Desde su taller en el barrio Marco Fidel Suárez, Wilson Portela lleva casi dos décadas reparando las bicicletas de trabajadores que dependen de ellas para llegar a sus empleos y recorrer la ciudad.
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En el taller de Wilson Portela, las bicicletas llegan con el desgaste de quienes las necesitan todos los días. Una entra por una despichada, otra necesita cambiar la coraza y alguna espera una reparación más complicada. Entre herramientas, repuestos y ruedas, Wilson trabaja desde las diez de la mañana hasta las ocho de la noche, en un oficio que aprendió mucho antes de tener su propio negocio. Antes de abrir su local, Wilson trabajaba como vigilante. Después comenzó como ayudante en talleres de bicicletas, donde aprendió a repararlas y a conocer el oficio. Con el tiempo, empezó a pensar en dejar de trabajar para otros y tener su propio negocio. Hace diez años abrió su taller en el barrio Marco Fidel Suárez, en el sur de Bogotá, donde continúa atendiendo a sus clientes.
En el taller, Wilson ha aprendido a reconocer a quienes llegan con la bicicleta como una herramienta necesaria para su jornada. La mayoría de sus clientes son vigilantes y obreros. Para ellos, una bicicleta en mal estado no significa solamente dejar de pedalear: puede dificultar su llegada al trabajo al día siguiente. Los vigilantes son algunos de sus clientes más frecuentes. Wilson cuenta que suelen llevarle la bicicleta durante sus días de descanso y necesitan recuperarla rápido. Tienen dos días para descansar y aprovechan uno de ellos para dejarla en el taller; al siguiente regresan por ella para volver a sus turnos.
El ritmo del taller cambia cuando llega la quincena. En un día normal, Wilson puede reparar entre 10 y 12 bicicletas, pero los días 15 y 30 del mes el trabajo aumenta y puede atender entre 30 y 40. Las despichadas y el cambio de corazas son algunas de las reparaciones más frecuentes. Para quienes pedalean diariamente, el desgaste llega más rápido. Wilson explica que una coraza puede durar cerca de un año con un uso ocasional, mientras que con el uso diario puede necesitar cambio en apenas dos meses. Por eso, las reparaciones y los repuestos forman parte de la rutina de quienes utilizan la bicicleta para llegar a sus trabajos.
Las bicicletas que llegan al taller presentan desde daños en las llantas hasta reparaciones
más complejas.
Para muchos de sus clientes, mantenerlas en buen estado es indispensable para llegar al trabajo.
Para Wilson, la bicicleta tampoco queda guardada cuando baja la reja del taller. Vive en el mismo barrio y suele utilizarla para desplazarse por Bogotá. Cuando necesita ir a otros sectores, prefiere pedalear antes que usar el transporte público. Incluso antes de comenzar su jornada sale a entrenar. “Mi bicicleta prácticamente para todos los lados”, cuenta, mientras recuerda que hace años dejó de usar TransMilenio.
Pero el oficio también ha cambiado. Después de casi dos décadas entre bicicletas, Wilson ha visto cómo las nuevas formas de movilidad comienzan a ocupar espacio en las calles. Las bicicletas y las motos eléctricas se han vuelto cada vez más comunes, mientras las tradicionales han perdido parte del uso que tenían entre quienes se desplazaban diariamente para trabajar. “Ahora todo el mundo tiene motos eléctricas”, dice Wilson.
La historia de Fanny Morcote muestra otra cara de esa relación con la bicicleta. Durante más de diez años, la utilizó para desplazarse desde su casa hasta los lugares donde trabajaba como empleada de aseo. Era una alternativa sencilla y económica: no tenía que pagar pasajes y podía llegar directamente a cada lugar donde le correspondía trabajar.
Pero después de más de una década, pedalear comenzó a pasarle factura. Hace un mes, Fanny dejó la bicicleta y compró una moto eléctrica. El cansancio en las articulaciones de las manos y el dolor en las piernas hicieron que desplazarse de esa manera se volviera cada vez más difícil. Aunque la bicicleta le permitió ahorrar durante años, decidió ahorrar para adquirir otra alternativa que le facilitara llegar a sus lugares de trabajo. Para Wilson, historias como la de Fanny hacen parte de los cambios que ha visto desde que comenzó en este oficio. La bicicleta sigue llegando al taller como una herramienta necesaria para muchos trabajadores, pero ya no es la única opción. Las nuevas alternativas eléctricas han empezado a transformar la manera en que algunas personas se desplazan por la ciudad.
