Las guerreras del centro, resiliencia de las trabajadoras sexuales en Medellín | Universidad de Bogotá Jorge Tadeo Lozano

Las guerreras del centro, resiliencia de las trabajadoras sexuales en Medellín

Dame el poder

“Vendedora de amor todos me dicen, sabiendo que de amor no queda nada.
La vida fácil es una mentira. Solo llevo una vida desdichada”.

Las gordas de Botero no son las únicas que exhiben su cuerpo en el centro de Medellín. A una cuadra del Parque Botero y algunos pasos de la Iglesia Veracruz, entre la calle 51 y la Avenida Carabobo, se pueden encontrar los cuerpos de otras mujeres vestidos con faldas cortas, medias de malla y con escotes amplios. Sus rostros, cubiertos con maquillaje, esperan a que algún hombre, hambriento de deseo, esté dispuesto a pagar unos cuantos pesos por acostarse con ellas.

Los mismos cuerpos que se desvalorizan cuando caen los párpados o los senos, se convierten en parte del paisaje de las esquinas del centro de la ciudad de Medellín.

Del trabajo sexual en Colombia no se sabe mucho. Hay quienes hablan de 20.000 mujeres que ejercen el trabajo sexual en el país. Por su parte, en la corporación Guerreras del Centro, se cree que pueden ser alrededor de 27.000 mujeres que ejercen este oficio. Para el Sindicato de Trabajadoras Sexuales de Colombia (Sintrasexco), esto es la punta del iceberg porque podrían ser muchas más.

En Colombia, el trabajo sexual es legal bajo la sentencia T-629 del 2010, pero no está regulado. No hay una política pública que dignifique, proteja y reconozca a las trabajadoras sexuales como cualquier otro trabajador, es decir, con prestaciones, seguridad social y derecho a una pensión.

 Al estilo de Margarita Rosa de Francisco, María Adelia recita su monólogo en el performance, aunque sus hijas no saben que actúa. Foto: Guerreras del Centro.

 

Las guerreras

Guerreras del Centro es una corporación que busca resignificar a las trabajadoras sexuales de Medellín. Son mujeres adultas que, por múltiples consecuencias, tuvieron que ejercer la prostitución en la calle Veracruz, ubicada a solo unas cuadras de uno de los puntos más turísticos del centro de la ciudad: el Parque Botero.

La corporación, conformada por ocho mujeres, busca remover el velo de prejuicio y estigma de los ciudadanos hacia las trabajadoras sexuales. Las guerreras encuentran la dignidad que creían perdida cuando hablan de su oficio y de cosas que resultan incómodas para una sociedad que lo ve como tabú.

Las Guerreras del Centro le devuelven el respeto y la dignidad a las mujeres que ejercen la prostitución a través de expresiones artísticas como el baile, la poesía, la actuación, marroquinería y tejeduría. Su power [poder], como lo llaman ellas, lo encuentran en hacer con sus historias lo que se les viene gana, contarlas como quieren, sin tapujos.

Quien les dio las herramientas para explotar ese power y presentarlo frente al público fue Nadia Granados, una artista de performance colombiana que basa su arte en la expresión corporal mezclado con elementos tecnológicos. Nadia fue contactada por Carolina Chacón, curadora del Museo de Antioquia, para proponerle realizar un performance simulando un cabaret en el que verdaderas trabajadoras sexuales de Medellín contaran sus historias al público.

Este colectivo logró conformarse como una familia. Foto: Guerreras del Centro.

Entre las dos, Nadia y Carolina, realizaron casting para montar el performance y eligieron a las ocho mujeres con las historias más impactantes: Luz Mery Giraldo, Jackeline Duque, María Adela Villa, María Adelaida Flórez, Johanna Barrientos, María Gladys Arcila, Carmen bedoya y Mary Luz López, quienes hoy en día conforman el colectivo Guerreras del Centro. Así nació el performance por el cual el colectivo adquirió reconocimiento en la ciudad: Nadie sabe quién soy yo.

Este reflexivo performance mezcla las habilidades artísticas de estas mujeres con las historias que ellas mismas escogieron contar: Mary Luz y Luz Mery encontraron una forma para relatarse y desahogarse en la poesía; Adelita baila entre las balas de un conflicto de barrio que tuvo que vivir; Jackeline canta y come rosas en representación de la violencia que sufrió por parte de su esposo; y María Adela recita un monólogo de cómo fue víctima de violencia sexual en una finca en la que trabajó.

