Todos los países BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica), otrora campeones del crecimiento mundial, están en la mala.
Brasil es el más explosivo de todos: un legislativo alebrestado contra el Partido de los Trabajadores (PT) ferrocarrilea un juicio político contra Dilma Rousseff, con base en cargos que son parte de las costumbres políticas brasileñas (y de muchos otros países), como es maquillar información fiscal.
El PT ganó a las elecciones de 2002 liderado por Luiz Inácio Lula da Silva, un dirigente sindical que logró sobreaguar sobre un sistema político clientelista, corrupto y de carácter federal, haciendo alianzas con partidos del centro pues por si solo alcanzaba el 20% de los escaños en el parlamento. El auge de los precios de las materias primas a partir de 2003 inició una fase de fuerte crecimiento económico, marcando 7.5% anual, lo que permitió la elevación del salario mínimo y del gasto social que sacaron a 30 millones de brasileños de la pobreza. Su equipo económico ortodoxo mantuvo en orden la inflación y el balance fiscal y logró reelegirse en 2006 sin problemas.
El auge de los precios del mineral de hierro, el petróleo y de la soya dio lugar a una aguda enfermedad holandesa: el real se revaluó excesivamente y su desarrollada industria comenzó a sufrir, a la vez que se intentaba mantener el auge mediante un paquete de medidas que favorecían la inversión privada durante el primer gobierno de Dilma Rousseff (2010-2014). Se redujeron las tasas de interés y los impuestos a la nómina, se subsidiaron las tarifas eléctricas y aumentaron los préstamos al sector privado, todo lo cual le dio una tregua a la economía; sin embargo, estaba desatando la inflación y un enorme déficit fiscal que en 2015 alcanzó a 10.3% del PIB. El colapso de los precios de las materias primas en 2014 agravó los desequilibrios y precipitó una devaluación más profunda que la colombiana.
Durante las elecciones de 2015 la propuesta del PT fue defender los logros populares de sus tres administraciones contra el ajuste prometido por el candidato del centro derecha. Dilma ganó por un margen de 3%, viéndose abocada a abrazar el programa de su contrincante, lo que le valió un repudio de su base social. Según Lula,“ganamos la elección, pero al otro día la perdimos”. La economía comenzó a contraerse por el colapso externo y los aumentos de la tasa de interés del banco central que alcanza 14.5%; la inflación persiste en niveles de más del 9% anual.
La denuncia de corrupción contra el PT es que permitió una apropiación de US$2.000 millones en Petrobras (en Ecopetrol se perdió el doble), algo que para los estandares brasileños es pequeño. Pero el descontento popular y la pérdida de favorabilidad de la presidenta han dado lugar a este juicio mediático cuyo primer desenlace en la cámara baja fue en su contra con más de los dos tercios necesarios para destituirla sin argumentos jurídicos.
Para el Brasil lo mejor sería no interrumpir la continuidad del mandato presidencial para entrar en un terreno desconocido y peligroso, aunque el vicepresidente del PMDB, Michel Temer, también sospechoso de los mismos delitos, promete un gobierno de unidad nacional o sea permisivo con la corrupción propia. El país debía embarcarse más bien en reformar su sistema político y judicial que es el que permite la corrupción desmedida y que los culpables de ella gocen de impunidad, a menos de que sean minoría.
Salomón Kalmanovitz | Elespectador.com


