La historia de dos inmigrantes presos en Estados Unidos

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Como todas las mañanas, Andrea Dávila se dirigía al Comando de Policía Metropolitana de Pereira, Risaralda.  Soñaba con ser una oficial exitosa y respetada, pero deseaba, aún con más ansias, que Manuel Ríos, su primo, siguiera sus pasos.

Manuel creció en la finca de su padre en el municipio de Salento, Quindío. Era tímido y muy callado, pero tan inteligente que pudo cursar dos años académicos en uno. Una vez terminó el sexto grado, se fue a vivir con Andrea a Pereira.

Después de tres años en la Policía, Andrea pidió pasar del nivel ejecutivo al directivo, es decir, de suboficial (que inicia desde patrullero) a oficial (que inicia desde subteniente). Para aprobar tal petición se le exigía a los policías tener al menos 25 millones de pesos y, para obtener ese dinero, Andrea y sus padres hipotecaron su casa

A pesar de que pasó todas las pruebas, Andrea falló en el consejo de admisiones en donde policías de la escuela a la que se quiere ingresar hacen una entrevista al aspirante. La hipoteca no daba espera, el dinero se tenía que devolver, pero de eso ya no quedaba nada. “Yo tenía esa plata en mis manos y se me esfumó todo, no sé en qué”, dijo Andrea con resignación. No sabía que las cosas podían empeorar.

Cuando una persona es capturada se procede a la toma de huellas dactilares y de fotos de su rostro en todos los ángulos. Esos datos son transcritos a un expediente y, una vez la persona recupera la libertad, se puede quedar con las copias del mismo. (Foto: Daniela Roldán) 

 

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En el año 2015 Andrea solicitó un traslado a la ciudad de Armenia, Quindío, para estar más cerca de su padre por su delicado estado de salud. Mientras tanto, Manuel estaba en la etapa final de su curso como auxiliar de policía en Pereira pero no quería continuar en la Policía, quería irse al exterior. Al terminar el curso consultó con Jorge, quien, desde Miami, le dijo que debían modificar sus respuestas en el formulario para conseguir la visa.

— Yo me asusté cuando él me dijo que había que inventar, pero parecía que por el perfil que yo tenía, era difícil que me dieran la visa. Y bueno, como él ya había ayudado a otras personas con esos trámites y había funcionado, yo le di un voto de confianza y acepté su ayuda. Pequé por inocente— confiesa Manuel.

Entonces consignó 360 dólares a Miami (aproximadamente $1’.080.000 en ese entonces). 200 eran para Jorge y 160 para los derechos consulares. Nunca conoció el rostro de Jorge personalmente, todo trámite lo resolvían por teléfono. Jorge alteró la formación académica de Manuel y puso que estaba terminando la carrera de Administración de Empresas, dijo que trabajaba para una importante empresa de telefonía en Colombia y que había viajado a Perú. A pesar de que nada de eso era cierto, la embajada aprobó la visa de Manuel.

Mientras tanto, Andrea se encontraba en una situación compleja. El comando de Armenia era un mundo opuesto a lo que se había acostumbrado en Pereira, el ambiente laboral no era el mejor para poder tener tranquilidad y se sentía agobiada porque su deuda superaba los 25 millones de pesos. Una vez se enteró que su primo había recibido la visa estadounidense, pensó que migrar también sería la mejor opción para ella. Además, tenía un amigo en Nueva York que podría ayudarla a encontrar trabajo.

Amanda Bonilla, la madre de Andrea, nunca estuvo de acuerdo con la idea de que se fuera a Estados Unidos. “Recuerdo cuando Andrea me salió con el cuentico de que se iba a salir de la Policía. Le rogué infinidad de veces que no cometiera ese error porque, de alguna manera u otra, Dios nos iba a ayudar con la hipoteca”, expresó entre lágrimas.

Así luce una visa estadounidense cancelada.

Los compañeros le insistieron a Andrea en que tomara una licencia no remunerada, incluso un subcomisario le ofreció hablar con un coronel para que le otorgara un mes de vacaciones, pero no aceptó. Siguió el mismo proceso que llevó a que Manuel obtuviera la visa: contactó a Jorge, él dijo que Andrea era la jefe de comunicaciones del departamento del Quindío y registró que supuestamente conocía Perú. Su visa fue aprobada y en enero de 2016 renunció a la Policía. 

