Violencia obstétrica: el riesgo de dar a luz en Colombia | Universidad de Bogotá Jorge Tadeo Lozano

Violencia obstétrica: el riesgo de dar a luz en Colombia

“Nuestros países están llenos de estatuas de hombres, a quienes llamamos “héroes de la patria” porque salieron a matar a otros hombres. Mientras tanto, las mujeres arriesgamos la vida para dar vida cada vez que parimos, y si no lo hiciéramos no habría ni países, ni naciones, ni ciudadanos, ni votantes, ni consumidores. Nada. Pero, nosotras no tenemos estatuas, a lo sumo, nos dieron eufemismos que nos hacen pensar que un parto es bello, romántico y hasta fácil. Cuando en realidad es el misterio físico y metafísico de pasar de ser uno a ser dos, cuando es romperse y desgarrarse en lo más profundo de la existencia. La vida exige como ofrenda una herida que no cierra”. Catalina Ruiz Navarro, periodista, mujer y madre.

En los últimos años las mujeres han sentido más apoyo institucional frente a los diferentes tipos de violencia de género, sin embargo, hay una forma de agresión de la que pocas hablan, ya sea por vergüenza o temor, debido a que ocurre cuando la mujer se encuentra más vulnerable y deja todo en manos de expertos. 

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Blanca Cecilia de Moyano es una mujer nacida en la ciudad de Bogotá, que a sus 23 años se fue a vivir a Barranquilla, ciudad alegre que la recibió con las puertas abiertas con su folclore y la alegría de su gente. 

Una tarde, tejiendo un par de botines blancos en una mecedora color café, desde el noveno piso del edificio Jaar, ubicado en pleno corazón de la capital del atlántico, ella escuchó tocar el timbre. Se levantó lentamente y se dirigió hacia la puerta para recibir a su esposo Manuel, su “tesorito”, que la visitaba a la hora del almuerzo y llevaba alimento para que ella no tuviera que cocinar, porque según él, Blanquita, a sus 38 semanas de embarazo, debía guardar reposo. Luego del encuentro, su esposo volvió al trabajo, no sin antes darle un tierno beso de despedida. 

Blanquita se sentó nuevamente en la mecedora, y mientras terminaba las últimas puntadas de los botines, tarareaba una canción de Esthercita Forero: “Esa luna, lunita… chiquitín chiquitico”, canción que le recordaba su primera noche de carnavales en tiempos de curramba y ron. Cuando estaba perdida en sus memorias, sintió una gran necesidad de ir al baño, de manera que se puso de pie lentamente, pero no alcanzó a llegar porque en ese momento Blanquita expulsó su tampón mucoso, señal de que había iniciado su trabajo de parto. Como no contaba con teléfono en su casa no pudo avisar al señor Moyano, por lo que ella tomó un taxi hacia la Clínica Bautista. 

Ingresó a las 5:30 de la tarde y, según recuerda, pidió un teléfono para informar a su esposo en donde se encontraba. La llevaron a sala de maternas, un corredor donde había numerosas filas de mujeres en trabajo de parto, unas gritando, algunas pidiendo ayuda y otras mirando lo que pasaba a su alrededor. Aunque en el exterior hacía calor, esa sala se sentía fría. Sus labios se ponían cada vez más secos, pero no podía pensar en nada más que no fueran los terribles dolores que le generaban las contracciones. A su alrededor pudo ver cómo otras maternas llamaban insistentemente a las enfermeras y recibían a cambio una mirada de indiferencia; ante esa respuesta prefirió no molestar y aguantarse los dolores y la sed.  

Blanca Ceciclia Moyano en el primer año de su hijo Roberto (1965). Foto archivo familiar.

Mientras avanzaba la noche y el malestar se tornaba insoportable, Blanquita se sintió muy incómoda en la posición en la que estaba, quiso caminar, y como pudo se bajó de la camilla, pero enseguida llegó una enfermera a decirle que se acostara, que la única manera en la que podía dar a luz era con las piernas abiertas porque, según le explicó, esa era la posición que le resultaba más cómoda a los doctores. Recuerda que cuando expresó su dolor intenso la profesional le respondió: “Quién te manda a abrir las piernas, cachaca, aguanta”. 

