Bonos de carbono: qué son, cómo funcionan y por qué la ciencia es clave para saber cuánto carbono capturan los bosques
Un árbol puede capturar carbono, pero saber cuánto almacena no es tan sencillo como contar sus hojas o medir su tronco. En un momento en que los mercados de carbono buscan financiar acciones frente al cambio climático, una investigación de UTadeo busca medir con mayor precisión el carbono almacenado en especies forestales nativas de Colombia y Brasil, una información que puede ser determinante para evaluar proyectos de restauración, conservación y compensación.
Los mercados de carbono buscan financiar acciones que reduzcan o retiren gases de efecto invernadero de la atmósfera. Pero para que un crédito de carbono represente una reducción real, es necesario contar con mediciones confiables. Y es precisamente allí donde la ciencia tiene un papel fundamental. Una investigación doctoral de UTadeo analiza modelos para estimar con mayor precisión el carbono almacenado en especies forestales nativas de Colombia y Brasil.
Hablar de cambio climático también es hablar de dinero. Reducir las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI), conservar los bosques, restaurar ecosistemas o desarrollar tecnologías más limpias requiere recursos. Una de las herramientas que se ha creado para movilizar parte de esa financiación son los mercados de carbono.
Pero ¿qué son exactamente y cómo funcionan?
De manera sencilla, los mercados de carbono permiten asignar un valor económico a determinadas acciones de reducción o eliminación de gases de efecto invernadero. Quienes desarrollan proyectos que reducen emisiones o retiran CO₂ de la atmósfera pueden generar créditos de carbono, mientras que empresas, organizaciones u otros actores pueden adquirirlos para cumplir determinadas obligaciones o compensar emisiones, dependiendo del tipo de mercado.
Un crédito de carbono representa, por lo general, una tonelada de dióxido de carbono equivalente (CO₂e) que fue evitada, reducida o retirada de la atmósfera.
“Los mercados de carbono funcionan como mecanismo de pago por un servicio ambiental”, explica Carlos Roberto Sanquetta, Ph.D., experto en cambio climático, sostenibilidad y certificaciones y profesor de UTadeo.
En este esquema, quienes reducen emisiones o eliminan CO₂ pueden recibir una compensación económica, mientras quienes generan grandes cantidades de GEI contribuyen a financiar esas acciones.
Dos tipos de mercados de carbono
Aunque suelen mencionarse como si fueran un único sistema, existen diferentes formas de funcionamiento. Una distinción fundamental es entre los mercados regulados y los mercados voluntarios.
En un mercado regulado, los gobiernos o bloques económicos establecen límites a las emisiones de determinados sectores y crean mecanismos para que las empresas puedan cumplir esas obligaciones, entre ellos la negociación de permisos de emisión.
En los mercados voluntarios, en cambio, las empresas, instituciones o personas adquieren créditos de carbono sin que necesariamente exista una obligación legal que las obligue a hacerlo. Estos créditos pueden estar asociados a proyectos de reforestación, conservación forestal, energías renovables, eficiencia energética o captura de metano, entre otros.
El propósito, en ambos casos y con reglas diferentes, es movilizar recursos hacia acciones que contribuyan a reducir las emisiones de GEI.
“Su objetivo final es financiar la mitigación del cambio climático mediante incentivos económicos y financieros”, señala Sanquetta.
¿Por qué se habla tanto de bonos de carbono?
Los mercados de carbono han ganado relevancia en la conversación climática internacional porque buscan responder a una dificultad concreta: la transición hacia una economía baja en carbono requiere inversiones que los gobiernos y otros actores no siempre pueden asumir por sí solos.
Además, no todas las emisiones pueden eliminarse inmediatamente. Una empresa puede implementar energías renovables, mejorar sus procesos, reducir residuos o cambiar sus sistemas de transporte y, aun así, mantener emisiones residuales.
En ese contexto, los mercados de carbono buscan generar incentivos económicos para financiar proyectos que reduzcan o retiren emisiones.
Sin embargo, Sanquetta advierte que existe un mito importante alrededor de estos mecanismos: pensar que el mercado de carbono, por sí solo, resolverá la crisis climática.
“El mercado de carbono no es la solución a todos los males ni la panacea para resolver el problema de las altas emisiones de GEI”, afirma.
Para el experto, se trata de una herramienta complementaria que debe acompañarse de otras acciones de gobiernos, organizaciones, empresas y ciudadanos.
El problema: ¿cómo saber cuánto carbono se está capturando?
Aquí aparece una pregunta fundamental para el funcionamiento de estos mercados: ¿cómo se demuestra que un proyecto realmente redujo o retiró una determinada cantidad de carbono?