El amigo que Andrea tenía en Nueva York se ofreció a ayudarles y le consiguió trabajo a Manuel en esa ciudad limpiando yates por 180 dólares diarios (540 mil pesos colombianos en ese entonces). Para Andrea aún no había conseguido trabajo, pero ella estaba tranquila y dispuesta a trabajar en cualquier oficio que fuera legal.

Llegó el día del viaje: 5 de abril de 2016. Andrea y Manuel iban a viajar juntos. Andrea había vaciado su armario, había regalado el resto de sus pertenencias y había empacado lo suficiente para aparentar que estaría en Estados Unidos solo por ocho días. A las siete de la noche debía abordar el vuelo que la llevaba a Bogotá, a las once de la noche al que la llevaría a Nueva York. La familia de ambos esperaba un mensaje con su llegada en la madrugada del 6  de abril, pero nunca lo recibieron.

Según el Servicio de Ciudadanía e Inmigración de Estados Unidos, un extranjero con información alterada en la documentación de su visa está sujeto bajo la sección 235 (b)(1) de la ley de Migración y Nacionalidad (8 U.S.C. 1225 (b)(1). El departamento de Seguridad Nacional determina que el extranjero es inadmisible en el país y se le puede dar una orden de deportación acelerada. Luego se le prohíbe a la persona ingresar al país por cinco años y se le cancela la visa, de acuerdo a la Sección 212(a)(7) del INA (Immigration and Nationality Act). Adicionalmente, dependiendo del caso, la persona puede ser sancionada con la prohibición de entrada al país de manera permanente, conforme a la sección 212(a)(6)(C)(i).

En Inmigración es obligatorio para el pasajero mostrar su pasaporte. Si este genera alguna alerta, el viajero será esposado e interrogado. (Foto: Daniela Roldán) 

 

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Andrea y Manuel fueron llevados a una sala después de que un oficial de inmigración revisara sus documentos y les preguntara si viajaban juntos. Estuvieron allí por cuatro horas sin comer ni hablar con nadie. Luego, un oficial de rango mayor los interrogó personalmente.

— Ustedes no pueden entrar acá, ustedes son los número doce con el mismo formato de visa. Díganme la verdad, ¿por qué están acá?

Ninguno de ellos dijo la verdad, siempre aseguraron que su único deseo era conocer Manhattan, Central Park, visitar su tía en Miami e ir a los parques de Orlando, Florida. 

Los oficiales se rieron en nuestra cara. Nos preguntaban con mofa e ironía si pensábamos hacer eso en solo ocho días”, cuenta Andrea con indignación.

Luego los separaron de nuevo. Manuel estaba angustiado y nervioso. Andrea, por su parte, estaba tranquila y pensaba que todo iba a salir bien, que los oficiales solo hacían un chequeo de rutina. Uno de los oficiales contactó a la empresa en la que, supuestame, Manuel trabajaba. Le dijeron que no conocían a ninguna persona bajo ese nombre en la compañía.

—  Dígame quién está tramitando estos formularios, dígame la verdad.

Manuel tenía una sensación de angustia que lo invadía, pero nunca delató a Jorge.

 — No sé oficial, yo le estoy diciendo la verdad.

Mientras tanto, sus familias estaban en un momento de desespero sin saber que Manuel y Andrea estaban siendo interrogados. Graciela Bonilla, la tía de Andrea que residía en Miami, llamó a la persona que los iba a recoger al aeropuerto y no recibió noticias de su paradero.

Cuando un prisionero está a punto de ser deportado a su país natal, va a corte y el juez hace una entrevista que es transcrita. (Foto: Daniela Roldán)

No les permitieron hacer una llamada sino hasta las horas de la tarde del 6 de abril. Manuel no quiso llamar a nadie y Andrea se comunicó con Luz Bonilla, una tía que vivía en Armenia y le encomendó la tarea de comunicarle toda la situación a sus papás.

Para Luz no fue fácil darle la noticia a la familia. “Cuando me llamó yo sentí un baldado de agua fría en mi cuerpo, fue difícil asimilarlo”, narra Luz. Ella informó a la familia y les dijo que, según  Andrea, al día siguiente los iban a deportar a Colombia.

Al llegar la noche los esposaron de manos y pies y los trasladaron al Centro de Detención Metropolitano, la cárcel de máxima seguridad en Nueva York. “Yo dije, Dios mío, cómo es posible que me estén poniendo esposas cuando antes yo era quien las ponía. Me sentí devastada, le pedía a Dios que nos ayudara, es horrible pasar por eso”, recuerda Andrea entre lágrimas.

