Entre el río y la palabra: La voz que resiste en la Amazonía

Desde el corazón de la Amazonía, Alex Rufino ha convertido la palabra en una herramienta de memoria y resistencia. Comunicador del pueblo Tikuna, narra su territorio desde adentro, defendiendo la selva, sus saberes y las voces indígenas frente a las amenazas que hoy la atraviesan.

 

En la Amazonía, el silencio tiene sonido. Es el rumor del río, el canto de las aves, el susurro del viento entre las hojas. Alex Rufino creció escuchando ese idioma: lo aprendió antes que el español, antes que cualquier manual de redacción o cámara de video. La selva fue su primera maestra y el sonido del agua, su primer alfabeto.

“Nosotros no nacimos en hospitales —dice—. Mi madre y mi padre son parteros. Venimos de una comunidad que es una sola familia: 22 casas, 22 familias donde todos nacimos por parto natural. Esa práctica ancestral nos recuerda que la vida, para nosotros, siempre ha sido una ceremonia”.

Rufino pertenece al pueblo Tikuna, uno de los muchos que habitan el confín selvático donde Colombia se funde con Perú y Brasil. En ese territorio donde el río Amazonas no separa, sino que une, aprendió que la palabra puede ser herramienta de poder y resistencia. “Si no hablamos nosotros, vendrán otros a contar lo que somos, pero sin entenderlo”, afirma con voz tranquila, pero firme.

Su infancia fue un aprendizaje de raíces. Alex recuerda los días de escuela con una mezcla de ternura y asombro. “Algunos compañeros llegaban con zapatos impecables y ropa limpia, mientras nosotros andábamos descalzos, jugando entre los árboles o en el río. Ver ese parque hecho de madera era algo extraño, porque para nosotros la selva misma era nuestro parque”, rememora. Desde pequeño comprendió que su educación no solo se encontraba en las aulas, sino también en el territorio que lo rodeaba: en la convivencia con la naturaleza, en las historias que se contaban en comunidad y en las enseñanzas que le dejaba cada día el entorno.

 

Alex Rufino, comunicador del pueblo Tikuna, narra la Amazonía desde el territorio y la memoria ancestral. Foto de archivo.

 

Creció y vivió en Leticia, un municipio culturalmente diverso donde confluyen lenguas, costumbres y tradiciones de distintos pueblos. Allí compartió con comunidades vecinas como los Huitoto, Bora y Andoque, herederos de un pasado marcado por el caucho y la violencia. “Ellos venían de un conflicto bastante delicado. Aunque los jóvenes no lo vivieron directamente, sus padres sí. Aun así, no convirtieron la tragedia en venganza. Son pueblos profundamente pacíficos. Vivir con ellos fue aprender, porque, aunque yo también soy de la selva, ellos provienen de una selva más profunda, más virgen, que pocos conocen y pocos han tocado”.

A pesar de venir de una familia en la que su abuela ha sido una de las mujeres que toman decisiones dentro del movimiento indígena amazónico —una figura de respeto y sabiduría en la región—, Alex aprendió desde joven que no se puede llegar a una comunidad a imponer lo que se conoce. Entendió que hay que escuchar, hablar con cercanía y respetar las formas de vida y la cultura de los diferentes territorios.

En su comunidad, la palabra no es solo sonido: es pacto. Alex creció entendiendo que la selva no se domina, se habita; que los árboles son maestros, los ríos rutas y los cantos de las aves mensajes.

“Aprendí de los cantos de las aves, de cómo se comunican con la selva y del respeto que hay que tenerle a ciertos ríos”, dice. Ese silencio, que otros podrían confundir con vacío, él lo convirtió en lenguaje periodístico.

Su padre, fotógrafo de paisajes, rituales y de los primeros contactos con sacerdotes evangelizadores, le enseñó que hay historias que solo existen si alguien las guarda. “Muchos escritores pasan por la Amazonia y dicen que todo son mitos. Pero para nosotros esos mitos son realidad. Le pasan a la gente. Por eso empecé a escribir, para que esas voces no se perdieran”.

Entre bailes tradicionales, historias orales y lenguas compartidas, Alex fue comprendiendo que cada cultura tenía su propio modo de comunicarse con la tierra. Que cada canto, cada gesto y cada silencio eran parte de un mismo relato que unía a los pueblos amazónicos.

