La vida medida entre aplicaciones y viajes

En una ciudad que nunca se detiene, miles de conductores navegan entre la urgencia, la incertidumbre y la necesidad, mientras el debate sobre las plataformas digitales avanza sin resolver del todo el lugar que ocupan quienes sostienen, día a día, ese sistema invisible.

 

Son las 4:30 de la mañana. Bogotá todavía duerme. El sol no ha salido y la ciudad respira en silencio, como si guardara un secreto. Justo en el occidente de Bogotá, un sonido rompe la calma: la primera alarma. No es un ruido fuerte, pero en la habitación de Felipe Díaz* parece un grito. Con un gesto automático, saca el celular de debajo de su almohada y la apaga sin abrir completamente los ojos. Dos minutos después, otra alarma vuelve a sonar. Y luego otra más. Felipe necesita al menos tres o cuatro para lograr levantarse de la cama.

El cuerpo no responde de inmediato: el cansancio se le queda pegado como una segunda cobija. Sus ojos se cierran lentamente, como quien dice: no es hora de despertarse. Una vez más apaga el celular con fastidio, se queda unos segundos mirando el techo y piensa en todo lo que le espera afuera: la ciudad que pronto despertará, el trabajo, las voces, el tráfico, la rutina.

De inmediato, pega un brinco y se levanta rápido con la mentalidad de que tiene que iniciar ya su día. La rutina es automática: camina hasta el baño con los ojos medio cerrados. El agua de la ducha cae sobre su cara y lo obliga a reaccionar. No es un despertar amable: es un empujón. Frente al espejo se mira por unos segundos. Tiene ojeras marcadas y la expresión cansada.

 

 Entre el tráfico y la incertidumbre, cada viaje es sustento.

 

Se pone la ropa que ya tiene destinada para trabajar. No es la de salir ni la de los domingos. Son pantalones negros de sudadera, escogidos por su comodidad; buzos que lo resguardan del frío, unos tenis suaves y un bolso negro que complementa su atuendo.

Antes de salir, siempre revisa que todo esté con él: su celular personal, el de trabajo, su power bank, indispensable para que la batería del celular le dure; el cargador, su billetera, su licencia de conducir y las llaves de la casa y de la moto.

Felipe, así como 1,2 millones de conductores en Colombia, sale del apartamento con la ilusión de cumplir la meta diaria de 20 viajes, con los cuales no solo podrá sostenerse a sí mismo, sino también apoyar a su familia con el arriendo.

Antes de irse, Felipe se despide de su mamá y escucha siempre la misma frase desde la sala: “Que te vaya bien, hijo”. En el conjunto, el silencio se rompe con el motor de la moto. La deja calentar durante dos o tres minutos antes de enfrentarse a lo que su padre describe como una "selva de cemento".

Al salir, abre la aplicación. Por lo general usa Uber y, en ocasiones, Yango. Presiona el botón de “conectar” y espera. A las 5:20 de la mañana llega el primer servicio. A veces a las 5:30. Nunca es exacto. La pantalla vibra, la notificación se activa y él decide si acepta o no: revisa los kilómetros, el precio y la zona.

Antes de arrancar, verifica que el pasajero esté cómodo y confirma el destino en la aplicación. Siempre enciende los intercomunicadores de los cascos porque, dice, a muchos pasajeros les gusta ir charlando; así el viaje se les hace más ameno. Entre las cinco y las diez de la mañana hace seis, siete o hasta diez servicios seguidos.

Felipe cuenta que comenzó a trabajar en las aplicaciones porque se cansó del mundo del call center. Tras varias experiencias no tan buenas, como aquella vez en que, trabajando para una empresa española, los clientes lo gritaban o insultaban, el estrés constante y los horarios exigentes —en los que debía empezar a trabajar desde las 2 de la mañana— hicieron que se enfermara y le apareciera un brote en todo el cuerpo.