Blanquita no recuerda qué pasó después, solo sabe que despertó, y en medio de su angustia por no saber qué había pasado, preguntó a un par de enfermeras si su bebé ya había nacido, ellas respondieron que sí, pero que no podía verlo todavía. Se tranquilizó y centró su atención en un dolor desconocido que sentía en su vagina. Solo pudo ver a su bebé cuando le dieron de alta en la clínica al día siguiente: era un hermoso niño. Debido a la episiotomía que tuvieron que realizarle para ayudar a salir al bebé, le recetaron antibióticos, pero ella nunca pudo amamantarlo porque los medicamentos no se lo permitieron. Pasaron días en los que ella se sentía adolorida en su área perineal, sin embargo, lo único que hizo fue tener paciencia, sonreír y apoyarse en su “tesoro”.  

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La violencia obstétrica es un tipo de violencia de género normalizado a lo largo de los años. Las señales tempranas son que no les permiten a las futuras madres moverse libremente durante el trabajo de parto, que reciban insultos o comentarios negativos por parte del personal médico, que se realicen tactos sin su consentimiento, que no se le permita a la madre ingerir alimentos según sea el caso y que los profesionales de la salud aceleren el parto por medio de indumentaria o prácticas contraindicadas.   

El caso de Blanquita es uno de los muchos ejemplos de este tipo de violencia en el país. Los bebés llegan al mundo sin haber experimentado ningún otro contacto que el materno, por ende, lo que el bebé desea es estar con su progenitora, pero Blanquita no pudo ver a su hijo recién fue retirado de su vientre dado que no le permitieron ese primer encuentro piel a piel. Esto también se cataloga como violencia, porque vulnera los derechos tanto de la madre como del recién nacido e impiden el inicio temprano de la lactancia materna. 

Marcela Lozano, psicóloga clínica y creadora de la comunidad Nacer Ágatha, exalta el cuidado de las mujeres durante el parto y las consecuencias que trae un nacimiento violento en el bebé y la madre, como las altas probabilidades de que ella sufra de depresión pos parto y las secuelas psicológicas inconscientes que puede experimentar el recién nacido a lo largo de su vida.

El embarazo gira en torno a mucha desinformación, un ejemplo de esto son los cursos psicoprofilacticos, brindados por Entidades Promotoras de Salud (EPS), que a lo largo de los años se han vuelto un requisito indispensable e incluyen un amplio abanico de cuidados del recién nacido, información sobre la alimentación del bebé, ejercicios perineales pre parto y un módulo entero dedicado al pujo, donde les enseñan ejercicios de respiración para aprender a pujar y, sobre todo, les explican la realización de algunos procedimientos que, según ellos, ayudan a las madres. 

Marcela Lozano Doula en técnicas de relajación y ejercitando la pelvis de una madre, luego de una cita de acompañamiento emocional. Foto de la Página Nacer Ágatha.

 

Un ejemplo claro es la episiotomía, un procedimiento adornado y romántico que tiene un trasfondo turbio. El método consiste en un corte que se hace en el perineo, entre la abertura vaginal y el ano; se realiza cuando la madre ya no puede pujar más y está fatigada o cuando corre peligro la vida del bebé. Lo que llama la atención es que los profesionales siempre deben preguntar antes de hacerlo y si la madre no lo aprueba no deben obligarla, pero son muy pocos los profesionales que preguntan, todo lo contrario, repiten el proceso a diario sin consentimiento de las madres. 

En los cursos se escudan con el pretexto de que es mejor una episiotomía a un desgarro natural, pero no informan las consecuencias de este procedimiento, que es la primera causa de dolores en la vulva durante el puerperio, es decir, el periodo posterior al parto. Muchas mujeres quedan con secuelas irreversibles como goteos de orina involuntarios, dolor al hacer del cuerpo, incomodidad al tener relaciones sexuales y secuelas psicológicas. Algunas de ellas experimentan tanto maltrato físico y emocional que en las primeras semanas posparto suelen sufrir de depresión. 

