Las múltiples vidas de Chapinero

Entre antiguas iglesias, teatros, casas patrimoniales, centros financieros, restaurantes y los Cerros Orientales, Chapinero conserva las huellas de una Bogotá que ha cambiado sin dejar de mirar hacia su pasado.

Caminar por Chapinero es recorrer distintas épocas de Bogotá en apenas unas cuantas calles. En esta localidad, las antiguas quintas conviven con edificios de oficinas, las iglesias se levantan entre centros comerciales, los teatros resisten junto a restaurantes y los Cerros Orientales recuerdan que la naturaleza sigue presente en una de las zonas urbanas más dinámicas de la capital. Su historia también es la historia de una ciudad que dejó de concentrarse alrededor de su centro histórico para extenderse hacia el norte y convertirse en la metrópoli que hoy conocen millones de habitantes.

El origen de Chapinero se remonta a la época colonial. La tradición cuenta que su nombre nació del trabajo de Antón Hero Cepeda, un artesano español que fabricaba chapines, un calzado de madera utilizado para proteger los pies del barro en los caminos. Poco a poco, el lugar comenzó a ser conocido como “el chapinero”, y aquel pequeño asentamiento, ubicado en las afueras de Santafé, terminó dando nombre a una de las localidades más representativas de Bogotá.

 

A las afueras de la Basílica de Nuestra Señora de Lourdes.

 

Durante el siglo XIX, Chapinero era un territorio rural formado por haciendas, caminos y viviendas dispersas que comunicaban la ciudad con las poblaciones del norte. Con el paso de los años, la vida empezó a concentrarse alrededor de la actual Plaza de Lourdes y de la iglesia que aún hoy domina el paisaje. Allí se reunían comerciantes, viajeros y feligreses, convirtiendo el sector en uno de los primeros núcleos de crecimiento fuera del centro histórico.

A finales del siglo XIX y comienzos del XX el panorama cambió. Las familias más acomodadas de Bogotá encontraron en Chapinero un lugar tranquilo para construir sus quintas y casas de descanso. La localidad llegó a ser conocida como el “Versalles bogotano”, y barrios como Quinta Camacho conservaron una arquitectura inspirada en el estilo Tudor, con fachadas de ladrillo, chimeneas, techos inclinados y entramados de madera que aún sobreviven entre edificaciones más recientes.

Sin embargo, la ciudad siguió creciendo y Chapinero también cambió de rostro. Entre las décadas de 1960 y 1970 muchas de aquellas quintas desaparecieron para dar paso a edificios de apartamentos, oficinas, hoteles, universidades y centros comerciales. La carrera Séptima, la calle 72 y otros corredores se consolidaron como ejes de movilidad y desarrollo económico.

Uno de los cambios más visibles ocurrió en el sector de la Avenida Chile. Los terrenos donde hoy funciona el Centro Comercial y Financiero Avenida Chile pertenecieron al antiguo complejo de La Porciúncula, adquirido por la comunidad franciscana en 1918 para construir un convento y una casa de estudios. Décadas después, gran parte del claustro fue demolida para levantar el complejo empresarial, aunque la iglesia permaneció en pie.

 

El Centro Comercial Avenida Chile está ubicado en la Calle 72 con Carrera 11 (Cl. 72 #10-34).

 

Hoy, la Iglesia de Nuestra Señora de La Porciúncula continúa rodeada de torres de oficinas y edificios contemporáneos. Su permanencia resume buena parte de la identidad de Chapinero, un lugar donde el patrimonio histórico convive con la transformación económica de Bogotá.

Pero la historia de una localidad no solo se conserva en sus construcciones. También permanece en la memoria de quienes crecieron recorriendo sus calles.

Victoria Oviedo recuerda un Chapinero distinto, marcado por los paseos familiares y por espacios que hicieron parte de la vida cotidiana de varias generaciones.

“Cuando estábamos más jóvenes visitábamos con la familia la iglesia del parque de Lourdes y también nos gustaba visitar por el lado de la 63 con 13, más o menos, donde había un Tía. A nosotros nos gustaba visitar mucho el Tía de Chapinero”, cuenta.

Entre sus recuerdos también aparecen los parques, las caminatas y la intensa actividad cultural que caracterizó durante años a la localidad.

“También nos gustaba visitar todo lo que es por la 63, los parques donde había bastantes teatros, porque había muchas actividades en esa época”, dice.

