He estado bastante pesimista en mis últimas columnas frente al futuro de Colombia y quiero en esta ocasión ofrecer una visión más equilibrada de algunas fortalezas que tiene nuestra economía, comparada con la de otros países.
Contamos con un régimen de flotación de la tasa de cambio que actúa como estabilizador automático de las caídas de precios de nuestros productos de exportación y aunque no logre compensar todo el efecto de una pérdida cuantiosa de riqueza, sí permite amortiguarlo. Tenemos un banco central independiente que busca la estabilidad de precios y que contribuye a que no se precipiten corridas de capital. Finalmente, aunque en menor medida, el Gobierno puede ejecutar una política fiscal expansiva, si no se le da por ser ultraortodoxo con esta importante herramienta anticrisis.
Comparémonos con Ecuador por un instante: una economía dolarizada, o sea de tipo de cambio fijo, va bien cuando el dólar está débil, pues le permite diversificar sus exportaciones, pero es mortal cuando la divisa se fortalece y al mismo tiempo cae el precio de su producto principal de exportación, el petróleo. Trata entonces de frenar las importaciones con aranceles extraordinarios, lo cual no hace nada por aumentar sus ingresos. Si tuviera su propia moneda, Ecuador podría dejarla devaluar y así reprimir las importaciones, incentivar las exportaciones y aumentar los recaudos monetarios de su gobierno; desafortunadamente, no puede crear una nueva moneda sin precipitar una fuga de capital. Más graves son los casos de Venezuela y Argentina, que viven inflaciones intensas, fruto de haberse financiado con emisiones descontroladas de sus bancos centrales. Ellos intentan vanamente fijar el precio de la divisa con multitud de cambios que no hacen más que agudizar las angustias de los agentes para trasladar su riqueza al dólar, racionando la asignación de las divisas y fomentando la corrupción a escala ampliada.
El banco central colombiano ha contribuido a mantener la estabilidad de precios que tanto nos envidian los venezolanos. Pero además ha jugado el papel de prestamista de última instancia en momentos de crisis financieras, impidiendo así que estas se propaguen. Esto de por sí les presta confianza a los agentes para no sacar sus capitales en momentos de penuria. Esta facultad no la tiene, por contraste, el Banco Central Europeo (BCE), liderado hasta hace dos años por la ortodoxia alemana y que trasladó la crisis bancaria a las cuentas fiscales de sus estados más débiles, pues sólo podía prestarles a los gobiernos y estos a los bancos en problemas, llevando a contracciones calamitosas del gasto público. Ni siquiera es claro que el BCE pueda adquirir deuda emitida por los gobiernos, gracias a una demanda presentada por Alemania ante el Tribunal Constitucional que está pendiente de fallarla. Mario Draghi hizo el anuncio de que adquiriría deuda pública cuando se posesionó y sin gastar un solo euro “cortó la mayor crisis de la historia de la moneda común” (Javier Jorrín). Ahora ha anunciado un nuevo programa más ambicioso para reversar la deflación que amenaza con hacer recaer a Europa en una segunda gran depresión.
El Gobierno colombiano ha anunciado que buscará crédito externo para aumentar temporalmente los ingresos de divisas del país, al mismo tiempo que financia un mayor gasto público que ojalá sea productivo. Que no se le dé por recortarlo heroica y estúpidamente.
Salomón Kalmanovitz | Elespectador.com