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Yadira, una barranquillera de nacimiento y bogotana de corazón, fue traída a muy temprana edad a la capital. Cuando estaba cerca de terminar su carrera profesional, Yadira, como muchos jóvenes, tenía la esperanza de cambiar el mundo. Le apasionaban las letras y el periodismo, por eso soñaba con ser cronista y se introducía por horas en el mercado de las pulgas buscando libros. El olor de los libros era lo que más le atraía, pero cuando quedó embarazada, a sus 28 años, la idea de olfatearlos le producía náuseas.

El 19 de julio de 1992, a un día de conmemorar el grito de independencia de Colombia, se encontraba en su casa ultimando detalles para el nacimiento de su hija. Mientras transcurrían las horas, ella comenzó a sentir que aumentaban los dolores bajos. En la noche comió fruta y se acomodó en su cama en posición fetal, pero no pudo conciliar el sueño porque las punzadas se incrementaron drásticamente. Salió con su madre hacia las dos de la mañana con destino a la Clínica David Restrepo.

Al arribar al centro hospitalario eran cerca de las 2:30 de la madrugada. Su madre bajó rápidamente del taxi para pedir una silla de ruedas, pero nunca se la trajeron, de manera que Yadira camino hasta la entrada de urgencias, donde el vigilante la ingresó rápidamente a la sala de maternas. Su madre no pudo entrar con ella. Yadira llegó con 4 centímetros de dilatación.

La acostaron en una camilla boca arriba y con las piernas abiertas, junto otras mamás en aparente trabajo de parto. Yadira no tiene muchos recuerdos de lo que vio porque estaba concentrada en el dolor agudo que estaba experimentando, por eso tiene presente que pidió analgésicos a una enfermera de apellido Cadena y que el anestesiólogo llegó a los pocos minutos con una instrucción: “Mamita, acuéstate en posición fetal. Cuando yo te diga respiras hondo por la nariz y por favor quietica, si te mueves puedes quedar cuadripléjica”. En ese momento Yadira abrió los ojos y siguió las instrucciones al pie de la letra, temiendo por su integridad. 

Yadira cursando su última semana de universidad, ya tenía mes y medio; ella no lo sabía (1991). Foto archivo familiar. 

La noche siguió su curso, y al llegar el alba, notó que el personal estaba cambiando de turno. A ella la trasladaron de lugar y la dejaron al frente de la oficina central, junto a la sala de partos. Luego llegaron un par de médicos a realizarle un tacto y posterior a esto le manifestaron que se encontraba en 8 centímetros de dilatación. Nuevamente el dolor se apoderó de su cuerpo, se volvió intenso y las contracciones que sentía en la espalda baja la hacían gritar; en repetidas ocasiones pegó alaridos pidiendo analgesia, pero nadie se acercó a ella, al contrario, los médicos y enfermeras parecían evitarla. La mañana del 20 de julio, 182 años después del grito independentista, ella gritaba por su derecho a la analgesia con las pocas fuerzas que le quedaban. En un intento de valor se agarró de los laterales de la camilla y alzó una plegaria pidiendo fuerza para soportar aquel dolor e imploró luz para aquellos que la ignoraban. En ese momento las contracciones aumentaron el ritmo y, sin darse cuenta, empezó el expulsivo. 

Los minutos siguientes fueron rápidos y confusos. Una enfermera se dio cuenta de que las contracciones se aceleraron y pidió a otros compañeros ingresarla de inmediato a la sala de partos, mientras tanto se le acercó y le dijo: “Necesito que dejes de gritar, mamá, me vas a espantar a las otras mujeres”. 

Al entrar a la sala, de fondo sonaba la canción Viento, del grupo Caifanes, vio a varios doctores y enfermeras. Su cabeza se dispersó por un rato, pero el dolor no daba tregua, por lo que centró su atención en el trabajo de parto, respiró y pujó varias veces hasta que su pequeña nació, aproximadamente a las 11 de la mañana de aquel 20 de julio. Yadira dejó de sentir dolor cuando pusieron a su pequeña en su pecho por unos segundos. El doctor cortó el cordón umbilical y se llevaron a su pequeña para pesarla, limpiarla y vestirla. 

