El lugar donde los silencios aprendieron a hablar

En Soacha, donde los silencios suelen imponerse, Raúl Sarmiento creó EstuRadio como un espacio de resistencia, aprendizaje y comunidad, demostrando que la comunicación empírica y humana puede transformar vidas y territorios.

 

En el corredor sur de Bogotá, donde las montañas parecen apretarse contra la ciudad, se extiende Soacha: un municipio joven, denso y en constante transformación. Su población, que hoy supera los 800.000 habitantes, según el Observatorio Regional de la Región Metropolitana Bogotá– Cundinamarca, crece al ritmo de su propio pulso urbano. La mayoría son jóvenes entre los 20 y 40 años, muchos de ellos en busca de oportunidades educativas, laborales o culturales en medio de un territorio que aún lucha por consolidar servicios básicos, espacios de encuentro y redes de apoyo.

En medio de esa realidad, los medios comunitarios se han convertido en una herramienta de identidad y resistencia. Según la Fundación para la Libertad de Prensa (FLIP), en 2024 se registraron en Colombia 530 ataques dirigidos a 330 comunicadores, la cifra más alta de la última década. Cada agresión no solo amenaza a un periodista, sino también a comunidades enteras que dependen de esos canales locales para ser escuchadas. En contextos como el de Soacha, donde la prensa tradicional rara vez mira hacia los barrios, el oficio comunitario es, a menudo, el único espacio donde las historias cotidianas encuentran eco.

 

En Soacha, la comunicación comunitaria se convierte en un espacio donde las voces jóvenes rompen el silencio y construyen futuro. Foto de archivo.

 

Estudios del Ministerio de Cultura sobre medios comunitarios destacan que estos no solo informan, sino que fortalecen la participación y la educación ciudadana. La Unesco, en su informe Medios comunitarios en América Latina: participación y sostenibilidad (2021), señala que su permanencia no depende del dinero, sino del compromiso social que logran tejer. En Soacha, ese compromiso se escucha a través de voces jóvenes, cables improvisados y micrófonos comprados a pulso. Entre ellos, una voz destaca: la de Raúl Sarmiento, gestor cultural, autodidacta y fundador de EstuRadio, una emisora comunitaria nacida del deseo de educar a través de la palabra.

 

La voz que no se rindió

Raúl no siempre supo que quería ser comunicador. De hecho, durante años creyó que no servía para estudiar. En su infancia, una profesora que le gritaba y lo golpeaba sin motivo le enseñó a temerle al aula. “Esa mujer me convenció de que yo era bruto”, diría años después, sin rencor, pero con la certeza de quien logró reescribir su destino.

Todo cambió cuando tenía quince años. Una convocatoria abierta para un grupo de teatro en Soacha lo llevó a levantar la mano sin pensarlo. Nunca había actuado ni hecho nada parecido, pero decidió intentarlo, sin saber que aquella decisión marcaría el inicio de todo.

En ese espacio conoció el poder de la escena, la música, la danza y el periodismo. El grupo no solo le enseñó técnicas artísticas: le mostró que la comunicación podía transformar. “Llegué por teatro, pero terminé metido en todo. Había tanto de dónde agarrar que no podía soltarlo”.

Durante cuatro años vivió entre libretos, cámaras y periódicos comunitarios. Luego, a los diecinueve, cuando el proceso terminó, se enfrentó a la pregunta que marcaría su destino: ¿y ahora qué? La respuesta fue sencilla, aunque nada fácil: seguir comunicando.

Angie Valencia tiene 24 años, estudia Psicología en la Universidad Minuto de Dios y conoció la fundación en 2019, cuando Raúl la entrevistó tras un concurso de canto. “Era mi primera presentación en vivo y él me invitó a participar en el proyecto de comunicación, radio y artes. En ese momento estaba pasando por una situación difícil en mi familia, y la fundación se volvió mi refugio”.

Desde entonces, Angie ha sido parte de EstuRadio, donde junto a Raúl creó Voz Joven, un programa hecho por jóvenes y para jóvenes. “Queríamos hablar de temas que nadie tocaba: la salud mental, los prejuicios, la presión social. Cosas de las que no se habla, pero todos sentimos”, explica.

Hoy, desde su formación en psicología social, Angie trabaja con la fundación en la creación de espacios de acompañamiento emocional y talleres de mindfulness. Su objetivo es brindar herramientas de gestión emocional y primeros auxilios psicológicos a docentes y estudiantes. “La fundación es un factor protector. Los chicos llegan con muchas heridas, y aquí encuentran una red de apoyo, un lugar donde sentirse seguros”.

Para ella, Raúl representa resiliencia. “Es la persona más tesa que conozco. Si algo aprendí de él es que para transformar el mundo primero hay que empezar por uno mismo, pero sin quedarse ahí. Él enseña con amor y libertad, y eso se nota en cada joven que pasa por aquí”.

