En medio de las trochas de Guainía y Vichada, Edwin Suárez ejerce un periodismo que nace del territorio. Con su trabajo en El Morichal, conecta comunidades olvidadas y hace visible la voz de una región que rara vez llega a los grandes medios.
En el extremo oriental de Colombia, donde los caminos de tierra se confunden con el verde del Guainía y el Vichada, informar no es solo un oficio sino una forma de resistencia, Allí, entre comunidades indígenas y ríos que marcan las fronteras, Edwin Suarez aprendió que contar lo que ocurre en su territorio puede significar tanto como abrir una ventana al país que pocos conocen. Desde ese rincón ha hecho del periodismo una herramienta para visibilizar a su gente, narrando lo que sucede más allá del mapa central de las noticias.
Edwin creció en una familia campesina del Vichada, en medio de los llanos y del trabajo duro que marcó su infancia. Su padre, un santandereano que llegó a la región en los años ochenta, y su madre, nacida allí mismo, levantaron a sus cuatro hijos en una vereda cerca de la fundación Gaviotas. Desde pequeño, estudió en internados, lejos de sus padres, y en esos años aprendió el valor del esfuerzo y la educación. Como nunca había señal, se comunicaba con sus padres a través de cartas, una costumbre que se convirtió en su primera forma de contar historias, y que más tarde lo llevaría a Bogotá para estudiar periodismo.
La historia de Edwin no puede separarse de la de sus padres, Héctor y María, quienes con esfuerzo levantaron a su familia entre el trabajo del campo y un pequeño restaurante. Desde niño, él los veía luchar contra las distancias y la falta de recursos, pero también aprendió de ellos la disciplina y el respeto por la gente. Aunque su madre soñaba con que fuera veterinario y su padre temía que el periodismo fuera un oficio para otros mundos, el tiempo les demostró que su hijo tenía razón: contar lo que pasa en su tierra también podía ser una forma de servirle a ella.
Cuando Edwin llegó a Bogotá, lo hizo con una maleta pequeña y muchas ganas de aprender. La ciudad le resultó abrumadora: el ruido y la prisa constataban con la calma del Llano. Aunque pensó en estudiar odontología o derecho, una maestra del internado le había dicho que tenía talento para la escritura, y esas palabras lo marcaron. Por eso eligió el periodismo, convencido de que desde su voz podía contar historias de los lugares olvidados, esos que casi nunca aparecen en las noticias mientras estudiaba en la Universidad Minuto de Dios, Edwin descubrió el poder de la cámara y de la palabra. En el sexto semestre empezó a trabajar en un canal comunitario del barrio 20 de Julio, donde aprendió a grabar, editar y producir sin tener experiencia previa. Ese primer contacto con los medios lo llevó a entender que el periodismo no solo se hace desde las grandes redacciones, sino también desde los barrios y las comunidades, donde las historias nacen cerca de la gente.
En Bogotá, Edwin conoció a Juliana, una economista paisa que había llegado desde Medellín en busca de oportunidades laborales. En medio de los retos de la ciudad, ambos se acompañaron en un momento de incertidumbre. Mientras él estudiaba y trabajaba para sostenerse, ella buscaba abrirse camino en su profesión. Con el tiempo, el apoyo mutuo los unió y juntos comenzaron a construir un proyecto de vida basado en el esfuerzo y la empatía.
Años después, Edwin viajó a Chile para realizar sus prácticas en CNN, una experiencia que asumió sin recibir pago, sostenido por la ayuda económica de sus padres y el apoyo constante de Juliana, su compañera de vida. En ese país comprendió que el periodismo iba más allá de las cámaras y los titulares: se trataba de entender a la gente. Esa vivencia lo reafirmó en su propósito de contar historias con sentido, especialmente las de su propia tierra.
Cuando regresó a Colombia, Edwin sintió que era el momento de devolverle al territorio todo lo aprendido. Durante un tiempo trabajó con la Organización Indígena Gobierno Mayor, donde comprendió aún más la fuerza de las voces colectivas y la necesidad de medios que representarán a las comunidades. Esa experiencia fue el punto de partida para crear El Morichal, un periódico que nació con pocos recursos, pero con la convicción de que desde el Llano también se podía hacer periodismo con impacto.
Ese doble esfuerzo marcó una etapa de aprendizaje intenso. Por un lado, cumplía con sus responsabilidades en la Organización, y por otro, invertía sus noches en levantar el medio que soñaba. Con el tiempo, ese trabajo simultáneo le permitió entender su compromiso con las comunidades del Guainía y el Vichada, que serían el corazón de su proyecto periodístico.