Al llegar a la cárcel recibieron un overol naranja y les dijeron que, de no tener a quién o dónde enviarla, su ropa sería donada. Los guardas les dieron un kit de limpieza básico (toalla, papel higiénico, cepillo de dientes y crema dental), y luego fueron trasladados al pabellón que les correspondía según su género.

Al día siguiente se encontraron de nuevo en la corte. Allí el juez les informó el delito que habían cometido, los citó para volver en catorce días, les asignó un abogado de oficio a cada uno y, posteriormente, regresaron a la prisión. Les tomaron fotos, impresiones de sus huellas dactilares, su estatura y firmas. Ahora su overol era café. Por primera vez socializaron con otros reclusos, ambos estaban atemorizados.

Para su sorpresa, cada uno fue recibido con amabilidad por grupos de colombianos y de todo el mundo. El trato de los guardas era totalmente diferente. “Con frecuencia hacían conteos. El guarda decía “ladies, count now” [mujeres, cuenten ahora] y cuando llegaba mi turno y ellos sabían que soy colombiana decían con burla “oh, colombiano, narco, fritanga, Pablo Escobar””, narra Andrea.

Según estadísticas del Ministerio de Relaciones Exteriores, en Estados Unidos se encuentran más de 4.000 colombianos condenados y en proceso de juicio. El delito más común es el narcotráfico, y Houston es una de las ciudades con mayor cantidad de colombianos en sus celdas.

El Centro Correccional Metropolitano de Nueva York está ubicada al sur de Manhattan. Es reconocido por albergar los prisioneros más peligrosos del mundo. (Fotografía de Archivo de The New York Times, por Karsten Moran)

 

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Habían transcurrido más de 24 horas y sus familias sólo sabían que estaban detenidos por Inmigración. 

Un día después de su llegada a prisión, una compañera de Andrea se comunicó con Graciela, su tía, para hacerle saber que estaba bien y le dio un número de cuenta a la que podía consignar dinero para que Andrea se comunicara con ella y el resto de su familia. 

“Una de las cosas que más me marcó, y creo que a toda la familia, fue escuchar la voz de la operadora diciendo que la llamada provenía desde una cárcel. Yo pensaba, Dios mío, ellos [Andrea y Manuel] son personas honradas que no fueron a hacer nada malo”, cuenta Amanda, la madre de Andrea. Tenía la esperanza de que su hija y su sobrino saldrían pronto de prisión. A diario encendía una vela a la Virgen María para que todo saliera bien porque, según ella, solo Dios podía ayudarlos. 

Manuel llevaba separado de su prima doce días. Nadie sabía de él. Un narcotraficante caleño le tomó aprecio a Manuel y llamó a su hermana, Erika Ríos, para comentarle sobre su hermano, además le dio el número de cuenta para que también le consignara. 

La primer llamada que hizo Manuel fue a su hermana porque, según él, era en quien más confiaba y quien más calma tenía. “Cuando me  llamó,- resume Erika- sólo gastó un minuto para decir que estaba bien, que no nos preocuparamos, que le diera un fuerte abrazo a nuestros padres, que todo iba a salir bien, que no hablaba más porque el minuto a Colombia era caro”. A partir de ese momento, todas sus comunicaciones eran vía correo electrónico, pues era un costo menor comparado con las llamadas, aunque menos inmediato: cada correo tardaba día y medio en llegar al destinatario porque, antes de ser enviado, debía pasar por una exhaustiva revisión por parte de los guardas.

Mientras tanto, al frente del bloque de hombres donde estaba Manuel, Andrea pensaba en la cárcel como cuando estaba en la Escuela de Policía Carlos Eugenio Restrepo en Medellín. Entre risas y nostalgia recuerda que “relacionaba el salón inmenso de la cárcel y los camarotes con la escuela donde hice el curso de policía, además, todas las actividades eran muy similares: una lava un día la loza y el otro día le corresponde a otra, la única diferencia es que en la cárcel le dejan a uno la ropa lavada, planchada y doblada al lado del camarote”.

