranquilidad, tratando de explicar su punto de vista. Otras veces lo hacía desde el cansancio acumulado por el trabajo. Levantaba la mano o intervenía cuando sentía que era necesario. Decía lo que pensaba sin muchas formalidades. Sus compañeros la escuchaban mientras hablaba; algunos coincidían con ella, otros simplemente esperaban a que terminara. En más de una ocasión, terminaba siendo ella quien ponía sobre la mesa lo que el resto solo pensaba.
También era quien se atrevía a pedir cosas que parecían pequeñas, pero que para el equipo significaban mucho en la rutina diaria. En medio de la reunión, mientras se hablaba de metas o de resultados, podía romper la formalidad del momento solo para pedir el sábado libre para su equipo. A veces también hablaba de los mercaderistas, de las dificultades que enfrentaban en los puntos de venta o de las cosas que, desde su experiencia en la calle, sentía que la oficina no alcanzaba a ver.
Yo intentaba indagar más en esas historias; ella se reía y me contagiaba la alegría. Dayana fue una pieza clave en su equipo de ventas, pues con el tiempo terminó convirtiéndose en una especie de vocera del grupo. No porque alguien la hubiera designado para eso, sino porque llevaba muchos años en la empresa y era de las pocas personas que se animaba a decir lo que pensaba delante de sus superiores. Sin embargo, esa honestidad no siempre era bien recibida. Ella misma lo resume con una mezcla de risa y resignación, ya que muchas veces terminó ganándose “problemas pendejos” por hablar más de la cuenta.
—Yo hasta chillaba y pataleaba en esas reuniones —recordó—. Les decía: “Mire, yo estoy de acuerdo con esto, pero con esto no”.
Había días en los que colgaba la llamada con la sensación de haber dicho demasiado, preguntándose si había sido buena idea intervenir de esa manera frente a todos. Otros días sentía que, al menos, alguien había puesto en palabras lo que el resto prefería callar. Aun así, durante años siguió haciéndolo sin ningún problema. Era su forma de defender lo que consideraba justo.
Otra cosa que ella mencionó es que la empatía en su equipo era selectiva. Era normal que, de vez en cuando, se pusieran de acuerdo para recoger dinero para celebrar cumpleaños, baby showers y demás actividades que, en general, se podrían considerar triviales. Sin embargo, no todos sus compañeros fueron capaces de meterse la mano al bolsillo para ayudarla a reunir dinero para comprar un computador la vez que se metieron a robar a su casa, ni tampoco cuando una de sus compañeras sufrió quemaduras graves en su rostro y no podía ir a trabajar.
—En mi grupo había rosca, había preferencias muy notorias. Para algunos sí pedían juntar dinero, pero no para todos —dijo Dayana. Su voz tenía un tono de frustración muy notorio.
—Pero ¿desde que te fuiste estás más tranquila? —pregunté, aún apoyada en la silla de su comedor.
—Sí, se ha sentido y se ha visto el cambio desde que cambié de trabajo. Mi esposo y mis hijos lo han notado. Y económicamente también, porque allá me sentía muy corta de plata.
A pesar de las malas experiencias vividas en Colombina, Dayana agradece a su equipo de trabajo y a sus superiores por haberla presionado tanto, ya que fue gracias a eso que terminó su carrera universitaria.
—Con decirte que yo casi no termino mi carrera —empezó a decir con un tono más serio, mientras entrelazaba sus dedos—. Me quedé estancada en quinto semestre. Ya era mamá, estaba agotada, me sentía estresada por el trabajo. Pero, ¿sabes? Gracias a la presión de ellos, porque tenía un gerente que comenzó a insistir mucho con el tema del título, doy gracias ahora. Porque si hubiera sido por mí, la hubiera dejado tirada.
Ella aclaró reiteradamente que no renunció por la empresa, sino por el desgaste y por los liderazgos que, según ella, convirtieron la exigencia en presión constante. Dijo que lloró muchas veces en silencio, que sintió que no podía crecer y que la transparencia en los ascensos era una ilusión repetida en voz baja entre sus compañeros. Durante años, esa sensación convivió con logros, metas cumplidas y la estabilidad que también le ofrecía Colombina.
Ese capítulo se cerró hace dos años.
Mi entrevistada me pidió que la acompañara al segundo piso. Cuando puse el pie en el último escalón, me encontré con un pasillo amplio que conducía a cuatro habitaciones. En la del fondo alcancé a ver al hijo menor de la familia con la mirada fija en su computador. Después de mí subieron Dayana y su esposo. Entramos al estudio. Había un armario que, en su interior, albergaba varias camisetas y chalecos que hacían parte del uniforme de la compañía. Le tomé una foto a cada prenda.
Me di la vuelta para salir de la habitación y mi mirada se dirigió al escritorio. Ahí alcancé a ver el marco de una foto que reposaba sobre la superficie. Al acercarme, logré identificar a los cuatro miembros de la familia. Estaban en la fiesta de quince años de la hija mayor del matrimonio. Dayana estaba abrazando a sus dos hijos, tenía un vestido oscuro y una sonrisa amplia; su esposo estaba a un lado, también abrazando a la cumpleañera. A pesar de todo, sí fue posible llegar a ese momento juntos.
Me quedé mirando la foto unos segundos más antes de bajar las escaleras hacia la sala.
Eran las 4 de la tarde. Su cita odontológica la esperaba. Se puso un blazer blanco, se acomodó las gafas, miró el reloj y sonrió con esa expresión tan contagiosa que la caracteriza. Pidió un taxi por aplicación para ir con su hija hasta la calle 26, poco a poco recuperando el tiempo perdido.
Afuera seguía lloviendo, pero en esa casa el aire se sentía más liviano.
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Con el propósito de contrastar los testimonios recogidos en esta crónica y conocer la versión de la compañía, se intentó establecer contacto con Colombina durante una semana. En ese tiempo, se enviaron correos electrónicos y mensajes por WhatsApp solicitando concretar una entrevista con algún vocero que pudiera responder a las inquietudes surgidas a partir de las experiencias relatadas por sus exempleadas. No se obtuvo respuesta.
Ante el silencio, se presentó un derecho de petición solicitando información institucional sobre las condiciones laborales dentro de la empresa. En el documento se preguntó, entre otros aspectos, por la jornada laboral oficial de los trabajadores, los mecanismos para la realización de horas extra, los tipos de contrato utilizados por la compañía y la existencia de personal vinculado mediante empresas temporales u otras formas de intermediación laboral. También se solicitó información sobre los programas de bienestar laboral, las políticas de salud mental, los protocolos para la prevención de riesgos psicosociales y los mecanismos disponibles para que los empleados reporten situaciones de sobrecarga laboral o afectaciones a su bienestar.
La empresa respondió al requerimiento; sin embargo, su contestación no abordó de manera directa las preguntas formuladas y se limitó a una negativa institucional. En su respuesta, Colombina señaló que no puede compartir información interna por motivos de confidencialidad. Indicó que los datos relacionados con talento humano, jornadas laborales y contratos están protegidos por sus políticas de seguridad de la información y por las normas de protección de datos. Asimismo, manifestó que no autoriza la realización de encuestas o entrevistas a empleados dentro de la organización.
*Para proteger la privacidad de las fuentes, algunos nombres fueron modificados.