Por eso decidió cambiar de escenario: dejar el ruido de las llamadas por el ruido del tráfico. “Realmente lo hice para cambiar de ese ambiente laboral tan pesado, poder manejar mi tiempo y ser mi propio jefe”.

La “selva de cemento” no se detiene. Felipe avanza entre el tráfico con la incertidumbre pegada al pecho. Cada retén de policía no es solo un control: es un riesgo directo para su sustento. Cuando aparece, no piensa únicamente en la multa o en la inmovilización de la moto; piensa en el mercado, en las cuentas que no esperan y en la necesidad de seguir trabajando para sostener el día a día.

El pulso se acelera, la ansiedad aparece, las manos sudan, el desespero aumenta. Como muchos, ha creado su propio mecanismo de defensa, una estrategia silenciosa que parece de película. Felipe se mueve con discreción hacia el carril izquierdo; todo pasa en cuestión de segundos. Se refugia tras un camión que le ofrece un resguardo momentáneo. El celular lo apaga de inmediato y se asegura de que ni las notificaciones ni los sonidos lo delaten. Finalmente, pasa el retén sin ser detectado.

“Tengo que andar con esa incertidumbre de que en cualquier momento me puedan multar por estar haciendo algo ilegal”, dice Felipe con voz de preocupación.

Ese mismo temor lo conoce Daymer Correa, estudiante de Contaduría y también conductor de aplicaciones, quien ha aprendido a convertir la precaución en costumbre. Antes de arrancar, advierte a sus pasajeros con frases repetidas: “Si nos paran, digamos que vamos al trabajo y que somos conocidos”. Siempre está atento a Waze, que con una simple notificación le avisa si hay un policía cerca. No es un juego: cada viaje representa una parte del sustento de su casa; cada trayecto se convierte en alimento y techo para su bebé y su pareja.

Comenzó como un rumor, apenas un murmullo en chats y noticieros, pero pronto se convirtió en un eco persistente: la posible prohibición total de las aplicaciones de transporte. El miedo y la incertidumbre aumentaron entre los conductores. “No solo ellos serían afectados, también los pasajeros”, repetían los medios.

Felipe Díaz* recuerda con nitidez el momento: el 2 de febrero de 2026, mientras revisaba el celular antes de salir a trabajar. No solo sintió temor, sino también indignación, tristeza e incluso preocupación, pues para él se trataba de una forma de persecución.

En medio de la polémica, Uber publicó un comunicado con el que buscaba trazar un camino distinto: “El rumbo no debería ser castigar lo que funciona, sino confiar en los ciudadanos y en su capacidad de elegir cómo generar ganancias y cómo moverse”.

 

Pantallazos de la interfaz de la app de UBER.

 

Pasados unos días, el Gobierno decidió dar un paso atrás. El proyecto de ley 347 de 2026, conocido como el régimen sancionatorio del sector transporte, fue retirado del Congreso. Luis Gabriel Serna, jefe de la Oficina Jurídica de la Superintendencia de Transporte, salió al paso de las versiones. Aseguró que muchas de las reacciones respondían a “interpretaciones erradas” del artículo. Explicó que la decisión buscaba hacer ajustes, dar mayor claridad a la opinión pública y reflejar mejor las mesas de negociación que el Gobierno venía adelantando con los gremios de carga.

Mientras Felipe sigue enfrentándose a la “selva de cemento”, las negociaciones avanzan en despachos y mesas de trabajo. Desde el mundo del derecho laboral, la abogada Marcela del Rosario Roa recuerda que la conducción en plataformas digitales todavía no cuenta con una regulación específica en Colombia. Esa ausencia normativa deja a muchos conductores retenidos entre la independencia y la vulnerabilidad: trabajan, generan ingresos, pero lo hacen sin la red de protección que ofrece un contrato formal.