Antes de involucrarse con la Organización Indígena Gobierno Mayor, Edwin trabajó por un tiempo en una campaña política en el Vichada, como asistente personal de un candidato local. Esa experiencia le permitió conocer de cerca el funcionamiento del poder y las dinámicas del territorio, pero también le dejó claro que su camino no estaba en la política, sino en contar las historias que esta muchas veces ignora. Fue entonces cuando reafirmó su decisión de dedicarse al periodismo desde una mirada más crítica y comprometida con la gente.
Aunque su camino profesional se forjó entre cámaras y redacciones, Edwin siempre tuvo claro que su mayor interés estaba en la crónica y el relato. Entre sus referentes menciona a Ryszard Kapuściński, Martín Caparrós y Leila Guerriero, periodistas que lo inspiraron a mirar la realidad desde la empatía y la profundidad. De ellos aprendió que escribir es una manera de escuchar, y que cada historia debe nacer del respeto por quienes la viven. Esa visión lo llevó a entender el periodismo no solo como un trabajo, sino como una forma de construir memoria desde el territorio.
Sus padres han acompañado cada paso de este recorrido. Su madre, María, recuerda entre sonrisas que él siempre fue curioso y responsable: “Desde niño buscaba entenderlo todo, y cuando algo le llamaba la atención, no paraba hasta lograrlo”. Héctor, su padre, cuenta que “aunque al principio no entendíamos bien eso del periodismo, ahora vemos que lo que hace tiene un gran sentido para la gente”.
Esa mezcla de curiosidad y compromiso que sus padres recuerdan se convirtió en la base de su oficio. Para Edwin, contar historias no solo significaba informar, sino comprender a las personas detrás de cada hecho. De esa sensibilidad nació su interés por mirar lo cotidiano con otros ojos y buscar en cada relato una forma de darle sentido al territorio.
Esa forma de entender el oficio también lo llevó a enfrentar las dificultades propias de hacer periodismo en regiones apartadas. La falta de conectividad, los largos desplazamientos y el acceso limitado a la información pública son parte del día a día en su trabajo. Sin embargo, esas mismas limitaciones se han convertido en una motivación para fortalecer el medio y para demostrar que, aún los lugares más alejados, el periodismo puede ser una herramienta de cambio y cohesión social.
Edwin Suárez recorre trochas y ríos para narrar el Llano desde el territorio y la comunidad. Foto de archivo.
Esa mirada lo llevó a enfocarse en los territorios donde nació su vocación. En Guainía y Vichada, Edwin entendió que el periodismo debía adaptarse al ritmo del lugar: a los viajes por río, a las zonas donde no hay señal y a las historias que pocas veces llegan a los noticieros nacionales. En esos paisajes de trochas y comunidades indígenas descubrió que informar no era sólo contar lo que pasaba, sino acompañar los procesos de la gente y construir confianza con quienes, por años, habían permanecido al margen de las noticias.
En esos territorios, la labor periodística también implica riesgos. Guainía y Vichada son zonas donde la presencia de grupos armados, las economías ilegales y la débil presencia del Estado marcan la vida cotidiana. Aun así, entre la desconfianza y el silencio, Edwin ha logrado ganarse un lugar gracias a su respeto por las comunidades y su manera de contar sin juzgar. Su trabajo ha permitido que temas como la minería, la educación o la migración se discutan desde la mirada de quienes lo viven, no solo desde los escritorios del centro del país.
En su trabajo con el periódico, Edwin ha aprendido que detrás de cada noticia hay una red de esfuerzos colectivos. En muchas ocasiones, sus reportajes surgen del diálogo con maestros, líderes indígenas y campesinos que confían en él para visibilizar problemáticas locales. Así, su oficio se ha convertido en un puente entre las comunidades y las instituciones, un canal para que las voces del territorio sean escuchadas sin intermediarios.
Juliana, su esposa, ha sido testigo silenciosa de las largas jornadas que hay detrás de cada historia. Recuerda las noches en que Edwin pasaba horas revisando grabaciones o escribiendo después de sus viajes por el Llano. “A veces pienso que su corazón está dividido entre el hogar y el Llano”, dice con una mezcla de admiración y ternura. Para ella, su trabajo no solo es una profesión, sino una forma de cuidar el lugar del que viene.
Por su parte, Robin Suárez, su hermano, lo describe como alguien que nunca se detiene. Menciona que, aunque la distancia los ha separado por temporadas, siempre ha sentido que Edwin lleva consigo la fuerza de la familia. “Cuando lo veo trabajar, entiendo que lo que hace no es solo por él, sino por todos los que crecimos allá”, comenta. Para Robin, cada viaje, cada reportaje, es una manera de mantener viva la conexión con su tierra, incluso cuando el silencio y las distancias parecen imponerse.