Con ropa ajustada y sobre tacones altos, las guerreras lograron mover la empatía de las personas en la ciudad de Medellín, lo que se vio reflejado en los aforos llenos en el teatro Comfama, el Museo de Antioquia, el teatro Pablo Tobón Uribe.

Su arte llegó a la ciudad de Bogotá, en agosto de 2019, como acto invitado en el Festival de Mujeres en Escena por la Paz. La obra tuvo lugar en el teatro La Quinta Porra.


— ¿Nos vio en el periódico ese famoso de Bogotá, cómo es que se llama?, pregunta Jackeline.
— El espectador. Sí, las vi ahí.
— ¿No tendrá una copia por ahí? Se la quiero mostrar a mis hijos. Quiero que se sientan orgullosos de mí, de que salí en un periódico por allá.

 

El performance “Nadie sabe quién soy yo” fue escogido como la mejor obra del 2017 por el periódico Arteria. Foto: Guerreras del Centro.

 


Tejiendo historias

“...Rostros que voltean para ver a la nada
cuerpos devaluados con sonrisas frías
cambian hoy con alegría, llamadas pues,
tejedoras de vida...”

Como cada jueves, en alguno de los salones del Claustro Comfama en Medellín, las Guerreras del Centro se encuentran armadas con hilos de colores, agujas, telas, tambores de bordado e historias para contar. Todas son mujeres, entre los 30 y los 60, que ejercen o ejercieron el trabajo sexual y que buscan, mediante el tejido y la narración, resignificarlo.

Esta actividad fue idea de Melissa Toro, una diseñadora de modas paisa que vio el performance de las guerreras en el Museo de Antioquia. Luego de verlo, se preguntó cómo podía contribuir a la causa de estas mujeres. Un día decidió ir al museo para hablar con Carolina Chacón y Nadia Granados —las creadoras del performance Nadie sabe quién soy yo—, y les propuso diseñar el vestuario para el espectáculo.

Luz Mery encontró en la escritura una posibilidad para expresarse en contra de la violencia contra la mujer. Foto: Juliana Collazos Pinto.

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El público comienza a llegar poco después de las cinco de la tarde. La decena de asistentes atienden al llamado de la curiosidad y el morbo de conocer un poco de lo que se vive en calles Veracruz o el Raudal.

— A veces vienen más personas, pero cuando eso pasa, no podemos hablar cerquita y contarles el chisme. Así es más cercano— dice entre risas Rosalba, una de las mayores.

Están reunidos para tejer. Jackeline se encarga de enseñar a tejer, como su madre lo hizo, a los asistentes que no saben cómo hacerlo. Los hilos y las agujas empiezan a moverse al ritmo de la conversación. A todos les surge la misma pregunta: ¿Por qué?, una pregunta de dos polos: la revictimización o la empatía. En un gesto de resiliencia, una por una, aunque no todas, comienzan a hablar:

— Mi esposo era un borracho. Me pegaba, me insultaba y yo me aguantaba porque tenía dos hijos pequeños y no podía mantenerlos sola. Me llevaba flores y chocolates después de cada pelea. Un día él murió y fue difícil para mí salir adelante, no me daban trabajo en ningún lado porque solo hice hasta octavo de bachillerato. El trabajo sexual fue una oportunidad para mí y para mis hijos — relata Jackeline.

En Tejiendo historias se cuentas historias de dolor que terminan que generan empatía y visibilidad a las trabajadoras sexuales. Foto: Guerreras del Centro.

Johana Barrientos vivió un caso similar: le temía a su esposo y a sus maltratos. Debía tener la casa aseada, la comida lista, la ropa lavada y por supuesto, estar dispuesta a tener sexo cada vez que él quisiera. Su hija, dice, le dio fuerzas para salir de ese lugar a pesar de no tener dinero para mantenerla, pero tenía más miedo de quedarse que de irse.

