El heroísmo

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El municipio de La Cruz, de no más de 240 km²,  está ubicado al nororiente del departamento de Nariño. Fue testigo durante muchos años de ataques, emboscadas y tomas guerrilleras. Uno de ellos fue en el 2002, entre el 15 y el 17 de abril. Fueron tres días de intenso combate. Una lucha que afloró lo mejor y lo peor de la condición humana.

La batalla


Era 10 de abril del 2002 y todo transcurría con  calma en la estación de policía de La Cruz, Nariño. A las cuatro de la tarde el timbre del teléfono rompió el silencio. Luis Felipe Moreno Cortés levantó el auricular y oyó una voz femenina al otro lado de la línea. Lo que escuchó lo tomó por sorpresa, no supo si lo estaban tomando del pelo o era verdad lo que le decían, sin embargo, decidió darle credibilidad. 

La llamada fue de una mujer que no quiso dar su nombre, pero se identificó como la madre de un joven obligado a pertenecer a la guerrilla. El fin era advertir a la policía. Su hijo pertenecía al segundo anillo de seguridad de un frente guerrillero que se movía por esa zona de Nariño. Había escuchado por casualidad a miembros del primer anillo planear una toma simultánea en dos pueblos: Génova y La Cruz, a cincuenta minutos de distancia por una carretera destapada.

 

Ni la fuerza de la guerra ni el sonido del combate ha logrado opacar la pasión que siente por la policía y el servicio en ella. (Foto: Víctor Cocomá).


“Dígale a los policías que tengan cuidado. El “Mono Jojoy” organizó una toma simultánea a Génova y La Cruz. Aproximadamente 1.200 guerrilleros vamos a entrar al mediodía a Génova, iremos disfrazados de policías para tomar rehenes”, relata Felipe, mientras trata de reconstruir las palabras de la llamada. 

Desde ese momento la zozobra acompañaba en cada paso a todos los policías del municipio. La información fue compartida con miembros de la policía que estaban ubicados también en Génova. Todos estaban atentos.

El 12 de abril hubo un fatal accidente de tránsito.  Un bus que venía de Cali hacía La Cruz rodó por un abismo en las afueras de San Pablo, Nariño. Los veintidós pasajeros que iban a bordo murieron. De esos, según Felipe, doce eran oriundos del pueblo. “Yo creo que ese era el día en el que los guerrilleros iban a entrar al pueblo, pero como ocurrió el accidente y hubo un sepelio colectivo, se abstuvieron de entrar por tanto movimiento”.

El 15 de abril tuvo que hacer turno hasta las siete de la mañana, por lo que se despertó poco después de las doce para ver las noticias. Él vivía a una cuadra de la estación de policía con su esposa de ese entonces y con su hijo de cuatro meses. Felipe escuchó el fuerte sonido de ráfagas de ametralladoras: habían llegado los guerrilleros. Lo primero que pensó fue en su bebé, debía protegerlo. Así que tal cual estaba vestido, tomó su arma y salió corriendo a enfrentar la batalla. Cuando estaba saliendo de la casa cayó en cuenta de que iba vestido de civil y sus compañeros podrían confundirle y dispararle. Regresó a su casa y se puso su uniforme.

Las balas salían disparadas de todas partes, apenas tenía tiempo para cubrirse. Por la posición geográfica del pueblo, que parece un cañón, Felipe pudo ver cómo el lugar se llenaba de guerrilleros que a la lejanía parecían hormigas. Mientras corría pensaba que solo eran veintinueve policías para combatir a tantos insurgentes. Al fin logró llegar a la esquina de la estación esquivando los disparos, allí se encontró con unos compañeros y entró a la garita.

Escuchó que en Génova habían secuestrado a diez policías para tomarlos como rehenes. Uno de sus compañeros, en medio de las balas, también narró que habían dinamitado la estación de Policía y la Alcaldía, que se encontraba en el segundo piso de la estación.

Los guerrilleros atacaron el pueblo con fusiles, lanzacohetes, granadas, cilindros de gas y metralletas. Como era lunes de mercado, había mucha gente afuera de sus casas, así que en el momento del ataque tuvieron que refugiarse en cualquier parte sin poder salir, mientras escuchaban cómo la guerrilla destruía su pueblo.

 

Aunque en la actualidad  estudia administración de empresas, Luis Felipe no se ve en otra labor que no sea trabajar por la policía y con ella. (Foto: Víctor Cocomá).


No había pasado ni media hora de haber iniciado el ataque cuando murió el primer policía, Julio Meneses, oriundo de Nariño. Llevaba un poco más de un mes de haber ascendido a subintendente. “Para mí fue muy dura la muerte de Meneses, porque fue él quien me enseñó a conducir carro. Era muy buena persona. Cuando se metió la guerrilla, él estaba en el parque con mi capitán, salieron corriendo y se metieron a la estación a un búnker subterráneo. Meneses estaba desempotrando el arma, y en el momento en que subió para sacarla por la boquilla, entró por ese mismo orificio un proyectil que le dio en la cabeza y lo mató”, relata Felipe.

Llevaba más de cuarenta y ocho horas de fuego cruzado. Eran veinte minutos de tiroteo, y luego, un silencio acompañado de una incertidumbre muy larga. Ninguno sabía qué iba a pasar, no sabían si los guerrilleros se habían ido, si habían matado o secuestrado a sus otros compañeros, pero en el momento menos pensado el fuego se retomaba y la pesadilla continuaba.
      
Al tercer día del enfrentamiento estaban a punto de colapsar mentalmente, no habían dormido ni comido nada, el agua ya se había acabado y las municiones también estaban por terminarse. Tanto ruido los tenía aturdidos y el desespero de no saber cuándo iba a acabar esa pesadilla ni qué pasaría con ellos los desanimaba.