Con el mismo impulso que lo llevó a recorrer el Llano desde niño, Edwin decidió crear un medio propio que contará las historias de su región. Así nació El Morichal, un periódico que comenzó imprimiendo en una rotativa del diario El Tiempo, en Bogotá. Las primeras versiones llegaban al Llano gracias a una red de manos amigas: líderes, transportadores y conocidos que ayudaban a repartirlos de pueblo en pueblo, pasando el periódico “mano a mano” por los caminos y ríos del Vichada.
El nombre surgió de su propio entorno: los morichales son nacederos de agua que dan vida al llano, y Edwin quiso que su medio cumpliera esa misma función, la de ser una fuente que alimentara de información a la gente. El Morichal nació con la intención de narrar desde adentro, de mostrar lo que ocurre en los municipios fronterizos de Guainía y el Vichada, donde las noticias suelen perderse entre el silencio y la distancia.
Al principio, todo se hacía con recursos mínimos. Edwin escribía, tomaba fotografías, editaba los textos y gestionaba la impresión con apoyo de familiares y amigos. Cada edición era un logro compartido: los niños esperaban el periódico en las escuelas, los líderes comunitarios lo usaban para debatir sobre las problemáticas locales y los habitantes sentían que, por fin, alguien contaba sus historias.
Con el paso del tiempo, el proyecto creció sin perder su raíz comunitaria. Desde su creación en 2016, El Morichal ha mantenido viva la intención con la que nació: narrar el Llano desde sus propias voces. Hoy se imprime en las instalaciones del diario La República y es transportado en avión hasta Puerto Carreño y otras zonas del Llano. Aunque la red de reparto es más organizada, conserva ese espíritu de colaboración que lo vio nacer.
Edwin trabaja junto a dos personas más: Gardenia, una reportera venezolana que conoce de cerca las dinámicas fronterizas, y Roberto, un comunicador indígena que aporta la mirada de su comunidad. Juntos demuestran que, casi diez años después, un equipo pequeño aún puede sostener un periodismo comprometido con su territorio.
Gardenia llegó desde Venezuela buscando un nuevo comienzo, y encontró en El Morichal un espacio para reconstruir su vida a través de las palabras. Al principio, el Llano le resultaba desconocido: los caminos largos, el calor y las distancias parecían inmensas, pero pronto entendió que ese territorio también podría ser suyo. Con una cámara y una libreta empezó a recorrer los pueblos, escuchando a las mujeres, a los migrantes y a quienes pocas veces tienen voz en los medios.
En poco tiempo, se convirtió en una pieza clave del equipo. Su mirada sensible y su cercanía con la gente le dieron al periódico una nueva perspectiva, especialmente en temas de migración y convivencia. Gardenia cree que contar historias también puede sanar, y que el periodismo sirve para tender puentes entre quienes comparten una misma tierra, aunque vengan de fronteras distintas.
Su trabajo ha ayudado a visibilizar la vida de cientos de familias binacionales que habitan en la frontera invisible entre Colombia y Venezuela. Gracias a su esfuerzo, El Morichal amplió su alcance y fortaleció su compromiso con las comunidades que viven entre dos países, pero comparten los mismos desafíos.
Con el paso del tiempo, El Morichal también se abrió en el entorno digital. Edwin entendió que, para mantener viva la conexión con las comunidades, debía combinar el papel con las nuevas plataformas. Así surgieron la página web y las redes sociales del medio, que hoy permiten compartir noticias, fotografías y crónicas del Llano con lectores dentro y fuera del territorio. Aun así, el periódico impreso conserva un valor especial: cada primera semana del mes llega a los municipios de Guainía y Vichada, donde representa más que información, es un lazo visible con el territorio y con la gente que lo habita.
Con el crecimiento digital, El Morichal también se convirtió en una ventana abierta al Llano para quienes están lejos. Su cuenta de Facebook reúne a más de 72 mil seguidores que interactúan y comparten las noticias de su región; en Instagram, con más de tres mil, las imágenes del paisaje, los rostros y las historias locales logran acercar el territorio a nuevos públicos, y su página web supera las 20 mil visitas mensuales, un reflejo del interés creciente por conocer lo que ocurre en Guainía y Vichada. Para Edwin y su equipo, estas plataformas no solo amplían el alcance del medio, sino que mantienen viva la conversación con las comunidades, dentro y fuera del país.
En regiones donde la distancia es la norma, el periodismo se convierte en puente y memoria. Foto de archivo.
A pesar de la proyección que ha alcanzado, El Morichal sigue siendo un medio construido con trabajo propio y dedicación. No cuenta con grandes patrocinadores ni apoyos institucionales, su sostenimiento depende, sobre todo, del esfuerzo constante de Edwin, Gardenia y Roberto. Entre los tres asumen los costos de impresión, los desplazamientos y la distribución, demostrando que el compromiso con informar puede mantenerse e incluso sin respaldo económico.