 

 El despertar del periodista

Alex comenzó estudiando Administración de Empresas, motivado por el deseo de contribuir al desarrollo de su comunidad. Siempre había entendido que, para sostener un territorio, también se necesita del conocimiento organizativo y del manejo administrativo. Además, provenía de una familia que históricamente ha tenido un papel importante en la toma de decisiones colectivas.

“Tenemos una figura central de organización interna —explica—. La comunidad, en su esencia, es como una empresa: debe estar organizada por familias, por tareas y por funciones que se deben cumplir. La comunidad Tikuna se caracteriza porque se clasifica por clanes: los que provienen de las aves, de los animales y otros de las semillas”.

Aunque el tema de la administración le resultaba interesante, su caminar por los pueblos le mostró otra dimensión de la realidad amazónica: las historias que solo se conocían dentro de las comunidades y que casi nunca llegaban a ser contadas. “Muchos escritores pasan por la Amazonía y dicen que son mitos o leyendas, pero para nosotros son realidades”, dice con firmeza.

Fue entonces cuando, poco a poco, la cámara, el cuaderno y la grabadora se convirtieron en sus nuevos instrumentos de trabajo. A través de ellos empezó a construir un puente entre su mundo y el exterior, un espacio donde su cultura pudiera ser escuchada con respeto y veracidad.

Aprendió que la palabra puede ser una herramienta de poder y resistencia. “Si no hablamos nosotros, vendrán otros a contar lo que somos, pero sin entenderlo”, repite. Desde entonces, su forma de comunicar se transformó en una misión: narrar desde adentro, sin intermediarios, sin distorsiones, desde la voz de quienes viven la selva.

Su primera influencia fue su padre. “Él hacía fotos a los jesuitas que recorrían las comunidades amazónicas. Tenía una mirada crítica frente a cómo esos sacerdotes cambiaban las tradiciones. Decían que solo existía un Dios y negaban nuestras creencias

en los ancestros, en los espíritus del agua y en las montañas. Eso me llevó a escribir sobre esas transformaciones, sobre cómo nos estaban cambiando”.

Así nació su voz periodística: entre el respeto por la tradición y la necesidad de resistir desde la palabra. Entendió que narrar no es solo observar, sino acompañar. “El periodismo, para mí, no es un oficio solitario —dice—. Es un trabajo colectivo que nace de la escucha. En la selva, la palabra tiene fuerza cuando se comparte”.

 

Comunicar desde el territorio 

El territorio amazónico no es solo un escenario de naturaleza infinita; es un espacio de resistencia, memoria y conflicto. Según la Red Amazónica de Información Socioambiental Georreferenciada (RAISG), más del 20 % de los territorios indígenas están amenazados por la minería —legal e ilegal—. En Colombia, la minería aluvial de oro destruye ríos sagrados, contamina las aguas y erosiona la vida cultural de los pueblos que dependen de ellos.

Alex lo sabe bien. Ha recorrido comunidades donde la minería deja heridas abiertas, donde los niños juegan cerca de aguas envenenadas por el mercurio y los adultos miran los ríos como si fueran cicatrices. En uno de sus trabajos más reconocidos, documentó la presencia de dragas en el río Puré, donde la extracción de oro aumentó más del 1.000% en apenas dos años. “No tenemos los recursos de las grandes redacciones — dice—, pero tenemos la confianza de la comunidad. Y eso vale más que cualquier titular”.

Para él, informar desde el territorio es un acto de defensa. “El cuerpo también es territorio”, repite. Cada historia que cuenta busca proteger la vida que habita en la selva, desde los pueblos hasta los árboles.

Ha participado en proyectos que amplifican la voz de la Amazonia más allá de sus fronteras, como el podcast Amazonía: más allá de la Cumbre, ¿se oye la voz de la selva?, donde reflexiona sobre la participación indígena en los espacios de decisión ambiental. También ha contribuido en producciones audiovisuales como Árbol de vida y muerte, una pieza que rescata el vínculo espiritual entre los pueblos y los árboles, recordando que la selva no solo respira, también habla.

Pero su periodismo no se detiene en las fronteras nacionales. Ha trabajado en colaboración con medios como Ojo Público, InfoAmazonía, BBC Mundo y The Guardian. En cada historia, su mirada se mantiene fiel a un mismo principio: “No se trata solo de hablar, sino de seguir hablando juntos. De mantener viva la conversación entre los pueblos, los territorios y quienes los habitan. Porque cuando callamos, la selva también se apaga”.

