La profunda crisis financiera de 2008 no ha sido superada.
Europa ha recaído en recesión, Japón no ha podido volver a crecer desde 1990 y Estados Unidos está a punto de sofocar su precaria recuperación.
La nueva realidad ha sido causada, por lo menos en parte, por malas políticas o instituciones monetarias (el euro como tasa de cambio fija), pero también porque las políticas fiscales han probado ser ineficaces, como en Japón, o no han podido desplegarse en Estados Unidos debido a la sectaria oposición republicana a todo gasto público de la administración Obama. Esa posición va tan lejos que propicia el derrumbe de la infraestructura estadounidense, la mejor del mundo hasta hace 20 años. Larry Summers en un escrito reciente contaba cómo el aeropuerto Kennedy de Nueva York es más característico del tercer mundo que de la primera potencia mundial. Preocupante también es el deterioro de sus universidades públicas, que fueran en el pasado la envidia del mundo.
Las políticas monetarias laxas de la era Greenspan dieron lugar a un auge insostenible del sector inmobiliario que estalló para dar lugar a una crisis global. La política contribuyó a aumentar el riesgo financiero. Lo más preocupante es, según Summers, que fuera de las malas políticas públicas hay factores subyacentes detrás de este estancamiento secular que son difíciles de subsanar. Estos factores tienen que ver con el balance entre ahorro e inversión y la naturaleza del cambio tecnológico que ha caracterizado a las dos últimas décadas.
Las empresas líderes de hoy —Apple, Google o Facebook (que tiene un mayor valor de mercado que Sony)— están reclinadas en unas montañas de efectivo y, por lo tanto, no necesitan del sector financiero ni de la bolsa para apalancar sus inversiones. La demanda de trabajo de las empresas digitales (sólo 12% del PIB) es mucho menor que la de las ramas tradicionales que languidecen, reduciéndose el empleo. Según John Komlos, la naturaleza del cambio técnico se ha vuelto esencialmente destructiva: la era digital ha liquidado las industrias fotográficas, la de la música, la de los libros, la de los periódicos y revistas, amenaza el comercio tradicional por las ventas por internet y también el cine. Se contrasta con el impacto creativo del cambio técnico de principios del siglo XX (electricidad, ferrocarriles, metros, autos, autopistas, etc.). La robótica contribuye al desempleo industrial.
Los bienes de capital, a su vez, se han abaratado considerablemente, reduciendo la inversión necesaria para ponerlos en movimiento. Al mismo tiempo, el ahorro que hacen los ricos se ha ampliado gracias al deterioro de la distribución del ingreso, haciendo que sobren fondos y que la tasa de interés sea baja. La contraparte es un debilitamiento del consumo de las clases medias y de los trabajadores que frenan aún más la inversión y el crecimiento.
Las bajas tasas de interés, agravadas por políticas monetarias expansionistas en todos los países desarrollados, han propiciado burbujas especulativas y permitido que industrias decadentes o zombis puedan ser financiadas a costo casi cero.
Summers concluye que será difícil neutralizar las tendencias creadas por la nueva tecnología y por el exceso de ahorro en las economías desarrolladas, aunque un aumento sustancial de gasto público en infraestructura puede ampliar el potencial productivo de Estados Unidos y compensar la debilidad de la demanda agregada.
Salomón Kalmanovitz | Elespectador.com