Más que un trabajo, para Edwin, Gardenia y Roberto, es un acto de amor por el territorio. Ninguno de ellos lo hace por dinero ni por reconocimiento, sino por la convicción de que contar historias del Llano es una forma de cuidar lo que son. Cada edición del periódico es una apuesta para mantener viva la memoria de su gente, por darle voz a quienes pocas veces la tienen. En sus páginas no solo hay noticias, sino también afecto, respeto y compromiso con una región que, pese a la distancia, los mantiene unidos.
En las escuelas y bibliotecas rurales, los ejemplares suelen conservarse como parte de la memoria local. Los textos sobre medio ambiente, cultura o territorio se usan como material de apoyo para entender el contexto propio, y los estudiantes encuentran en sus páginas historias cercanas, contadas con palabras que reconocen.
El medio también se ha convertido en una herramienta de unión. A través de sus páginas y redes sociales, comunidades indígenas, campesinas y urbanas encuentran un punto en común: la posibilidad de verse reflejadas. En los comentarios y mensajes, la gente no solo opina, también comparte fotos, corrige datos o propone temas, haciendo de El Morichal un espacio de diálogo abierto entre el territorio y sus habitantes.
Aunque los restos siguen siendo muchos, Edwin sueña con fortalecer el proyecto hasta consolidarlo como una marca sólida, reconocida por su independencia y compromiso con la región. Su objetivo es ampliar el equipo de trabajo, organizar mejor las funciones y lograr que cada integrante pueda dedicarse plenamente a la reportería, la edición o la gestión de proyectos.
También buscar construir nuevas alianzas que permitan generar más recursos económicos y garantizar la sostenibilidad del medio. Aunque han ganado varios concursos y obtenido apoyos económicos, Edwin sabe que esas ayudas son pasajeras y no bastan para mantener un periódico regional que trabaja todos los días por contar la realidad del Guainía y Vichada.
Edwin no busca fama ni titulares, su mayor satisfacción está en ver a su región contada con dignidad. En cada edición impresa o nota digital, El Morichal sigue siendo el reflejo de una comunidad que encontró en el periodismo una forma de reconocerse y hacerse escuchar.
A pesar del reconocimiento que ha ganado, el trabajo periodístico en el Llano no está exento de riesgos. Hace un año, Edwin recibió una llamada anónima en la que le advirtieron que le dijera a su compañera, la venezolana, que dejara de investigar, que se quedara quieta: “Por su bien”. No hubo amenazas directas, pero el mensaje bastó para sembrar el miedo. Gardenia, preocupada por su familia, decidió alejarse del periódico.
Su salida dejó un vacío profundo. Edwin respetó su decisión, aunque le pidió que lo pensara con calma. El silencio de esos meses fue duro para ambos: Gardenia cayó en depresión y El Morichal perdió una de sus voces más cercanas a la comunidad. Sin embargo, hace pocos meses decidió regresar, con la convicción de que el miedo no podía ser más fuerte que su compromiso.
“Tuve mucho miedo por mí y por mi familia”, cuenta Gardenia, “pero volví porque Edwin ha hecho mucho por nosotros. Mi esposo ayuda a repartir el periódico, mi hija estudia periodismo gracias a su apoyo, y más que mi jefe, Edwin es mi hermano”, concluye.
Su testimonio refleja una realidad que se repite en muchas regiones del país: Según la Fundación para la Libertad de Prensa ( Flip), en 2024 se registraron 530 agresiones contra periodistas en Colombia, de las cuales 215 fueron amenazas directas. En zonas apartadas como la Orinoquia, la vulnerabilidad es mayor, pero también lo es la determinación de quienes siguen informado desde el territorio.
Lejos de debilitarlos, aquella experiencia fortaleció la unión entre quienes hacen posible El Morichal. Gardenia regresó con más determinación, Roberto asumió más responsabilidades y Edwin reafirmó su compromiso con informar, incluso cuando el contexto se vuelve adverso. Para ellos, el periodismo en el Llano no es solo una profesión, sino una forma de resistir al silencio y de recordarle a la gente que su voz también tiene valor. Cada edición impresa, cada publicación digital, es una muestra de esa perseverancia que mantiene viva la idea de narrar desde el territorio.
Hoy, Edwin es un ejemplo de constancia y de amor por su región. Su esposa, Juliana, y su familia lo acompañan en cada paso, conscientes de que su trabajo trasciende el papel: es un acto de fe en la palabra y en la verdad.
El Morichal no solo informa: también une, da sentido y esperanza. En un país donde ejercer el periodismo aún implica riesgos, historias como la de Edwin recuerdan que la resistencia no siempre se grita, a veces se imprime, se comparte y se reparte, página por página, hasta que logra cambiar algo en quien la lee.