 

Entre ríos y selva, la palabra se convierte en una herramienta de resistencia y defensa de la vida amazónica. Foto de archivo.

 

En su labor, comprendió que el periodismo no se hace solo, que no es un ejercicio individual, sino colectivo. Cuando cubrió el caso de los cuatro niños indígenas que sobrevivieron cuarenta días en la selva tras un accidente aéreo, su mirada no se centró en el “milagro”, sino en la sabiduría que permitió que esos niños resistieran: conocían los ríos, sabían pescar, orientarse por los sonidos del bosque y protegerse de la intemperie.

“No quería un reportaje de tragedia, sino de sabiduría. Esos niños sobrevivieron porque sabían escuchar la selva. Más que un milagro —dijo entonces— fue el resultado de un conocimiento y de una relación milenaria con el territorio”.

Esa ética lo ha llevado a ganarse la confianza de comunidades que desconfían de los medios tradicionales. “Yo no puedo poner palabras que la gente no haya dicho —afirma—, y tampoco puedo exponerlos. Si alguien quiere contar y no quiere aparecer, le cambio el nombre. Es un pacto de respeto”.

Hace seis años que se dedica a la producción audiovisual. Escribe sobre temas ambientales, de frontera y sobre los pueblos indígenas. Pero, sobre todo, defiende la voz de su gente, esa que muchas veces no es escuchada. Lo más importante para él es que las historias se cuenten desde adentro, porque —como dice con convicción— “desde adentro, las historias suenan distinto”.

 

El vuelo del paujil

La raíz de su identidad está en su pueblo. “Tikuna en sí, su esencia, es en mí —dice—. Voy a hablar desde lo que soy y desde lo que es mi clan. Independientemente de que sea Tikuna, yo me identifico con el ave que me representa, que es un paujil. El paujil te transmite, de alguna forma, lo que va a ser tu caminar en la vida. Las aves migran, van a otros lugares, conocen otros espacios, y en esos espacios aprenden y vuelven nuevamente, como nosotros, a estos territorios, a mejorar los procesos que han visto”.

En su voz, el simbolismo del paujil se transforma en una metáfora del aprendizaje: viajar, observar, regresar y transformar. “Los paujiles tienen unos nidos, creo que de los mejores que existen en el mundo animal. Es porque han observado, y la experiencia les ha enseñado a transformar su espacio. Son apuestas, son sueños también, como los que las personas tenemos”.

Esa imagen del ave migratoria refleja su propio camino. Hace aproximadamente dos años, Alex Rufino dejó Leticia para continuar sus estudios de Producción Multimedia en Bogotá y trabajar junto al Ministerio de Ambiente. Desde allí, produce contenidos que visibilizan la Amazonía, apoya procesos de formación con jóvenes comunicadores indígenas y teje redes que fortalecen el periodismo local.

“Lo que intento —explica— es que los jóvenes puedan contar lo que pasa en su comunidad, pero también que se reconozcan como comunicadores. Que sepan que no es necesario salir de la selva para narrar el mundo”.

En ese tránsito, el ritmo cambió: lo verde se convirtió en cemento, los ríos en avenidas y el canto de las aves en el sonido de las bocinas.

“Bogotá es una ciudad que da oportunidades, pero también es compleja: la gente, el transporte, el relacionamiento con nuevos espacios. Aun así, tiene ventajas como la educación y otros ambientes a los que desde el Amazonas no tendría acceso. Sin embargo, no cambiaría mi selva por Bogotá”, dice con una mezcla de risa y nostalgia.

En la capital, Alex entendió que la distancia no borra el vínculo con su territorio; por el contrario, lo refuerza. Su conexión con el paujil sigue viva: la del comunicador que

migra, aprende y regresa para fortalecer su comunidad. “Creo que soy una persona que comparte mucho con otros espacios. No hay límites en el diálogo. Entre más personas conozcan este tipo de iniciativas o de grupos, más inspiración surge”, afirma.

Para él, el territorio no es solo tierra: es cuerpo, identidad y movimiento. “Nuestro cuerpo es el territorio, y por tanto hay que vivirlo, conocerlo, recorrerlo. Este es parte de nuestro ser. Hay que dialogar con otras personas en circunstancias diferentes, porque al final encontramos puntos en común como sociedad y como seres humanos”.