Las palabras de Oviedo permiten reconstruir un Chapinero que ya no existe del todo. Algunos lugares cambiaron de nombre, otros desaparecieron y varios fueron reemplazados por nuevas edificaciones. Sin embargo, permanecen vivos en la memoria de quienes los habitaron.

El recuerdo de los teatros tampoco es casual. Durante las décadas de 1960 y 1970, Chapinero fue uno de los principales centros culturales y cinematográficos de Bogotá. Escenarios como el Teatro Astor y el Teatro Aladino hicieron parte de una época en la que ir a cine era uno de los grandes rituales de entretenimiento de la ciudad.

No todos desaparecieron. El Teatro Libre de Chapinero, ubicado en la calle 62 con carrera novena, estuvo cerca de ser demolido en 1988 para construir un almacén de cadena. La gestión de ciudadanos y organizaciones culturales permitió conservar el edificio, que hoy continúa siendo uno de los escenarios independientes más importantes de Bogotá.

 

El Teatro Libre ha sufrido cambios con el tiempo, pero aún se mantiene. 

 

La transformación urbana también cambió otros lugares emblemáticos. Donde hoy funciona el centro comercial Unilago alguna vez estuvo el Parque Lago Gaitán. Inaugurado en 1937, el lugar contaba con un lago para navegar en botes, un salón de té y exhibiciones de avionetas. El lago desapareció en 1955, pero aún permanece en el recuerdo de quienes alcanzaron a conocerlo.

Mientras la ciudad seguía creciendo, los Cerros Orientales continuaban vigilando Chapinero desde el oriente. Allí nacen quebradas como La Vieja y Las Delicias, que aún ofrecen un contraste frente al paisaje urbano.

En medio de esa transformación también sobrevive el Nogal, ubicado en la calle 77 con carrera novena Este árbol centenario, considerado sagrado para los muiscas y declarado árbol insignia de Bogotá en 2002, recuerda que la historia de la localidad también está escrita por la naturaleza.

Pocas personas saben que Chapinero también tiene un rostro rural. En la vereda El Verjón Bajo todavía existen ecosistemas de alta montaña y comunidades campesinas que conviven con una localidad reconocida por sus edificios empresariales, universidades, restaurantes y espacios de entretenimiento.

Con el paso de los años, Chapinero también se convirtió en un referente de diversidad social y cultural. Sus calles reúnen estudiantes, trabajadores, artistas, comerciantes y visitantes de diferentes lugares de la ciudad. Allí también se consolidaron espacios de encuentro para la población LGBTI, convirtiendo a la localidad en un símbolo de diversidad, libertad y reconocimiento de distintas identidades.

A esa riqueza cultural se suma una amplia oferta gastronómica encabezada por la Zona G, reconocida como uno de los principales corredores culinarios de Bogotá. Restaurantes, bares, teatros y universidades mantienen una actividad permanente que convive con las huellas de la antigua localidad.

Chapinero está construido sobre capas de tiempo. El antiguo camino que conducía al norte terminó convertido en una de las principales vías de la ciudad. Las haciendas dieron paso a barrios, las quintas fueron reemplazadas por edificios, los teatros cambiaron de uso o desaparecieron, un lago se transformó en una zona comercial y un convento quedó rodeado por un complejo financiero.

Sin embargo, no todo quedó atrás. Lourdes sigue siendo un punto de encuentro para miles de personas. La Porciúncula permanece en medio del paisaje moderno. El Teatro Libre conserva una parte de la tradición cultural de la ciudad. Los Cerros Orientales continúan marcando el horizonte y los recuerdos de habitantes como Victoria Oviedo mantienen vivo un Chapinero que ya no aparece en los mapas, pero que sigue habitando la memoria de quienes lo conocieron.

Más que una localidad atravesada por el cambio, Chapinero es un territorio donde cada esquina guarda una historia. Su evolución refleja el crecimiento de Bogotá, pero también demuestra que una ciudad no se construye únicamente con avenidas y edificios. Se construye con las memorias de sus habitantes, con los lugares que resisten al paso del tiempo y con las nuevas formas de habitar un mismo territorio.

En Chapinero, el pasado nunca se fue del todo. Simplemente aprendió a convivir con el presente.

Reconocimiento personería jurídica: Resolución 2613 del 14 de agosto de 1959 Minjusticia.

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