 

Aprender haciendo, enseñar sintiendo

Raúl probó caminos distintos. Estudió Administración de Empresas, sacó buenas notas, pero no se encontró en ese mundo de presupuestos y nóminas. “No me vi ahí. Me parecía esclavitud con un bonito nombre”, dice riendo. Lo suyo estaba en la calle, en los barrios, entre jóvenes y artistas que, como él, buscaban un espacio para hacer algo diferente. Todo era empírico.

Así nació su vínculo con el periódico Soacha Informa, un medio municipal donde aprendió los rudimentos del periodismo: redacción, fotografía y gestión. Allí conoció a otros comunicadores y entendió cómo funcionaba el ecosistema de medios locales, con sus carencias y resistencias. “Fueron casi cinco años. En la academia aprendí mucho, pero también me di cuenta de que faltaba algo. No había una ruta clara para los muchachos: entrabas, pero nunca sabías cuándo ni cómo ibas a salir”.

Esa experiencia lo inspiró a crear su propio espacio. En 2009, con apenas 47 mil pesos, registró la Fundación Juvenil XII Tribus con un propósito claro: formar jóvenes desde la cultura, pero con un horizonte definido. “No quería repetir el mismo error. Yo quería que los chicos salieran con algo concreto, con un certificado, con un oficio. Que no quedaran a la deriva”.

El proceso fue duro: sin sede, sin recursos, sin apoyo institucional. Durante años trabajó en salones prestados, parroquias y casas comunales. Pero nunca dejó de creer. Lo movía la idea de que la educación no podía limitarse a las aulas y que el arte y la comunicación eran herramientas poderosas para construir comunidad.

Según un estudio de la Universidad del Rosario y la Federación Colombiana de Periodistas en 2023, el 68 % de los periodistas que trabajan fuera de las capitales lo hacen sin contrato ni salario estable. En ese panorama, levantar una emisora con 47 mil pesos parece una locura. Para Raúl, fue simplemente la única opción posible.

Raúl habla del periodismo con la naturalidad de quien lo aprendió en la práctica. “Yo no llegué a esto por academia, sino por oportunidad. Tenía diecinueve años y empecé a descubrir que en Soacha pasaban muchas cosas de las que nadie hablaba”. Su curiosidad fue el motor inicial. Empezó haciendo caricaturas para un periódico local, pero para poder dibujar tuvo que leer, interpretar y comprender los textos. “Me tocaba traducir términos judiciales o políticos a un lenguaje que todos entendieran. Ahí me di cuenta de que comunicar era, sobre todo, traducir la realidad”.

Hoy enseña desde ese mismo lugar empírico, con una pedagogía que combina error y experiencia. “Si no lo he vivido, no puedo enseñarlo. Les muestro que escribir, grabar o hablar frente a un micrófono no es solo técnica: es comprender, observar y ponerle humanidad al relato”.

Raúl defiende la comunicación como una herramienta para despertar pensamiento crítico. “Les enseño a pelear, pero con argumentos. A entender que el mejor debate no lo gana quien grita más fuerte, sino quien escucha mejor”. Para él, comunicar también es empatizar.

 

Voces que curan el silencio, el nacimiento de una emisora

La fundación ofrecía talleres de actuación, danza, música, artes plásticas y periodismo. Este último, aunque sin certificación oficial, se convirtió en el alma del proyecto. Los jóvenes aprendían a escribir, entrevistar y producir programas radiales. Raúl soñaba con tener una emisora propia, pero la idea parecía imposible.

Hasta que en 2019 decidió hacerlo realidad. Junto con sus estudiantes montó un pequeño estudio y lo llamó EstuRadio, un nombre que jugaba con la palabra “estudiantes” y la idea de apropiación: “No es cualquier emisora, es tu radio”. Meses después, la pandemia cambiaría el rumbo de todo.

El confinamiento fue, paradójicamente, una oportunidad. “Mientras todo cerraba, nosotros abrimos los micrófonos”, dice. Con estímulos culturales logró comprar cámaras, consolas y micrófonos. “Me preparé en pandemia para salir. Cuando todo acabó, ya tenía los equipos listos”.

Desde entonces, EstuRadio creció hasta alcanzar más de 11.000 oyentes durante la pandemia, incluso fuera del país. La emisora se convirtió en un espacio de acompañamiento, aprendizaje y comunidad.

 

Comunicar para transformar

Hoy, Raúl sigue soñando con una sede propia y con certificar oficialmente a sus estudiantes. Pero, sobre todo, sueña con seguir encendiendo micrófonos. “Nosotros no hacemos comunicación para figurar. Lo hacemos porque alguien tiene que contar lo que pasa en los barrios”.

Afuera cae la tarde sobre Soacha. La voz de una estudiante llena el aire con un saludo torpe pero sincero. Raúl la mira, sonríe y corrige con paciencia. El sonido vuelve a fluir. La emisora sigue viva. Al final, eso es lo que cuenta: que, en medio del ruido, siempre haya alguien dispuesto a hablar y alguien más dispuesto a escuchar.

 

Esta historia hace parte del especial Periodismo en región, una iniciativa en colaboración con la Fundación para la Libertad de Prensa (FLIP).

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