Minutos después las sacaron a ambas con destino a sala de recuperación, pero Yadira no tenía ni idea de cómo darle de comer a su bebé, ni mucho menos sacarle los gases; una enfermera llegó tiempo después y le dio un tetero de fórmula, pese a que de sus pechos empezó a brotar tanta leche que se le empapaba la bata materna. Ella no sabía cómo poner a su bebé a succionar y le parecía mejor que se alimentara de ella en lugar del tetero, por eso pidió ayuda, buscó que alguna enfermera le dijera cómo hacerlo, pero solo recibió negativas del personal. 

Cuando las ubicaron a ambas en la habitación, la esperaba su madre, su esposo y su suegra. Solo en ese momento pudo empezar a lactar con ayuda de Rodríguez, una enfermera de piso, quien la guió para que pudiera alimentar a su hija a las 5 de la tarde. Aunque al principio sufrió un poco, Yadira sintió alivio, sin embargo, los dolores no se iban del todo, las cicatrices de un parto no suelen ser solo físicas, muchas veces también quedan en el alma. 

Yadira celebrando el segundo cumpleaños de su hija (1993). Foto archivo familiar.

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La desinformación sobre métodos y procedimientos es una constante entre las mujeres a punto de dar a luz, dado que los datos enciclopédicos de los cursos psicoprofilacticos no abarcan en la totalidad las dudas o requerimientos particulares de las gestantes y muchas veces el personal médico no ve conveniente explicarle a la mujer los beneficios e inconvenientes que tiene realizar ciertos procedimientos como la cesárea. Contrario a lo que se podría pensar, la instrumentalización de los partos no es obligatoria y toda mamá tiene derecho a tener un parto en compañía de alguien de su entera confianza y, sobre todo, a recibir un trato respetuoso por parte del personal que le presta el servicio.

A su vez, la futura madre tiene el poder de decidir si quiere una cesárea o un parto natural cuando conoce las implicaciones de ambos, porque cuenta con las herramientas jurídicas y el criterio para ser la protagonista de su parto. Las mujeres tienen la capacidad de poner sus condiciones y el sistema médico debe evaluar cada caso. No se trata de obedecer a ojo cerrado, ahora las mujeres pueden solicitar todas las herramientas informativas y los profesionales deben responder por ellas.  

Karen Pérez es ginecóloga y obstetra. Ella practica parto respetado, el cual consiste principalmente en informar a la mujer sus derechos con respecto al nacimiento de su bebé y así evitar intervenciones innecesarias que la perjudiquen a corto o largo plazo. Esto permite crear un ambiente cálido y respetuoso para la llegada de cada nuevo ser humano. Camila Prieto tuvo a su hija ayudada por Karen. Según comenta, desde el primer momento tuvieron una relación de comunicación e información, lo que hizo su proceso más llevadero. 

La doctora Pérez sostiene que esto es lo que le hace falta a las familias y madres durante la gestación, pero ha encontrado que no todos cumplen con los mismos estándares. Ella atiende por EPS solo citas de control, no los partos, y en ocasiones ha preguntado a las futuras madres, en el último control:

- ¿Qué aprendieron durante los cursos? 

Algunas de ellas responden emocionadas: 

- Aprendimos que es mejor que nos hagan una episiotomía, a tener un desgarro natural.

Entonces, la doctora no puede creer que las entidades prestadoras de salud todavía aprueben la episiotomía como la “mejor” de las opciones. 

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Escuche a continuación las herramientas y los derechos que poseen las mujeres al momento del parto:

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La diabetes gestacional por la que atravesaba Macarena podía poner en riesgo la integridad de su bebé y la suya. En su última cita al ginecólogo, él le hizo saber el riesgo y le informó que, al tratarse de un parto realizado a través de su EPS, el médico que atendió su pre parto no iba a ser quien recibiera a su bebé, lo que le generó dudas. Por un momento pensó en asesorarse mejor, pero creyó que ya era muy tarde para seguir retrasando el proceso, debido a que ya había recibido la orden con la autorización de la clínica que la iba a atender por convenio a su plan complementario. Recuerda que sus padres quisieron pagarle una clínica particular, pero ella no aceptó porque en ese momento pensó: “Las mujeres tienen a sus bebés en clínicas de EPS todo el tiempo, no debe ser tan malo”. 