La Policía es el recuerdo que Andrea y su familia tienen como lo más preciado. Después de nueve años, el uniforme permanece intacto. (Foto: Daniela Roldán)

A los quince días de estar en prisión, a Manuel le hicieron exámenes médicos y le aplicaron vacunas, entre ellas, la de la tuberculosis, una enfermedad que se contagia con facilidad en las cárceles. “Cuando me aplicaron esas vacunas y me hicieron el chequeo médico, me dije, “aquí me quedo”. Los nervios me aumentaron y el no saber dónde estaba Andrea me carcomía. Cada día era eterno”, recuerda Manuel mientras sus manos tiemblan.

Andrea, por su parte, cada mañana miraba la ciudad a través de una pequeña reja. Podía ver la luz del Sol y extrañó su calor. Podía ver la Estatua de la Libertad que siempre quiso conocer. Cada día se arrepentía de haber permitido alterar su información personal y de haber renunciado a la policía. Lo único que la animaba era el sentido del humor de sus compañeras.

Lejos del imaginario colectivo, según Andrea, la cárcel en la que estuvo no fue mala: tenía la posibilidad de tomar una ducha caliente, cocinarse, repetir alimento, e incluso, hacer compras. “Yo recuerdo que eran comidas muy agradables, en el desayuno nos daban donas, sandwich, y nunca nos faltaba la fruta. Me encantan los duraznos en almíbar, y allá, había de sobra”.

 

Los agentes de Aduanas y Protección Fronteriza de Estados Unidos esperan en los aeropuertos para detener extranjeros que pueden ser inadmisibles en el país. Fotografía de Archivo: British Broadcasting Corporatión (BBC).

 

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Veinte días después, el abogado de Andrea le asignó una cita con el fiscal para poder salir de prisión. En la corte, Andrea aceptó la manipulación por parte de Jorge en su información personal. “Yo le decía al fiscal, llorando, que yo no tenía intenciones malas, creo que el abogado vio tanta sinceridad en mí que lo único que hacía era decirme, “oh, tranquilo, pronto Colombia”, y me daba palmadas suaves en el hombro”, recuerda Andrea con voz pausada.

Dos días después el abogado le notificó a Andrea que sería deportada. Su primo seguiría en prisión por otros dos días. 

A Manuel, por su parte, no lo citaban a corte ni le daban razón de su prima. Cuando se comunicaba con su familia en Colombia preguntaba por ella y le aseguraban que ella estaba bien, aún en el pabellón de mujeres, pero bien. El recluso caleño le ofreció buscar información y, para su sorpresa, se enteró de que Andrea ya estaba en Colombia. Se sintió devastado, solo y arrepentido. Luego lo citaron a la corte tres veces, pero no daban un veredicto favorable.

No fue sino hasta el día 44 como prisionero que, por fin, dieron la orden de deportar a Manuel. Sus compañeros de prisión organizaron una pequeña despedida e, incluso, la hermana del preso caleño lo recogió en el aeropuerto en Armenia y lo llevó hasta su casa.

La sanción para ambos fue la inadmisibilidad temporal a Estados Unidos. Andrea por dos años y Manuel por cinco. Deben presentar un waiver o perdón para ingresar al país una vez caduque la sanción. Los perdones son asuntos complejos que requieren de una documentación detallada y el acompañamiento y asesoramiento de un abogado experto en inmigración.

 

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Desde el día que Andrea llegó a Armenia, se deshizo de todos los documentos que causaron los momentos de angustia en Estados Unidos. Manuel, por su parte, no abre el pasaporte porque, según él, le ayuda a eliminar los recuerdos malos de su pasado

Un estudio de la BBC revela que uno de cada cuatro inmigrantes —11,1 millones de personas— está viviendo en Estados Unidos sin autorización legal. Se estima que cerca del 75% de los migrantes no autorizados han vivido y trabajado en ese país por más de 10 años. 

En 2018 Manuel fue contratado como supervisor en una multinacional de aguacate en el Quindío y Andrea pudo desempeñar su carrera profesional como comunicadora social en la alcaldía de Salento. Esperan arreglar su situación en Estados Unidos con la ayuda de un abogado para poder volver, esta vez, con la única intención de visitar a la tía que fue su apoyo mientras permanecieron encerrados, y además, con el deseo de ver la Estatua de la Libertad pero, esta vez, no detrás de barrotes de acero.

*Los nombres de los protagonistas han sido modificados por petición de los protagonistas. 

Reconocimiento personería jurídica: Resolución 2613 del 14 de agosto de 1959 Minjusticia.

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