Esa forma de entender la vida se ha convertido también en la base de su trabajo como periodista. Para Alex, narrar no significa simplemente contar lo que pasa, sino habitar lo que se cuenta. Comunicar, en su mirada, es un acto de presencia: estar con la gente, caminar sus caminos, sentir sus silencios y devolver la palabra como un gesto de respeto y memoria.

 

La voz de quienes caminan con él 

Su comunidad lo mira con orgullo. “Siempre se alegran cuando un hijo del territorio sale y tiene la oportunidad de poder compartir, de poder relatar el territorio —dice Alex

—.No solamente es un orgullo, sino que también ellos se sienten representados por esta persona. Esa representación hay que hacerla de manera que también responda a las necesidades comunitarias”.

Esa forma de pensar refleja una ética que atraviesa todo su trabajo: no actuar desde el interés individual, sino desde una visión colectiva. “Nosotros, como jóvenes indígenas, tenemos un pensamiento más bien comunitario. Las decisiones deben tomarse en asambleas, con los consejos de mayores. Son ellos quienes, con la experiencia, nos enseñan el camino que debemos seguir”, explica.

En sus palabras hay un equilibrio entre respeto y pertenencia. Alex entiende que representar a su comunidad no es hablar por ella, sino hablar con ella, seguir aprendiendo del territorio y devolverle la palabra con dignidad.

Daniela Peña, artista plástica y visual, conoció a Alex hace cuatro años. Su encuentro fue, como ella lo describe, “un cruce de caminos entre el arte y la comunicación”.

Coincidieron en procesos creativos del territorio y pronto descubrieron que compartían una misma visión: la de construir puentes entre la Amazonía y el resto del país.

“Nos conocimos gracias a los procesos creativos que hemos tejido desde el territorio. Teníamos amigos en común y pudimos unir experiencias que fortalecieran proyectos desde el Amazonas para todo el país”, recuerda.

Cuando habla de él, su tono se llena de cariño y admiración. “Alex es una persona muy apasionada por su trabajo, un ejemplo de disciplina. Más allá de lo profesional, es un gran ser humano.” Daniela lo ha visto enfrentar dificultades con serenidad. “Sabe manejar las emociones desde la calma. Creo que eso viene de la educación que recibió de sus padres”.

De sus largas conversaciones y colaboraciones, ella también ha aprendido una nueva forma de mirar el territorio. “Alex me ha enseñado a caminar la selva llena de oportunidades, con ojos capaces de capturar nuevas historias. Él siempre dice que la selva es un territorio que se transita para poder hablar de ella. No basta con observar: hay que vivirla”.

Actualmente trabajan juntos en un proyecto que une la comunicación y las artes visuales. “No imaginamos que tendría tanta relevancia. Es la primera vez que hacemos algo tan grande y tenemos muchas expectativas. Él trabaja con pasión, en comunidad, enseñando a los demás”.

Para Daniela, lo que diferencia a Alex de otros periodistas es su manera de narrar. “Dialoga desde el caminar, desde estar al lado de las personas. Sus historias nacen de la reciprocidad. Escucha más de lo que habla”.

En sus palabras se resume algo que también se siente en su trabajo: la coherencia entre lo que Alex dice y lo que hace. “Para él, cada proceso tiene su propio tiempo. Eso lo convierte en un narrador que respeta el ritmo de la vida”.

 

La palabra que siembra

Entre el rumor del río y el ruido de la ciudad, Alex Rufino sigue escuchando. Allí, en ese silencio lleno de voces, habita la raíz del periodismo que él defiende: uno que resiste, guarda y siembra.

Para él, comunicar desde la Amazonía no es un acto romántico ni una simple elección profesional: es una necesidad vital. “El periodismo tiene que volver a lo humano”, afirma. “No se trata solo de informar, sino de convivir, de vivir lo que se cuenta. Cuando se pierde el vínculo con el territorio, se pierde también la verdad”.

Su mensaje va más allá de la selva. En un país donde las grandes ciudades dictan la agenda y las regiones parecen ecos lejanos, su trabajo devuelve humanidad al oficio. Cada historia que narra es un recordatorio de que la Amazonía no es un fondo verde en los mapas, sino un cuerpo vivo que respira, siente y enseña.

Y así, mientras la selva sigue hablando a través de sus hojas y sus aguas, Alex la traduce en historias. Historias que no se apagan, que germinan. Porque en su voz, la palabra no termina: florece.

 Esta historia hace parte del especial Periodismo en región, una iniciativa en colaboración con la Fundación para la Libertad de Prensa (FLIP).

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