La realidad es otra: la falta de protección laboral se vuelve entonces más delicada. Las cuentas deben ser asumidas por quienes dependen del volante para vivir: salud, pensión y otros aportes a la seguridad social. Con una mirada firme y un tono de voz sereno, la abogada Marcela explica que, al ser contratistas independientes, los conductores cargan solos con el peso de pagar por completo su seguridad social. De cada ingreso, casi una tercera parte se desvanece en salud y pensión. Con un contrato formal, como el de cualquier empleo fijo, esa carga no recaería completamente sobre sus hombros.

Según la abogada, a diferencia de otros trabajos, donde existe una relación clara entre empleador y empleado, aquí no hay un contrato que garantice derechos como salario fijo, prestaciones o seguridad social compartida. Estos pagos se calculan con base en sus ingresos y deben realizarse mes a mes para poder acceder a esos servicios.

Algunos alcanzan a cotizar como independientes, es decir, a hacer aportes mensuales a seguridad social —como salud, pensión y riesgos laborales—, pero otros no pueden hacerlo con frecuencia, y cada mes sin contribuir los aleja un poco más de la posibilidad de una pensión. “Si no cotizan, en el futuro será mucho más difícil garantizar un ingreso digno en la vejez”, explica Marcela Roa.

El origen del conflicto entre taxistas y plataformas resuena como eco de las reglas de antaño que durante años marcaron la legalidad de quienes podían transportar pasajeros, según explica la abogada Marcela del Rosario Roa. Se le llama pago de cupo a las garantías que las empresas de taxis han cubierto para poder estar tras el volante sin preocupaciones. Con la llegada de las plataformas, ese orden comenzó a tambalear. De repente, cualquier persona con un vehículo que cumpliera ciertas condiciones podía ofrecer transporte a través de una aplicación. Allí nació la tensión: los taxistas reclaman la igualdad de las reglas, mientras que las plataformas apuestan por la modernidad en la forma de trabajo y en el transporte de los usuarios.

No solo quien está tras el volante vive este riesgo. Entre los cientos de pasajeros que se suben a una moto para sobrevivir a una ciudad en la que el tráfico no da tregua está Paula Jerez, hermana de un conductor de plataforma. Corre cada mañana para llegar a su universidad, consciente de que, entre la rapidez del tiempo, la lentitud del transporte público y el deber de llegar puntual, pedir un servicio por aplicación es la mejor opción. Como aquella vez en que debía presentar un parcial: un trayecto de dos horas se convirtió en apenas media hora.

Paula Jerez ha vivido la experiencia desde dos orillas: la del pasajero que confía en la moto para llegar a tiempo y la de la hermana e hija que conoce de cerca la vida de los conductores. Sabe lo difícil que es esta labor, entiende los riesgos y no duda en decirlo: “No es un trabajo para cualquiera. Mi papá y mi hermano son personas que manejan la aplicación; ellos la usan como método de trabajo. Mi papá, como manera de sustentar la casa, y mi hermano también para sus cosas, para su rebusque”.

Las palabras de Paula Jerez no se quedan en el aire; son parte de una realidad que atraviesa a miles de familias. Su testimonio coincide con la historia de muchos conductores que salen cada día a la calle para suplir una necesidad. Incluso la abogada Marcela del Rosario Roa, especialista en derecho laboral, desde su oficina reconoce que, en un país donde el desempleo empuja a miles a buscar cualquier salida, las aplicaciones se han convertido en un salvavidas silencioso.

“Así como es una fuente principal o única de ingresos para muchas familias, también es una forma de mejorar los ingresos de aquellas que ya tienen una actividad principal y, a través de poner al servicio su vehículo, mejoran su ingreso y su calidad de vida propia y la de su grupo familiar”, explica la abogada.

Las jornadas no son suaves. Los horarios se alargan cuando las deudas aprietan y los compromisos no esperan. Cada viaje es una cuenta mental: gasolina, tiempo, cansancio, comida. Pero también es una oportunidad. Poner la moto o el carro al servicio de otros se transforma en una manera de sostener la mesa, de pagar estudios, de resistir.