Cuando llegó el apoyo terrestre, retrasado por las múltiples emboscadas a lo largo de todo el camino, liberaron a los policías que habían secuestrado en Génova. Muchos de los guerrilleros se retiraron haciéndose pasar por campesinos del pueblo. Felipe asegura que si el enfrentamiento hubiera durado dos o tres horas más se habrían quedado sin municiones.


La calma

Una vez establecido el orden, con el apoyo del ejército, en el pueblo no quedó rastro alguno de los guerrilleros, así que las personas empezaron a salir de sus casas. Felipe recuerda, con gran emoción, el ánimo que recibió de todas las personas de La Cruz. “Algo que me conmovió mucho, fue que la gente nos aplaudió a nosotros. Nos decían que éramos unos héroes y nos agradecían por defenderlos. Esa escena nunca se me va a borrar de la mente. La mejor recompensa que pude recibir fue el reconocimiento de los habitantes. Con eso me quitaron el cansancio y me di por bien servido”.

Luego de eso los policíasse reunieron con sus familiares. Felipe abrazó a su esposa y a su hijo. Ningún civil muriódurante la toma.

El General Jorge Daniel Castro, director de la Policía en ese entonces, viajó a La Cruz para felicitarlos. Les pidió que escogieran cualquier lugar en el que se sintieran a gusto para trasladarlos. Felipe decidió irse para su ciudad natal, Pereira.

Allí conoció a su actual esposa, Elizabeth Amaya, quien también es policía. Se hicieron novios en el 2008 y según ella, Felipe le pidió cinco veces matrimonio hasta que por fin aceptó. Se casaron el 21 de diciembre de 2014. Tienen un bebé de tres años llamado Hian Sebastián (que significa hijo de Dios). “Felipe siempre quiso un hijo que le dijera ‘papi’. Cuando Hian lo hizo fue la gran alegría para él. Ellos siempre están juntos. Salen a jugar, a comprar carros, a la tienda, a donde pueda siempre se lo lleva”, cuenta Elizabeth.

Nostalgia es el sentimiento que experimenta Luis Felipe Moreno cada vez que recuerda que por sus heridas en la rodilla no puede portar con orgullo el verde uniforme que tanto ama. (Foto: Víctor Cocomá).

 

Con los años, Felipe pasó de los campos de batalla a la vigilancia en las cabeceras municipales. “En general, mi vida después de la toma dio un giro de 180 grados. Al ver la muerte tan cerquita yo decía –¡Uy diosito, no quiero morirme en este momento, me falta mucho por vivir, mi hijo tiene 4 meses! - Ahora valoro más todo lo que tengo, la vida, la familia. Procuro no dejar las cosas para después, las hago el mismo día porque sé que mañana puede ser demasiado tarde”. Agrega que en lo posible ha tratado de cumplir todos sus sueños, de viajar, conocer diferentes sitios, ver películas, ver documentales, leer de cosas que antes no conocía y en general, hacer todo lo que no hacía antes porque no se atrevió o no le interesaba lo suficiente.

Actualmente es intendente jefe en la Policía Metropolitana de Bogotá. Trabaja en la estación de Bosa haciendo labores netamente administrativas como jefe de la sala estratégica. Se encarga de controlar cuántas patrullas salen a servicio, de atender las novedades del personal antes de salir a turno, de las estadísticas operativas y delictivas de la estación, y de crear estrategias para reducir las estadísticas de homicidio, lesiones y hurto.

Lleva veintitrés años trabajando para la Institución, y le gustaría durar unos diez años más, o “hasta donde el cuerpo aguante”. Por el contrario, su esposa le dice que, si ella se retira antes, quiere que él también se pensione con ella.

Recientemente ingresó como estudiante al Politécnico Grancolombiano en modalidad virtual. Allí estudia Administración de Empresas. La única secuela física que a Felipe le dejó el conflicto fue el desgaste de una de sus rodillas. Para él no ha sido fácil superar lo que vivió. Siente que todo es un proceso, no para olvidar, sino para superar y dar una nueva oportunidad a los que fueron sus enemigos.

 

 

Aunque a diario Luis Felipe tiene que contar la cantidad de delitos que suceden en Bosa, aún -según afirma- no lo ha normalizado en su diario vivir.  Para él todavía es difícil hablar de muertos o heridos. (Foto: Yuliana Narváez).

 

A pesar de todo lo que ha vivido cree en un mejor país, tiene en cuenta que los diálogos con los grupos guerrilleros son necesarios. Desea, por el bien de su familia, que algún día Colombia encuentre esa paz estable y duradera que se promulga.

Así es este hombre, que pensó en ser sacerdote antes de unirse a la policía, el mismo que lleva más de veintitrés años sirviendo a los colombianos. Tiene la convicción de que su suerte en el municipio de La Cruz, se debe a su espiritualidad y a la fe que tiene en su Dios. Por el momento seguirá haciendo lo que más le gusta: ser policía.

♫ Si a obrar los obliga el deber
tu prudencia y saber demostrar,
de balanza y justicia ser fiel,
ciudadano ante ley es igual. ♫
 
Estrofa II del himno de la Policía.

 

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Esta crónica hace parte del especial "La otra cara del conflicto, rostros e historias" producido por el CrossmediaLab en asocio con la Policía Metropolitana de Bogotá, a través de su Modelo de Policía para el Posconflicto, que busca contar un puñado de historias que tienen como común denominador: la vida, la reconciliación y el perdón de sus protagonistas.

Reconocimiento personería jurídica: Resolución 2613 del 14 de agosto de 1959 Minjusticia.

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