Cuando llegó el día de la inducción, Macarena y su esposo se levantaron muy temprano. Ella se bañó y olvidó comer porque la ansiedad estaba al máximo. Atravesaron la ciudad y en el camino le sudaban las manos. Mientras escuchaban a Julio Sánchez Cristo en la emisora, su esposo le recordaba una y otra vez los ejercicios de respiración que ambos habían aprendido. Al llegar a la clínica, sus padres y su hermana, que ya estaban esperando su llegada en la entrada, la ayudaron a bajarse del auto, la abrazaron y la acompañaron a la entrada. 

La dejaron pasar con su esposo y ella quiso subir las escaleras porque su abuela le había recomendado que era el mejor ejercicio para que su pequeña atravesara muy rápido y sin complicaciones el canal de parto. Le dio un último beso a su esposo y entró por una gran puerta gris; allí cerca ingresó al baño y se desvistió, posó desnuda frente al espejo, se tocó la panza y agradeció el momento sintiéndose afortunada y empoderada. Luego vistió una bata azul, pasó su ropa a su pareja y se perdió entre las sombras de otras mamás. 

Macarena no tuvo miedo, al contrario, sentía que tenía gran tolerancia al dolor y mucha fe en que su parto fuera rápido. Al acostarse en una camilla, entraron enseguida una enfermera y una ginecóloga; una de ellas le introdujo los medicamentos para inducir el parto, lo que faltaba era esperar que dilatara lo suficiente. Pasó el día y se llenó la sala de más mujeres, pero Macarena tenía centrada su atención en comunicarse con su bebé, por lo que le habló durante todo el día.  

Al ver que todo iba muy lento y que la dilatación se detuvo, los doctores decidieron suministrarle otra dosis para acelerar su proceso. Algunas mujeres que estaban a su lado ya estaban en el trabajo de parto, y una de ellas ya se encontraba en fase de expulsivo. Macarena y las otras mujeres alertaron al personal, pero nadie las escuchó, minutos más tarde algunos médicos se acercaron al oír los gritos de sus compañeras y se la llevaron inmediatamente. 

Entrada la noche, y sin saber nada de sus familiares, ella llamó a una enfermera y le expresó su deseo de comer y de levantarse un poco para caminar, pero la enfermera en un tono burlesco le respondió: “No puedes levantarte de la camilla, está prohibido, y tampoco te puedo dar nada de comer”. Macarena pidió unos algodones mojados con agua para refrescar sus labios y enseguida se los pasaron. Pasó toda la noche viendo pasar doctores, enfermeras y mamás pariendo. 

Macarena y su hija una hora después del nacimiento. Foto archivo familiar.

A la madrugada sintió una descarga de agua, se levantó la sábana y vio una especie de líquido transparente mezclado ligeramente con sangre, por lo que llamó a las enfermeras y ellas le dijeron que había reventado fuente; desde ese momento contó 5 veces que le realizaron tactos, el primero fue realizado por una doctora, pero luego cambiaron de personal y llegó un doctor muy brusco que hacía tactos sin consentimiento. 

Empezó a tener dolores mucho más fuertes que le hicieron olvidar la sed y el hambre, a pesar de que llevaba más de 24 horas sin consumir alimentos. El personal médico le ofreció analgesia cuando vieron que estaba levantando a gritos la sala de partos. Nadie le ponía atención. En medio de la desesperación había olvidado su curso de respiración y se sintió sola, porque deseaba tener a su esposo a su lado. 

Pasó mucho tiempo desde la ruptura de membranas y las contracciones venían cada vez más constantes y fuertes. Le pusieron un segundo analgésico, pero ella no paró de gritar y de invocar a cada santo del que se acordaba; recuerda que no podía maldecir porque vio monjas y pensaba que si la escuchaban maldecir no iban a prestarle atención a sus llamados de dolor, por eso ella no maldijo ni una vez, pero aun así la ignoraron. 

Cuando una enfermera se posó a su lado para revisar los signos de la mamá que se encontraba a su derecha, Macarena tomó fuerzas y la tomó del brazo. Con la poca energía que le quedaba le dijo:

- Me duele mucho, ayúdame.

