La primera novela escrita en lenguaje inclusivo | Universidad de Bogotá Jorge Tadeo Lozano

La primera novela escrita en lenguaje inclusivo

El 17 de marzo de 2020, en plena pandemia, la revista ARCADIA que conocimos fue suspendida por decisión del Grupo Semana. No entendimos claramente lo que eso implicaba. Ese día, La Liga Contra el Silencio y los 15 medios con los que había tejido una alianza para romper el silencio y la censura en Colombia, supimos que el proyecto cambiaba de rumbo y que su director y la mayor parte de su equipo de trabajo habían sido despedidos. 

En respuesta presentamos #LaRevistaQueNoFue, una propuesta de los colaboradores de la revista que quisieron publicar sus artículos, que ya no verían la luz, bajo el sello de La Liga. El buen periodismo -ahí el cultural-, ese que cabalga sobre terrenos inciertos, el que siguen haciendo periodistas, escritores y profesionales de distintas disciplinas, tiene su espacio aquí.

 

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 Un fragmento de Vikinga Bonsaí (Eterna Cadencia, 2019), que mezcla el lunfardo, el calabrés y el lenguaje inclusivo. 

Chilla el portero apenas pasadas las nueve. Dragona Fulgor engancha bici infantil (lo que su altura lilliput permite) en la reja del cantero, corroída por el óxido en la base y por lo tanto liberada al movimiento que pinte, miriñaque de ángulos rectos para árbol sin hojas ni flores ni brotes, pura primavera en espera. Muerde el tallo de rosa que aporta de regalo, papel metalizado en torno, se cuelga el bolso a través, le abren. 

–Acá estoy, desamparada –Gregoria Portento deja botella de Malbec Colón sobre la mesada de la cocina, saluda a Pequeña Montaña apachurrando cachete para que la grasa se concite en un punctum mórbido insoportablemente invitante, que besa sin demora con sonoridad de chupetaje. 

Les que fueron llegando enristran desgracia propia trabades en una justa por levantar prontissimo el ánimo a la preocupada desocupada, cada quien florea tragedia más ortopédica y particular. Orlanda Furia comparte su dolencia última reciente, en la rodilla derecha, impedimento fundamental para su práctica semanal de yoga, se me dificulta (un por ejemplo) hacer el árbol. Grafica el relato con exhibición de la extremidad aludida, que presenta en agitación descoordinada para que les presentes admiren y saquen sus propias conclusiones. En un continuum irreflexivo sin relación de continuidad, anacoluto conversacional, trasviste celular en cámara de fotos, retrata, sube a Instagram: #quégarchalarodilla #chauárbol.

Costurón diagonal en la pantalla obliga a repetir varias veces la opción seleccionada por el índice y da pie al relato de tropezón que fue caída y en definitiva culpa del colectivero, que arrancó antes de que ella pudiera poner los pies en la tierra. Se indigna Pequeña Montaña contra la mala praxis de la bestia apurada y consulta si atinó Orlanda Furia a fotografiar con el celular la chapa del interno o memorizar su patente. Para ir al ente a radicar una queja, termina la madre el razonamiento del hijo. Golpecitos interrumpen. La puerta anuncia a Talmente Supernova, llegada con frasquito de curry madrás y porción de cazuela en un tupper para que vean lo estupenda que me salió, se van a rechupetear los bigotes. Cuenta mientras desensilla el fusilamiento, yo en bicicleta, esperando, yo de pronto escuchando, detonación, yo mirando, yo propia detonada, estrellada, estallada, la desgracia, el horror, pie seguramente de una serie de obras que, quién sabe, vendrán. En algún momento. 

–Porque la cuestión es: ¿qué me pasa, a mí, con esto? ¿Qué siento yo que miro, que estoy ahí, inopinada? ¿Qué me genera lo que pasa? ¿Yo, a mí, qué es lo que me atraviesa en ese instante de fealdad total?

#quémepasa sube foto Orlanda Furia, en el fondo Vikinga Bonsái o Bombay relojea el horno contorneada por corro de picoteadores de salado y fondo (a su vez) musical de trompeta solitaria tranquila, cosa que –como es obvio– no entra en el encuadre por no ser artilugio visual. Se hace tiempo se conversa. Se ocupan los sillones del comedor en espera amable. Nerviosa solo la dueña de casa, muy pendiente del punto de cocción y por qué tardará tanto, pucha. #Hijo –sigue subiendo a Instagram Orlanda Furia– circula con platito de picoteables en las manos, hace sociales charleta y de paso embucha cosas ricas que su madre de común no permite. Olvidados sobre la cómoda sus celulares balan a intervalos irregulares, sonajeros epilépticos hacen saber que tienen el bombo lleno de mensajes. En varias conversaciones, plataformas distintas. Padre y marido envía florcitas y emoticones, avisa que en breve (mañana) dejará Asunción rumbo a la selva, ni señal ni wifi por un par de días. ¡Hasta la vuelta, muchos besos y les quiero! ¡Que duerman bien, dulces sueños! (¡Ja! Acá se traga y se charla y se aguardan novedades del horno que ya casi: se todo menos duerme.) 

–Un brindis, ¡un brindis! –Gregoria Portento se incorpora tipo resorte en el culo pero luego pierde impulso. 

Ahí se queda. Momento silente. 

–¿Ya se mamó? 

Llora. Goterones avanzan de a dos, alcanzan mentón tirita se agita tomado por un vahído emotivo. Se alarma Pequeña Montaña, se acerca, deja platito solo migas saladas en la mesa petisa, cariñitos en el antebrazo de la convulsionada, ¿estás bien, qué tenés? 

–¡A comeeeeerrrrrr! –Vikinga Bonsái o Bombay convocada por el olor de la masa hojaldrada, lista al fin. 

La saca del horno con la izquierda, malabar insospechadamente riesgoso por culpa del picor entre hombro y codo, que continúa, le complica la gestión. 

–Nada, corazón, nada. Cosas –de sopetón medio vaso de Malbec adentro– de grandes. Estar sin trabajo me descompensa, me pone triste. 

La falta de artística culinaria en la fechura de la tarta de atún se compensa con la generosidad en el uso del salero, de agitación continua irrestricta. Se chocan los vasos, se pide felicidad y plata, salud y plata, mayormente plata, en el formato que sea o al destino le parezca adecuado proveer: becas, premios, viajes, herencia, trabajo, changas. En breve pausa, Orlanda Furia se declara vegetariana desde hace “un tiempo”. Sube foto de la tarta a medio servir con el hashtag #laculpaesdeJapón.


Ana Ojeda es una escritora y editora argentina.

Gracias a Eterna Cadencia por permitirnos publicar este fragmento.

 

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La revista ARCADIA fue suspendida antes de publicar la que sería su edición 172. Sus autores y colaboradores, que se refieren a ella como #LaRevistaQueNoFue, le propusieron a La Liga Contra el Silencio publicar los artículos que ya no verían la luz. El CrossmediaLab, como medio que integra la alianza, reproduce dos de ellos.

 

Reconocimiento personería jurídica: Resolución 2613 del 14 de agosto de 1959 Minjusticia.

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