Luego vino Adelita Villa, como la llaman cariñosamente sus compañeras. Una mujer morena a quien las arrugas no le permiten esconder la edad: tiene 64 años. Fue víctima de abuso sexual a los 14 años, huyó de su casa y así fue como terminó trabajando en los bares primero como mesera, luego como bailarina y por último, como trabajadora sexual. “Me dijeron que debía ayudar económicamente en el lugar donde vivía. Me llevaron a trabajar en el bar y ahí fue donde comencé y duré casi 9 años”. Su amor por el baile fue lo que la salvó de caer en las drogas y el alcohol. Desde hace 41 años vende cigarrillos y confitería en el Parque Berrío, donde comúnmente la gente se reúne a bailar y también lo hace.

Llegó el turno de Luz Mery, una mujer rubia de 61 años. Habla segura y con un tono de voz fuerte. Fue víctima de acoso laboral y por ello perdió su empleo. Llegó a Medellín desde Pensilvania, Caldas —donde dejó a sus tres hijos— para trabajar como vendedora. Una conocida la llevó a trabajar a un bar, asegurándole que así podría ganar más dinero. Nunca les contó a sus hijos que ese fue su trabajo y que con eso pudo costear la educación de todos. Fue trabajadora sexual desde los 30 años.

A las guerreras les gusta tejer cosas que reflejen sus historias y que hagan referencia al trabajo sexual. Tejen penes, vaginas y pulpos en croché. Foto: Guerreras del Centro.

Las miradas de asombro de los asistentes ahora reflejan admiración y respeto. El entendimiento lleva a otras preguntas, a las risas, a las fotos, a los abrazos. Las mujeres que ejercen la prostitución y asisten a estos encuentros ven en este espacio semanal un lugar para el desahogo y la comprensión.

— Muchas vienen antes de irse a trabajar. Las hemos visto llorar, otras llegan tan cansadas que se quedan dormidas. Les gusta venir y poder hablar de lo que sienten — dice Gladys, otra de las guerreras.

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¿Qué ha intentado hacer el Estado colombiano para garantizar los derechos de las trabajadoras sexuales? Hay dos propuestas muy claras: el abolicionismo y el regulacionismo. El primero busca erradicar el oficio, penalizando a quienes paguen por estos servicios.

En Colombia existen colectivos de trabajadoras sexuales como Sintrasexco que ven esto como algo problemático porque, según Fidelia Suárez, las trabajadoras sexuales no están en situación de prostitución sino que ellas trabajan y prestan un servicio, por lo que considera que no son víctimas de nada. Estos colectivos apoyan proyectos para regular el oficio de la prostitución.

La alcaldía de Medellín y la Secretaría de la Mujer tienen un proyecto que sigue vigente llamado Por mis derechos, equidad e inclusión. Esta iniciativa tiene como fin vincular las trabajadoras sexuales y capacitarlas para que puedan conseguir otras oportunidades de empleo. Luz Mery hizo parte de este proyecto como una de las personas que se encargaba de hablar con las trabajadoras sexuales en las calles. Afirma que, como alguien que ha ejercido el oficio, entiende que hay muchas mujeres que regresan al oficio. En Medellín tampoco hay cifras oficiales, ni se tienen en cuenta las dinámicas sociales a las que están sometidas las mujeres que entran al proyecto con la esperanza de no tener que volver a trabajar ofreciendo su cuerpo.

La otra pasión de Luz Mery es la política y le gustaría representar a las mujeres colombianas con su voz. Foto: Andrés Restrepo.

Es difícil obtener cifras precisas sobre cuántas son, ya que existen múltiples maneras en las que se puede obtener sexo. Ya no se trata solamente de buscar un servicio sexual en la calle; con las nuevas tecnologías, también llegaron nuevas formas para acceder a él, y esto hace más difícil el cálculo, ya que, en algunas de estas plataformas, se pueden prestar servicios de manera anónima.

El remedio, insisten las guerreras, no es seguir tapando el sol con un dedo. “Hay que hablar de esto, incomodar. Las trabajadoras sexuales vivimos en una situación de riesgo a diario. Queremos que nos tengan en cuenta y que hablen de nosotras y de las miles de mujeres que están afrontando la misma situación. Queremos que nos protejan. No somos menos mujeres por no tener un título, el nuestro nos lo ganamos en la calle”, sentencian.

Reconocimiento personería jurídica: Resolución 2613 del 14 de agosto de 1959 Minjusticia.

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