La enfermera la miró con desprecio y le respondió: 

- Suéltame, me puedes rasguñar, y ya te pusieron analgesia. No te veo pujando.

Macarena sintió que no iba a poder dar a luz y que era una molestia, por lo que se recostó en posición fetal y siguió invocando santos. Minutos después volvió a ver al doctor brusco que hacía los tactos y que esta vez venía a decirle: “Deja de pujar, te voy a hacer una cesárea”. Ella sintió alivio porque creyó que al fin iba a terminar aquel suplicio, pero fue imposible dejar de pujar o dejar de gritar, dado que los medicamentos y el dolor no la dejaban estar tranquila. 

Un rato después llegó otra ginecóloga diciendo: “¿Y esta mamita qué? No se calla”. Macarena no respondió, el otro doctor se acercó y le dijo:

- “Estamos esperando a que desocupen las salas de cesárea”, dijo un médico.

- “No, este bebé tiene que nacer de inmediato, que alguien la ayude a pujar”, le respondió otro.

La pasaron rápidamente a la sala de partos y ella no sentía nada de las piernas para abajo. Al lado se ubicó un practicante que la ayudó a pujar apoyando su cuerpo sobre ella, a la altura de sus costillas, para hacer presión de su vientre hacia abajo. Así nació Alma al mediodía. En ese momento dejó de sentir dolor e inmediatamente la pusieron sobre su pecho. Macarena sintió paz, luego le retiraron a la criatura y se la llevaron a vestirla. 

La nueva madre pudo iniciar su lactancia materna una hora después de nacida su bebé. Duró meses en recuperación y tuvo una severa depresión debido a los dolores que le generaba sentarse y a que no podía valerse por sí sola, descansar ni bañarse sin compañía. Ella contó con el apoyo de sus familiares, pero aun así le resultó difícil poder borrar los recuerdos de aquellos días. 

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La maniobra de kristeller, aquella en la que se posan sobre la madre y le empujan el vientre hacia abajo, es una práctica prohibida en muchos países porque ha ocasionado graves lesiones en las mujeres y sus bebés, por lo que se encuentra contraindicada por la Organización Mundial de la Salud (OMS). 

La doctora Karen cuenta con redes sociales que les ayudan a madres a tener información sobre un parto respetado. Foto archivo de Karen Pérez.

 La doctora Pérez tiene una trayectoria de siete años acompañando a las gestantes y considera que en los tres años que lleva realizando parto respetado ha obtenido un porcentaje inferior de episiotomías, lo que quiere decir que sí se puede dar a luz sin ese procedimiento y que el ingrediente principal es la paciencia. La educación en parto respetado la tomó al salir de la universidad, lo que invita a pensar que los profesionales en ginecología, desde la academia, reciben la instrucción de instrumentalizar cada parto.

Camila recuerda que, en su parto respetado junto a la doctora Karen Pérez, siempre hubo información, paciencia, educación y sobre todo mucho amor. Además de brindar los controles rutinarios, la doctora les enseña a los padres a contar las contracciones y los involucra en la labor de parto, ya que por fortuna en la clínica donde trabaja se permite que las madres ingresen con su acompañante al momento de dar a luz. Camila describe el nacimiento como un momento único, donde la madre debe recibir mucha paciencia, profesionalismo, comprensión y acompañamiento; según dice, la recomendación siempre es informarse sobre su propio cuerpo, porque cada parto es diferente y cada embarazo también. 

Por eso, teniendo en cuenta que el parto puede resultar un juego entre la vida y la muerte, debe ser consciente, humano, respetuoso y no debe tratarse como un negocio. La mujer debe sentir que su cuerpo es sagrado, que no debe ser sinónimo de vergüenza sino de vida y agradecimiento. Al momento del parto las mujeres deberían poder decir: “Soy poderosa, soy vida y puedo parir”, sin estar amedrentadas, abandonadas y desinformadas sobre el estado de su cuerpo.

Reconocimiento personería jurídica: Resolución 2613 del 14 de agosto de 1959 Minjusticia.

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