Las historias de Wilson y Fanny ocurren en una ciudad donde la bicicleta todavía ocupa un lugar importante en los desplazamientos cotidianos. La Encuesta de Movilidad Bogotá-Región 2023 identifica la bicicleta como uno de los modos sostenibles de movilidad y recoge información sobre los viajes que realizan diariamente los habitantes de Bogotá y los municipios de la región. Para Germán Prieto, experto en movilidad, la importancia de la bicicleta no se limita a quienes la utilizan para llegar a su trabajo. También existe un grupo de personas para quienes pedalear es parte del trabajo mismo: domiciliarios, mensajeros y trabajadores de carga dependen de este vehículo para realizar sus recorridos. “La bicicleta no solamente es un medio de transporte, sino una herramienta de trabajo”, explica.
Una de las razones está en el tiempo. En recorridos cortos, la bicicleta puede evitar los trancones y los tiempos que implican otros medios de transporte. Para Germán, también representa un ahorro para quienes dependen de ella y una alternativa con menor impacto ambiental. Así, pedalear puede convertirse tanto en una forma de llegar al trabajo como en una manera de realizarlo. Pero pedalear por Bogotá también significa enfrentarse a riesgos. Quienes utilizan la bicicleta para trabajar están expuestos tanto a los accidentes de tránsito como a los robos. Germán señala que la vulnerabilidad aumenta cuando deben compartir la vía con carros y motos que no respetan su espacio.
Los riesgos también aparecen en las cifras de la ciudad. Durante 2023, los siniestros que involucraron bicicletas dejaron 2.158 usuarios viales lesionados en Bogotá. De ellos, el 65 % ocurrió en interacción con vehículos particulares y el 30 % con vehículos de servicio público, según el Anuario de Siniestralidad Vial de Bogotá 2023. Para quienes dependen de la bicicleta, un accidente no representa solamente una dificultad en el camino: también puede afectar la herramienta que necesitan para trabajar. En el caso de los domiciliarios, mensajeros o trabajadores que utilizan la bicicleta como parte de su oficio, perder temporalmente este vehículo puede dificultar la continuidad de su jornada.
En el taller, esa dependencia se vuelve visible cuando un cliente llega con prisa. Wilson recuerda a los vigilantes que dejan su bicicleta durante el día de descanso y regresan al siguiente para recogerla. No pueden dejarla varios días: cuando terminan sus descansos, necesitan volver a pedalear hasta su lugar de trabajo.
Entre las bicicletas que pasan por sus manos, algunas llaman especialmente su atención. Wilson recuerda las clásicas, aquellas que conservan piezas originales y que sus dueños mantienen cuidadosamente. Son diferentes de las que llegan por una despichada o por el desgaste del trabajo diario. Para él, algunas de estas bicicletas pueden alcanzar valores mucho mayores que las que normalmente vende en su taller.Para Germán, mejorar las condiciones de quienes trabajan en bicicleta requiere algo más que aumentar el número de ciclovías. También hacen falta espacios seguros frente a los vehículos y la delincuencia, además de mejores condiciones laborales para quienes dependen de este medio. La capacitación, los elementos de protección y el registro de las bicicletas podrían reducir algunos de los riesgos durante sus recorridos.
Wilson Portela repara bicicletas en su taller del barrio Marco Fidel Suárez,
donde atiende diariamente a trabajadores que dependen de ellas para desplazarse por Bogotá.
Después de diez años detrás del mismo mostrador, Wilson ya conoce los sonidos y las necesidades de quienes llegan al taller. Sabe que una bicicleta puede necesitar mucho más que una reparación: para algunos de sus clientes es la forma de llegar a un turno, regresar a casa o continuar trabajando. Por eso, cuando un vigilante le pide tenerla lista al día siguiente, Wilson entiende que no se trata solamente de entregar una bicicleta reparada, sino de devolverle a alguien su manera de moverse.
Al final de la jornada, las bicicletas siguen entrando al taller mientras Wilson continúa entre llaves, ruedas y repuestos. Algunas necesitan una reparación rápida; otras, un cambio que les permita seguir recorriendo las calles. Después de tantos años, su oficio permanece ligado a esas bicicletas que llegan buscando una segunda oportunidad para volver a rodar.
Wilson aprendió a reparar bicicletas cuando buscaba una forma de independizarse y terminó construyendo su vida alrededor de ellas. Hoy, desde su taller en Marco Fidel Suárez, sigue viendo cómo cambian las maneras de moverse por Bogotá. Las bicicletas eléctricas ganan espacio y algunos trabajadores, como Fanny, han encontrado en ellas una alternativa. Pero mientras haya alguien que necesite pedalear para llegar a su trabajo, Wilson seguirá teniendo una bicicleta sobre la mesa y una herramienta en las manos.



