En la gran crisis de 1999, Colombia y Ecuador salieron gravemente afectados.
Mientras en Colombia hubo una política monetaria contractiva para proteger las reservas internacionales, en Ecuador fue tan laxa que propició una inflación del 100 %, las reservas se agotaron y la devaluación fue enorme. El atajo para recuperar su estabilidad fue dolarizarse, mediante una nueva tasa de cambio que expropió a los depositantes del sistema bancario y licuó las pensiones.
Con un dólar débil entre 2008 y principios de 2015, Ecuador prosperó. No sólo exportaba petróleo sino productos agrícolas y manufacturas que llenaban la mitad de sus ingresos externos. Correa logró ampliar el tamaño del Estado en 10 puntos del PIB, gracias a aumentos de los impuestos y a los ingresos petroleros; con las arcas llenas, se lanzó a un ambicioso programa de construcción de infraestructura física y educativa que continuó financiado por China. Colombia entre tanto contraía la enfermedad holandesa que perjudicaba a su industria y su agricultura; su crecimiento y sus cuentas externas se tornaban dependientes del petróleo y despilfarraba sus ingresos públicos en corrupción y obras públicas de mala calidad.
Las relaciones comerciales en la frontera favorecían al Ecuador. Los colombianos hacían turismo y sus compras del otro lado, mientras que el departamento de Nariño entraba en recesión. Cuando la Reserva Federal comenzó a normalizar su política monetaria el año pasado, se fortaleció el dólar en el globo y Ecuador comenzó a destorcerse. La devaluación real del peso colombiano anualizada en septiembre de 2015 alcanzó a ser del 60 %. Los flujos de comercio y turismo se invirtieron entonces y las provincias fronterizas ecuatorianas comenzaron a deprimirse.
La balanza externa de Ecuador está en relativo equilibrio, mientras que Colombia presenta un déficit en cuenta corriente desproporcionado. Eso se debe al menor acceso al financiamiento externo de nuestros vecinos. En nuestro caso, refleja un enorme desequilibrio entre nuestra falta de ahorro frente al alegre gasto (público y privado) que emprendimos y también en la imprevisión frente a las bonanzas de materias primas que por experiencia siempre terminan mal.
Con todo, la tasa de cambio flotante ayuda a que se equilibre la balanza con la reducción de las importaciones, aunque la cuenta de capital va a ser negativa, agudizando el problema. La codirectora del Banco de la República, Ana Fernando Maiguashca, ha insinuado que se requiere un ajuste recesivo de la demanda agregada para reducir más las importaciones. La inflación colombiana aumenta: terminará en el 5 % este año, mientras que en Ecuador se reduce.
En lo que estamos mejor es en el déficit fiscal puesto que Ecuador pierde una sexta parte de su ingreso público por cuenta de la caída de los precios del petróleo, mientras que la devaluación compensa la mayor parte del deterioro en los ingresos en pesos del Gobierno colombiano. El ajuste ecuatoriano tiene que ser monumental, mientras que el colombiano también es doloroso pero no tanto.
Correa necesita reducir también las importaciones y la única forma es mediante aranceles y prohibiciones, algo que fomentará el contrabando por la implacable ley del precio único que informa que las grandes utilidades propiciadas por la diferencia cambiaria serán capturadas por los malandros. Es una situación difícil de resolver: palo porque dejas devaluar y palo porque reprimes el comercio.
Salomón Kalmanovitz | Elespectador.com