En el caso de los bosques, la respuesta requiere ciencia. No basta con contar cuántos árboles fueron sembrados. Es necesario estimar cuánta biomasa tienen, cuánto carbono almacenan y cómo cambia esa cantidad a lo largo del tiempo.
Este es precisamente uno de los problemas que estudia Martha C. Lamprea Zona, estudiante del Doctorado en Ciencias Ambientales y Sostenibilidad de UTadeo.
Su investigación analiza la aplicabilidad de modelos alométricos para estimar la biomasa aérea, la biomasa radicular y el carbono almacenado en especies forestales nativas tropicales de Colombia y Brasil.
En términos sencillos, los modelos alométricos permiten estimar características de un árbol que serían difíciles o costosas de medir directamente, utilizando variables como el diámetro del tronco, la altura y la densidad de la madera.
La investigación contempla especies como Mimosa trianae y Simarouba amara, en Colombia, y Anadenanthera peregrina y Schizolobium parahyba var. amazonicum, en Brasil.
“En palabras simples: quiero saber qué tan bien estamos midiendo el carbono de estos árboles y con qué modelos podemos hacerlo mejor”, explica Lamprea.
Una misma fórmula no sirve necesariamente para todos los bosques
Uno de los retos de este tipo de mediciones es que un modelo que funciona bien para determinadas especies o ecosistemas no necesariamente funciona igual en otros.
La investigadora encontró que existe una amplia cantidad de información sobre biomasa aérea y carbono forestal, pero hay menos información específica sobre biomasa radicular y especies nativas tropicales.
“Eso muestra que medir carbono no es solo aplicar una fórmula: hay que entender de dónde viene el modelo y para qué especies fue construido”, señala.
Su investigación busca identificar cuáles modelos son más adecuados para estimar biomasa y carbono en especies nativas tropicales, qué variables permiten obtener mejores estimaciones y qué diferencias existen entre sistemas forestales de la Altillanura colombiana y la Amazonia brasileña.
Cuando una estimación puede cambiar el resultado de un proyecto: la precisión de estas mediciones no es un asunto exclusivamente académico.
Si un modelo sobreestima la cantidad de carbono que almacena un bosque, un proyecto podría reportar una captura mayor a la que realmente está ocurriendo. Si la subestima, también podría dejar de reconocerse parte del beneficio ambiental de una iniciativa.
Por eso, Sanquetta considera que los proyectos de carbono deben cumplir criterios rigurosos y ser transparentes y auditables. Entre los conceptos centrales menciona la adicionalidad, que implica demostrar que los resultados climáticos no se producirían sin el proyecto, y la permanencia, relacionada con que el carbono capturado permanezca almacenado durante períodos prolongados.
También advierte sobre riesgos como los proyectos fraudulentos, la especulación y el ecoblanqueo o greenwashing, cuando se presentan acciones ambientales de manera engañosa o exagerada para proyectar una imagen de responsabilidad ambiental sin generar cambios reales.
“Muchos proyectos sobreestiman las reducciones de gases de efecto invernadero que promueven”, afirma el experto, quien además señala que el acceso a estos mercados continúa siendo costoso y limitado para pequeños productores rurales y otros actores.
Medir mejor para tomar mejores decisiones
Para Lamprea, mejorar las estimaciones de biomasa y carbono puede tener efectos concretos en la manera en que se diseñan y evalúan proyectos ambientales.
“Si estimamos mejor la biomasa y el carbono, podemos diseñar mejores proyectos de restauración, fortalecer programas con especies nativas y aportar a mercados de carbono más transparentes”, sostiene.
Su investigación también pone sobre la mesa una idea fundamental: no todos los árboles capturan carbono de la misma manera y no todos los ecosistemas pueden medirse con las mismas herramientas.
Por eso, detrás de un crédito de carbono no debería existir únicamente una cifra. También debe existir una metodología que permita comprender de dónde salió esa cifra, qué variables se utilizaron y qué tan confiable es la estimación.
En un momento en que los mercados de carbono buscan movilizar recursos para enfrentar el cambio climático, la ciencia tiene así un papel fundamental: ayudar a determinar cuánto carbono se está almacenando realmente y qué tan sólidas son las evidencias que respaldan las acciones de mitigación.
“Este tema debería importarnos porque el carbono que almacenan los bosques está directamente relacionado con el clima, la biodiversidad y el futuro de los territorios”, concluye Lamprea. “No basta con decir que un bosque captura carbono; hay que medirlo bien”.