Y por esta y más razones, Felipe Díaz* continúa con su jornada.

Cuando la hora pico termina, el cuerpo pasa la cuenta. Felipe no desayunó antes de salir, así que se dirige a un lugar que ya conoce, cerca de la avenida Cali con calle 26: un puesto de empanadas. A veces pide una, a veces dos, casi siempre con un jugo natural. Mientras come, revisa el celular y hace cuentas sobre la mañana. Ese desayuno improvisado marca el cierre de su primera jornada.

Regresa a casa pasadas las diez de la mañana. Mientras su familia ya está despierta, él se va a dormir. Descansa hasta la una o dos de la tarde para recuperar fuerzas.

Cuando suena la alarma de nuevo, le resulta más fácil despertarse. La tarde transcurre entre el almuerzo, algunas tareas pendientes y un breve respiro antes de volver a salir.

Son las cinco de la tarde. Repite la rutina y vuelve a enfrentarse a la “selva de cemento”. Desde casa, su padre observa cómo el trabajo ha transformado a su hijo. “Lo que más admiro es su tenacidad. Lo que se propone lo saca adelante. Esto ha sido un trabajo de familia”, dice, con la mirada brillante.

A veces usa impermeable, aunque siente que le quita tiempo. En la noche, la chaqueta reflectiva se vuelve indispensable. Conducir bajo la lluvia o en la oscuridad exige más atención: las calles se vuelven resbalosas y el tránsito impredecible.

Al final de la jornada, Felipe regresa a casa hacia las 9:30 de la noche. El cansancio se le acumula en la espalda y los hombros, pero también llega la satisfacción de haber cumplido la meta del día. Ese dinero no solo sostiene su casa, sino también sus planes. “Mi primera meta es comprar mi propia moto, ya que actualmente uso la de mi hermano. También quiero sostener mis proyectos musicales y poder pagar mis estudios”

En casa, todo cambia de ritmo. Se sienta a la mesa y disfruta la comida que prepara su mamá. Antes de dormir, revisa por última vez las cuentas del día y apaga el celular. La casa queda en silencio. Es solo una pausa. Cuando el reloj marque de nuevo la madrugada, volverá a levantarse, abrirá la aplicación y presionará el mismo botón de siempre: “conectar”.

Mientras en el país continúan las discusiones sobre el futuro de las plataformas, la incertidumbre sigue viajando con él. Aun así, cuando amanezca, volverá a salir, persiguiendo otro día que lo acerque al futuro que intenta construir.

En los últimos años, la movilidad en Bogotá ha estado marcada por un alto volumen de desplazamientos diarios y una creciente diversificación de modos de transporte: la ciudad registra más de 12,1 millones de viajes al día, de los cuales alrededor del 35 % se realizan en transporte público —principalmente el sistema TransMilenio y el SITP—, mientras que caminar (28 %) y el uso de la bicicleta (7 %) han ganado participación, consolidando que cerca del 70 % de los trayectos se hacen en modos sostenibles .

A la par, el transporte público masivo moviliza millones de usuarios diarios y sigue siendo el eje estructural de la movilidad urbana, aunque enfrenta retos de cobertura, tiempos y congestión. En este contexto, las aplicaciones de transporte y movilidad han crecido de forma acelerada: en Colombia más de 21,5 millones de personas usaron estas plataformas en 2024, con patrones intensivos de uso —como el 35 % de usuarios que las emplea varias veces por semana—, lo que evidencia su integración como alternativa o complemento al transporte tradicional.

* Por razones de seguridad y para proteger el derecho a la privacidad de las fuentes, algunos nombres utilizados en esta crónica han sido modificados.

Reconocimiento personería jurídica: Resolución 2613 del 14 de agosto de 1959 Minjusticia.

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